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Esclavos en la Sierra Tarahumara. Capítulo 2: El rescate de las cuevas
30 de maig, per AuriIlustración de portada por Alejandra Saavedra
Javier no lo pudo creer cuando vio a un grupo de policías de investigación llegar al campamento donde llevaba casi tres años esclavizado. Mantenía la esperanza de que le pagarían por su trabajo y llevaba la cuenta de todos los días que pasó viviendo en una cueva de la Sierra Tarahumara. Él llegó ahí con una oferta de trabajo falsa, como todos los demás que eran forzados por vigilantes armados a cultivar mariguana y amapola. Una vez en el lugar, el castigo por desobedecer eran torturas o la muerte. Como si fuera una tienda de raya de una hacienda del porfiriato, en una libreta les anotaban la droga que les daban. No tenían paga, pero sí deudas. Cuando vio a las autoridades no sintió alivió, sino temor. ¿Sería acusado de algo?
Los sobrevivientes rescatados ese día hablaron de seis o siete campos iguales, con decenas de esclavos cada uno. Sólo cuatro de las personas que liberaron tenían reporte de desaparición. A las demás, no las buscaban.
Este es el segundo de seis capítulos de la investigación “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, realizada por el laboratorio de investigación periodística Quinto Elemento Lab. La entrega anterior narra los testimonios de las primeras personas que lograron escapar de estos campos y cómo sus denuncias se acumularon por años entre los expedientes de las fiscalías en Chihuahua.
En su día número 987 como trabajador esclavo en la sierra, después de haber pasado toda la semana rezándole a San Judas para que lo ayudara a salir de ese lugar, Javier no supo cómo reaccionar cuando vio a todos esos hombres uniformados que salían de entre los árboles. Primero pensó que venían a matarlos. Muchas veces les habían dicho que iban a llegar los contras: gente de otro grupo criminal que iba a venir por ellos.
—¡Policías!
Solo atinó a correr unos metros y ahí se quedó, paralizado, junto a otros cautivos. Algunos consiguieron esconderse, pero ellos no podían seguir porque había un precipicio. Cuando los policías los alcanzaron y les dijeron que venían a rescatarlos, lo segundo que Javier pensó es que lo iban a meter a la cárcel. “Nos decían: ‘Los vamos a llevar a un hotel’. Y yo pensaba: ‘El hotel va a ser una prisión’”. Todo le daba miedo y desconfianza. No solo a él: a todos. Estaban aterrorizados y muertos de hambre.
El operativo era enorme; entre policías de la Agencia Estatal de Investigación y funcionarios judiciales sumaban más de 50 personas. Habían salido esa misma madrugada. Algunas horas antes del rescate, la caravana de camionetas en las que viajaban había entrado a un camino de terracería en una zona de la sierra que pertenece al municipio de Ocampo, en Chihuahua, y avanzó hasta que ya no fue posible seguir con los vehículos. Ahí se bajaron, dejaron a un grupo de guardia, y unos 40 efectivos avanzaron a pie hacia el bosque, guiados por uno de los cautivos que se habían escapado la semana anterior. En el camino se dividieron: un grupo siguió el sendero que conducía a la parte alta de la montaña y los otros fueron hacia el fondo del cañón, ahí donde corre el arroyo Huevachi, una referencia para todos los que terminaban esclavizados en esa zona, y el lugar donde les aplicaban los castigos más temidos.

Imagen del operativo de rescate realizado en julio del 2019. Foto: Especial

Algunos de los hombres rescatados de los campos en julio de 2019. Foto: Especial

Imágenes de la cueva en donde tenían a los hombres esclavizados para la siembra de droga. Foto: Especial

Zona de la Sierra Tarahumara donde se encontraban los campos de siembra de amapola y marihuana. Foto: Especial

