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Todo por Hacer cierra un ciclo de 15 años de prensa anarquista
17 de desembre de 2025, per Redacción17/12/2025Fuente:Etiquetas:
Han pasado más de quince años desde que el primer número de Todo por Hacer –un monográfico sobre la huelga general de septiembre de 2010– vio la luz. Unos meses después (en febrero de 2011), decidimos embarcarnos en la aventura de empezar a publicar un periódico nuevo cada mes, que, tal y como escribimos en nuestra presentación, era fruto de “la ilusión y el esfuerzo de varias compañeras por sacar adelante un proyecto autogestionado que contribuya a visibilizar nuestras posturas en un formato –el papel– que, lejos de haberse vuelto obsoleto y anacrónico, sentimos que tiene sus propias ventajas: una cierta perdurabilidad, la difusión ‘mano a mano’, la presencia física en la calle, etc”.
En esa época, muchas anarquistas madrileñas veíamos que nuestras ideas y acciones no hallaban eco entre las personas ajenas a nuestro círculo y que, si bien era un momento de variada y buena contrainformación en la red, entendíamos que se necesitaba dar un paso más y dirigirnos a un público más amplio. Por eso fundamos un periódico gratuito, en el que el dinero no fuera un impedimento para conocernos, que se encontrara en nuestros sitios de referencia (centros sociales, sindicatos, manifestaciones, etc) pero que también estuviera en bares, en el metro, en bibliotecas, asociaciones de vecinas… con el fin de llegar a cuanta más gente, mejor.
Desde entonces, hemos sacado adelante 179 números –incluyendo un par de ellos que, por culpa de la pandemia de 2020, no pudimos imprimir– repletos de artículos de análisis y de opinión, tratando en los mismos “de dar difusión a noticias que vayan más allá de un mero titular, que nos inspiren y mantengan su vigor aun con el paso de las semanas”. Y es ahora, con mucha pena, con la que os anunciamos que este proyecto está llegando a su fin.
Uno de los motivos por los que hemos decidido echar el cierre –quizás el principal– se debe al cansancio que arrastramos. El Todo por Hacer lo conformamos un pequeño grupo de amigas que todos los meses nos peleamos con los elementos para rascarle tiempo a nuestra vida personal, familiar, laboral y de militancia para encontrar tiempo para escribir artículos, buscar fotos, maquetar el número, llevarlo a nuestros puntos de distribución habituales, repartirlos en manifestaciones u otros eventos, enviarlos por correo a nuestras suscriptoras y difundir el contenido por redes sociales. En los últimos quince años nuestras circunstancias vitales han cambiado en muchos sentidos –hemos tenido criaturas, entrado en curros nuevos, hemos pasado por varias mudanzas, etc– y cada mes que pasa vamos acusando el agotamiento que ello supone. Sencillamente, no vemos sostenible continuar con el mismo ritmo. Y es que precisamente, aunque el hecho de ser “un pequeño grupo de amigos” cercanos y afines es una de las razones de que hayamos conseguido llegar hasta aquí, también ha sido un arma de doble filo que ha dificultado la incorporación de nuevas personas al proyecto de forma duradera, quedándonos sin un relevo natural para el proyecto.
Por otro lado, el contexto en el que nació este proyecto ha cambiado radicalmente. A finales de 2010 y principios de 2011 nos encontrábamos sumidas en una gran crisis económica y se respiraba inquietud en las calles, la rabia contra el sistema político y financiero supuraba y parecía que en cualquier momento se podría producir un gran estallido social. Unos meses después, arrancaría el 15-M, se producirían manifestaciones masivas y dos huelgas generales y, con ello, sentíamos que de alguna forma la clase obrera podría superar el sistema tradicional de democracia representativa parlamentaria. Es en este contexto en el que volcamos nuestros esfuerzos a dirigirnos a las personas que no se identificaban necesariamente como anarquistas pero que participaban en los movimientos sociales de la época para mostrarles lo que la organización colectiva, horizontal y asamblearia podía conseguir al margen de los representantes públicos. En otras palabras, nuestra intención no era hacer un periódico de anarquistas para anarquistas (lo cual habría estado más centrado en la teoría o en el debate interno), sino generar una herramienta para que nuestras ideas o interpretación de la actualidad pudieran ser visibles en una manifestación por la sanidad pública, en el mercado del barrio o en nuestro centro de trabajo, todo ello para contribuir a la formación de ideas antiautoritarias, críticas y transformadoras.
Sin embargo, tres lustros después, con la excepción de algunos movimientos como el propalestino, el feminismo y, de vez en cuando, el de vivienda, por lo general los movimientos sociales se encuentran de capa caída y la receptividad hacia nuestras ideas, también. El asentamiento de las ideas de la ultraderecha en el sentido común colectivo, las apuestas institucionales de experimentos fallidos como Podemos y Sumar que desmovilizaron al asamblearismo horizontal, la represión a los movimientos en general y al anarquismo en particular y la erradicación de espacios como centros sociales okupados, asociaciones vecinales cedidas, bibliotecas populares, etc. han reducido considerablemente nuestro ámbito de influencia.
Es un hecho que cada vez nos lee menos gente. En nuestra “época dorada” la tirada de nuestros números en papel podía ascender a los 3.500 ejemplares algunos meses y los artículos de nuestra página web tenían unos 6.000 lectores (cifras que, además, se dispararon durante los meses que duró la pandemia y nos encontrábamos confinadas). Sin embargo, la forma de acceder a noticias –o, incluso, se puede hablar de consumirlas– ha cambiado drásticamente en los últimos años y cada vez se lee menos. Los podcasts y los vídeos en redes están desplazando a los artículos en internet y, en mayor medida, en papel. Por esta razón (unida quizás a un deterioro en la calidad de nuestros artículos y una disminución de nuestra actividad en redes), actualmente nuestra tirada en papel es de 1.500 unidades y nuestros artículos reciben 300 visitas a lo sumo. No es tanto que pensemos que el formato papel ha quedado obsoleto (aunque quizás para gran parte de la generación más joven sí lo esté), al contrario, creemos que sigue teniendo cierta cabida. Sin embargo, el esfuerzo requerido a día de hoy para difundir el proyecto y hacer llegar la publicación a más gente es mayor que hace unos años (a nivel de redes sociales, por ejemplo) y nuestras fuerzas y nuestra red de apoyo han menguado: nos acercamos a los 40 años y estamos cada vez más desconectadas de los movimientos y colectivos más jóvenes y de sus espacios. Además, las manifestaciones multitudinarias en las que repartíamos el periódico todos los meses, ahora no son tan frecuentes. Por todo ello, queremos dar paso a nueva generación que puede comunicar ideas antiautoritarias de formas diferentes, llegando a un público más amplio, a través de los formatos que vean oportunos.
A pesar de todo, no queremos ser derrotistas y pensar que no tiene ningún eco todo lo que hemos hecho hasta ahora. Aun con todo, a día de hoy siguen siendo muchísimas las personas y colectivos que apoyan al Todo por Hacer de muchas maneras: escribiendo o proponiendo artículos, enviándonos reseñas, repartiendo el periódico, donando dinero… Después de pasar años sudando la gota gorda para conseguir pasta haciendo conciertos, rifas y lo que se nos ocurriera, por fin logramos que el proyecto se autofinancie mediante las suscripciones, que además han hecho también que la distribución de más de la mitad de la tirada salga por esta vía, y que han seguido sumando espacios de distribución hasta el último momento, con más de 30 espacios de todo tipo donde se puede encontrar fuera de Madrid (centros sociales, librerías, bibliotecas, bares, comercios, etc). Gente que nos sigue escribiendo para agradecer, para rebatir, para aportar… Demasiada gente y demasiados proyectos sin los que nunca habríamos conseguido esta constancia y que han seguido ahí hasta el último momento. Un enorme GRACIAS no es suficiente para transmitir las fuerzas que nos habéis dado y lo que nos habéis hecho sentir. Cuando pensamos en quienes nos habéis ayudado a sacar adelante este proyecto se nos viene a la mente una letra del cantautor Producto Interior Bruto: “Os he visto esforzaros por aquéllo en lo que creéis, y a que pase el tiempo y que ahí permanecéis. Os veo dándole vueltas a cómo mejorar, pensando en ciertos temas que os preocupan de verdad. […] Os he visto creando aquéllo que queréis crear, o al menos intentándolo con fuerza y voluntad. […] Y sé que tengo suerte de teneros cerca; no encuentro belleza en los que nunca se rebelan”.

El hecho de que estemos dando un paso atrás no quiere decir que no estemos orgullosas de todo lo que hemos hecho al sacar, de forma ininterrumpida, 179 números de nuestra publicación, en los que hemos abordado debates importantes, hemos informado de luchas sociales, hemos colaborado con campañas urgentes y hemos proporcionado un altavoz a asambleas de vivienda, a sindicatos de base, a sindicatos de barrio, a asambleas vecinales, a colectivos contra la gentrificación, a organizaciones feministas, antirracistas, de defensa de los derechos LGTBIQ+ y de las personas trans, antifascistas, a grupos antirrepresivos y anticarcelarios, etc. Todo ello escribiendo artículos que bebían de influencias muy diversas, con estilos e ideologías distintas y con las que podemos tener nuestras diferencias, pero con los que hemos encontrado espacios comunes –como el antifascismo, la solidaridad contra la represión, el feminismo, la defensa de los derechos conquistados, etc– para trabajar de forma colectiva y horizontal para dar respuestas colectivas a los problemas más graves de nuestros entornos (desahucios, despidos, redadas racistas, represión policial, etc).
Con el orgullo de haberlo hecho lo mejor que hemos sabido, anunciamos el inminente fin de este proyecto. No queríamos cerrarlo sin avisar previamente, puesto que no nos gustan los finales abruptos; pensamos que es preferible avisar con un mínimo de antelación e informar de nuestro proceso interno. Sacaremos nuestro último número (que será el 180) el próximo mes de enero, cuando cumplamos exactamente quince años. Así nos despedimos con un número redondo. Nos habría gustado llegar a los 200, pero eso supondría aguantar casi dos años más y no nos da la vida.
Quizás este adiós no sea totalmente definitivo. No nos vemos capaces de seguir con el ritmo de la publicación mensual, pero nuestra intención es ir sacando, de vez en cuando, algunos números monográficos dedicados a temas relevantes. Y, en cualquier caso, nos seguiremos viendo en las calles y en nuestros espacios cercanos.
Cuando publicamos el número 150 de Todo por Hacer en julio de 2023, escribimos que “para que cualquier proyecto surja y sobreviva, se necesita creérselo y tirar para adelante con constancia y dedicación. También, y para evitar el pesimismo y la sensación de inutilidad o de derrota, creemos que es importante ser conscientes de que las luchas y las militancias tienen ciclos, momentos de explosión y de reflujo y que con ello debemos convivir y adaptarnos, tratando de seguir vivas en los momentos en los que parece que no tenemos incidencia para estar siempre preparadas para cuando llegue nuestro momento”. Como ya hemos dicho, ya no tenemos fuerzas para seguir con la misma constancia y dedicación que antes, pero nos encantaría que surgiera otro proyecto similar al nuestro y continuara con esta labor. Porque insistir e insistir, crear lazos solidarios con otros proyectos y personas y marcarse objetivos que sean realizables en el corto plazo, pero bellos y motivadores en el horizonte, puede ayudar a nuestros proyectos sean duraderos y que puedan ser un ejemplo de que una sociedad libre e igualitaria es posible.
