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Un viaje por los cuerpos y territorios de Argentina
7 de gener, per Auri“Cuerpo-territorio” es un concepto que visibiliza que las enfermedades y la contaminación son causadas por el extractivismo. Pero muestra también que las comunidades son cuerpos vivos, que existen y resisten. A través de talleres participativos, se generaron cinco mapas que ilustran estos procesos desde la Patagonia, el Noroeste, el Noreste, Cuyo y el Centro del país.
“Todas nos enamoramos de nuestra gorda”, dice Leticia García. Vive en La Pampa y se refiere a la mujer ilustrada en uno de los cinco pósters del proyecto llamado «Cuerpo-Territorio», que publicó el Instituto de Salud Socioambiental (InSSa) de la Universidad Nacional de Rosario. “Ella es un reflejo de lo que somos las mujeres patagónicas”, asegura. Los pósters representan el Centro, el Noroeste, el Noreste, Cuyo y la Patagonia. Se elaboraron a partir de talleres en los que participaron organizaciones socioambientales, vecinas y vecinos. El trabajo se complementó con bibliografía científica y así se llegó al mapa de la salud socioambiental en Argentina. Muestra cómo impacta el extractivismo en la salud de los cuerpos y de los territorios. Y también da cuenta de las resistencias que se generan para frenarlo.
Leticia García es geógrafa, feminista y profesora jubilada. En la imagen que observa se ve una mujer de piel marrón, con el pelo negro recogido en una trenza, con la nariz baja y ancha, los pezones oscuros, la panza generosa y las rodillas gastadas. Es el dibujo de una mujer-mapa que lleva marcado en su cuerpo los procesos socioambientales de la Patagonia. Este póster incluye la crisis hídrica de La Pampa, la megaminería en Chubut, la explotación de gas en Tierra del Fuego, del carbón en Santa Cruz y el fracking en Río Negro y Neuquén.
Entre otras problemáticas, el póster del Noroeste (Jujuy, Santiago del Estero, Salta y Tucumán) marca la producción de cítricos con agrotóxicos, el monocultivo de caña, el uso de transgénicos y la violencia institucional. El del Centro (Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe) menciona el extractivismo urbano, la caza indiscriminada, la presencia de silos y de antenas de telefonía. El de Cuyo (Catamarca, Mendoza, San Juan y San Luis) destaca la extracción de hidrocarburos, el fracking y la megaminería de litio. Y el del Nordeste (Chaco, Corrientes, Misiones y Formosa) señala la falta de acceso a la tierra, el monocultivo de pinos y las hidroeléctricas.

Foto: Eugenia Comerci La categoría “cuerpo-territorio” es una herramienta de los feminismos decoloniales y de los pueblos indígenas, que vincula la salud de los cuerpos con las problemáticas socioambientales generadas por el extractivismo. El InSSa la usó por primera vez en 2020 para el póster “Cuerpo-territorio”, sobre las problemáticas socioambientales en Sudamérica. Ese primer trabajo fue una forma de abrir los ojos ante un lenguaje que la mayoría del equipo de salud ambiental no trabajaba: el artístico.
“Con estos mapas cuerpo-territorio nos animamos a transmitir información científica y validada de una manera que puede llegar a todo el mundo, sin restricciones. Sentimos que pudimos hacer mucho más asequible y palpable la importancia de la universidad pública y de la ciencia digna para las comunidades”, explica Damián Verzeñassi, director del InSSA.
Después del primer póster surgió la necesidad de mapear los diversos territorios del país. El InSSa impulsó 40 talleres de educación popular, que contó con la participación de organizaciones socioambientales, campesinas e indígenas.
Así se construyeron las cartografías regionales que dan cuenta de “procesos protectores” (organizaciones comunitarias, leyes y ordenanzas, producción agroecológica, áreas verdes, presencia de pueblos originarios). Y también los “procesos malsanos” (déficit de agua, basurales, fracking, megaminería, deforestación y fumigaciones). También incluyen indicadores registrados en cada sitio sobre salud mental, neoplasias (cánceres o tumores) y afectación en la salud respiratoria, endocrina, reproductiva, dérmica y digestiva. Los mapas de cada región se pueden descargar en el siguiente link.

Foto: Leticia García Las voces de los pueblos en la academia
“Este trabajó nos dio una información riquísima sobre lo que ocurre en Argentina. Son cosas que ya conocíamos, pero que habíamos identificado de otra manera. Acá fueron las propias comunidades las que las nombraron. Ese peso es invaluable”, destaca Verzeñassi. Y agrega: “Es clave transmitir un mensaje riguroso en lo científico y en lo académico, pero también de posibilidad de transformación. Incorporar en los pósters los procesos protectores fue también clave porque estamos en un tiempo en el que tenemos la sensación de que hemos perdido”.
Los talleres se hicieron entre 2023 y principios de 2025. Lo que siguió fueron meses de lectura de conclusiones, sistematización de información y sobre todo de búsqueda de referencias bibliográficas y científicas que respaldan/complementan lo que dicen las comunidades. Cada lámina tiene un código QR que permite acceder a esa documentación.
El trabajo fue intenso. Y logró lo que el InSSa buscaba: que lo que dicen los pueblos también lo digan las universidades. “Nos querían científicos de la ciencia normal y positivista. Y ahí tienen. No nos quedamos solo con el arte y con la comunicación en otros lenguajes. También podemos disputar sentido con sus mismas herramientas”, resume Verzeñassi.

Foto: Agustina Ojeda Del territorio al mapa
El taller que Leticia García coordinó en La Pampa, junto a otras cuatro mujeres, se hizo en parte en Santa Rosa y en parte en el oeste de la provincia, cerca de la zona conocida como La Puntilla, región de crianceros de chivos afectada por el represamiento del río Atuel en Mendoza. El primer encuentro fue en diciembre de 2024, en la capital. “En ese taller salió la herida que tenemos en nuestra provincia respecto al despojo de los ríos en el oeste”, cuenta García. Se refiere a los desvíos de los ríos Atuel y Salado para embalses mendocinos en la década de 1960. La mayoría de las y los participantes del taller de la capital desconocía la problemática. Y el tema despertó interés.
“Nosotras no podíamos hablar por la gente del oeste, que es la que sufre las consecuencias de este problema”, recuerda. Estaban seguras de que el póster no podía decir algo que no fuera dicho por los habitantes de esa zona. Lograr que su voz esté presente en el trabajo final fue su apuesta política. Entonces viajaron.
Organizaron una reunión en los puestos de La Puntilla. “Nos costó bastante porque era juntarse para esto. ¿Y cómo le explicas a un criancero o a una criancera que vamos a hacer talleres de ‘cuerpo-territorio’?”, relata. Al final, asistieron varias familias. La coincidencia fue evidente: en el oeste pampeano los desvíos de los ríos tuvieron un profundo impacto en la biodiversidad y en salud humana, en la historia y en la vida de esos territorios y de quienes los habitan.

