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Ejército israelí intercepta al menos 21 barcos de la Global Sumud Flotilla en aguas internacionales
30 d’abril, per Admin221 serían los barcos de la flotilla interceptados hasta ahora por el ejército israelí. Según denuncia la Global Sumud Flotilla, se encontraban a 600 millas náuticas de Gaza, una distancia que les lleva a preguntarse si Israel ha contado con la complicidad de gobiernos europeos para acometer su ataque. Una ofensiva que se traduce en el secuestro ilegal de cientos de participantes de la flotilla —una treintena con pasaporte español, según estiman desde la organización—, una nueva ilegalidad cometida por el estado sionista por la que desde la organización de la flotilla llaman a la gente a salir a la calle, contactar a los gobiernos y en especial al ministro de exteriores griego, frente a cuyas costas se ha producido el ataque.
En la mañana del 30 de abril, las embarcaciones restantes estarían en aguas griegas o navegando hacia ellas, tras horas de confusión. “Barcos militares israelíes han rodeado ilegalmente la flotilla en aguas internacionales amenazando con secuestros y violencia”, así alertaba la Global Sumud Flotilla desde las redes sociales durante la noche del miércoles el intento israelí de detener a los más de cincuenta barcos que desde el 15 de abril se dirigen hacia Gaza, pocas horas después de que el ministro de defensa israelí Israel Katz volviera a tachar a la iniciativa activista que lleva ayuda humanitaria a la franja y romper el bloqueo, de estar organizada por Hamas.
<script async src="//www.instagram.com/embed.js"></script>“Se ha perdido la comunicación con once embarcaciones y los medios israelíes afirman que siete barcos han sido interceptados”, denunciaban desde la flotilla en sus redes sociales en los primeros momentos del ataque, instando a los gobiernos a actuar para proteger la misión solidaria con Gaza, y exigir responsabilidades a Israel, a quien acusan de violar el derecho internacional con el abordaje de la flotilla y, principalmente con un genocidio en Gaza que no se detiene.
Las primeras alertas empezaban a llegar sobre las diez de la noche. Las redes sociales de la flotilla comunicaban que la embarcación italiana Bianca estaba siendo rodeada, y que la mayoría de los barcos estaban siendo bloqueados. “Nuestros barcos están siendo rodeados por lanchas motoras militares, autoidentificadas como ‘Israel’, apuntando lásers y armas de asalto semi-automáticas y ordenando a los participantes a que se desplacen al frente de los barcos, con rodillas y manos sobre cubierta”.
Con las comunicaciones bloqueadas por Israel, las embarcaciones de la flotilla han mandado durante la noche una señal de SOS y piden a las personas que sigan su canal en directo, “los testigos traen protección”, expresaban ya entrada la noche, mientras proseguía la ofensiva y participantes de diversos barcos de la flotilla denunciaban en vivo cómo estaban siendo acosados por drones que podrían atacar en cualquier momento.
Este material se comparte con autorización de El Salto
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Cuando el odio se horizontaliza: fascismo, memoria antidictatorial y estado de excepción en el siglo XXI. Entrevista a Daniel Feierstein
30 d’abril, per Admin2A cincuenta años del golpe en Argentina, el sociólogo y especialista en genocidios Daniel Feierstein analiza los significados de una movilización que fue multitudinaria en todo el país. La importancia de diferenciar el terrorismo de Estado, los crímenes de lesa humanidad y el genocidio, los errores del campo popular en la disputa por la memoria y la pregunta que divide aguas en la academia y en las calles: ¿son fascistas Milei, Bolsonaro y Trump? Una conversación que cruza el pasado reciente con el presente latinoamericano y propone recuperar la tradición antifascista como horizonte político urgente.
Se acaban de cumplir 50 años del golpe de Estado en Argentina. ¿Qué implica conmemorar esta fecha teniendo por primera vez en el gobierno a dos ultraderechistas como Javier Milei y Victoria Villarruel, abiertamente contrarios a las luchas históricas por Memoria, Verdad y Justicia?
Da cuenta de un ciclo descendente que comenzó mucho antes y que nos trajo hasta aquí. Creo que debe interpelarnos en función de cómo se dio esta crisis, qué cambios ocurrieron en el país y en el mundo, pero también qué hicimos mal para evitar esta situación, qué elementos de la transmisión transgeneracional se quebraron para conducir a la realidad actual.
La movilización del 24 de marzo por el 50 aniversario fue multitudinaria en todo el país. Algunos la comparamos con el 24 de marzo de 1996, cuando se conmemoraron los 20 años del golpe, que resultó un verdadero parteaguas generacional. ¿Cómo la viviste y qué similitudes y diferencias ves entre ambas fechas?