Zona de la Sierra Tarahumara donde se encontraban los campos de siembra de amapola y marihuana. Foto: Especial
Los policías que siguieron hacia el fondo del cañón tardaron en total unas cuatro horas de caminata entre pinos, madroños y encinos —los árboles típicos del bosque templado de la Sierra Tarahumara— hasta que llegaron adonde estaban Javier y los demás limpiando la ladera de un cerro. En el trayecto se toparon con algunos claros en medio del bosque: áreas donde los árboles habían sido talados y quemados para sembrar amapola y marihuana. El otro grupo encontró la cueva que hacía las veces de campamento base. Era profunda. Más que cueva, era una especie de gruta: una hendidura que se metía en la montaña, formada por el espacio que quedaba entre rocas gigantes. Era lo suficientemente ancha en su interior como para que pudieran caber decenas de hombres amontonados en el suelo, y se hacía más angosta en la entrada, lo bastante como para que pudiera ser vigilada por un par de personas armadas. Mientras algunos agentes trataban de reunir a los hombres que se habían escapado, otros empezaron a documentar lo que veían.
Las fotografías de aquel momento registran varios detalles. Una geografía extrema, escarpada; un cañón rodeado por barrancas de piedra tan altas y rectas que forman una especie de muralla natural. El cielo de un azul vibrante. Un campo rectangular entre los pinos, en la base de un cerro, con varas secas de amapola. Una caverna en la montaña, y, en su interior, ropa tirada, bolsas de fertilizante, cobijas en el piso, un cucharón, ollas, una parrilla a ras del suelo, paquetes de harina de maíz apilados, una escoba negra de hollín, galones vacíos, costales, una radio. De día funcionaba como comedor, de noche como dormitorio.
“Las condiciones en las que los tenían eran infrahumanas”, resumirá después uno de los agentes de la fiscalía que participó de aquel operativo. Eso podía adivinarse en los restos inmundos de la cueva y en el relato de los que habían escapado, pero ellos pudieron corroborarlo cuando reunieron a un grupo de 21 hombres que “estaban físicamente destrozados”. Los condujeron al lugar donde habían dejado las camionetas, sacaron las provisiones que llevaban para ellos y empezaron a compartirlas con los rescatados. “Nunca pensamos que iba a ser tan exitoso el operativo”, reconoció un agente. “Nosotros llevábamos latas, digamos, de atún, y nos las pedían ellos con hambre, se las entregábamos, y nos preguntaban: ‘¿Me lo das todo?’”.
Hay una imagen del grupo de rescatados aquel día, el martes 11 de julio de 2019, tomada por personal de la Fiscalía General de Chihuahua unas horas después del operativo. Están en el entronque Las Estrellas, el mismo sitio donde seis días antes habían aparecido los tres hombres que lograron escapar. Alguien, tal vez subido a la batea de una camioneta, tomó la fotografía. Los sobrevivientes están de pie, algunos con los ojos clavados en el suelo, como si estuvieran avergonzados o fueran a recibir un regaño. Unos pocos miran hacia la cámara; otros a ningún lado. Los de la esquina derecha parecen atentos a alguien afuera del cuadro. No se distingue mucho en sus facciones: a la mayoría los tapa la sombra que proyectan sus gorras. No sonríen. Sus cuerpos se parecen, porque han sido moldeados por la misma experiencia: las mejillas hundidas, las barbas de varias semanas; la ropa tomada por una mugre negra, acumulada, que recuerda a las imágenes de los trabajadores de minas de carbón. Todos se ven tan maltratados que es difícil calcularles la edad. Dos de ellos tienen mochilas. El resto no tiene nada: todo lo que poseen lo llevan puesto.