Foto: Agustina Ojeda Elaboraron una línea de tiempo de los eventos, desde el represamiento de los ríos al presente, y después hicieron una puesta en común de las consecuencias: la muerte de los animales, la angustia, la migración hacia otros pueblos, el desarraigo y las fumigaciones por la expansión del agronegocio. Y con ellas los problemas en la piel y las pérdidas de embarazo.
A partir del dibujo de una silueta, las coordinadoras del taller propusieron a los puesteros llevar todas esas sensaciones al cuerpo. Pero nadie rompía el hielo. Nadie marcaba al principio dónde duele la venta de los caballos o la muerte de los chivitos. “¿No se animan?”, recuerda García que preguntó, con un fibrón en la mano. “Es como volver a la escuela”, les dijo. Los puesteros la miraron. Y le respondieron: “Nosotros nunca fuimos a la escuela”.
Después, con una rama de jarilla o de pichana (hierbas típicas del lugar) en la mano, fueron señalando las dolencias del extractivismo, marcando más a la izquierda o a la derecha de ese cuerpo dibujado dónde se representa la fumigación, la pérdida de un embarazo e incluso la llegada tardía de una ambulancia.

Foto: Agustina Ojeda La identidad y la salud
Ana Meza Cruz es antropóloga y vive en Río Turbio, al suroeste de la provincia de Santa Cruz. La localidad se fundó como consecuencia de la actividad minera, encarnada en Yacimientos Carboníferos Río Turbio (ex Yacimientos Carboníferos Fiscales). No es una comunidad a la que llegó la minería, sino que se fue organizando en torno a ella. La migración es constante: el escenario laboral marca la vida del lugar. Y mapear esa historia fue distintivo en el taller Cuerpo-Territorio del sur.
La propuesta de ese taller fue impulsada por Meza Cruz y por la docente Camila Paillán, que tuvieron el acompañamiento del InSSa en la formación y conformación de los talleres. Localmente, participaron la Agencia de Extensión Rural del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Asociación Civil Te Amo – Cuenca Carbonífera, colectivo de familias neuro divergentes.
La invitación a participar del mapeo fue pública y a pulmón, se difundió por los medios de comunicación locales y por las redes sociales. La reunión se hizo en una cancha de fútbol: un lugar que no marque ningún tipo de posicionamiento, que sea amigable para que se acerquen vecinos y vecinas del lugar. Asistieron jubilados, docentes de escuelas y universitarios, enfermeras, trabajadoras y trabajadores del yacimiento. Los encuentros se hicieron entre octubre y diciembre de 2024.
La primera propuesta del taller fue pensar la vida en Río Turbio desde el momento en que cada uno de los presentes empezó a vivir ahí. Llegaron hasta 1965. En la línea temporal quedó reflejado el paralelismo entre la actividad minera y el desarrollo del pueblo. Y, sobre todo, la trayectoria de lucha obrera. “Pudimos ver que no era sólo una cuestión ambiental, sino también que todo lo que ocurre con las dinámicas laborales interfiere anímica y mentalmente en la comunidad”, resume Meza Cruz.

Foto: Leticia García La extracción del carbón y el trabajo que genera es la identidad del lugar. “Costó mucho poder nombrar todo lo que estaba vinculado a la empresa y a la salud. Generaba mucha incomodidad porque era cuestionar la fuente laboral, la identidad, la historia de padres, abuelos, las luchas sindicales, las canciones, los murales. Todo está constituido desde ahí”, explica Meza Curz.
La salud, los cuerpos, parecían al principio una cuestión individual, una cosa de cada uno. Pero la puesta en común trajo la coincidencia. “Pudimos ver que el carbón vuela, que el particulado vuela, que la existencia o no de inversiones afecta a toda la población y no solamente al trabajador. Y que las ansiedades, las angustias, las depresiones, las rupturas familiares se hacen más presentes en este cuerpo común”, asegura. También hubo nuevas preguntas. Por ejemplo, ¿qué pasa con el agua que toma una comunidad después de 70 años de actividad minera?
Finalmente, los participantes del taller de Río Turbio se encontraron para ver el resultado del encuentro y compartir reflexiones y conclusiones. Esto permitió ver cómo arrancaron y terminaron. Meza Cruz destaca una imagen: las personas con los brazos cruzados en los primeros encuentros, con una actitud casi desafiante. Y al final, esas mismas personas reconociendo las contradicciones, pero sobre todo mirando los mapas, haciendo preguntas, pidiendo que circulen en las instituciones, queriendo saber lo que pasa en otras regiones.

Foto: Agustina Ojeda Profundidad histórica: del quebracho a la soja
Luz Vallejos es antropóloga social, forma parte del colectivo Somos Monte Chaco y fue una de las impulsoras del mapeo cuerpo-territorio en su provincia. En el noreste argentino, el taller duró un día en el que confluyeron 14 organizaciones socioambientales chaqueñas. El encuentro se hizo en Resistencia, la capital provincial.
La característica del taller, destaca Vallejos, fue la profundidad histórica en la que entraron. “La nuestra es una provincia de ‘destino forestal’, porque esa fue la primera actividad extractivista en nuestro territorio. Desde que llegaron los españoles se extrae el quebracho y eso sigue hasta hoy”, resume la antropóloga. En el taller, la diversidad de miradas encontró en la profundidad histórica y en el bosque nativo un punto de unión entre las distintas problemáticas que detectaron. La historia se trazó desde el quebracho al avance del monocultivo de soja, a partir de la década de 1990.
Se detallaron los procesos de urbanización, el desmonte, las fumigaciones, el desarraigo, los problemas en la piel, las afecciones al sistema reproductor femenino, la pérdida del lenguaje de las comunidades originarias. Las problemáticas y las avanzadas extractivistas marcaron también otro hito: la aparición de los colectivos de resistencia. El mapeo significó allí la posibilidad de trazar una línea histórica del surgimiento de los movimientos socioambientales chaqueños.

Foto: Eugenia Comerci Cuerpos de mujeres
Una de las características que marca Vallejos es que el taller chaqueño fue impulsado y coordinado por mujeres. Lo mismo se replicó en la mayoría de las experiencias. No fue casual. Tampoco lo fue que las cinco regiones del país están representadas en los pósters por mujeres indígenas y que la identificación de las protagonistas dé una sensación de enamoramiento pero también de bálsamo. Una suerte de así somos, así es el cuerpo que ponemos todos los días.
“Trabajamos epistemológicamente posicionados en la idea de que quien marca la agenda tiene que ser el territorio. Y acá el territorio estaba corporizado en mujeres que lo defienden cotidianamente. También había compañeros varones, pero el fuerte estaba dado por la presencia de mujeres”, señala Verzeñassi.
La búsqueda de los pósters estuvo en representar a quienes habían activado los cuerpos-territorios, en reconocer la fecundidad de la tierra para la reproducción de la vida, pero también en representar a la mujer que fue a los talleres, que impulsó las asambleas, que comparte el mate, la torta frita y hasta la casa para las luchas.