Está buena esa relación con el 96, porque también a mí me trajo recuerdos de algunos elementos que se parecen y otros que no. Diría dos puntos de contacto relevantes. Primero, el salto en la masividad en todo el país: en el 96 fue la primera marcha tan masiva, los 20 años fueron un quiebre importante, y creo que ahora por los 50 años hubo otro salto muy significativo. La propia policía de la ciudad reconocía un millón de personas en Buenos Aires, y es un dato relevante porque no lo decían los organizadores. Hay muy pocas manifestaciones de ese nivel en la ciudad, y se notaba: en un momento, queriendo llegar a la columna del Encuentro Memoria Verdad y Justicia desde Avenida de Mayo, estuve media hora sin poder avanzar una cuadra entre Piedras y Tacuarí, con un nivel de densidad que no recuerdo en otras marchas.
El segundo punto de contacto es que esa masividad estaba pensada en la lógica de un límite. En el 96 era un límite a la impunidad; ahora podríamos decir que es un límite que la sociedad le pone al intento de volver atrás, de desmantelar lo construido en materia de memoria.
Pero hay un elemento que todavía le falta a este momento y que sí tuvo el 96: un desafío generacional claro. En 1995 había aparecido HIJOS, y en la marcha del 96 esa organización tuvo un rol crucial, no solo en la convocatoria y la manifestación, sino en la reconfiguración conceptual del movimiento de derechos humanos. HIJOS fisura la teoría de los dos demonios al recuperar la identidad política de los desaparecidos, y junto a lo que vendría después —la mesa de escraches populares— produce una transformación profunda del campo.
Creo que estamos en la apertura de un nuevo ciclo, el cuarto en términos de transiciones generacionales dentro del movimiento. La generación que hoy tiene entre 18 y 30 años viene a ser, en muchos casos, la de los nietos de quienes vivieron la dictadura. Los hijos ya tienen entre 40 y 50. Y esta nueva generación —que podríamos llamar Nietes, así como HIJOS no era solo la organización sino toda una generación— todavía no ha encontrado su interpelación propia, sus preguntas, aquello que no le cierra de la manera en que el tema ha sido transmitido. Vi muchos jóvenes en la marcha, pero me falta escuchar el sacudón que en su momento dio HIJOS: “nuestra conexión no puede ser los dos demonios”. Creo que hay una nueva generación que en parte está aburrida con ciertos mantras, con algunas formas de la nostalgia, con la repetición de gestos que fueron poderosos pero que no necesariamente interpelan hoy. Y eso tiene que ver con muchas cosas que hemos hecho mal en términos de transmisión.
En general hay una cierta confusión en el uso o apelación a las categorías de terrorismo de Estado, crímenes de lesa humanidad y genocidio, que incluso en ocasiones se utilizan como sinónimos. ¿Qué diferencias existen entre ellas y cuáles serían las consecuencias políticas de cada una para caracterizar a los crímenes de la dictadura?
Se trata de conceptos distintos, con historias distintas, momentos distintos de surgimiento y consecuencias distintas. Los conceptos de genocidio y crímenes de lesa humanidad surgieron en la segunda posguerra, como consecuencia de la experiencia del nazismo. La diferencia fundamental es que el concepto de crímenes de lesa humanidad solo da cuenta de acciones puntuales (asesinatos, secuestros, torturas, violaciones, entre otras) pero no asume ninguna caracterización del proceso global, en tanto que el concepto de genocidio captura esa lógica global al plantear el objetivo de la acción: la destrucción de la identidad del grupo afectado. De este modo, en el genocidio las muertes no son el objetivo sino el instrumento para otra cosa —la transformación de la identidad de un pueblo—, mientras que en la idea de crímenes de lesa humanidad esto queda oscurecido porque solo dan cuenta de las acciones y no requieren contexto: alcanza con que las acciones sean sistemáticas o masivas.