Los 21 hombres rescatados por elementos de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, en julio de 2019. La imagen fue captada afuera del destacamento que tiene la fiscalía en el entronque de Las Estrellas, municipio de Ocampo. / Foto: Especial
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El defensor de derechos humanos Gabino Gómez, que desde hace dos décadas se dedica a buscar personas desaparecidas en todo el Estado de Chihuahua, llegó a Ciudad Cuauhtémoc apenas se enteró de la noticia. Era un caso inusual: más de 20 hombres que habían sido engañados, llevados a la sierra y retenidos a la fuerza; que habían desaparecido por meses, incluso por años, y perdido todo contacto con sus familias, acababan de ser rescatados con vida en medio de una crisis regional de desapariciones.
Para entonces, mediados de 2019, hacía doce años que los reportes de desapariciones en el estado de Chihuahua venían subiendo año tras año de forma casi continua. En ese lapso —poco más de una década— se reportaron 2841 personas —2494 hombres y 347 mujeres— como desaparecidas o no localizadas, de acuerdo con los datos públicos del registro nacional. La crisis ya era evidente desde entonces, pero había crecido hasta hacerse inocultable un par de años antes del rescate, en 2017, cuando se dio un pico de casos en el Estado de Chihuahua: 372 personas reportadas en un año (la gran mayoría, 333, eran hombres). Ya para 2016, el mismo año que Javier fue capturado y llevado a la sierra, Amnistía Internacional había tomado a Ciudad Cuauhtémoc como un caso emblemático de la crisis, “la nueva capital de las desapariciones en México”.
Esta ciudad con aire rural, rodeada de campos menonitas, es territorio codiciado. Como puerta de ingreso a la sierra, era escenario de batallas entre facciones del grupo local de sicarios —La Línea, brazo armado del Cártel de Juárez— y a la vez un sitio disputado por el Cártel de Sinaloa. Cualquier persona podía ser castigada y desaparecida por un ajuste de cuentas, por una sospecha, por sus relaciones personales, por azar e impunidad. A lo largo de 2017, al menos cinco jefes policiales de distintos municipios de Chihuahua fueron detenidos por dar protección a criminales o por delitos de desaparición forzada. Algunos actuaban como halcones para La Línea. Otros fueron acusados por la desaparición de jóvenes. Les encontraron armas largas sin licencia, droga, vehículos robados. Uno de ellos fue detenido por homicidio. Eran las autoridades de Seguridad Pública de sus municipios.
Dos años después, en la fiscalía de Ciudad Cuauhtémoc, 21 hombres recién aparecidos esperaban terminar con los trámites para recuperar lo que quedaba de sus vidas. El activista Gabino Gómez, que algunos años antes había acompañado el primer caso de desaparición masiva registrada en ese municipio —ocho miembros de una misma familia—, y que seguía recibiendo llamadas con pedidos de ayuda, asesorando a parientes de las víctimas y presionando a las autoridades, llegó conmocionado a donde estaban esos sobrevivientes. Cuando los vio, los saludó y abrazó a algunos de ellos, que no entendían por qué aquel hombre que no los conocía estaba tan emocionado. En esa extrañeza anidaba la tragedia de los rescatados, aquello que los separaba del mundo al que pertenecían desde que fueron llevados a la sierra y esclavizados. Porque ellos no se veían a sí mismos como los veía Gabino en ese momento.