Foto: Agustina Ojeda Gabriel Keppl estuvo a cargo de ilustrar los pósters. “Él pudo sistematizar y sobre todo sintetizar artística y científicamente todo lo que se está construyendo. Porque esa imagen de cuerpo femenino originario, de cuerpo femenino que habita el territorio, es también una síntesis científica”, destaca.
Los mapas Cuerpo-Territorio están viajando a cada tallerista que participó y lo hizo posible. El impreso en el territorio empieza a ocupar un lugar en el centro de la salud, en las escuelas, en las universidades, en los clubes, en las asambleas populares. Los pósters, el manual para dictar los talleres, la bibliografía y las conclusiones de los encuentros están disponibles y son de descarga gratuita: cualquiera puede hacer su mapa en su comunidad y pensar (y reconstruir) su territorio.

Foto: Ana Meza Cruz y Camila Paiján Publicado originalmente en Agencia Tierra Viva
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Peter Gelderloos: «Nadie debería tomarse en serio la COP30. Las soluciones vienen de los pueblos en lucha»
7 de gener, per Admin2Invitado a Brasil por la Teia dos Povos para hablar de su nuevo libro (Las soluciones ya están aquí: estrategias para la revolución ecológica desde abajo), Peter Gelderloos habló con la columna Brasil Visceral a la luz de los principales acontecimientos de aquellos días: la COP30 de Belém y la masacre de Penha-Alemão en Río de Janeiro.