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Entrevista del grupo antimilitarista checo «Dezerter» a la Sección Rusa de la AIT
16 de desembre de 2025, per adiospgou16/12/2025Fuente:Etiquetas:Entrevista del grupo antimilitarista checo «Dezerter» a la Sección Rusa de la AIT

Publicamos a continuación una entrevista realizada por el grupo antimilitarista checo Dezerter al grupo ruso KRAS. Esto con el fin de informar sobre la situación en Rusia y el movimiento contra la guerra en ese país.
1) Saludos a Rusia. Les rogamos que presenten brevemente a nuestros lectores su organización sindicalista local y la Asociación Internacional de los Trabajadores.
¡Saludos, camaradas! En KRAS, Confederación de Anarcosindicalistas Revolucionarios, nos consideramos un pequeño grupo de iniciativa del que, esperamos, en el futuro pueda surgir un sindicato obrero anarquista, capaz de librar una lucha práctica en el lugar de trabajo. Como organización, existimos desde mediados de la década de 1990. A lo largo de los años, hemos apoyado activamente huelgas y protestas sociales en diversos sectores y profesiones, intentando dotar al movimiento de un carácter autoorganizado. En particular, realizamos acciones de solidaridad con los huelguistas, recaudamos fondos y realizamos campañas de información.
No limitándonos a cuestiones de lucha económica, también participamos en otras protestas sociales, incluyendo protestas contra las guerras en Chechenia, contra la gentrificación de las ciudades, contra la reforma de las pensiones, contra la destrucción de la sanidad pública y la educación, etc. A nivel internacional, formamos parte de la Internacional anarcosindicalista, la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), que se considera una continuación del ala federalista de la Primera Internacional, revivida en 1922. Es una asociación internacional desindicatosanarcosindicalistas, cuyas secciones operan en muchos países de Europa, América, Asia y Australia.
2 ) Nuestra revista es antimilitarista, ¿y tú, tu organización y la Internacional? ¿Cómo percibes el antimilitarismo y cómo se lo explicarías a un trabajador ruso o ucraniano común?
El anarcosindicalismo siempre ha sido antimilitarista desde sus inicios. Esto se ha confirmado en las resoluciones de muchos congresos de la AIT y en las numerosas acciones contra la guerra en las que han participado secciones de la Internacional a lo largo de su historia. Es fundamental destacar que los anarcosindicalistas han condenado y siguen condenando el militarismo desde todos los ángulos, ya sea el militarismo de los estados capitalistas o los llamados «socialistas», o los llamados movimientos de «liberación nacional». Nuestra organización también mantiene una postura antimilitarista consecuente. Nos oponemos a cualquier guerra y ejército, y nos adherimos a la simple idea de «no hay
guerra que no sea la guerra de clases». De hecho, esto es precisamente en lo que nos centramos en nuestra agitación. Intentamos explicar que las guerras sirven a los intereses de las clases dominantes y delaparato estatal, mientras que los trabajadores no ganan nada y solo sufren. Además, sufren no solo porque se ven obligados a matar a personas como ellos y a morir por los intereses de otros, los intereses del poder y el lucro, sino también porque la guerra causa penurias económicas y la ruina a los trabajadores comunes en la retaguardia.3) Sus análisis predijeron una escalada del conflicto en el este de Ucrania y el estallido de la guerra. ¿Qué cambió para usted y para los trabajadores rusos comunes tras el estallido de la guerra?
El conflicto ruso-ucraniano lleva en curso desde 2014. Se basa en el deseo de las clases dominantes de ambos países de redividir los territorios y las propiedades de la antigua Unión Soviética como una sola corporación capitalista, que ya dividieron en 1991, así como en los intereses de las clases dominantes de las grandes potencias mundiales, incluyendo Estados Unidos, los estados de la Unión Europea y China. Por un lado, las contradicciones se intensificaron gradualmente, lo cual es en principio inevitable en la etapa actual del capitalismo, y esto potencialmente siempre conduce a la guerra. Por otro lado, no se podía descartar que las partes llegaran a un acuerdo en esta ocasión, como ocurrió en el pasado. Esperábamos que la escalada hacia una guerra a gran escala, que estalló en 2022, se evitara. Al menos, que esta vez no estallara todo. Pero los acontecimientos comenzaron a desarrollarse según el peor escenario posible.
Con el estallido de una guerra a gran escala, la situación para nosotros y para la clase trabajadora en su conjunto empeoró drásticamente. El régimen neoliberal autoritario que gobierna Rusia siempre ha sido extremadamente represivo, pero ahora, en el contexto de la guerra, estas represiones han adquirido proporciones masivas. Con el pretexto de la guerra, se está produciendo un endurecimiento de las normas a gran escala. Las nuevas leyes que se han aprobado y siguen aprobándose y endureciéndose han abolido esencialmente las libertades civiles. No hay posibilidad de expresar libremente la propia opinión; las manifestaciones y otras acciones de protesta están prohibidas. Las declaraciones críticas sobre la guerra o las políticas del gobierno pueden acarrear muchos años de prisión. Además, existe la práctica de declarar a quienes critican al régimen «agentes extranjeros», lo que también significa que se les niega el acceso al trabajo en el sector educativo y las instituciones públicas.
La práctica de las denuncias está muy extendida. La campaña contra los migrantes y la campaña contra los derechos de las mujeres están cobrando impulso. La ideología se encamina hacia el oscurantismo nacionalista y clerical. Por supuesto, en tales condiciones, nuestra organización se vio obligada a suspender las acciones abiertas, públicas y callejeras.
Pero continuamos la campaña explicativa y de agitación por la autoorganización de los trabajadores, por la emancipación social y personal, incluyendo intentar explicar en interés de quién se libra esta guerra y cuál es la práctica histórica de la resistencia antimilitar.
4) ¿Cómo cambió la situación social tras el estallido de la guerra?
Las guerras que los estados libran entre sí siempre resultan ser internas: guerras de la clase dominante contra los trabajadores explotados y los «débiles sociales». La guerra siempre cuesta dinero, y este dinero sale de los bolsillos de los trabajadores y las personas «socialmente vulnerables». Se desconoce cuánto gasta Rusia con exactitud en su conflicto armado con Ucrania. Diversas fuentes citan cifras que oscilan entre 500 millones y 1.000 millones de dólares diarios, aunque no está claro si estas cifras son fiables. En cualquier caso, se trata de gastos enormes. Por lo tanto, el Estado aumenta drásticamente el gasto militar y recorta el gasto en necesidades sociales. Si entre 2015 y 2021, el 28% del presupuesto se destinó a política social, en el presupuesto de 2025, el gasto en política social solo representa el 16%. Al mismo tiempo, la proporción del gasto militar oficial supera el gasto en política social, sanidad, educación y economía en conjunto. Los precios están subiendo rápidamente. La llamada «inflación para los pobres» (que incluye alimentos, medicamentos, productos de limpieza, servicios de transporte y comunicación, y vivienda y servicios comunales) alcanzó el 16% en 2024. Los precios de algunos alimentos se han multiplicado por varios. Cada vez es más difícil para las personas pobres sobrevivir. Basta mencionar que el 34% de los residentes rusos tiene dificultades para comprar los medicamentos que necesita (mientras que el 54% afirma directamente que la razón es la falta de dinero). El 35% de los gastos familiares promedio se destina a la alimentación. En 2024, solo el 37% de las familias tenía suficiente dinero para todo lo necesario, excepto un coche y una propiedad.
Aprovechando la situación militar, los empresarios han aumentado la presión sobre los trabajadores. Se han dado casos en los que activistas laborales y huelguistas han sido acusados de acciones antiestatales y de socavar el esfuerzo bélico. La guerra es una excelente excusa para la «optimización». El porcentaje de empresas que planean despidos ha aumentado del 7% en enero de este año al 11,5% en junio.
Sin embargo, se producen huelgas. La gente exige el pago de salarios atrasados o mejores condiciones laborales. También hay protestas sociales debido al mal estado de la infraestructura, que no ha recibido la inversión necesaria durante años.
5 ) Muchos trabajadores rusos apoyan la campaña bélica de Putin, otros guardan silencio. ¿Cuál es la situación real? ¿Por qué ocurre esto y cómo está cambiando con el tiempo? ¿Si ha cambiado?
La sociedad rusa ha estado dividida desde el comienzo del conflicto armado, aunque es bastante difícil evaluar la proporción real de partidarios y detractores de la guerra. Las cifras oficiales de las encuestas en las condiciones actuales no inspiran mucha confianza: la gente a menudo simplemente no se atreve a responder con sinceridad. Y algunas encuestas que registran el porcentaje de quienes se niegan a responder preguntas muestran que estas personas son la abrumadora mayoría.
Sin embargo, incluso las encuestas de opinión que, a primera vista, muestran un predominio de quienes aprueban al gobierno actual al responder, incluso estas encuestas muestran que el número de quienes apoyan el fin de la guerra es muy alto. Por ejemplo, en febrero de este año, el 59% de los encuestados afirmó que deberían celebrarse conversaciones de paz en lugar de continuar la acción militar. El 31% de quienes estaban a favor de continuar la acción militar fue del 31%.
Si hablamos de sentimientos subjetivos, tenemos la impresión de que, aunque la mayoría de la gente percibe esta guerra como algo rutinario (como, por ejemplo, en la época soviética percibían la guerra en Afganistán), hace tiempo que están cansados de esta rutina y desearían que el conflicto terminara.
Pero, por supuesto, existe una gran distancia entre tal cansancio y cualquier acción activa.
Aquí debemos tener en cuenta la enorme pasividad social en las sociedades postsoviéticas (y Rusia no es una excepción, al igual que Ucrania). La gente no está contenta con la situación, pero no cree en la posibilidad de cambiar nada mediante la acción colectiva. Cada uno intenta resolver sus problemas en solitario. Desde nuestro punto de vista, esto es resultado tanto de la frustración de las esperanzas durante la llamada «Perestroika» como de la atomización y egocentrismo social general derivadas de las «reformas de mercado». Se trata de un trauma profundo, difícil de superar.
6) Diversas fuentes indican que al menos 50.000 hombres han desertado del ejército ruso. ¿Son reales o están subestimadas?
El pacifista alemán Rudi Friedrich, recientemente fallecido, cuya organización «Connection» ayuda a objetores de guerra y desertores de todo el mundo, declaró a principios de este año que, según sus datos, unos 250.000 reclutas que no quisieron luchar abandonaron Rusia durante el conflicto. Durante el mismo período, 300.000 reclutas abandonaron Ucrania. Por supuesto, no se trata de resistencia colectiva, sino individual, pero también es extremadamente importante y significativa.
7) ¿Cómo recluta el ejército ruso? En Ucrania se está produciendo una violenta movilización donde se persigue a la gente como si fuera un animal en la calle. ¿Está sucediendo esto también en Rusia?