En el caso del concepto de terrorismo de Estado, fue creado por Eduardo Luis Duhalde para dar cuenta de una especificidad del genocidio —lo planteo en estos términos porque así está en sus libros—: el carácter dual del uso del aparato estatal (legal y clandestino) es la modalidad concreta que asumen determinados Estados, como el argentino, en su implementación del genocidio. Sin embargo, reapropiado por muchos historiadores y cientistas sociales —muchas veces sin remitir a Duhalde—, el concepto se ha ido volviendo más y más problemático. En especial porque al invertir la fórmula (de Estado terrorista como especificidad estatal al terrorismo de Estado como fórmula), lo que se pone en el eje son «modalidades de terrorismo». De este modo, la estatal entra en diálogo directo con la «insurgente» o «subversiva» y tiende a conducir a lo que hemos llamado en Argentina «teorías de los dos demonios». Es difícil escapar a ello si uno inicia el análisis calificando modalidades de terrorismo. Además de lo poco consistente del término «terrorismo» —tremendamente abusado a partir de los años noventa y en especial luego del atentado a las Torres Gemelas en 2001—, que conduce cualquier debate a formas no objetivables de calificación de «modalidades de violencia».
Una polémica que la derecha ha instalado con fuerza gira en torno al número de detenides-desaparecides, cuestionando que sean 30 mil. ¿Por qué es importante reivindicarlo o defenderlo más allá del debate cuantitativo y qué significa esa cifra/consigna como símbolo y denuncia del proceso genocida en Argentina?
Hay dos cuestiones distintas vinculadas al número. La primera es que en todo genocidio los números son estimaciones. Producto de la clandestinidad y la continuidad del terror, el trauma y las formas de afectación en una sociedad, no resulta nunca posible conocer el número total y definitivo de víctimas. Por eso se trabaja con estimaciones. Es en ese sentido que resultan simbólicas y relevantes, como los 6 millones de judíos asesinados por el nazismo, el millón y medio de armenios asesinados por el ittihadismo turco, los 800.000 tutsis aniquilados en Ruanda, etc.
Por otro lado, cuando estudiamos el origen de la estimación, vemos que en todos los primeros documentos siempre lo que se estimaba era la población que pasó por los campos de concentración. En primer lugar, porque era la información que se tenía —las denuncias—. En segundo lugar, porque durante los años dictatoriales no había modo de saber quién sería asesinado y quién quedaría con vida. A partir de los datos con los que se cuenta hoy, es posible inferir que los detenidos en campos de concentración fueron más de 30.000, con lo cual la estimación fue muy buena y, como todo buen trabajo de estimación, tendió a quedarse un poco corta. Lo que no significa que todos los detenidos en campos de concentración fueron asesinados. Ahí radica una de las mayores confusiones, que apareció ya luego del fin de la dictadura: creer que todos los desaparecidos fueron asesinados. El poder genocida liberó muchos desaparecidos porque, como los propios sobrevivientes narraron y analizaron, constituía una estrategia para irradiar el terror en el conjunto de la sociedad. Alguien tenía que contar lo que estaba ocurriendo, en un momento donde las autoridades negaban tanto la existencia de campos de concentración como la existencia de desaparecidos.
Las ultraderechas y el gobierno de Milei han instalado con fuerza la idea de una “batalla cultural”, disputando el sentido del pasado reciente con consignas como la de la “memoria completa”. Al mismo tiempo, la cercanía entre muchos organismos de derechos humanos y los gobiernos kirchneristas generó una identificación que, ante la debacle de ese ciclo político, terminó permeando en una crítica más amplia. ¿Qué aciertos tuvieron las derechas en esa batalla cultural y qué errores o limitaciones identificás en el campo popular y en el progresismo?
La derecha, a partir de 2006-2007 aproximadamente, cambia su discurso y logra construir una interpelación mucho más eficaz. Sale del lugar residual y marginal en que la dejaba el fracaso de la legitimación directa del accionar de la dictadura —que nunca logró permear en la sociedad— e implementa lo que llamé la versión recargada de los dos demonios. No es una legitimación directa, aunque puede terminar conduciendo a ella. Es, en cambio, esta idea de iluminar lo que quedó oscuro, de completar una memoria que sería parcial. Y creo que algo quedó oscuro, en parte por un problema del campo popular: nunca se pudo saldar el debate sobre la lucha armada.
Una de las potencias de la recuperación de la identidad de los desaparecidos fue poder ver que la mayoría de ellos eran miembros de organizaciones políticas y sociales, y esa recuperación fue muy rica: identidades sindicales, barriales, de ligas, todo eso se recuperó con enorme profundidad. Pero el rol de la lucha armada quedó absolutamente opacado, con todas sus variantes y complejidades. Y es un debate riquísimo. Para mí, por ejemplo, el secuestro y asesinato de Aramburu y el asesinato de Rucci son dos cosas absolutamente opuestas: una cosa es uno de los actores del golpe del 55, responsable de los bombardeos a Plaza de Mayo; otra cosa es el secretario general de la CGT, te guste o no te guste su gestión. El debate sobre el uso de la violencia no es banal: es un debate sobre cómo se implementó, con qué lógica, en qué momento, en qué contexto, con qué tipo de acciones. Todo eso faltó. Y la derecha lo pone sobre la mesa. Para cualquier persona que solo conoció una versión depurada de los setenta, de pronto aparece información que no le habían contado, y eso es aprovechado con eficacia.