Peter Gelderloos. Reproduçao. Era finales de octubre cuando Peter Gelderloos aterrizó en Brasil invitado por Teia dos Povos y otros movimientos sociales de base para recorrer algunos de estos territorios de lucha y dar charlas sobre su nuevo libro, «Las soluciones ya están aquí: estrategias para la revolución ecológica desde abajo», que está a punto de ser publicado en portugués gracias a la colaboración entre la propia Teia dos Povos, Glac Edições y Editora Entremares. En la siguiente entrevista, el autor reflexiona sobre su obra a la luz de los principales acontecimientos brasileños de aquellos días: la COP30 de Belém y la masacre de Penha-Alemão en Río de Janeiro.
«Las soluciones ya están aquí» es un llamamiento urgente que resuena desde los márgenes hasta el centro de nuestro tiempo histórico. Con prólogo de Anne Xukuru, el libro desenmascara la farsa de los gobiernos, las corporaciones y las ONGs que venden falsas soluciones «verdes» mientras profundizan la devastación. Tras décadas acompañando las luchas anticapitalistas, los territorios insurgentes y el diálogo con pueblos de tantas fronteras en disputa, el autor muestra que la verdadera respuesta a la catástrofe climática ya está en marcha, arraigada en la autonomía y la solidaridad de quienes resisten.
«Mientras los gobiernos y las corporaciones gastan millones en crear modelos climáticos, informes, objetivos, tecnologías, certificaciones, créditos de carbono, sellos ecológicos… las formas más eficaces de hacer frente a la crisis climática son las mismas que los pueblos indígenas llevan practicando desde antes de la existencia del capitalismo. Cuidar la tierra. Respetar los límites. Proteger los bosques. Vivir en comunidad. Compartir. Evitar los excesos. Defender el territorio. Estas prácticas no encajan en el capitalismo, por eso intenta destruirlas. Pero, en realidad, son lo que puede salvarnos», afirma el entrevistado.
Activista anarquista estadounidense que recorre varios países del mundo para conocer y acompañar movimientos de resistencia popular, Peter Gelderloos fue detenido en 2001 durante una protesta contra la Escuela de las Américas, el famoso centro de entrenamiento militar estadounidense que forma a militares para América Latina e instituyó en esta región la Doctrina del Enemigo Interno. Es autor de otros libros publicados en Brasil: «Cómo la no violencia protege al Estado (Deriva, 2014)» y «La anarquía funciona (Subta, 2017)».
Lee la entrevista completa a continuación.
¿Cómo fue para usted venir a Brasil durante la semana de la COP30 para hablar sobre su nuevo libro, que precisamente critica el modelo climático que sustenta este evento? Y, si me permite añadir una segunda pregunta, luego de llegar, fuiste testigo de una masacre policial en Río de Janeiro, con cientos de cadáveres expuestos en la plaza pública. ¿Qué opina al respecto? ¿Cómo se sintió al llegar aquí?
Mi visita a Brasil tiene mucho más que ver con compartir perspectivas y experiencias que con solo presentar el libro, porque también visité muchos proyectos, tuve muchas conversaciones con personas sobre diferentes luchas, desde las luchas por la tierra con la Teia dos Povos hasta las reflexiones sobre el movimiento Passe Livre de 2013, las luchas indígenas por el territorio y los movimientos por la vivienda como Kasa Invisível en Belo Horizonte. Y también es intencional que esto haya coincidido con la COP30. Pero no para llamar más la atención sobre la COP30, porque es un proceso que nadie debería tomar en serio, ya que tiene un historial de 30 años de fracasos y lo único en lo que son buenos es en generar dinero para las corporaciones «verdes». Los métodos que proponen no tienen ninguna posibilidad de funcionar, y creo que lo que deberíamos tomarnos en serio son los movimientos de base que aportan una perspectiva anticolonial, anticapitalista y antiestatal.
Llegar a Brasil y encontrarse con esta enorme masacre en Río de Janeiro es impactante, pero no sorprendente. Quiero decir, es horrible, muy horrible. Y, por otro lado, también es un indicio claro del mundo en el que vivimos. Es un recordatorio de que en Brasil existen contradicciones, como en muchos otros lugares bajo el capitalismo, pero que en Brasil, un país que crece hasta convertirse en una de las principales economías del mundo, estas contradicciones parecen aún más intensas.
Desde el punto de vista del Norte Global, podríamos decir que este es el tipo de cosas que suceden en Estados que se comportan doblemente como Estados coloniales, así como enormes granjas al servicio de la economía global. Existe un contraste extremo entre los muy ricos y los muy pobres. Y esta masacre es un claro ejemplo de las políticas de extrema derecha que están creciendo en muchos lugares del mundo.
Cuando hablamos de escasez, hablamos de una ficción del capitalismo: se trata de una escasez artificial. Pero el hecho de que sea fabricada no la hace menos real. Ser artificial no la hace menos real. Porque dondequiera que va el capitalismo, crea escasez. Y el capitalismo necesita un Estado para organizar la sociedad, para organizar la escasez y la represión contra las reacciones a esa escasez.
Algunas de estas reacciones se manifiestan en forma de solidaridad y ayuda mutua. Otras surgen cuando las personas comienzan a imitar ciertos comportamientos capitalistas o estatales. Pero, en cualquier caso, este asalto militar contra las favelas muestra la brutalidad y la inhumanidad de los Estados, por ejemplo, en el hecho de que el gobernador del estado de Río celebrara los asesinatos.
La versión brasileña del Green New Deal, entre otros puntos, defiende lo que se denomina «matriz energética limpia», que básicamente implica la generación de energía mediante centrales hidroeléctricas. El problema es que este modelo puede no emitir tanto carbono durante su operación como las centrales termoeléctricas, pero promueve altos índices de deforestación y mata la vida de los ríos, como podemos observar en Altamira, Pará, con la central de Belo Monte construida sobre el río Xingu. Sobre la COP30, acabas de decir que no podemos tomarla en serio. ¿Por qué no?
Además de la deforestación como problema de las hidroeléctricas a gran escala, que va de la mano con el desplazamiento de las comunidades que viven en esos ríos, también está el hecho de que los embalses de estas hidroeléctricas emiten una enorme cantidad de metano, un gas mucho más potente que el dióxido de carbono. Este problema existe, y también hay otro problema que es muy fácil de demostrar a partir de un modelo respaldado por datos. Pero no he encontrado a nadie más —desde luego, ni en los medios de comunicación corporativos, ni siquiera entre los científicos climáticos bienintencionados— que hable de ello. Sin embargo, es el único modelo respaldado por datos.
Si miramos las cifras, vemos que, año tras año, a nivel mundial, las emisiones de carbono están aumentando. Además, en la mayoría de los años, la producción de energía «verde» ha aumentado muy rápidamente, ya sea solar, eólica o hidroeléctrica. Lo que se niegan a admitir es que, dentro de la economía capitalista, el aumento de la energía «verde» también aumenta la producción de energía fósil.
¿Y por qué? Esperan que utilicemos un enfoque basado en el sentido común: «Ah, si hay más energía verde, habrá menos energía fósil». Pero este razonamiento parte del supuesto de que el consumo de energía es estable. Pero si el consumo total de energía crece — y el capitalismo, por naturaleza, es una economía basada en el crecimiento —, entonces la cantidad absoluta de energía fósil también crece, aunque la proporción disminuya. Este es exactamente el caso en el que nos encontramos hoy en día. La producción de energía solar y eólica está creciendo muy rápidamente y, al mismo tiempo, la producción de energía fósil también crece. Y los defensores del capitalismo verde, del Green New Deal, fingen que esto no está sucediendo.
Un dato importante: todas las transiciones energéticas anteriores —por ejemplo, la transición de la leña al carbón, y luego del carbón al petróleo— no sustituyeron la fuente anterior. Añadieron nuevas fuentes de energía a las antiguas. Las formas antiguas siguen utilizándose; no desaparecen tan rápido como quieren hacernos creer. Y como el capitalismo siempre necesita más energía, solo añade nuevas fuentes a las antiguas. Así pues, hay un enorme conjunto de técnicas que creen en la «sustitución», pero es simplemente imposible que el capitalismo sustituya los combustibles fósiles al ritmo necesario. Y no solo es improbable, es empírico: el capitalismo nunca ha sustituido una fuente de energía por otra en el pasado.
Hay muchas otras cosas que contradicen por completo la lógica del Green New Deal y que son muy fáciles de demostrar. Y es sorprendente que estos movimientos políticos no aporten datos reales, datos que, por cierto, ya estaban disponibles hace muchas décadas. Hoy en día, en la economía dominante, o incluso en el mundo académico, probablemente sea intencional que no se mencionen estas ideas. Pero también hay una dimensión más «humana», e incluso infantil: la mayoría de los seres humanos no quieren pensar en algo que amenace sus intereses, especialmente porque las personas muy poderosas —propietarios de empresas de energía fósil, bancos y gobiernos— son las responsables de la crisis.
Y este hecho ha desaparecido de la conciencia pública. ¿Cuántas personas han oído siquiera que hay empresas responsables de esta crisis climática? ¿Cómo se pueden tomar en serio las soluciones propuestas por las empresas responsables de la crisis o por los políticos que trabajan para ellas? Es tan absurdo y tan cómico que parece una broma, especialmente cuando el gobierno brasileño —o cualquier gobierno— comienza a hablar de energías renovables, de deforestación, de la Amazonía, al mismo tiempo que financia a las empresas mineras, el agronegócio y constructoras responsables de destruir tierras indígenas y bosques.
Esta es una de las razones por las que no me tomo en serio la COP30. Y es una de las razones por las que cualquier versión del Green New Deal es solo una ficción muy peligrosa y, en muchos casos, una forma de propaganda.
Una simple provocación: ¿cómo recuperar una conciencia política más realista? Por ejemplo, que existe una clase dominante responsable de la crisis climática y que hay un modelo de sociedad que es insostenible. ¿Cómo recuperar esa conciencia colectiva, ahora que tantas personas parecen estar desaprendiendo o ignorando estas cosas?
En primer lugar, creo que es necesario distinguir: cuando dices «la gente ha desaprendido», esto se aplica con mayor fuerza al Norte Global, donde el poder del Estado y de los medios de comunicación ha despolitizado en gran medida a la población. Pero no creo que esto sea cierto en todas partes. Si miramos históricamente las mayores movilizaciones sociales y las mayores campañas por la justicia y contra la destrucción ecológica, siempre han sido lideradas, y siguen siéndolo, por los pueblos indígenas. Y esto se debe a que muchos de estos pueblos nunca se han desconectado de sus tradiciones políticas. Siguen conectados a sus tradiciones colectivas, a su sentido de la responsabilidad, a sus vínculos comunitarios.
También es importante ver que, incluso en países donde el capitalismo ha avanzado mucho, como en Estados Unidos o Europa, siempre hay movimientos que denuncian estas contradicciones: movimientos antirracistas, feministas, ecologistas radicales, movimientos de base que trabajan a nivel local y construyen solidaridad. Existen, pero son invisibles, porque los medios de incomunicación refuerzan la narrativa de que «a nadie le importa», de que «nadie tiene alternativa», lo cual es una mentira muy conveniente para quienes están en el poder.