En Rusia, existe el servicio militar obligatorio universal para hombres de entre 18 y 30 años. La duración del servicio militar es de un año. Además, las autoridades anunciaron una movilización adicional en otoño de 2022. Actualmente, está limitada, aunque no cancelada. Simultáneamente, el llamado «reclutamiento voluntario» en el ejército se está expandiendo a través del llamado «servicio por contrato». Un hombre puede firmar un contrato con el departamento militar, según el cual sirve en el ejército por una recompensa considerable. Esta recompensa es tan elevada para los estándares rusos que muchas personas se alistan para pagar préstamos, hipotecas, deudas o simplemente para mantener a sus familias. Además, se recluta a prisioneros con la condición de que se les perdonen sus crímenes.
Recientemente, las autoridades han intentado enviar al frente, en primer lugar, a estos «soldados por contrato». Probablemente para evitar una indignación tan generalizada por la movilización forzada como en Ucrania. Sin embargo, en la práctica, firmar un contrato no siempre es una cuestión «voluntaria». Familiares de militares se han quejado repetidamente de que los soldados llamados al servicio militar regular a menudo eran obligados a firmar un contrato mientras aún estaban en el ejército, tras lo cual eran enviados al frente.
En cuanto a la búsqueda de personas, aún no ha alcanzado la misma escala que en Ucrania. Las autoridades han endurecido las penas para quienes evaden el servicio militar. Se está implementando un sistema electrónico unificado de contabilidad y control. De vez en cuando, se realizan redadas para encontrar a quienes evaden el servicio militar. Estas acciones pueden incluir la comprobación de documentos en la calle, en el metro u otros lugares públicos, la entrega de citaciones in situ y los registros en lugares de residencia (hostales, apartamentos de alquiler, almacenes y residencias estudiantiles), en gimnasios, etc. Cabe señalar que las víctimas favoritas de estas redadas también son los migrantes
que han obtenido la ciudadanía rusa.8) ¿Respeta el gobierno ruso la objeción de conciencia a la hora de negarse a unirse al ejército, garantizada por la Carta de Derechos Humanos? En Ucrania, simplemente la abolieron «democráticamente», violando el derecho internacional.
Oficialmente, en Rusia existe la posibilidad del llamado «servicio civil alternativo». Un recluta tiene derecho a realizar un servicio civil alternativo en lugar del servicio militar solo en dos casos: si el servicio militar es contrario a sus creencias y religión, o si pertenece a una minoría indígena y lleva un estilo de vida tradicional. En este caso, el recluta debe justificar sus opiniones, creencias y principios morales, según el sitio web del Ministerio de Defensa. La decisión sobre si un recluta puede realizar el servicio alternativo o se le niega esta oportunidad la toma la junta de reclutamiento. Si se aprueba, se le
envía a trabajar en puestos civiles en el ejército durante 18 meses o en agencias gubernamentales civiles durante 21 meses. En la mayoría de los casos, los reclutas realizan el servicio civil en su región de residencia.En realidad, es muy difícil lograr la sustitución del servicio militar por uno «alternativo». En el primer semestre de 2024, por ejemplo, solo 2022 reclutas lo realizaron.
9) ¿Cuáles son las maneras de evitar ser reclutado en el ejército y en el frente? Sabemos que existe una organización llamada «Idite lesom» que ayuda.
Anteriormente, existía la norma de que una notificación de reclutamiento se consideraba oficialmente entregada si se entregaba al recluta en persona y contra firma. En aquellas circunstancias, el principal método de evasión era no recibir la notificación. Muchos intentaron obtener una exención del servicio militar por razones médicas.
Ahora la situación ha cambiado. Las notificaciones se emiten electrónicamente, a través de una página web especial. Y es muy difícil obtener una exención del ejército por enfermedad: cada vez hay más informes de personas con problemas de salud que son reclutadas.
Pero Rusia es grande. Por lo tanto, la forma más común sigue siendo mudarse a otra región, cambiar de lugar de residencia. Algunos logran ir al extranjero. Pero ahora las autoridades están tomando medidas para dificultar al máximo estas oportunidades (compilando una lista electrónica única de reclutas que han recibido notificaciones).
No conocemos personalmente a los activistas de «Idite lesom». Sabemos que este grupo existe y ayuda a los reclutas a cambiar de residencia, abandonar el país, desertar, etc. Las autoridades lo han declarado «agente extranjero».
10) Ya no se sabe nada de las protestas contra la guerra del comienzo de la guerra. ¿Existen? ¿Cuán intensa es la persecución de estas manifestaciones? ¿Cuántas personas están en prisión o en espera de juicio?
Para ser justos, cabe decir desde el principio que no todos los que protestaron estaban en contra de la guerra y de todas las partes en conflicto. Muchos de ellos apoyaban al Estado ucraniano. Y esto no es en absoluto lo mismo que estar en contra de la guerra en sí. De una forma u otra, tras la aprobación de nuevas leyes represivas y el endurecimiento de la represión, la ola de protestas abiertas y públicas comenzó a amainar. Este tipo de protestas (no solo sobre la guerra, sino en general) en el Estado ruso actual son, por regla general, completamente imposibles. Para celebrar cualquier evento público no gubernamental, es necesario obtener un permiso, y casi nunca se concede si el asunto afecta de alguna manera a los intereses de las autoridades. Curiosamente, en Moscú y en algunas otras ciudades, la denegación de permisos se justifica por las medidas de seguridad contra la COVID-19, aunque esto no impide la celebración de eventos multitudinarios oficiales. Un evento público no autorizado puede conllevar una multa o incluso la cárcel. Se desconoce el número exacto de personas arrestadas, juzgadas y encarceladas por criticar al gobierno en relación con la guerra (de una forma u otra). A veces es difícil separar un motivo de represión de otro.
Activistas de derechos humanos citan las siguientes cifras. En total, del 24 de febrero de 2022 al 17 de febrero de 2025, 20.081 personas fueron detenidas en relación con críticas a la guerra (de diversas formas y por diversos motivos). Actualmente, la mayoría de las personas son arrestadas no por acciones públicas, sino por lo que escribieron en redes sociales. Además, 46 personas fueron detenidas durante protestas por familiares de las movilizadas que protestaban para que las liberaran. El número de personas procesadas por criticar la política de guerra, del 24 de febrero de 2022 al 17 de febrero de 2025, fue de 1.185. Al 17 de febrero de 2025, 913 personas se encontraban bajo proceso penal, de las cuales 372 se encontraban en prisión. En junio, uno de los líderes de la oposición liberal, Grigory Yavlinsky, habló de aproximadamente 1.000 presos políticos (no solo en relación con la guerra).
11) ¿Cuál es su pronóstico sobre el desarrollo de la guerra? ¿Cómo terminará el conflicto y cuánto durará
¡Ay, no somos profetas! Hoy vemos que ambos estados beligerantes no quieren realmente detener la lucha, sino que justifican su reticencia con diversas excusas. Al mismo tiempo, potencias como EE. UU., los países de la UE o China solo están alimentando el conflicto, fortaleciendo a las partes en su posición irreconciliable. La guerra es demasiado rentable para el capital, el complejo militar-industrial, los fabricantes de armas y los políticos que, bajo el pretexto de la carrera armamentista, continúan atacando a la clase trabajadora y los logros sociales. Y al mismo tiempo, cada vez resulta más evidente que la guerra, a pesar de las monstruosas bajas, ha llegado a un callejón sin salida del que no hay salida.
Por supuesto, los trabajadores de Rusia y Ucrania podrían poner fin a esta guerra mediante la guerra de clases si se organizaran y tomaran las riendas de su destino. Pero parece que hay una forma de lograrlo… Y no es un proceso automático. Esto hace que la postura y la actividad antimilitarista cotidianas sean aún más importantes.
12) Gracias por la entrevista. ¿Qué les diría para concluir a nuestros lectores en la República Checa y Eslovaquia, y posiblemente a sus compatriotas en el extranjero?
Solo podemos pedir a la gente de todo el mundo, incluidos los de sus países, que no olviden la guerra en Europa del Este. Es una pena que decenas de miles de personas participen en manifestaciones pro-palestinas, pero prácticamente no haya manifestaciones contra el conflicto militar que se está librando aquí. ¿Dónde están las manifestaciones de protesta en las embajadas de los estados beligerantes, en las instituciones gubernamentales de los países que apoyan esta guerra? A veces nos parece que nos han abandonado, que nos han olvidado. Ojalá fuera diferente.
En cuanto a los ciudadanos de Rusia y Ucrania que se encuentran en el extranjero… No tenemos nada que decir a los oligarcas, la burguesía ni los políticos que esperan su hora. Y a los trabajadores, les damos nuestro consejo: no se dejen llevar por la propaganda nacionalista y militarista de gobiernos y patriotas. Sean conscientes de que sus enemigos no son los mismos trabajadores del otro lado del frente, sino el capital y todos los estados. Comprendan que las fronteras no se establecen entre «pueblos» y «naciones», sino entre las clases altas y bajas. ¡Esto es lo que todos debemos recordar!
Fuente en ingles: https://www.anarchistcommunism.org
Traducción automática de A-Infos
Recibido el 20 de noviembre de 2025
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¿Está Turquía preparando un ataque contra Rojava? (2025)
16 de desembre de 2025, per adiospgou16/12/2025Fuente:Etiquetas:¿Está Turquía preparando un ataque contra Rojava? (2025) – Kurdistan au féminin
SIRIA / ROJAVA – Turquía ha mantenido conversaciones con Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Rusia sobre los planes para el norte y el este de Siria y el desarme de las fuerzas árabe-kurdas.
Ahora que la crisis siria vuelve a ser una cuestión central para las potencias regionales y occidentales, el Estado turco ha intensificado sus esfuerzos diplomáticos y de inteligencia con el fin de desmantelar los logros políticos y las capacidades militares de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES). A medida que se acerca el primer aniversario de la toma del poder de Ahmed al-Sharia (al-Jolani) en Damasco, y mientras transcurren los tres últimos meses del periodo de aplicación del acuerdo del 10 de marzo, el discurso diplomático se ha endurecido notablemente.
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Los grupos yihadistas afiliados a Hayat Tahrir al-Sham (HTS) han proferido amenazas abiertas contra la AANES, mientras que las negociaciones entre las autoridades de HTS y la AANES parecen estar estancadas desde hace algún tiempo. A pesar de ello, el ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, ha insistido en que cualquier medida que se adopte en el marco del acuerdo del 10 de marzo debe ajustarse estrictamente a las exigencias de Turquía.
Se observó una intensa actividad diplomática, especialmente durante las primeras semanas de diciembre de 2025. Se celebraron reuniones en las que participaron delegaciones del Reino Unido, Turquía, Francia, Estados Unidos y Rusia, así como una delegación de seguridad en representación de las autoridades del HTS. Este proceso pone de manifiesto una creciente conciencia internacional: el futuro de Siria no puede determinarse únicamente por la fuerza militar, y la AANES se ha convertido en un actor clave en el panorama político y de seguridad del país. Durante los intercambios, Turquía calificó las actividades políticas y sociales de la AANES como «una amenaza directa a su seguridad nacional», al tiempo que describió el apoyo internacional prestado a Rojava por Israel, Francia y Estados Unidos como «una violación de la integridad territorial de Siria». Según se ha informado, la delegación turca declaró a la delegación francesa, durante las conversaciones, que este apoyo «permite al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) establecer un corredor seguro entre el norte de Irak y Siria, amenazando así la seguridad de las fronteras turcas».