El segundo error, y creo que el más perjudicial, fue la partidización de la memoria. Hasta cierto momento, la causa de los derechos humanos había tenido una potencia transversal enorme: estudios de opinión de la primera década del siglo XXI mostraban niveles de acuerdo de entre el 80 y el 90% de la población. Cuando los principales organismos comenzaron a participar activamente en actos de campaña, a sacarse fotos permanentemente con los presidentes, a confundirse con el kirchnerismo como si fueran su rama humanitaria, ese consenso empezó a fisurarse. Cualquiera que disentía con el gobierno, por el motivo que fuera, se veía empujado a cuestionar también eso. El estudio de opinión de este año mostraba niveles de rechazo a la dictadura de entre el 67 y el 70%. Sigue siendo muy alto, pero bajó muchísimo respecto de aquellos niveles, y sobre todo en los sectores más jóvenes.
El tercer elemento que siempre señalo es el quiebre entre la producción teórica y el activismo político, que durante muchos años estuvo muy articulado en nuestro país —desde antes de la dictadura, durante ella y en los primeros quince o veinte años posteriores. A partir del fin de la guerra fría, y sobre todo desde el siglo XXI, esa articulación se rompió. Por un lado, se consolidó una academia hiperprofesionalizada que busca la neutralidad imposible y que llegó a tratar las categorías del campo popular como meras «categorías nativas». Por el otro, desde el campo popular también hubo un desprecio del debate conceptual: la idea de que la universidad de la calle y la lucha alcanzan. La derecha hizo lo contrario: tiene cuadros intelectuales que, más allá de lo que uno piense de sus posiciones, son lúcidos, trabajan con rigor, y ponen su producción teórica al servicio de un proyecto político transversal y amplio. Eso es lo que muchos cuadros del campo popular hicieron durante los sesenta, setenta y ochenta, y que dejaron de hacer.
Una discusión que estuvo muy presente en los setenta -al calor de los golpes en Chile y Uruguay, pero también en Argentina, sobre todo a partir de los debates generados durante el exilio mexicano- es la de si caracterizar como fascismo a esas dictaduras del Cono Sur. ¿Cómo la interpretás hoy, y qué vigencia tiene esa polémica para pensar el presente?
Tengo una postura que puede parecer paradójica y te voy a explicar por qué. Creo que lo potente del concepto de fascismo, cuando se lo piensa como práctica social —más que como ideología, aunque también lo es—, es que permite identificar un tipo específico de comportamiento político. Y entendido como práctica social, las dictaduras del Cono Sur de los años sesenta y setenta no fueron fascistas: fueron otra cosa. La diferencia fundamental es que el fascismo moviliza activamente a las masas, genera una irradiación de sentimiento y una capacidad de acción colectiva orientada al odio hacia el otro. Las dictaduras del Cono Sur, en cambio, buscaban paralizar, desmovilizar. Su herramienta era el terror inoculado a través de los campos de concentración. En ese sentido, fueron dictaduras genocidas, pero no fascistas. Esto, por otro lado, era parte de la discusión que se daba en ese momento dentro del campo popular, con intelectuales genuinamente implicados en el debate, sin creer que su palabra era la que definía y sin bajar el nivel de la discusión. Atilio Borón tiene un muy buen trabajo en ese sentido.
¿Por qué digo que es paradójico? Porque me parece que este momento, que no es genocida en el mismo sentido, sí tiene rasgos fascistas. Lo que vemos en Trump, en Bolsonaro, en Milei es una voluntad de movilizar, una lógica en el uso de las redes sociales, del doxeo, del hostigamiento, que busca que la gente salga a actuar contra el de al lado. Yo creo que es un fascismo incipiente.
En el ámbito académico, lo que planteo es bastante minoritario. En 2019 publiqué La construcción del enano fascista, donde veía este proceso desarrollarse años antes de que Milei apareciera como figura política relevante. Sin embargo, la postura académica dominante ha sido que de ninguna manera puede hablarse de fascismo —e incluso que sería irrespetuoso hacerlo. Hay un libro de 2023, la compilación que hace Pablo Semán subtitulada La extrema derecha que no vimos venir, que es revelador: no mencionan un libro publicado cuatro años antes que llama fascismo a este proceso. Dicen que “algunos” lo llamaron fascismo, pero sin nombrar el antecedente. Mientras tanto, el movimiento de diversidad sexual y el movimiento de género convocaron una marcha masiva que llamaron directamente antifascista. Desde el movimiento popular, una caracterización que no busca un desarrollo teórico, sino que nombra lo que está viviendo.