Y hay algo más: realmente creo que, en el fondo, la gente sabe que estamos viviendo en una ficción fabricada por el capitalismo. La gente sabe que los gobiernos mienten, sabe que las corporaciones no van a resolver la crisis, sabe que las COP son teatros políticos. Entonces, la pregunta tal vez no sea «¿cómo hacer que la gente entienda?», sino «¿cómo hacemos para que esa comprensión se convierta en acción colectiva?». Y ahí, por supuesto, entra el miedo: miedo a la represión, miedo a la policía, miedo a perder el empleo, miedo a la violencia estatal. Ese miedo es real. Pero los movimientos sociales siempre han encontrado formas de superar el miedo a través de la solidaridad. Y eso no ha cambiado.
Tenemos que hablar de una confusión que el capitalismo y el Estado introducen deliberadamente: nos hacen sentir como individuos aislados. Borran el hecho de que casi todo lo que existe de significativo se ha construido colectivamente, desde los conocimientos agrícolas indígenas hasta las tecnologías modernas. Pero el capitalismo insiste en esta fantasía de que «cada uno va por su cuenta», y eso debilita nuestra capacidad para imaginar soluciones colectivas.
Y, por supuesto, esto forma parte de una estrategia. Porque, si admitimos que la crisis climática está causada por un sistema económico global, entonces también debemos admitir que no podemos resolverla individualmente, reciclando, comprando productos «ecológicos» o instalando paneles solares. Eso no resuelve nada si el sistema en su conjunto permanece intacto. Y esa es la razón por la que el Green New Deal, la COP30 y todo este paquete son tan seductores: prometen una solución sin conflicto, una solución sin lucha, una solución sin tocar los intereses de las clases dominantes.
Pero, históricamente, los cambios reales nunca han ocurrido de esa manera. Siempre han implicado conflicto, ruptura, organización popular, enfrentamiento con las formas de poder. Y creo que ese recuerdo, ese recuerdo de que el conflicto es necesario, todavía existe. Está muy vivo en los movimientos indígenas, en los quilombolas, en los movimientos campesinos, en los movimientos urbanos, e incluso entre los jóvenes que se dan cuenta de que su supervivencia depende de formas de vida completamente diferentes.
Volviendo a Brasil, hay algo que me llama la atención: existe una fuerte contradicción entre ser un país que se presenta como «líder medioambiental» y, al mismo tiempo, estar gobernado por los intereses de la agroindustria, la minería, la policía militarizada y las grandes empresas urbanas que se benefician de la pobreza. Esto genera una situación absurda en la que alguien celebra una masacre y, el mismo día, aparece en un evento hablando de «transición ecológica».
Entonces, si pensamos en «cómo recuperar la conciencia colectiva», tal vez la pregunta debería ser: ¿cómo fortalecer los movimientos que ya tienen esa conciencia, que nunca la han perdido, y cómo conectarlos internacionalmente? Porque, si dejamos eso en manos de gobiernos, corporaciones y ONGs gigantes, solo profundizaremos la ficción capitalista, no la enfrentaremos.
Y hay otra cosa importante: las políticas de «sostenibilidad» producidas por los Estados —ya sean europeos, brasileños o estadounidenses— son siempre políticas que dependen de la violencia, dependen del robo de tierras, dependen del desplazamiento de poblaciones. Esto no es un defecto, sino el funcionamiento normal de la maquinaria estatal. Por eso, para hablar de alternativas reales, tenemos que hablar de autonomía, de autogestión, de formas de vida que no dependan del Estado ni del capital para existir.
Y sé que, en algunos contextos, esto puede parecer imposible o utópico. Pero, al mismo tiempo, ya existe. Hay cientos de comunidades indígenas que viven de manera autónoma. Hay movimientos urbanos que crean su propia infraestructura: cocinas colectivas, redes de cuidado, comunicación independiente. Hay pueblos que llevan siglos resistiendo invasiones, minería, policía, y aún mantienen formas de vida basadas en la reciprocidad y el cuidado.
Para mí, recuperar la conciencia política no es «volver» a algo que se ha perdido. Es reconocer que esa conciencia nunca desapareció, solo fue marginada. Y ahora, ante una crisis climática que ya no se puede ocultar, esa conciencia se vuelve no solo necesaria, sino urgente.
Si la conciencia colectiva ya existe en muchas comunidades, ¿qué impide que se convierta en hegemónica? ¿Cuál es el papel del Estado en este sentido?
El Estado es, ante todo, una máquina de concentración y ejercicio del poder. No es un mediador neutral. No existe para proteger a las personas, sino para proteger el orden económico. Y, cuando es necesario, utiliza la violencia extrema para proteger ese orden. La masacre de Río es un ejemplo de ello.
Y, por supuesto, el Estado intenta capturar los movimientos sociales, ofreciéndoles pequeñas reformas, financiamiento, cargos, invitaciones, mesas de diálogo, conferencias, COPs. Ese es el mecanismo de cooptación. Es una forma muy eficaz de neutralizar los movimientos sin enfrentarse a ellos directamente. Y, al mismo tiempo, cuando los movimientos se niegan a ser cooptados, el Estado responde con criminalización, represión, difamación o asesinato. Por lo tanto, recuperar la conciencia política implica también reconocer este juego del Estado, y no caer en él.
Y esto nos lleva de vuelta al clima. Porque el discurso climático dominante es precisamente eso: una estrategia de cooptación. Quieren convencer a la gente de que es posible resolver la crisis mediante políticas estatales, sin conflictos, sin cambios estructurales, sin tocar los beneficios de las empresas. Pero esto no solo es mentira, es peligrosamente ilusorio.
La crisis climática no es solo una cuestión de emisiones. Es una cuestión de tierra. Es una cuestión de territorio. Es una cuestión de quién controla el mundo material. Porque el capitalismo depende de la extracción: de minerales, petróleo, agua, bosques, trabajo humano. Y esa extracción siempre requiere violencia. No existe la minería «verde». No existe la agroindustria «sostenible». No existe la mega hidroeléctrica «limpia». Todo eso es ficción. Una ficción muy útil para quienes se benefician de estas destrucciones.
Entonces, cuando hablamos de alternativas, estamos hablando de un cambio radical: trasladar el centro de las decisiones de las manos de las empresas y los gobiernos a las comunidades. Esto no significa idealizar las comunidades, sino reconocer que cualquier solución real vendrá de procesos locales, autónomos, arraigados en formas de vida no capitalistas. Y esto no es teoría, ya existe en cientos de lugares.
Y hay otro punto importante: propuestas como el Green New Deal imaginan un mundo en el que seguimos utilizando la misma cantidad absurda de energía que utilizamos ahora, solo que «renovable». Eso es imposible. Es matemáticamente imposible, geopolíticamente imposible, ecológicamente imposible. Un mundo que siga consumiendo energía a ese nivel simplemente no puede existir de forma sostenible.
Por lo tanto, la cuestión no es solo «qué fuente de energía utilizamos», sino «¿por qué necesitamos tanta energía?». O incluso «¿quién utiliza esa energía y quién se beneficia de ella?».
Estas preguntas casi nunca se plantean en las COPs. Nunca aparecen en los planes gubernamentales. Porque, si hacemos estas preguntas, llegamos a conclusiones que son inaceptables para la clase dominante: que necesitamos menos producción, menos consumo, menos extracción, menos infraestructura militar, menos agroindustria, menos automóviles, menos megaciudades, menos de todo lo que hoy define al capitalismo.
Pero, de nuevo, la buena noticia —si se le puede llamar así— es que muchas comunidades ya viven con menos, y no porque sean «atrasadas», sino porque están fuera de la lógica de la expansión infinita. Y estas comunidades tienen mucho más que enseñar sobre supervivencia, justicia y cuidado que cualquier think tank del Norte Global.
Y creo que esto es fundamental para desmontar una de las mentiras más persistentes del discurso capitalista: la idea de que solo hay un camino posible para la vida humana, el camino del crecimiento económico, la industrialización infinita, la urbanización masiva, la dependencia tecnológica: una invención reciente y extremadamente destructiva. La mayor parte de la historia humana se ha vivido de otras maneras, y muchas de ellas aún existen hoy en día. Pero el capitalismo hace todo lo posible por borrarlas, criminalizarlas o convertirlas en folclore.
Y, cuando pensamos en la crisis climática, estas formas de vida son exactamente lo que el capitalismo necesita destruir para seguir funcionando. Los pueblos indígenas, los quilombolas, las comunidades ribereñas, los campesinos que trabajan a pequeña escala, los movimientos urbanos que construyen autonomía: todos ellos se interponen en el camino del proyecto capitalista. Porque demuestran, con sus prácticas, que otra vida es posible. Y eso es intolerable para un sistema que se alimenta de la idea de que no hay alternativa.
Y eso también explica por qué la violencia estatal es tan intensa contra estas comunidades. La violencia no es un error; es una necesidad del sistema. Por eso vemos masacres como la de Río. Por eso vemos ataques a tierras indígenas. Por eso vemos la criminalización de los movimientos de vivienda. Todo esto forma parte de una misma lógica: destruir todo lo que no se puede transformar en ganancia.
Y hay un detalle que considero muy revelador: cuando los gobiernos hablan de «transición energética», nunca mencionan la reducción del consumo de las élites, nunca mencionan la disminución de la industria automotriz, nunca mencionan recortar la infraestructura militar, nunca mencionan frenar la minería. Todo eso sigue intacto y, de hecho, crece. Al mismo tiempo, piden a las poblaciones pobres que «reduzcan los residuos», que «consuman de forma consciente», que «adopten prácticas sostenibles». Es ridículo. Es perverso.
Entonces, cuando pensamos en cómo enfrentar esta ficción, creo que necesitamos fortalecer una perspectiva que ya existe en muchos movimientos: una perspectiva abiertamente anticapitalista, anticolonial y antiestatal. No como un eslogan, sino como un reconocimiento de las estructuras reales que generan la crisis. Porque, si no nombramos al enemigo, él gana por defecto.
Y sé que, en muchos lugares, hablar de anticapitalismo suena extremo, pero ¿qué es extremo? ¿Es extremo decir que necesitamos cambiar un sistema que está literalmente destruyendo el planeta? ¿O es extremo mantener este sistema intacto mientras los bosques se queman, los ríos desaparecen, las comunidades son expulsadas, las ciudades se vuelven inhabitables y millones de personas mueren? Lo extremo, en realidad, es seguir como estamos.
Y hay otro punto que considero muy importante: el miedo. El miedo es una herramienta política. Mantiene a las personas paralizadas. Miedo a la policía, miedo a la pobreza, miedo al futuro, miedo a equivocarse, miedo a ser castigado. Y, mientras estemos aislados, el miedo es insoportable. Pero cambia por completo cuando estamos en colectivo. Los movimientos no eliminan el miedo, lo transforman en fuerza. Y ese es el secreto político más importante que el capitalismo intenta ocultar.
Por último, creo que debemos fijarnos en las nuevas generaciones. Hay una desesperación evidente, pero también hay una apertura que antes no existía. Muchos jóvenes ya saben que el futuro prometido por el capitalismo no se va a cumplir, y ni siquiera quieren ese futuro. Quieren otra cosa. Quieren una vida que tenga sentido. Y eso, en realidad, es una base muy poderosa para construir alternativas.
Pensando en esa construcción de alternativas, sería interesante escuchar de usted, que ha recorrido varios países del mundo conversando con los movimientos sociales de diversos pueblos, cómo encaja Brasil en esa ecuación.
Brasil es un país con una larga historia de resistencia popular. Resistencia negra, indígena, campesina, urbana. Algunas de las luchas más inspiradoras del mundo han tenido lugar aquí. Y siguen teniendo lugar. Pero, al mismo tiempo, Brasil también tiene una maquinaria estatal extremadamente violenta —una de las más violentas del mundo— y una élite profundamente comprometida con proyectos coloniales y extractivistas. Esta combinación crea un escenario de enorme tensión.