Los detalles recabados durante las conversaciones revelan posiciones especialmente importantes por parte de algunos actores internacionales, en particular las delegaciones británica y francesa, con respecto a la AANES. Según la información facilitada, las delegaciones declararon que los kurdos de Siria no buscan la secesión ni la independencia, sino que simplemente desean permanecer dentro de una Siria unificada, siempre que se aplique un modelo descentralizado o federal. Estas mismas delegaciones también habrían insistido en la necesidad de garantizar los derechos políticos, de seguridad, culturales y económicos de los kurdos, así como su representación equitativa en las instituciones gubernamentales.
Esta posición equivale a un reconocimiento implícito de la legitimidad de la AANES. Teniendo en cuenta, en particular, el papel crucial que desempeñaron las FDS en la derrota del Daesh, se puede afirmar que esta posición refleja una tendencia occidental más amplia a considerar a la AANES como un socio importante para la estabilidad y la lucha contra el Daesh.
Se ha revelado que, durante las reuniones, la delegación turca trató de limitar el alcance del acuerdo del 10 de marzo a la retirada de las FDS de Deir ez-Zor, Raqqa y Tabqa, así como a su desarme.Además, la delegación habría pedido a la parte francesa que ejerciera presión directa sobre las FDS para que entregaran sus armas y se unieran a las instituciones de Hayat Tahrir al-Sham (HTS), una petición que Francia habría rechazado. La delegación turca también habría expresado su frustración por lo que calificó de «posición inflexible de Europa», argumentando que Europa sigue apoyando a la AANES en el marco de la lucha contra el terrorismo y afirmando que este apoyo demuestra una cierta independencia europea frente a las presiones turcas.
A pesar de la nueva relación pragmática establecida entre Turquía y las autoridades del HTS tras el colapso del régimen baazista, el HTS no se ha adherido plenamente a la línea política de Ankara. Aunque se esfuerza por reconstruir un Estado centralizado, el HTS es consciente de que la AANES y las FDS constituyen una fuerza militar, política y social importante que es imposible ignorar o desmantelar. Al mismo tiempo, la delegación de Damasco habría insistido, durante las conversaciones, en la integración individual de los combatientes de las FDS en el ejército sirio, así como en la transferencia a su autoridad del control de los asuntos de seguridad, los recursos petrolíferos y gasísticos, las prisiones que albergan a miembros del EI y los pasos fronterizos.
Por su parte, Rusia actuaría con cautela en la gestión de sus relaciones con todas las partes. Aunque sigue siendo un socio clave de Turquía en muchos temas, Moscú parece dispuesta a mantener abiertos los canales de comunicación con la AANES.
Turquía sigue presionando a Hayat Tahrir al-Sham (HTS o HTC) para que lance un ataque contra la AANES, mientras que Moscú habría advertido claramente que cualquier ataque de este tipo entraría en conflicto directo con sus intereses y podría debilitar su influencia, especialmente en las regiones costeras de Siria. La posición de Rusia refleja su análisis de que un posible ataque desestabilizaría aún más el país y reactivaría las organizaciones extremistas, un escenario contrario a sus intereses actuales en Siria.
Algunas fuentes también han destacado que la delegación estadounidense ha rechazado de forma firme e inequívoca cualquier ataque contra las zonas controladas por la AANES. Washington considera que una guerra a gran escala provocaría el resurgimiento del Estado Islámico y pondría en peligro los avances en materia de seguridad logrados por las FDS en los últimos años.Se ha informado de que la delegación estadounidense ha comunicado estas preocupaciones directamente a Turquía, insistiendo en que la estabilidad en el norte y el este de Siria es un pilar fundamental de la estrategia regional de Estados Unidos y que las FDS siguen siendo un socio indispensable.
En este complejo contexto, ha surgido un papel inesperado de Israel tras las informaciones procedentes de fuentes rusas según las cuales una delegación de seguridad israelí habría informado a Moscú de su intención de establecer bases permanentes en el sur de Siria con el fin de limitar la influencia turca. Esta evolución pone de manifiesto la multiplicidad de actores implicados en la crisis siria e indica que cualquier alteración importante del equilibrio de fuerzas en el norte del país tendría inevitablemente repercusiones en el sur, donde convergen intereses regionales sensibles en materia de seguridad.
Por otra parte, durante las conversaciones se supo que la delegación turca afirmaba que Israel había bloqueado la aprobación por parte de Estados Unidos de una operación turca contra la AANES, alegando el temor a una reactivación de la influencia iraní en Siria. Esta situación ilustraría la estrategia israelí de preservar su influencia en Siria al tiempo que ejerce presión sobre Turquía.
En conjunto, estos acontecimientos demuestran que la disputa fundamental entre la AANES y las autoridades del HTS no se limita a los acuerdos de seguridad, las cuestiones fronterizas o los recursos petrolíferos, sino que afecta al núcleo mismo de la identidad futura del Estado sirio. Mientras que el HTS se orienta hacia la reimposición de un sistema centralizado que los sirios han soportado durante décadas, la AANES sigue comprometida con un proyecto descentralizado basado en la distribución del poder según las realidades geográficas, étnicas y religiosas, en consonancia con la complejidad de la sociedad siria. En el contexto de la lucha por el poder que se perfila en la región, las posibilidades de que la AANES y las FDS consoliden sus posiciones en todo el territorio sirio parecen más altas que nunca. En resumen, está claro que, durante la última década, los kurdos han logrado imponerse como una fuerza ineludible para configurar el futuro de Siria. Ante la creciente convicción regional e internacional de que un modelo descentralizado representa el camino más realista hacia la estabilidad en Siria, el proyecto de la AANES sigue demostrando su determinación de convertirse en parte integrante de la futura estructura política del país, a pesar de los retos y las crecientes presiones. (ANF)
16 de diciembre, 2025 libértame
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El huevo de la serpiente: la ola ultra como síntoma de la degradación del capital
15 de desembre de 2025, per adiospgou15/12/2025Fuente:Etiquetas:El huevo de la serpiente: la ola ultra como síntoma de la degradación del capital
Cantos de sirena
«Una casa en propiedad no es de izquierdas ni de derechas; un trabajo estable no es de izquierdas ni de derechas, es de sentido común. No puede ser que pongamos la alfombra roja a los fondos especuladores, a los buitres, mientras la gente normal no tiene acceso a la vivienda. No queremos que nuestros barrios se conviertan en una partida de Monopoly para los grandes fondos de fuera».
Las palabras previas no corresponden, pese a su apariencia reivindicativa, a un representante del movimiento de vivienda o de un partido progresista, sino al diputado de VOX y figura emergente de la ultraderecha Carlos H. Quero.
El “rollo de la vivienda”, en la retórica populista de Quero, va de que “Ana y Anselmo” –nombres ficticios, pero es de suponer que muy españoles–, una joven pareja de un barrio de la periferia de Madrid, no pueden formar una familia ni acceder a un piso en propiedad por culpa de la globalización, de las políticas de Ayuso, que acoge con los brazos abiertos a los fondos inmobiliarios extranjeros y, sobre todo, de que los inmigrantes «desarraigados» supuestamente acaparan las escasas viviendas de promoción oficial.
El alegato contra la ofensiva desatada por el poder financiero globalista sirve de fundamento, en la cosmovisión reaccionaria que refleja el discurso de Quero, del amargo lamento acerca de la destrucción del tejido social de los barrios populares y de las seguridades vitales de la clase media tradicional:
«La principal punta de lanza de este ataque ha ido dirigida contra los barrios, barrios donde millones de españoles se convirtieron en clase media, alcanzaron la estabilidad, la propiedad y conquistaron la auténtica libertad, que era ser dueño de tu casa y tener el trabajo cerca y para toda la vida».
Sin embargo, la insidiosa capacidad de penetración de esta demagogia retrógrada se incrementa exponencialmente al constatar las notables similitudes -sin olvidar en absoluto el abismo existente entre ambos planteamientos- con el análisis dominante en la izquierda progresista y en los movimientos sociales. Salvando el ramalazo xenófobo, característico del populismo fascistoide de la ultraderecha, la arremetida contra los especuladores, los fondos buitre o las finanzas globalistas resulta inquietantemente parecida al “argumentario” de la mayor parte del movimiento de vivienda y, en general, de las propuestas transformadoras realizadas por la izquierda reformista.
La denuncia del flagrante abuso de poder de unos pocos especuladores -las élites, el 1%, etc.- contra las mayorías sociales, despojadas de derechos básicos como el acceso a la vivienda, y la correspondiente reclamación de controles, regulaciones y demás medidas legales que nos encaminarían hacia un capitalismo temperado y redistributivo conforman el ADN del progresismo hegemónico.
La portavoz del Sindicato de Inquilinas de Cataluña, Carme Arcarazo, traza esta línea de demarcación -utilizando, curiosamente, la misma metáfora que Quero- que busca «poner coto a la especulación, no penalizar al ahorrador»:
«No puede ser que los inversores lleguen a nuestras ciudades, se adueñen de nuestros pisos y jueguen con ellos al Monopoly (…). El objetivo es muy simple: poner coto a la especulación, no penalizar al ahorrador. Es a ese monstruo financiero al que debemos aplicar toda la fuerza de la ley. Los pisos tienen que ser para vivir, hay que prohibir las compras especulativas»
Ni que decir tiene que las consideraciones previas no implican ignorar la existencia de diferencias insalvables entre el marco ideológico reaccionario de la ultraderecha y las loables prácticas de lucha contra la violencia inmobiliaria que desarrolla desde hace décadas el movimiento de vivienda. La denodada defensa de las víctimas de la depredación capitalista desarrollada por estas organizaciones, pugnando por paliar las devastadoras consecuencias sociales de la explosión de la burbuja inmobiliaria de 2008, está evidentemente en la trinchera opuesta de la demagogia pseudoizquierdista de la ultraderecha, fieles esbirros en realidad de los poderes financiero-inmobiliarios y legitimadores de la violencia paramilitar de bandas «escuadristas» como Desokupa. Ahora bien, lo que se trata de resaltar con esta analogía es el carácter falaz de la retórica populista que escinde la organización social capitalista en dos ámbitos morales contrapuestos: la inversión productiva y la pequeña propiedad, frutos del ahorro y del trabajo duro y, por otro lado, el carácter parasitario del especulador «apátrida» y del capital financiero globalista.
Esta falsa dicotomía constituye, de hecho, la seña de identidad principal de los planteamientos reformistas en múltiples ámbitos. Por doquier vemos aparecer en los discursos de las fuerzas y de los intelectuales progresistas la contraposición entre la loable economía real y el execrable casino financiero regido por los «capos» de Wall Street; entre el capitalismo productivo, benéfico y al servicio de satisfacer las necesidades de las personas, y el capitalismo especulativo, parasitario y desalmado; entre los pequeños inversores-ahorradores, que invierten su «capitalito» en alcanzar la seguridad del acceso a una vivienda, y los rentistas profesionales, que se enriquecen mientras duermen a costa del esfuerzo de los ciudadanos honrados; entre la gente corriente, los trabajadores de a pie y los esforzados autónomos y, por otro lado, los desalmados tiburones que manejan los hilos de los ominosos «mercados» en beneficio de las élites.
Los cantos de sirena en los que puede caer la retórica descrita se aprecian asimismo palmariamente al constatar su omnipresencia en el discurso reaccionario desarrollado por tendencias, para más inri, sedicentemente izquierdistas.