El problema con la postura académica dominante es que termina diciendo: “si el líder no tiene bigote, si no levanta el brazo, si no hay un Auschwitz, entonces no es fascismo”. Y eso es un error de base, como bien señaló Pablo Avelluto en una discusión sobre el tema: el fascismo terminó en Auschwitz, no empezó con Auschwitz. Decir “no es fascismo porque no hay Auschwitz” es una irresponsabilidad política. Lo que hay que identificar es un tipo de práctica social: un modo particular de utilización política del odio. No el odio en general —el odio lo usan todas las fuerzas políticas—, sino un odio horizontalizado, dirigido hacia el de al lado y no hacia el de arriba, un odio que aprovecha el resentimiento. Eso es lo que distingue al fascismo de otras derechas, conservadoras o liberales. Y es lo que vemos avanzar.
En muchas ocasiones se analizan estas dinámicas autoritarias desde una lógica meramente electoral o gubernamental. Pero hay realidades latinoamericanas -pienso por ejemplo en México, Colombia o Chile- donde pueden cohabitar un gobierno que muches definen como progresista y procesos de desaparición masiva de personas, la militarización de territorios o el exterminio de líderes sociales con cierta “normalidad” liberal burguesa. ¿Cómo leés esta realidad, que parece más compleja que la dicotomía democracia/fascismo?
Lo que planteás es muy importante, y creo que hay que ir distinguiendo conceptos que fácilmente se mezclan. El fascismo fue una experiencia muy paradigmática que tuvo muchas dimensiones, y no todas esas dimensiones se llaman igual ni tienen que darse juntas. Una cosa son las prácticas genocidas, otra son las prácticas fascistas, y otra cosa es el estado de excepción. Las tres pueden darse en el contexto de regímenes democráticos o autoritarios, y pueden presentarse de manera separada o combinada, según el caso.
Lo interesante de lo que planteás es la cuestión del estado de excepción en territorios específicos. Lo que ha ido ocurriendo en muchos países latinoamericanos es que el Estado ha dejado de tener el monopolio de la violencia en el conjunto de su territorio. Entonces tenés estado de excepción en partes del territorio sin que eso implique un estado de excepción a nivel nacional. Por eso podés tener gobiernos democráticos —incluso de los más comprometidos, como AMLO o Sheinbaum en México o Petro en Colombia— y al mismo tiempo territorios que esos gobiernos no controlan y donde se dan prácticas genocidas. En Colombia, el genocidio continuado no tiene el mismo nivel que bajo el uribismo, pero no se ha detenido en el conjunto del territorio, justamente porque hay zonas que el gobierno no controla. En México la cuestión es más discutible. Pero en ninguno de esos dos casos veo prácticas fascistas: tenemos estado de excepción localizado y prácticas genocidas sin fascismo.
Paradójicamente, en otros países donde no hay prácticas genocidas ni estado de excepción, sí comienzan a avanzar las prácticas fascistas. Estoy pensando en Brasil y Argentina, y en menor medida en Chile. En Brasil, me parece que el bolsonarismo ha incidido más profundamente en la población que el carácter fascista de Milei, que por ahora es más un proyecto que una realidad consolidada. La mayoría de los que votan a Milei no lo votan por sus rasgos fascistas, sino por otras cosas. Eso es distinto en el caso Bolsonaro, e incluso en Trump: el nivel de adhesión a los rasgos más propiamente fascistas es mayor.
Lo que hay que tener en cuenta es el riesgo de suponer que la continuidad democrática formal garantiza que el proceso seguirá siendo democrático. Tanto en Brasil como en Estados Unidos, cuando estos movimientos perdieron las elecciones intentaron no entregar el poder. Nada garantiza que no lo volverán a intentar. Nosotros en Argentina tenemos un gobierno que veta una ley sancionada por el parlamento, el parlamento le rechaza el veto con dos tercios, y el gobierno decide igual no implementarla; ignora una cautelar judicial; se jacta de no cumplir las leyes que su propio parlamento sanciona. Hay un deterioro del funcionamiento institucional muy notorio que no se reduce a si hay elecciones o no. Por eso digo que el perfil neofascista de algunos de estos gobiernos es un dato relevante, más allá de que mantengan la continuidad electoral.