Por un lado, existe un enorme potencial de transformación, porque hay una memoria viva de lucha, una cultura de organización, una creatividad política muy fuerte. Por otro lado, el Estado reacciona con brutalidad cada vez que siente que sus intereses se ven amenazados. Y los intereses del Estado brasileño, desde hace siglos, son los intereses de la agroindustria, las mineras, los grandes terratenientes, los bancos, las corporaciones. Esa es la realidad material.
Por lo tanto, cuando pensamos en el papel de Brasil en los debates sobre el clima, especialmente ahora, con la COP30, debemos recordar estas contradicciones. El Estado brasileño quiere presentarse como «líder medioambiental», pero sigue expandiendo la minería, las hidroeléctricas, la agroindustria y la infraestructura logística para la exportación. Todo esto es absolutamente incompatible con cualquier proyecto de justicia climática.
Y esto nos lleva de vuelta al tema de la ficción. Porque el discurso oficial —ya sea del gobierno, de las corporaciones o de las grandes ONGs — crea la ilusión de que es posible «salvar el clima» sin enfrentarse a estos sectores. Pero eso es falso. Completamente falso. Y, al aceptar esta ficción, muchas personas acaban renunciando a la idea de una transformación real. Pero es precisamente por eso que las conversaciones, los libros, los movimientos y los encuentros como este son importantes: para mostrar que no estamos obligados a aceptar la narrativa dominante. Podemos cuestionarla. Podemos desmontarla. Podemos construir otra cosa.
Y creo que esto es especialmente urgente ahora, porque estamos entrando en una fase de la crisis climática en la que muchas personas buscarán soluciones fáciles, autoritarias, tecnológicas, soluciones que, en realidad, fortalecerán aún más el poder de las corporaciones y los Estados. Y ahí es donde entra el papel de los movimientos: mostrar que existen alternativas que no pasan por más control, más policía, más vigilancia, más fronteras, más militarización, más minería «verde», más energía «limpia» que destruye territorios.
Las alternativas reales pasan por la autonomía, la descentralización, el cuidado, la recuperación de territorios, la defensa de la vida en todas sus formas, la reconstrucción de las relaciones humanas que el capitalismo ha destruido. Y eso solo se puede hacer colectivamente.
¿Y cómo fortalecemos esa colectividad? ¿Cómo creamos espacios donde las personas puedan imaginar y practicar formas de vida que escapen de la lógica capitalista?
Imaginar ya es un acto político. Imaginar otra vida es el primer paso para vivirla.
Y, por supuesto, eso no significa que tengamos que crear un gran plan, una gran estrategia unificada, una visión única. Eso solo sería reproducir la lógica del Estado. La fuerza de los movimientos reales reside en la diversidad, en las múltiples formas de resistencia, en las diferentes maneras de vivir y luchar. No existe una solución única, ni debería existir. El mundo es diverso y las respuestas deben ser diversas.
Lo importante es que estas respuestas estén conectadas por principios comunes: autonomía, solidaridad, defensa de la vida, relación con la tierra, horizontalidad, cuidado. Estos principios ya existen en muchos lugares. No necesitamos inventarlos desde cero; necesitamos fortalecerlos.
Y hay algo que me gusta enfatizar: cuando hablamos de alternativas al capitalismo, muchas personas imaginan algo abstracto, lejano, imposible. Pero las alternativas ya están aquí. Son pequeñas, invisibles, criminalizadas, pero están sucediendo todos los días. Lo que falta no es la existencia de alternativas, lo que falta es que tengan espacio para crecer sin ser aplastadas por la violencia estatal y la lógica del lucro.
Y, en ese sentido, creo que una tarea importante es proteger los espacios de autonomía. Proteger las comunidades que ya viven de otra manera. Proteger los territorios que aún no han sido destruidos por la minería, la agroindustria y el urbanismo depredador. Proteger las formas de vida que el capitalismo intenta borrar. Esto es tan importante como resistir. Porque resistir no es solo decir «no», es también defender lo que ya existe y lo que puede llegar a existir.
Y esto me lleva a un punto que, para mí, es fundamental: la crisis climática es, ante todo, una crisis de relación. Relación con la tierra, con el agua, con los demás seres, con el tiempo, con el propio cuerpo. El capitalismo destruye las relaciones: lo convierte todo en mercancía. Y cualquier alternativa real necesita reconstruir las relaciones en otro sentido: relaciones de cuidado, de reciprocidad, de presencia.
Y creo que esto se ve muy claramente en Brasil, especialmente entre las comunidades que nunca se han desconectado por completo de estas formas de relación. Este conocimiento es muy valioso. No está en los libros de la ONU. No está en las universidades. No está en las conferencias. Está en las prácticas de pueblos que han sobrevivido durante siglos a la violencia colonial y, aun así, siguen defendiendo una visión del mundo radicalmente diferente.
Una visión que no es utopía, es experiencia. Es memoria viva. Y, ante la destrucción actual, tal vez sea la única fuente real de esperanza.
Y, por supuesto, hay una gran ironía en todo esto: mientras los gobiernos y las corporaciones gastan millones en crear modelos climáticos, informes, objetivos, tecnologías, certificaciones, créditos de carbono, sellos ecológicos… las formas más eficaces de hacer frente a la crisis climática son las mismas que los pueblos indígenas llevan practicando desde antes de la existencia del capitalismo. Cuidar la tierra. Respetar los límites. Proteger los bosques. Vivir en comunidad. Compartir. Evitar los excesos. Defender el territorio. Estas prácticas no encajan en el capitalismo, por eso intenta destruirlas.
Pero, en realidad, son lo que puede salvarnos.
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Comunidades zapatistas alertan que reformas legales profundizan despojo y militarización
7 de gener, per AuriFoto: Luis Enrique Aguilar/ Desinformémonos
Ciudad de México | Desinformémonos. En el marco del 32 aniversario del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, comunidades autónomas, bases de apoyo zapatistas, pueblos del Congreso Nacional Indígena y pensadores críticos se reunieron en el Centro Indígena de Capacitación Integral, Universidad de la Tierra, para analizar la guerra contra los territorios, el avance de los megaproyectos y los procesos de militarización que acompañan estos proyectos en México.
Durante los conversatorios del semillero “De pirámides, de historias, de amores y, claro, desamores”, las reflexiones se centraron en cómo las reformas constitucionales impulsadas en las últimas décadas han debilitado los derechos de los pueblos originarios. Se expuso que los cambios legales en materia agraria, extractiva y de defensa jurídica han servido para justificar el despojo de tierras y la explotación de los bienes naturales, bajo el discurso de desarrollo y certeza jurídica.
En ese espacio, la abogada Bárbara Zamora, asesora del Ejército Zapatista de Liberación Nacional durante los Acuerdos de San Andrés Larráinzar de 1996, advirtió que muchas reformas aparentan ampliar derechos, pero en los hechos concentran poder. “A la Constitución se le han hecho cientos de reformas que en la apariencia otorgan derechos, pero que en el fondo tienen la finalidad de ejercer mayor poder y eliminar derechos que antes se habían otorgado”, señaló, al explicar que las modificaciones a la Ley Agraria facilitaron la entrada de empresas inmobiliarias, turísticas, mineras y petroleras a territorios ejidales y comunitarios.
También se alertó que la ampliación de las funciones de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública incrementa el riesgo de despojo, al normalizar la presencia militar en comunidades indígenas y erosionar el tejido social. A ello se suman las recientes modificaciones a la demanda de amparo, que han limitado su uso para frenar megaproyectos, como ocurrió con el llamado tren maya. Las actividades concluyeron con la conmemoración del 32 aniversario del levantamiento zapatista en el Caracol de Oventik, en los Altos de Chiapas.
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Mueren 32 militares cubanos en ataque de Estados Unidos en Venezuela
7 de gener, per Auri
Ciudad de México | Desinformémonos. El Gobierno de Cuba confirmó la muerte de 32 militares cubanos tras la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, ocurrida la madrugada del 3 de enero de 2026. Se trata de la primera cifra oficial de víctimas mortales que se da a conocer casi dos días después de los ataques, en medio del silencio del gobierno venezolano sobre el saldo total de muertos y heridos.
En un comunicado difundido en redes sociales, el Ministerio del Interior de Cuba informó que los militares fallecidos formaban parte del anillo de seguridad del presidente Nicolás Maduro al momento de su captura. “Perdieron la vida en acciones combativas 32 cubanos, quienes cumplían misiones en representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, a solicitud de órganos homólogos del país sudamericano”, señaló la dependencia, al precisar que murieron en combates directos o como consecuencia de bombardeos a instalaciones.
El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, expresó su consternación por la muerte de sus connacionales y decretó dos días de duelo nacional. “Nuestros compatriotas cumplieron digna y heroicamente con su deber”, afirmó el mandatario, quien acusó que los militares cubanos enfrentaron un “criminal ataque” durante el operativo estadounidense. El gobierno cubano no reveló las identidades de los fallecidos, pero informó que sus familias ya recibieron condolencias del general Raúl Castro Ruz.
Desde hace más de una década, asesores cubanos participan en tareas de inteligencia, contrainteligencia y seguridad presidencial en Venezuela, como parte de los acuerdos de cooperación entre ambos países. Durante el mandato de Nicolás Maduro, el esquema de protección presidencial se reforzó ante reiteradas denuncias de conspiraciones para asesinarlo, lo que derivó en cambios en la Guardia de Honor Presidencial tras las elecciones de julio de 2024.
La intervención militar de Estados Unidos incluyó bombardeos en instalaciones militares de Caracas y en los estados de La Guaira, Miranda y Aragua. Hasta ahora, el gobierno venezolano no ha informado sobre el número de militares o civiles muertos o heridos. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, aseguró que se encontraba recabando información para ofrecer un balance oficial, mientras solo han circulado cifras extraoficiales y testimonios aislados de personas heridas tras los ataques.
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Continúa el genocidio del movimiento social en el Sur de Bolívar
6 de gener, per AuriCI.- Comunidades y organizaciones sociales denuncian el asesinato del dirigente campesino Jairo Alberto Díaz por parte del Clan del Golfo. Exigen acciones del Estado para desmantelar el paramilitarismo.
Secuestro y asesinato en medio de la indiferencia institucional
El autodenominado Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), grupo paramilitar vinculado con la fuerza pública, secuestró al dirigente social Jairo Alberto Díaz durante la noche del 21 de diciembre en la vereda El Jardín de San Pablo, Sur de Bolívar.
Integrantes del Clan del Golfo lo trasladaron por la fuerza hacia el corregimiento de Cañaveral Bajo.
A pesar de que organizaciones sociales y defensoras de derechos humanos alertaron de inmediato al Personero Municipal, al Inspector de Policía y a otras entidades para salvaguardar su vida, la respuesta institucional fue que «no es día laboral y toca atender el caso en horario de oficina».
El cuerpo de Jairo Díaz apareció asesinado en la mañana del 22 de diciembre.