La denominada izquierda rojiparda -un neofascismo vergonzante disfrazado de izquierdismo pseudomarxista- representa un ejemplo paradigmático del uso demagógico de la oposición mencionada. Sus invectivas contra la pérdida de las esencias de la cultura nacional y de las clases productoras autóctonas, bajo la arremetida de los magnates que mueven los hilos del poder globalista —con el siniestro George Soros en lugar prominente- y de los “banqueros apátridas” de Goldman Sachs, conforman la idiosincrasia de esta falsificación ideológica recubierta de una pátina de radicalismo ornamental.
Las palabras siguientes, que corresponden al filósofo Diego Fusaro, el representante más conspicuo de la corriente, abundan en la contraposición maniquea -cuyo origen se sitúa en la obra del ideólogo nazi Carl Schmitt- entre el “mar de las finanzas” y la “tierra de los arraigos”, con el añadido del acceso xenófobo típicamente fascistoide:
«La lucha entre la globalización capitalista y el arraigo nacional de los pueblos es, por lo mismo, un choque entre el elemento marítimo y el terrestre, en el marco del conflicto de clases entre el Señor talásico y el Siervo telúrico (…). Los flujos migratorios intercontinentales se contraponen a la estabilidad arraigada de los pueblos, de igual modo que los flujos de capital líquido-financiero marcan una antítesis respecto del trabajo de la comunidad solidaria en sus espacios circunscritos y en su equitativo reparto de bienes».
¿Cuál es pues el origen histórico y la genealogía ideológica de esta retórica populista, omnipresente en los planteamientos regeneracionistas de los reales y simulados reformadores sociales?
El historiador Moishe Postone, en su análisis del papel clave del antisemitismo en la gestación de la insania genocida nazi, desmenuza el carácter fetichista que cumplió la asociación de los judíos con el poder global, encarnado en las finanzas, la especulación y el acaparamiento de dinero como fuentes de todos los males:«El antisemitismo identifica el capitalismo con la abstracción contra lo concreto, el dinero contra el trabajo y las finanzas contra la industria, sin comprender la ligazón interna que ata siempre a esos polos. El objeto de esta crítica, por tanto, es la dimensión abstracta –el dinero y el capital financiero–, que aparece como parásito de la dimensión concreta. Se identifica a los judíos con la dimensión abstracta, e incluso se les considera responsables de ella».
El filósofo Facundo Nahuel abunda en la percepción deformada de la realidad capitalista que comporta esta visión dicotómica entre lo “abstracto” -el capital financiero globalista- y lo “concreto” -la producción, el trabajo duro, la pequeña propiedad y el ahorro-:
«El capitalismo se expresa en estructuras duales donde lo abstracto y lo concreto se contraponen entre sí, apareciendo como polos recíprocamente irreductibles y constituidos de manera natural (no social e histórica). La producción industrial y el trabajo proletario moderno son considerados como realidades materiales neutras, no inherentemente capitalistas. En cambio, las finanzas, el comercio y otras actividades más alejadas del trabajo material, ligadas a los aspectos ‘abstractos’ de la forma mercancía, aparecen como las responsables de la dominación capitalista».
El propio Postone pone en guardia ante la escisión maniquea entre los dos polos entrelazados del capital, realizada desde posiciones de izquierdas, y la peligrosa similitud –mutatis mutandis– con el discurso demagógico de la ultraderecha:
«Este paralelismo —entre una crítica de la hegemonía que hoy se autopercibe como una crítica desde la izquierda, y lo que fue una crítica de derechas de la hegemonía—, aunque sea contraintuitivo, apunta a visiones del mundo fetichizadas y superpuestas, y nos sugiere que tales visiones podrían tener consecuencias muy negativas para la constitución hoy en día de una política antihegemónica adecuada. Así, por ejemplo, el dinero se considera la ‘causa de todos los males’. El capital industrial, productivo, puede, por lo tanto, aparecer como descendiente directo del trabajo artesanal ‘natural’, como ‘biológicamente arraigado’, en contraste con el capital financiero ‘sin raíces’ y ‘parasitario'».
Los filósofos José Zamora y Jordi Maiso señalan el desasosegante paralelismo entre el discurso altermundista, hegemónico en la izquierda reformista postmuro de Berlín y en el movimiento antiglobalización, y la demagogia antisemita de la ideología nazi:
«Del mismo modo cómo ciertos movimientos antiglobalización hablan de la dictadura de los mercados financieros, del capitalismo de casino y de la confabulación de los especuladores contra las poblaciones y abogan por el control de la finanzas al servicio de la economía productiva y de las comunidades locales, también los nazis hablaban de quebrar la esclavitud del interés bancario, de la diferencia entre capital productivo y capital usurero, o entre trabajo productivo y dinero parásito que se automultiplica sin gastar ni crear nada».
Las apariencias, por tanto, engañan y, en ocasiones, los extremos pueden tocarse peligrosamente. Anselm Jappé, teórico del marxismo crítico, identifica las sospechosas semejanzas entre los, al menos aparentemente, polos opuestos:
“Las distintas formas de populismo reaccionan a los males sociales —sobre todo, a la desigual distribución de la riqueza— identificando a un grupo de responsables personales: los ricos, los banqueros, los corruptos, los especuladores. Se ignoran las lógicas sistémicas y se recurre al moralismo (la ‘codicia’). Casi siempre, el populismo santifica el ‘trabajo honrado’ y lo opone a los ‘parásitos’. Por eso, la diferencia entre populismo de derechas y populismo de izquierdas no es tan grande como se cree. Ambos se basan en un falso anticapitalismo. No se trata de una novedad absoluta; en los años veinte y treinta ya hubo fenómenos de este tipo. Entonces, el antisemitismo constituía un aspecto esencial. Pero este existe también hoy, de forma soterrada y a veces abiertamente, en la denuncia del ‘especulador'».
Un complemento inseparable de este discurso moralista que focaliza «los males del mundo» en el tumor financiero, que parasita la economía «real» e impide el desarrollo saludable del organismo social, es la «heroica» expectativa de que el estado burgués realice las reformas adecuadas e implemente los controles necesarios, a través de medidas fiscales o de intervención directa del mercado de la vivienda, en pos de atajar la especulación desaforada y de atemperar las sacudidas del capitalismo desquiciado.
La posibilidad del uso del presunto poder autónomo del estado, o de instituciones internacionales como la UE, para realizar reformas «correctoras», que pongan coto a los desmanes del casino financiero global o del neoliberalismo despiadado, representa el común denominador de las ilusiones de los reguladores. Se pretende constituir de esta suerte un campo de juego supuestamente «en disputa», basado en la dinámica de la demanda y la reivindicación, que logre colar la ilusión de que, con el timonel adecuado, el control de las instituciones públicas será capaz de alterar las relaciones de poder a favor de las clases subalternas.
«Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria». La rotunda afirmación, que refleja fielmente esa confianza «heroica» en el papel corrector de los poderes «soberanos», pertenece a uno de los fundadores de Podemos, el filósofo Carlos Fernández Liria.
Sin embargo, tales quimeras de «asaltar los cielos» mediante los mecanismos legales de la democracia formal chocan de lleno -si es que alguna vez tuvieron un mínimo fundamento- con el rol cada vez más servil al que se ve constreñido el estado burgués, despojado para más inri de soberanía monetaria y sometido a la férrea necesidad de preservar la maltrecha rentabilidad del capital en la fase neoliberal.
En las respuestas a largo plazo de los estados occidentales a la crisis crónica que comenzó en los años setenta ha resultado patente que, si tienen que elegir entre la preservación de la rentabilidad del capital y el bienestar social de sus poblaciones, elegirán la acumulación del capital, porque de lo contrario se encaminarían al colapso financiero, a manos precisamente de esos «tiburones» despiadados a los que tendrían que atar en corto. De ahí que la agónica confianza reformista en la posibilidad de regreso a un capitalismo redistributivo resulte de un anacronismo flagrante, que ignora por completo la degradación acelerada del organismo social regido por la reproducción ampliada del capital.
El marxista heterodoxo John Holloway resalta la rígida sujeción del poder «soberano» de cualquier color político a las necesidades insaciables de la acumulación:
«La existencia de cualquier gobierno pasa por fomentar la reproducción del capital (atrayendo inversión extranjera o de cualquier otra forma). Esto implica inevitablemente participar en la agresión que es el capital»
Lo anterior no quita para que resulte también evidente -anticipando una objeción reiterada planteada por los defensores del “mal menor” progresista- que han existido diferencias entre las políticas de los diversos gobiernos, pero han sido únicamente de grado y no de naturaleza. Basta comprobar la enorme similitud entre las políticas rabiosamente neoliberales de los dos bloques políticos mayoritarios en todas las cuestiones materiales relevantes: la respuesta a la crisis de los 70, con sus recortes sociales, reformas laborales, privatizaciones de sectores estratégicos y salvajes reconversiones industriales; la financiarización y la liberalización de los mercados, con el de la vivienda y el suelo en lugares prominentes, que desembocaron en la hecatombe de la burbuja inmobiliaria; las medidas postcrack de 2008, basadas en el rescate de la banca quebrada a cargo del erario público y, de nuevo, en los draconianos recortes sociales, etc.
Esta combinación entre las concepciones fetichistas acerca de la posibilidad de extirpar el tumor especulativo -”Matar al huésped: Cómo la deuda y los parásitos financieros destruyen la economía global”, es el título del exitoso libro del economista Michael Hudson- que fagocita el organismo sano de la economía productiva y, por otro lado, las heroicas expectativas, continuamente defraudadas, sobre la virtualidad del uso del estado burgués a favor de la mejora material de las clases populares es la que ha llevado, como explica el sociólogo marxista John Bellamy Foster, a las fuerzas político-sociales de la izquierda reformista a un callejón sin salida.
“Para muchas personas de la izquierda, la respuesta al neoliberalismo o al capitalismo del desastre es un retorno al liberalismo del estado del bienestar, la regulación del mercado o alguna forma de socialdemocracia limitada y, por lo tanto, a un capitalismo más racional. No es el fracaso del capitalismo en sí lo que se percibe como el problema, sino más bien el fracaso del capitalismo neoliberal».
La constatación de la impotencia de los gobiernos progresistas para introducir transformaciones de calado -agravada por su cínica negativa a reconocerla-, que al menos atenuaran las crecientes desigualdad y polarización sociales, y su marcado sometimiento a los designios del poder real en múltiples ámbitos han terminado poniendo en bandeja a los populistas reaccionarios la gestión de los asuntos del capital, a través de los medios legales de la democracia partitocrática. La clave ideológica que ayuda a entender la fulgurante emergencia de la “ola ultra” sería, por tanto, la gran eficacia de su grosera demagogia para responder a las actuales necesidades de la acumulación en un organismo social degenerativo. No solo sirve mejor a los intereses de las clases dominantes, centradas en fortalecer las bases de una configuración económica crecientemente polarizada, sino que también resulta más útil para engatusar con cantos de sirena a unas clases populares abrumadas por la erosión acelerada de sus seguridades vitales. Por no mencionar, dicho sea de paso, la acelerada “fascistización” del propio estado burgués, independientemente del color político que lo rija en cada momento, reflejada en los rasgos marcadamente totalitarios de sus políticas “securitarias”: la vertiginosa militarización en pleno desarrollo, el nunca abandonado del todo “austericidio” o la cada vez más represiva legislación antimigratoria, en pos del refuerzo de las concertinas y los muros de la «fortaleza» europea.