El caso de El Salvador muestra cómo pueden darse los dos procesos a la vez: un régimen que es difícil calificar de democrático, pero que, sin embargo, como pasó con muchas experiencias fascistas históricas, tiene apoyo mayoritario de la población. Bukele no respeta el funcionamiento institucional, pero no todo es fraude; gana las elecciones con amplia mayoría. Cuando le damos matices a estos análisis, la situación se vuelve más interesante y más útil para la acción política. Y para eso necesitamos esa articulación entre campo popular y producción académica: poder distinguir estado de excepción, fascismo, genocidio, democracia y dictadura. Si no, terminamos con la ecuación Macri igual a dictadura, Milei igual a dictadura, que es un problema. Milei puede ser muchas cosas, pero dictador —al menos por ahora— no es. Lo cual no significa que no sea una amenaza real y seria.
Para cerrar: el fascismo no es posible pensarlo sin el antifascismo, sin la resistencia como algo casi constitutivo de ese campo de fuerzas antagónico. ¿Cuál es la vigencia hoy del antifascismo y qué potencialidad tiene recrear un proyecto o un espacio de articulación que apueste a él?
Es un desafío crucial, y lo veo de manera diferente según las regiones. En muchos países europeos todavía subsiste una tradición de lo que ahora llaman, con una metáfora algo incómoda, «barrera sanitaria»: la derecha liberal, la derecha conservadora, la socialdemocracia, la izquierda más revolucionaria e incluso el ecologismo se reúnen para plantear que el fascismo queda fuera del horizonte político legítimo. Eso en nuestra región no ocurrió, entre otras cosas porque no tenemos experiencia histórica directa de fascismo y por lo tanto tampoco tenemos tradición antifascista arraigada.
Sin embargo, hubo señales interesantes. La marcha antifascista convocada por el movimiento de diversidad sexual y el movimiento de género es un ejemplo: fueron de los sectores más atacados quienes pusieron ese nombre sobre la mesa, desde el movimiento popular, sin esperar el aval teórico de la academia. Eso es significativo. También lo es que figuras como Pablo Avelluto, que avaló toda la ofensiva editorial revisionista como director de Sudamericana —“Tata” Yofre, Ceferino Reato, toda la bibliografía que puso el revisionismo en primera plana—, ante el gobierno de Milei empiece a ver que su lugar no está ahí y que necesita articular con quienes se había enfrentado. Es un signo, aunque por ahora sean pocos.
La riqueza del antifascismo histórico, así como la del movimiento de derechos humanos en Argentina —que no se caracterizaba a sí mismo como antifascista, porque no caracterizaba a la dictadura como fascismo, pero que sí era antidictatorial—, fue la transversalidad y la pluralidad. Era mucha gente que pensaba muy distinto, que votaba muy distinto, pero que decía: este es nuestro límite. Estoy pensando en la República española: estaba hecha de gente enormemente diversa, pero con un piso mínimo compartido.
Me parece que necesitamos ese piso mínimo de articulación política entre sectores muy distintos. No tenemos por qué ser iguales ni pensar lo mismo en todo: podemos seguir siendo distintos, pero decir que las reglas de disputa política excluyen al fascismo. Esta gente, no. Después lo resolveremos entre nosotros como siempre lo hemos resuelto. Pero que esto no sea parte del horizonte político posible. Ese me parece el desafío central. Y por eso la marcha antifascista fue alentadora: fue un llamado de atención que sería bueno que el conjunto de la sociedad argentina pudiera tomar.
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Frankenstein y el ecocidio progresista
30 d’abril, per Admin2Victor Frankenstein no buscaba crear algo horrendo, de hecho, seleccionó piezas que consideraba hermosas, lo que hace que el resultado final sea algo grotesco que trata de parecer humano pero que revela su inhumanidad. Los proyectos de sustentabilidad, la economía circular, la lucha contra el cambio climático y el ambientalismo que promueven gobiernos y empresas en todo el mundo, y en Puebla en particular, parecen también creaciones del Dr. Frankenstein, parecen tener el propósito de proteger el medio ambiente, pero dejan ver entre sus burdas suturas su capitalismo voraz y la mezquindad de sus creadores, que en lugar de generar bienestar, dejan a su paso dolor, enfermedad y destrucción.