Un líder histórico que sembraba vida
Jairo Alberto Díaz, oriundo de Vegachí (Antioquia), vivía desde hacía 20 años en la región.
Fue uno de los fundadores de la Asociación Agrominera del Sur de Bolívar (ASAMISSUR) y dedicó varios años a trabajar en la Junta de Acción Comunal (JAC).
En el momento de su muerte, era el tesorero de la JAC de la Vereda El Jardín y de la Asociación.
Las organizaciones lo describieron como un dirigente histórico, reconocido por su valiosa trayectoria. Padre de cinco hijos, se sostenía de cultivos de pancoger.
«Era una persona que sembraba vida y dignidad», expresaron.

Una muerte política anunciada
La comunidad responsabiliza al Clan del Golfo del asesinato. Este grupo había declarado una «muerte política y jurídica» a ASAMISSUR, la organización de Díaz, y le había prohibido reunirse o hacer presencia en el municipio.
Aunque Jairo no recibió amenazas directas, varios hombres identificados como integrantes de las AGC acabaron con su vida, según las denuncias de las comunidades.
Señalaron que estas acciones buscan «debilitar el tejido social y comunitario de la región».

Serranía de San Lucas. Foto Ecos Disonantes
Exigencias de justicia y desmantelamiento paramilitar
Las organizaciones solicitan al Gobierno nacional, al Ministerio del Interior, a la Fiscalía y a la Defensoría del Pueblo que esclarezcan este crimen y actúen contra los responsables del genocidio que enfrentan las comunidades.
También exigen sanciones para los funcionarios que omitieron atender el caso.
Reiteran la exigencia al gobierno de Gustavo Petro y al Estado colombiano para que desmantelen el paramilitarismo y la doctrina militar que, a su juicio, permiten el exterminio del movimiento social.
Entre las organizaciones que condenan los hechos se encuentran el Congreso de los Pueblos, el CNA, REDHER, la Corporación Jesús María Valle y la Federación Agrominera del Sur de Bolívar (Fedeagromisbol), entre otras.