La súbita irrupción de la ultraderecha “desacomplejada” se ha convertido, de este modo, en un tsunami que arrasa con las viejas ilusiones reformistas de encauzar la dinámica del capital hacia un marco redistributivo y temperado, combinado con avances igualitarios y progresistas en derechos sociales. El éxito rutilante de su demagogia populista está fuera de toda duda: en todos los grandes países europeos -Alemania, Francia, Reino Unido, España- su crecimiento es vertiginoso, e incluso en algunos de ellos, como Italia y Hungría, ya controlan el gobierno estatal -por no mencionar el triunfo aplastante del populismo trumpista, rabiosamente xenófobo e imperialista-.
La reacción ante la constatación anterior por parte de las fuerzas progresistas no deja de reflejar la desesperación y la falta de capacidad de respuesta ante un fenómeno imparable. Para aumentar aún más el confusionismo ideológico, la propia izquierda tradicional socialdemócrata acaba cayendo incluso en los cantos de sirena de la demagogia xenófoba promovida por la ultraderecha:
“Hay un precio a pagar cuando demasiada gente entra en tu sociedad. Quienes pagan el precio más alto por esto son la clase trabajadora o las clases bajas. No son -soy totalmente directa- los ricos. No son quienes tenemos buenos salarios y buenos trabajos”. Las anteriores declaraciones «totalmente directas» corresponden nada menos que a Mette Frederiksen, primera ministra danesa, del Partido Socialdemócrata.
“Basta poner la oreja (sic) cinco minutos en un barrio, hablar diez minutos con un alcalde para saber que los flujos migratorios son un reto para los barrios; un reto que se tiene que basar en la seguridad, en la integración, en el respeto, sí, en el respeto, porque estamos en sociedades en las que todo el mundo tiene derechos y obligaciones, te llames Javier o Brahim…”.
La declaración previa, emitida por el diputado de ERC Gabriel Rufián, es un ejemplo paradigmático de ese populismo de rancia estirpe que presenta -por muchas reservas y matizaciones “ciudadanistas” que se pongan- a los flujos migratorios como un “problema” vinculado con la inseguridad, si bien lo hace utilizando eufemismos como “desafíos de convivencia o integración”.
No se trata pues, como erróneamente se sostiene desde posiciones de marxismo tradicional, de que la izquierda socialdemócrata haya abandonado las cuestiones materiales para centrarse en las «guerras culturales» y los asuntos identitarios, dando alas de este modo a la reacción ultraderechista. El académico y político socialista Josep Burgaya, autor del libro titulado significativamente «Tiempos de confusión», refleja fielmente -parafraseando el título del best seller del periodista Daniel Bernabé «La trampa de la diversidad»- la posición estándar de la ortodoxia de filiación marxista hacia «el mayor error de la izquierda contemporánea»:
«El tema central radica en lo que, a mi parecer, es el mayor error de la izquierda contemporánea, la ‘trampa de la diversidad’ en la que ha caído, el error de no focalizar la desigualdad material como la base sobre la que se sustentan todo tipo de inequidades y marginaciones. La fragmentación de las luchas progresistas en un sinfín de movilizaciones particulares no es que divida al progresismo, es que le roba la legitimidad. Lo identitario, sea individual o tribal, tiende a desenfocar los problemas que habría que afrontar y, además, en su exageración sin matices, tiende a dar todo tipo de argumentos a la reacción derechista que ya es mayoritariamente postfascista».
Bien al contrario, la impotencia para encarar «los problemas que habría que afrontar», que mitiguen la desigualdad material y mejoren las condiciones de vida de las clases populares, no es una consecuencia de la “trampa de la diversidad” en la que supuestamente ha caído la izquierda contemporánea, sino que se trata de un límite objetivo, marcado por la necesidad imperiosa del poder capitalista, en declive inexorable desde hace medio siglo, de utilizar al estado burgués para preservar su rentabilidad destruyendo los mecanismos redistributivos del agonizante Estado del Bienestar. La supuesta deriva identitaria de la izquierda motejada de woke no es más, en definitiva, que un reflejo ideológico deformado de esa impotencia transformadora, sublimada a través de la desviación de los temas “intocables”, que realmente afectarían a las “cuestiones materiales” de las clases populares, hacia asuntos “superestructurales” de carácter inocuo para el poder social. Pero la cuestión central, que omite la crítica de la ortodoxia marxista a lo “identitario”, es la manifiesta imposibilidad, a través de las palancas legalistas del estado burgués, de modificar significativamente la relación de fuerzas a favor de las clases subalternas en el marco de la degradación irreversible de la organización social capitalista.
El elefante en la habitación: la inexorable degradación del capital
¿Cuál es el origen de ese confusionismo extremo acerca de las características de la organización social vigente, que mistifica las causas reales del profundo malestar y del resentimiento social que propulsan la vertiginosa irrupción de la ultraderecha?
Postone sitúa el nudo gordiano de la degradación social en curso acelerado, que crea el «terreno fértil» idóneo para el crecimiento de la hidra fascistoide, en la aguda “crisis del trabajo que produce capital”, es decir, en la propia dinámica endógena degenerativa de la acumulación en el último medio siglo:
«El apogeo del capitalismo entre 1945 y 1973 ha terminado, pero la gente no parece comprenderlo como una crisis estructural. En nuestras sociedades, cada vez más personas se están volviendo superfluas. Esto ha generado mucha indignación, y como no existen explicaciones políticas y económicas razonables por parte de la clase política, es, por supuesto, terreno fértil para demagogos como Trump».
El trasfondo que explica, por tanto, la aparente semejanza -una suerte de “secuestro semántico”- entre los planteamientos demagógicos de la ultraderecha populista y las recetas regeneracionistas de la izquierda reformista es la incomprensión de la dinámica histórica reciente y de las causas reales del deterioro progresivo e ineluctable de la sociedad regida por las “heladas aguas del interés egoísta”. Es esa aguda percepción de declive, agravada por la ignorancia de sus causas, la que abona el crecimiento de la marea de rabia y de nihilismo que alimenta la cháchara xenófoba y retrógrada de la ultraderecha y la que explica, a su vez, la impotencia de las tímidas propuestas redistributivas de la izquierda reformista para contener el avance de la polarización social.
Así pues, ni la denuncia moralista de la especulación financiero-inmobiliaria, ni la oposición maniquea entre capitalismo productivo y rentismo parasitario, ni la vana creencia en la supuesta capacidad del estado para atenuar las agresiones del capital, ninguno de esos fetiches responde realmente a un análisis riguroso, que se haga cargo de la inexorable decadencia del metabolismo socionatural regido por la voracidad capitalista. Estamos, como resalta Jappe, ante chivos expiatorios con los que se busca conjurar las “conmociones actuales” con remedios irreales producto de un diagnóstico erróneo:
«Lejos de reconocer en las conmociones actuales el efecto del agotamiento del valor y de la mercancía, el dinero y el trabajo, la gran mayoría de las corrientes de izquierdas —incluidas aquellas que se pretenden ‘radicales’— solo ven en ellas la necesidad, y la posibilidad, de volver a un capitalismo más ‘equilibrado’, identificado con un retorno al keynesianismo, un fuerte papel del Estado y una regulación más severa de la banca y de las finanzas».
¿Cuál es pues el motivo de fondo que justifica referirse a la devastación social y natural en curso como un proceso irreversible bajo el troquel del «sujeto automático» de la reproducción ampliada del capital?
No es posible entender los rasgos neurálgicos de la aberrante organización social vigente sin partir de una constatación crucial: el capitalismo es la única etapa histórica con una dinámica estructural propia, intrínseca a su propia constitución y decurso reproductivo. Esta suerte de «cinta de correr», cada vez más veloz y destructiva, no existió en ninguna otra organización social o época pasada.
Postone sitúa el nudo gordiano de la mutación tumoral que destruye las bases de sustentación «saludable» de la reproducción capitalista en la crisis progresiva del trabajo asalariado como eje cohesionador de la totalidad social. Dicho agotamiento se expresa a través de una contradicción insoluble que configura el ADN de la relación social regida por el «vampiro de trabajo vivo», la gráfica expresión marxiana para describir el carácter insaciable del Moloch. Esa dinámica ciega tiende a hacer cada vez más superfluo el trabajo productivo, la única sustancia del valor y la fuente de plusvalor para el capital, mediante la continua incorporación de innovaciones tecnológicas ahorradoras de trabajo -véase, sin ir más lejos, la aparatosa irrupción de la IA-, propulsadas por la despiadada lucha competitiva de la supervivencia del más apto.
Bajo la amenaza de la eliminación de los «perdedores», la competencia entre los capitales implica una presión permanente para la incesante aceleración de la sustitución del trabajo vivo por trabajo muerto, solidificado en la maquinaria y en las nuevas tecnologías incorporadas a la producción. Pero, por otro lado, el trabajo asalariado sigue siendo la mediación social fundamental para el acceso a la riqueza social y la única fuente de la extracción de plusvalor de la fuerza de trabajo. Es decir, el trabajo humano se vuelve, debido al continuo aumento de la productividad -cada vez más ralentizado, eso sí, a medida que el capital se vuelve más «denso»-, crecientemente superfluo desde el punto de vista de la generación de riqueza real, pero sigue siendo esencial para la reproducción capitalista porque el tiempo de trabajo es la savia bruta que vertebra todo el organismo social.
De este modo, como resalta vívidamente el filósofo Werner Bonefeld, el contraste entre las esperanzadoras posibilidades abiertas por la riqueza social que podría crearse, bajo un paradigma socioeconómico y ecológico radicalmente diferente, y las calamidades de crecientes desigualdad social y destrucción natural que nos depara un modo de producción que «sacrifica máquinas humanas en las pirámides de la acumulación» no deja de crecer:
«Todo progreso social se transforma en calamidad. Cada aumento en la productividad laboral acorta las horas de trabajo, pero en su forma capitalista, las alarga. La introducción de maquinaria sofisticada facilita el trabajo, pero en su forma capitalista, eleva la intensidad del trabajo. Cada aumento en la productividad del trabajo aumenta la riqueza material de los productores, pero en la forma capitalista los pauperiza. Y lo que es más importante, la mayor productividad del trabajo libera al trabajo, hace que el trabajo sea innecesario. Pero en lugar de reducir las horas de trabajo y absorber todo el trabajo en la producción sobre la base de una jornada laboral más corta, liberando tiempo de vida del ‘reino de la necesidad’, aquellos que están empleados son explotados de manera más intensiva, mientras que los trabajadores declarados innecesarios van a parar a la pila de desperdicios de un modo de producción que sacrifica ‘máquinas humanas’ en las pirámides de la acumulación».