Cada vez que escuchamos a funcionarios gubernamentales describir los proyectos que pretenden imponer resuenan las palabras de Victor: “¡Cómo expresar mi emoción ante aquella catástrofe, ni describir al desdichado al que con tan infinitos trabajos y cuidados había intentado formar! Sus miembros eran proporcionados y había seleccionado sus rasgos por su belleza. ¡Belleza! ¡Dios mío!». Resuenan como un eco infinito que se extiende desde que el desarrollo empezó a ser la coartada del capitalismo y del colonialismo, sea neoliberal o progresista, hasta estos días.
El gobierno de Alejandro Armenta presenta un Cablebús que no genera emisiones, que aparenta enfrentar el grave problema de transporte público de la ciudad de Puebla; aparece decretada por Claudia Sheinbaum una mega planta recicladora que hará, con la magia de la tecnología, que la basura deje de existir y se convierta en materias primas, y que además dará empleo y desarrollo a San José Chiapa y a toda la Cuenca Libres-Oriental; presentan eco-parques que serán un oasis verde en el desierto del concreto; nos presentan una creación monstruosa que parece conjuntar las partes más bellas de la sustentabilidad y del progreso, una transformación.
Para quienes desde la estratósfera del privilegio miran los territorios de abajo, de los pueblos, la monstruosidad se ve hermosa, tiene sentido, sus partes parecen tener la forma y proporción correctas, sobre todo porque además generarán riqueza, bueno, dinero que les permitirá mantenerse en la estratósfera de la pirámide que es el mundo. Pero cuando los pueblos miran esos proyectos, ven que hay huecos entre las partes, “San José Chiapa no es basurero”, «¡Queremos información, no imposición!», «¡Armenta, entiende, queremos áreas verdes!» son gritos de resistencia que se niegan a someterse a la voluntad de los monstruos creadores de monstruos. Esos huecos cuando se miran con el conjunto revelan que esa creación no es sólo monstruosa sino letal, inhumana, «la hermosura del sueño se desvanecía y un horror y un asco profundos me embargaban el corazón» dijera Frankenstein.
De pronto el Cablebús acabará con parques, “intervendrá” árboles plantados hace décadas por vecinas y vecinos, desalojará con sus cables, torres y megaobras a animales que sobreviven en medio de la ciudad y se extenderá autoritariamente por el cielo urbano sin haberle preguntado a sus habitantes nada, sin tomarles en cuenta; la mágica planta recicladora resulta que tendrá un incinerador que llenará de toxinas el aire, que saqueará el agua de una cuenca ya sobreexplotada y los camiones de basura invadirán los caminos; resulta que los eco-parques pronto se convertirán en especulación inmobiliaria y centros turísticos que no protegen a la naturaleza, la monetizan.
Resulta que en la ciudad el transporte público seguirá siendo un desastre porque los recursos se “invirtieron” y no queda nada para resolver el problema, además de que el noroeste de la ciudad seguirá padeciendo largos recorridos mientras miran a un sistema de transporte que podría haber sido para ellas y ellos. Resulta que la Cuenca Libres-Oriental se vuelve inhabitable y la migración se hace inevitable. Resulta que donde había cerros y bosques, habrá concreto, habrá espectáculo y especulación.
“¿Qué prefieren, un basurero a cielo abierto o una recicladora?” Decía la presidenta Sheinbaum hace no mucho en un evento público en San José Chiapa. No pregunta si el monstruo debe ser creado, sino qué indumentaria llevará. “A los poblanos no les interesa” decía el jefe de gabinete del gobierno poblano, José Luis Parra sobre presentar los estudios urbanísticos y ambientales a quienes habitan la ciudad. En lugar de explicar a detalle cómo será el engendro que será desatado en la población, deciden que a quienes tendrán que enfrentarlo no les interesan esos detalles.
Como el Dr. Frankenstein, la Dra. Sheinbaum y el Mtro. Armenta imponen al mundo sus creaciones que pretenden ser hermosas, pero al hacerlas desde la vanidad del poder, desde la ocurrencia autoritaria, sin consultar a quienes las padecerán, lo que resulta son monstruosidades, las crean como algo para el “bienestar”, pero cuando ese “bienestar” inhumano empieza a caminar, lleva dolor y muerte.
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Europa se calienta dos veces más rápido que la media mundial
30 d’abril, per AuriSi hay un continente que debe luchar contra el cambio climático más rápido que otros, ese es Europa. Las condiciones climáticas están teniendo ya repercusiones en el agua. En toda Europa, alrededor del 70 por ciento de los cursos de agua registraron caudales inferiores a la media durante 2025. Urge la toma de decisiones políticas.