Un genocidio que no se detiene: 185 líderes asesinados en 2025
El crimen de Díaz no es aislado. En abril de 2024, el Clan del Golfo asesinó al dirigente campesino Narciso Beleño.
La Fiscalía señaló al excoronel José Alejandro Castro Cadavid como presunto autor intelectual. Estos y otros casos permanecen en la impunidad.
El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) confirmó que, solo en 2025, la cifra de dirigentes sociales asesinados en todo el país asciende a 185 víctimas. Este crimen se enmarca en un conflicto territorial complejo donde, además del Clan del Golfo y el ELN, opera la Primera División del Ejército Nacional.

Minería ilegal y guerra territorial: El trasfondo económico
Un habitante del Sur de Bolívar, bajo reserva de identidad, declaró que el Clan del Golfo es dueño de más de 50 retroexcavadoras en la región, con las que adelanta minería ilegal, causa daño ambiental y explota laboralmente a la población, en muchos casos sin pagarles e incluso asesinándolos.
A su vez, el ELN sostiene un enfrentamiento armado con el Clan, por lo que ha realizado varios ataques contra la maquinaria y demás estructura para explotar oro. Como represalia, el grupo paramilitar dirige sus ataques contra la población civil y las organizaciones sociales.
Jairo Díaz y ASAMISSUR habían denunciado reiteradamente las afectaciones de esta explotación minera en el territorio y sus daños a la fauna y la flora.

Sur de Bolívar. Foto Ecos Disonantes.
La deuda del Estado: Protestas y exigencias
Durante el gobierno de Petro, las organizaciones han realizado numerosas protestas exigiendo el desmonte del paramilitarismo y de la doctrina de seguridad que consideran causante del genocidio contra comunidades, organizaciones y líderes sociales.
El asesinato de Jairo Díaz se convierte en otro símbolo de una deuda histórica de protección y justicia que el Estado no ha saldado.
Publicado originalmente en Colombia Informa