La deriva irrefrenable someramente descrita tiene empero su Talón de Aquiles: como demuestra la historia reciente, preñada de crisis cada vez más violentas y de bruscas sacudidas de los tenebrosos y explosivos «mercados» financieros, los continuos aumentos de productividad, imprescindibles para mantener en marcha la rueda de la acumulación, no pueden ser infinitos. A partir de cierto umbral, la compulsión al incremento continuo de la productividad del trabajo reduce la capacidad de generar aumentos futuros significativos: cada vez resulta más arduo sostener la huida hacia adelante de la automatización, la digitalización, la inteligencia artificial y demás revoluciones tecnológicas del capitalismo «cognitivo» y de la industria 4.0, todas ellas basadas asimismo en un descomunal e insostenible consumo de energía y materiales. La prueba fehaciente de lo anterior es que ninguna salida productiva asumió el relevo, al menos a una escala lo suficientemente grande, como para desempeñar el mismo papel neurálgico de locomotora del crecimiento económico y de creación de empleo que ejerció –en una, no lo olvidemos, coyuntura irrepetible de abundancia sin parangón del «oro negro»– la industria automovilística durante la precedente fase fordista de los añorados «Treinta Gloriosos». Y esa decadencia inexorable del trabajo productivo de los sectores industriales maduros es la que ha provocado asimismo, ante la necesidad imperiosa del capital de seguir asegurando el flujo de plusvalor extraído de la fuerza de trabajo, independientemente del tipo de actividad que lo genere, la proliferación de sectores improductivos, innecesarios o directamente ecocidas, con la inmensa mayoría de los servicios, el descomunal complejo militar-industrial, el turismo masivo, y el mastodóntico sector financiero global en lugares prominentes.
Nos hallamos, en definitiva, ante la causa última de la degradación social, de las crisis recurrentes, de la financiarización desaforada y de la expansión de los trabajos de «mierda» -en la feliz formulación del antropólogo anarquista David Graeber-, absurdos y totalmente prescindibles desde el punto de vista de su utilidad social, pero esenciales para mantener girando la «rueda de hámster» en la que está atrapada la sociedad actual bajo la férula de la reproducción ampliada del capital.
En ninguna etapa histórica anterior el tiempo de trabajo representó la única vara de medir de la producción y la distribución de la riqueza social. Una actividad alienante y autotélica -«un fin en sí mismo»- convertida, como describe Nahuel, en una esfera autónoma respecto del resto de ámbitos de la reproducción social:
«Las relaciones abiertas de las sociedades precapitalistas significaron muchas veces brutales formas de autoridad directa y dominación personal. En el capitalismo, esas formas “inmediatas” de dominación tienden a verse desplazadas, pero para ser reemplazadas por una mediación anónima, abstracta y cuasi-objetiva, fundada en el trabajo y el valor. Bajo esa nueva forma de mediación, las personas ganan autonomía de la autoridad personal, pero también ven menoscabada su capacidad para controlar o modificar conscientemente sus vidas y su trabajo».
Los trabajadores asalariados, en última instancia, no controlan en absoluto su actividad laboral sino que son «dominados» por las exigencias y los resultados de esa actividad. La presión de estas relaciones sociales alienadas genera frustración y furia en los individuos debilitados y dependientes, y este desasosiego enajenado, que no comprende las causas reales del deterioro social, es el que impulsa a los «penúltimos» a descargar su resentimiento contra los «últimos».
El odio y el desprecio se vuelcan sobre los pobres y los excluidos del menguante «pastel» a repartir, que encarnan el recuerdo de la espada de Damocles que pesa sobre cada uno de los trabajadores “integrados”. Una amenaza cada vez más cierta a medida que avanzan los procesos de flexibilización, desregulación, precariedad y desestabilización de los vínculos sociales, laborales y residenciales. La autonomía y la subsistencia de los individuos atomizados dependen cada vez más de la posición de poder en la escala social y de la fuerza para mantenerla frente a los peligros ciertos e imaginados.
De hecho, la evolución degenerativa de las condiciones de trabajo en las fortalezas primermundistas ha puesto de manifiesto el carácter cada vez más acomodaticio y defensivo de las luchas laborales. Así pues, puede sin duda afirmarse, como explica Postone, que los restos del viejo proletariado están cada vez más interesados en contribuir a mantener el espejismo del «crecimiento» capitalista y tienden, por tanto, a cooperar con la burguesía comportándose disciplinadamente, en pos de conservar el empleo, el patrimonio y el poder adquisitivo:
«Más aún —y aquí solo puedo tocar de pasada este tema—, ya que el trabajo está determinado como un medio necesario para la reproducción individual en la sociedad capitalista, los trabajadores asalariados siguen dependiendo del ‘crecimiento’ del capital incluso cuando las consecuencias de su trabajo, ecológicas o de cualquier otra clase, funcionan en detrimento de ellos mismos o de los demás».
La pérdida de dinamismo del trabajo productivo-industrial-fordista y su sustitución por la terciarización, la turistificación, el endeudamiento exacerbado y la extracción creciente de riqueza a través del rentismo inmobiliario y del circuito secundario de acumulación disparan la desigualdad y las dinámicas de exclusión social de amplios contingentes de las clases populares.
De este modo la financiarización, en lugar de ser una esfera autónoma cuya hipertrofia exorbitante es la causa de la especulación desaforada, representa, antes al contrario, la fuerza contrarrestante de la pérdida de dinamismo del capital productivo, mediante la creación ingente de dinero-deuda del puro aire y el inflado recurrente de colosales burbujas financiero-inmobiliarias. Es decir, la ominosa especulación no es una excrecencia tumoral que parasita un organismo sano, como postulan los defensores del regeneracionismo progresista, sino la cataplasma que permite, con respiración asistida, que el engendro dopado por la inyección masiva de la deuda a muerte mantenga su huida hacia adelante. La prueba fehaciente de lo anterior es que tras el descomunal colapso de la burbuja hipotecaria de 2008 se ha vuelto una vez más a las andadas -mostrando la falacia de las jeremiadas que profetizaban un cambio de modelo productivo tras la debacle- de la desquiciada revalorización inmobiliaria y la hipertrofia del casino financiero global.
El rentismo -y con él, la profunda sima social abierta por la posesión o no de propiedad inmobiliaria- deviene una válvula de escape vital para el mantenimiento de los flujos de ingresos de las capas pudientes de la población, a costa de agudizar la desigualdad entre los poseedores y los excluidos del acceso seguro a la vivienda. De ahí que la defensa acérrima de la sacrosanta propiedad privada sea un pilar clave en la conformación del universo ideológico de la ultraderecha, como muestra la delirante histeria antiokupación omnipresente en los programas basura de los mass media.
El drenaje masivo de riqueza «de abajo hacia arriba», que representa el juego de suma cero de expropiación social a través de las rentas inmobiliarias, afecta además a segmentos sociales ya de por sí depauperados: las generaciones jóvenes, la mayoría con empleos precarios y mal pagados, y los colectivos de migrantes, un 70% de los cuales carecen de acceso a la vivienda y se ven abocados a un mercado salvaje, donde campa por sus respetos el “racismo inmobiliario”.
Quizás la acerba panorámica someramente descrita ayude a explicar una aparente paradoja:
¿Por qué incluso en una época de presunto crecimiento económico como la actual, con niveles récord de población activa y una tasa de desempleo bajo mínimos, todos los parámetros de desigualdad, exclusión social y pobreza sufren un deterioro significativo?
El recientemente publicado Informe FOESSA, quizás el diagnóstico más completo acerca de la situación socioeconómica del país, advierte sobre un proceso acelerado de fragmentación social, de consecuencias devastadoras para la creciente polarización ideológica de la sociedad española:
«España se nos presenta como una sociedad con grandes contradicciones: crece la macroeconomía (incluso el empleo) mientras aumenta la vulnerabilidad social; vivimos una modernización tecnológica a la vez que se agranda la inseguridad, la incertidumbre y la polarización. Ello está configurando la sociedad del desasosiego, en la que la exclusión deja de ser un accidente y se constituye en un rasgo estructural del modelo socioeconómico español. Según la serie, cada crisis amplía la fractura social y las recuperaciones no consiguen cerrarla. En 2024 la exclusión severa era un 52 por ciento superior a la de 2007. Estamos en la sociedad del miedo, en la que la inseguridad se normaliza, se alimenta el ‘sálvese quien pueda’ y se erosiona la confianza democrática».
Este clima social tóxico que alimenta el «sálvese quien pueda», reforzado por la incomprensión de las causas que propulsan el miedo y la inseguridad en la «sociedad del desasosiego», son los ambientes perfectos para el crecimiento de la hidra del resentimiento y de las guerras entre pobres que atiza el discurso demagógico de la ultraderecha.
Los chivos expiatorios
La intensificación de las pulsiones racistas y xenófobas, propulsada por la agresiva retórica de la ultraderecha, es una consecuencia directa de la toxicidad rampante en un entorno social crecientemente competitivo y despiadado. De este modo, se refleja la necesidad de maximizar la explotación «diferenciada» de las minorías estigmatizadas, mediante la estrategia de atizar la división y el enfrentamiento entre los distintos sectores de las clases populares, en aras de desviar la atención de las verdaderas causas del malestar social. Se trata, por tanto, de una grosera coartada ideológica, cuya función real es justificar la sobreexplotación de colectivos ya de por sí vulnerables en beneficio de la provisión abundante de mano de obra barata y disciplinada.
Valga, como botón de muestra de esa íntima hibridación, la función neurálgica del «racismo diferencialista» como dispositivo ideológico al servicio de la división y el enfrentamiento entre distintos grupos de trabajadores en aras de «minimizar los costes de producción», como refleja la siguiente argumentación del filósofo marxista Francisco Fernández Buey:
«Así pues, las funciones de este sistema en el que el racismo diferencialista aparece como ‘fórmula mágica’ son básicamente dos: permite ampliar o contraer el número de las personas disponibles para los salarios más bajos y las tareas menos gratificantes y, en segundo lugar, procura una base no meritocrática para justificar la desigualdad, lo cual permite a su vez remunerar mucho menos a un segmento de la fuerza de trabajo, lo que no se podría hacer en función del mérito».
El sociólogo Emmanuel Rodríguez abunda en el trasfondo de economía política que constituye la base material de la «integración social reaccionaria», fundada en la justificación de la discriminación flagrante de un segmento de la fuerza de trabajo agitando los bajos instintos de la competencia entre las clases trabajadoras nativas y foráneas:
«Más allá de las retóricas, la base ‘material’ del proyecto político, que de un modo u otro subyace a todas las formas políticas de la integración social reaccionaria —desde el neofascismo y el populismo de derechas hasta la socialdemocracia nacional y el rojipardismo—, no es difícil de adivinar. Se trata de garantizar el flujo ordenado de trabajo barato a los países ricos, lo que conforma hoy uno de los núcleos de las políticas de Estado en casi todos los países occidentales. La clase media remanente, pero también numerosos sectores proletarizados, se sostienen sobre el trabajo migrante que a bajo precio garantiza su reproducción (cuidado de niños, ancianos y limpieza del hogar)».
Se trata, en fin, de garantizar el flujo de trabajo barato para los sectores claves de la reproducción social, crecientemente necesario además en una sociedad envejecida como la española, justificando la sobreexplotación de los migrantes mediante las gárgaras racistas del discurso del «español primero», y atizando los miedos cervales a la pérdida de su posición social, de sus raíces culturales y al deterioro de las prestaciones públicas causados por la «invasión descontrolada» de extranjeros.