Incendios récord, sequía, olas de calor intensas: desde el mar Mediterráneo hasta el Ártico, el cambio climático está transformando Europa. Este continente se calienta dos veces más rápido que la media mundial, alertó este miércoles un nuevo informe de una agencia de la ONU, que señala que Europa batió en 2025 sus récords de ola de calor marina y de superficie quemada por incendios.
Publicado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y el observatorio europeo Copernicus, el estudio anual señala que casi toda Europa (al menos el 95%) registró temperaturas anuales superiores a la media en 2025.
El continente sufrió el año pasado su segunda ola de calor más intensa jamás registrada. «Desde la década de 1980, Europa se ha calentado dos veces más rápido que la media mundial», destaca el documento.
Decisiones políticas
Entre los episodios más destacados de 2025 en el continente europeo se encuentra una ola de calor excepcional de tres semanas en Fennoscandia, justo debajo del círculo polar ártico. En esta parte del norte de Europa, compuesta por Finlandia, Suecia y Noruega, las temperaturas alcanzaron casi los 35°C en julio, según mediciones realizadas en Noruega.
Gran parte de Europa también experimentó más días con al menos un «fuerte» estrés térmico que la media. El sur y el este de España, por ejemplo, registraron hasta 50 días más de lo normal con temperaturas «sentidas» superiores a 32°C.
«El informe de 2025 ofrece información clara y procesable para apoyar las decisiones políticas y ayudar al público a comprender mejor el clima cambiante en el que vivimos», declaró Florian Pappenberger, Director General del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas.
La consecuencia de estas olas de calor es el retroceso de la nieve. Los glaciares registraron una pérdida neta de masa en 2025. Por ejemplo, Islandia registró su segunda mayor pérdida anual de su historia, después de 2005.
Importante caída de la superficie nevada
Paralelamente, Europa en su conjunto registró menos días de frío intenso: el 90% del continente registró un número de días con al menos un episodio de frío «fuerte» inferior a la media. Las condiciones térmicas mínimas se mantuvieron por encima de lo normal durante la mayor parte del año.
Sin embargo, las temperaturas superiores a la media y las precipitaciones deficitarias provocaron una pérdida significativa de la capa de nieve y hielo.
En marzo de 2025, la superficie nevada en Europa fue inferior a la media en aproximadamente 1,32 millones de kilómetros cuadrados (31 por ciento), lo que equivale a la superficie combinada de Francia, Italia, Alemania, Suiza y Austria. Se trata de la tercera extensión de nieve más baja desde que comenzaron los registros en 1983.
Biodiversidad, incendios y aumento de las renovables
Estas condiciones climáticas también tuvieron repercusiones en el agua. En toda Europa, alrededor del 70% de los cursos de agua registraron caudales inferiores a la media, mientras que este año fue uno de los tres más secos en términos de humedad del suelo desde 1992.
Los océanos también sufrieron, con un récord del 86% de las regiones oceánicas que experimentaron al menos un día de episodio de calor «fuerte».
Estas olas de calor también tienen consecuencias importantes para la biodiversidad, especialmente para las praderas submarinas del Mediterráneo, que actúan como barreras marinas naturales y son sensibles a las altas temperaturas.
Otro aspecto del estudio son los incendios récord de 2025, alimentados por las sequías y las temperaturas abrasadoras. Más de un millón de hectáreas se quemaron, una superficie superior a la de Chipre.
Entre las buenas noticias, las energías renovables representaron por tercer año consecutivo una cuota superior a la de los combustibles fósiles en la generación de electricidad, con un 46,4 por ciento de la producción. En 2025, la energía solar alcanzó también un récord de contribución del 12,5 por ciento.
Publicado originalmente en Noticias ONU
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Israel ordena a más residentes del sur del Líbano que abandonen sus hogares o se enfrenten a la muerte
29 d’abril, per AuriLas fuerzas armadas israelíes han lanzado ataques en todo el sur del Líbano, tras emitir nuevas advertencias a los residentes de esa zona para que evacúen más de una docena de aldeas y pueblos y se dirijan hacia el norte de inmediato o, de lo contrario, se enfrenten a la muerte. Esta es la violación más reciente del acuerdo de alto el fuego entre Israel y el Líbano prorrogado oficialmente el jueves pasado. El lunes, el líder de Hizbulá, Naim Qassem, emitió un comunicado en el que condenó las conversaciones directas del Gobierno libanés con Israel e hizo mención de la ocupación israelí de los territorios del sur del Líbano y sus persistentes ataques. En respuesta, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, amenazó con “prender fuego a Hizbulá y a todo el Líbano”.
Publicado originalmente en Democracy Now