La otra bestia negra por antonomasia de la retórica reaccionaria, la denominada «ideología de género», encuadrada en el ataque furibundo al feminismo y al movimiento LGTBIQ, tiene también una base material e ideológica sólida en la defensa acérrima de la familia nuclear, como célula básica de la reproducción social encaminada a la preservación de la cadena de montaje de la que sale la fuerza de trabajo laboralmente apta.
Existe por tanto una estrecha conexión entre la salvaguardia de las estructuras patriarcales tradicionales, vigentes en los ámbitos hogareños donde se desarrollan las tareas reproductivas -en realidad, un subsidio gratuito para el capital-, y las acuciantes necesidades de abaratar al máximo la generación de la fuerza de trabajo, a la vez que se preserva el orden moral y el patrimonio familiar.
La siguiente descripción del «esquema reproductivo mayoritario», formulada por el colectivo feminista Precarias a la Deriva, resalta la necesidad de garantizar la eficiencia «biológica y social» y la contribución esencial para el mantenimiento del orden establecido que procura «la familia nuclear patriarcal»:
«Por esquema reproductivo mayoritario entendemos la familia nuclear patriarcal con una fuerte división sexual del trabajo que determina la división entre lo público y lo privado, la producción y la reproducción; se trata indudablemente de una familia de clase media y blanca, legítima heredera de la familia burguesa del XIX, y extendida como modelo (ojo, no necesariamente como experiencia) a casi todas las demás capas sociales a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Este esquema maximiza la reproducción, en el sentido de Bourdieu, biológica y social, tanto en lo que se refiere a la transmisión de la herencia, como en lo que respecta al cuidado de la descendencia en íntima colaboración con el Estado y al mantenimiento del orden moral».
Pero sin duda el ámbito neurálgico -que se oculta siempre en las loas retrógradas al mito de la familia como «comunidad solidaria»- en el que la familia se convierte, como destaca Nuria Alabao, en tiempos de masiva precariedad laboral y de falta de acceso a la vivienda para las jóvenes generaciones, en un factor clave de preservación de la riqueza patrimonial y de propulsión de la desigualdad es a través de la sacrosanta institución de la herencia:
«Reproducirse es reproducir la clase y esto tiene una parte material también. La familia es esencial para la reproducción de clases en el capitalismo, donde la herencia, la transmisión de la propiedad y la deuda son pilares sin los que es mucho más difícil imaginarse la acumulación de capital».
Es pues la constatación de esa íntima trabazón existente entre las dos esferas de la «fábrica social» y de la relevancia extraordinaria del control sobre los procesos y los entornos «privativos» donde se desarrollan la reproducción de la fuerza de trabajo y de la clase social la que permite entender cabalmente el énfasis del discurso reaccionario en la defensa de la familia y en la crítica de la «ominosa» ideología de género y demás desviaciones «disolventes», que ponen en cuestión los pilares de la milenaria civilización cristiana occidental.
Este cóctel explosivo de fatalismo, resentimiento, construcción de enemigos imaginarios y nostalgia de un pasado mítico es el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento, como describe la filósofa Wendy Brown, de líderes mesiánicos que prometen restaurar ese Edén prístino que en realidad nunca existió:
«El destronamiento era fácilmente atribuible a migrantes y minorías roba-trabajos, junto con otros beneficiarios imaginarios no merecedores de la inclusión liberal, cortejados por las élites y los globalistas. Tal figura provenía de un pasado mítico en el cual las familias eran felices, estables y heterosexuales, cuando las mujeres y las minorías raciales estaban en su lugar, cuando los barrios eran ordenados, seguros y homogéneos y cuando un cristianismo y una blanquitud hegemónicos constituían la identidad manifiesta, el poder y el orgullo de la nación y de Occidente. Frente a las invasiones de otras gentes, ideas, leyes, culturas y religiones, este es el mundo de cuento de hadas que los líderes populistas de derecha prometen proteger y restaurar».
Pero si hay un ámbito donde el irracionalismo fanático del discurso ultra alcanza su paroxismo es con el suicida negacionismo climático y las rabiosas invectivas contra la «ideología verde», la sostenibilidad y la transición ecológica. Empero, tal disparate tiene también una base material, hábilmente explotada por la caverna propagandística de la ultraderecha. Esta sarta de delirios populistas, envuelta en el «cochismo» exacerbado y en la defensa retórica de los sectores tradicionales agrícolas e industriales afectados por los objetivos de descarbonización, cala hondo en los trabajadores que ven amenazado su sustento por las reconversiones encaminadas hacia la cacareada «transición energética». Las contradicciones objetivas entre las medidas de «reducción de emisiones» y el sostenimiento a toda costa de la rentabilidad del capital, y los callejones sin salida a los que aboca a los colectivos de trabajadores de los sectores tóxicos son pues explotados por la ultraderecha para entonar un carpe diem con consecuencias catastróficas, como muestran desastres recientes como la Dana de Valencia.
Vivimos pues tiempos sombríos. Ante la extensión imparable de la ola reaccionaria, con su eficaz demagogia para explotar el resentimiento generado por la acelerada degeneración de la totalidad social capitalista, y la cada vez más acentuada impotencia reformista para atenuar las causas profundas que disparan la expansión social del irracionalismo más desacomplejado, surgen angustiosos interrogantes acerca de la virtualidad de desarrollar formas de lucha social realmente emancipadoras, que pugnen por contrarrestar el marasmo de encono y de crispación que va invadiendo el tejido social.
¿Cómo luchar por construir una alternativa de sociedad y de poder antagonista cuando las clases populares, víctimas primordiales de la apisonadora de la opresión capitalista y del Estado burgués que la sostiene, parecen haber perdido la esperanza en que nada distinto de lo existente sea siquiera concebible?
Frente a la retórica retrógrada de la ultraderecha y al conformismo resignado del reformismo de reducción de daños solo queda la osadía de ir más allá de los marcos ajados a los que nos aboca la lúgubre realidad existente. Reforzar día a día las luchas y las resistencias que desarrollan los colectivos que, en esos barrios a los que aludía la demagogia reaccionaria de la ultraderecha, se organizan para combatir cotidianamente la violencia creciente que se ejerce sobre las clases populares. De lo contrario, la barbarie a fuego lento que nos impone la inexorable degradación del capital será el único horizonte posible.
El compendio que nos ofrece Holloway acerca de la necesidad de «partir de lo pequeño», desde fuera de las estructuras del Estado, desarrollando proyectos de resistencia popular y de transformación radical de la vida cotidiana, ejemplifica la esencia de la lucha «del hacer contra el trabajo que produce capital»:
«Están los millones de iniciativas y experimentos creados conscientemente fuera de las estructuras del Estado: miles y miles y miles de revueltas y experimentos en todo el mundo donde la gente está diciendo ‘No, no vamos a aceptar el imperio del dinero, no aceptaremos el dominio del capital, vamos a hacer las cosas de una manera diferente’. Okupaciones de casas, centros sociales, huertos comunitarios, radios alternativas, movimientos de software libre, rebeliones campesinas en las que la gente dice ‘¡Basta! Ahora la gente va a dirigir’, ocupaciones de fábricas, acontecimientos universitarios como este en el que estudiantes y profesores se han puesto de acuerdo para concentrarse en la única pregunta científica que nos queda, es decir, ¿cómo podemos detener la huida hacia adelante de la humanidad hacia la autodestrucción?»
Los problemas que afrontan los precarios enclaves de resistencia y de construcción de nuevas relaciones sociales son evidentemente ímprobos y los obstáculos para la expansión de esas «grietas en el grueso muro del poder» resultan -ante la brutalidad creciente del aparato represor del capital- indudablemente ciclópeos.
Pero no queda otra alternativa, para pugnar por neutralizar la demagogia retrógrada de la caverna ultra, que «hacer las cosas de una manera diferente», combinando la lucha cotidiana por unas condiciones de vida dignas con la construcción de nuevas formas de organización de la vida comunitaria en las que las relaciones no estén mediadas por el intercambio de trabajo asalariado.
La apelación simultánea a combatir el reformismo de la «contabilidad electoral» y a «potenciar los escenarios no previstos de la acción colectiva» remite al magistral prontuario planteado por el filósofo Manuel Sacristán:
“Esa política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse con las cuentas de la lechera reformista ni con la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no rebajar, no hacer programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de clases y a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero sobre el fondo de un programa al que no vale la pena llamar máximo porque es el único: el comunismo»
Lo que sí es, en cualquier caso, factible y al tiempo esperanzador, como señala Norbert Trenkle, es la posibilidad de creación, en el curso del desarrollo de esos gérmenes de resistencias populares que brotan por doquier frente a la agresión del capitalismo desquiciado, «de nuevas formas de vinculación» con carácter prefigurativo, de semillas de un mundo nuevo:
«La tarea actual más importante para los movimientos emancipadores consiste en crear nuevas formas de organización y de vinculación que en cierto modo anticipen esta nueva sociedad. Sólo si logramos esto, habrá una perspectiva más allá del trabajo abstracto, de la producción de mercancías y del estado».
Hic Rhodus, hic salta.
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Declaran «ilegales, ilegítimos y nulos» los Consejos de Guerra y las ejecuciones de ‘Txiki’ y Otaegi
15 de desembre de 2025, per Nadia15/12/2025Fuente:Etiquetas:Tras la petición de las familias, y en aplicación de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática, el Gobierno ha aprobado la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal a favor de Jon Paredes Txiki y Angel Otaegi, reconociendo así que fueron perseguidos «por razones políticas, juzgados sin garantías y víctimas de vulneraciones de derechos humanos», declarando «ilegales, ilegítimos y nulos» los Consejos de Guerra y las condenas a muerte que derivaron en sus ejecuciones durante el franquismo, según una nota de prensa difundida a los medios por el representante legal de las familias, Juanjo Álvarez.
Las familias de ambas víctimas solicitaron la reparación el 14 de enero de 2025 ante la Delegación del Gobierno en Euskadi. El abogado y catedrático Juanjo Álvarez elaboró la fundamentación jurídica, basada en los artículos 4, 5 y 6 de la Ley de Memoria Democrática, que establece la nulidad de las condenas dictadas por motivos políticos, ideológicos o de conciencia durante la Guerra y la Dictadura.

El Gobierno español reconoce ahora que Txiki y Otaegi fueron perseguidos por «razones políticas, juzgados sin garantías y víctimas de vulneraciones de derechos humanos». La declaración oficial subraya «la injusticia y arbitrariedad de los procesos», y afirma que «la reparación contribuye a restaurar la dignidad personal y familiar de ambos, así como a fortalecer la memoria democrática».
Las resoluciones están fechadas el 25 de noviembre de 2025 y firmadas por el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática del Gobierno de España.
Las familias han agradecido la gestión de la Delegación del Gobierno en Euskadi, del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática y de sus equipos de atención a víctimas, así como el apoyo previo del Gobierno Vasco y, en el caso de Txiki, del Departament de Justícia de la Generalitat de Catalunya.
El lehendakari, Imanol Pradales, ha recordado que desde 2012 el Gobierno Vasco había reconocido a Txiki y Otaegi como víctimas de la violencia de Estado, y que la reciente decisión del Gobierno español contribuye a completar el necesario reconocimiento público. Además, ha subrayado su compromiso como lehendakari «con el pleno reconocimiento de todas las víctimas de violaciones de derechos humanos».
Estas dos declaraciones de reconocimiento se suman a las ya emitidas para los tres militantes del FRAP.