Fichas de personas desaparecidas colocadas en las puertas de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua. Foto: Marcela Turati
De los 21 hombres —el menor tenía 18 años; el mayor, 52—, solo cuatro habían sido reportados como desaparecidos por sus familias. Solo cuatro eran buscados oficialmente. La mayoría no se consideraba víctima de secuestro, o de trata de personas, o de explotación; algunos ni siquiera imaginaban que lo que habían vivido era considerado un delito. Sus vidas eran tan duras y precarias antes de caer en manos del narco que podían llegar a normalizar la brutalidad del trabajo y la violencia cotidiana. Pero habían sido estafados. Los habían engañado para que fueran a la sierra y los engañaban para mantenerlos en los campos, aunque los retuvieran allí a punta de pistola. Además de los golpes, el hambre, el frío, las torturas, la humillación, también les aseguraban que ya iban a salir y les prometían que iban a pagarles. Esa promesa, por vacía que fuera, era a veces lo único que tenían para tolerar la crudeza de la vida en los campos del narco. Habían pasado todo por nada. Habían vuelto con menos que nada.
Con 39 años, Javier era uno de los mayores del grupo de rescatados, y era el que más tiempo llevaba esclavizado: dos años y diez meses. Había trabajado desde el amanecer hasta el anochecer durante 987 días. Según sus cálculos —restando las cosas que los vigilantes a veces le daban “fiado”, como cigarrillos o galletas de soda— le debían exactamente 248,055 pesos. Doscientos cuarenta y ocho mil con cincuenta y cinco pesos mexicanos por mil días de vida. Ahora sabía que nadie se los iba a pagar.
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Javier es un hombre moreno, lampiño, que escupe palabrotas en medio de las frases, como para sacudirse la bilis que viene con los recuerdos. Lleva unas botas vaqueras y una chamarra ligera de plástico, un cuero falso que se ha ido descarapelando con el uso. Está encorvado, con las manos metidas en los bolsillos, donde las va a mantener a lo largo de toda la entrevista. Es una mañana de octubre de 2020, un año y tres meses después de aquel operativo de rescate, y estamos en una oficina de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua, en Ciudad Cuauhtémoc. Nos acompaña un ministerio público y un funcionario de la Comisión Estatal de Atención a Víctimas que cada tanto le dice a Javier que no conteste las preguntas de la reportera porque se pone en riesgo. Y él obedece.
La historia de Javier empieza, como muchas otras, con una necesidad agobiante de dinero. Y una pelea con su esposa, una escena que iba a volver a su cabeza una y otra vez los próximos meses. El lunes 26 de septiembre de 2016, cerca del mediodía, su mujer salió de trabajar, hizo el mandado y, cuando llegó a la casa, él todavía no había conseguido nada para aportar a la mesa. Discutieron. Tenían tres hijos. Si no traes leche ni pañales, mejor ni te molestes en volver, le dijo ella, antes de que Javier saliera a la calle. A veces conseguía trabajo para impermeabilizar techos, pero igual no le alcanzaba para mantener a su familia. Se fue furioso a las vías del tren, donde cada tanto caía algún jale, y ahí apareció “la troca de una tonelada”, como Javier la describe. Una camioneta gris de trabajo, con la caja adaptada para aumentar su capacidad de carga. “Yo les llegué desesperado”, dice. Le ofrecieron 300 pesos por día, tres comidas diarias, un lugar para vivir. Se tenía que ir un mes con ellos. Era para un rancho ganadero en la sierra, le dijo el hombre de la camioneta. Tenían que salir ya. No había tiempo para avisarle a su esposa, pero se le hizo fácil decidir. Seguía enojado con ella. Pensó que después la iba a poder llamar, y que iba a volver con dinero.
En la caja de la camioneta viajaban siete hombres más, que también habían sido reclutados ese día. Javier dice que él fue el último que recogieron. Durante algunas horas todo pareció normal. En el camino fueron tomando cerveza y les dieron comida. A partir de ahí, es difícil saber en qué momento cada uno se dio cuenta de que había sido engañado. Cuándo fue que comprendieron que algo estaba mal, o que ya era demasiado tarde. Un agente nos contará después que, en algunas ocasiones, las víctimas se percataban de la situación antes de llegar a los campos y trataban de salir de la camioneta. Y que, en esos casos, el hombre que estaba a cargo se bajaba, sacaba el arma y les apuntaba: acá no se baja nadie. Javier recuerda que llegaron a un poblado en la sierra y se detuvieron. Ahí les pusieron capuchas en la cabeza y los hicieron caminar por horas hasta que llegaron a un campamento rústico, donde durmieron en el suelo.
Al otro día los levantaron al amanecer. “Nos siguieron diciendo que íbamos a cuidar vacas”, dice Javier en su declaración. Eso duró los 15 minutos que tardaron en llegar a un campo de amapolas, donde les explicaron en qué consistía su nuevo trabajo: rayar las plantas para extraer goma de opio. La chutama. Era lo que tocaba en esa época del año. Después, lo que hacían variaba según la temporada de cultivo, y se dividía en tres procesos principales: limpiar o preparar la tierra, sembrar, cosechar. Eso y una serie interminable de tareas físicas: talar árboles, cortar leña, cargar provisiones y fertilizantes, lavar, hacer escalones en la montaña, cavar pozos, buscar agua, llevar gente a otro campo. El objetivo era mantenerlos siempre trabajando, “hasta que no sirvieran”, cómo lo explicó otro de los cautivos.
En su declaración testimonial, Javier calcula que en ese primer campamento había “como 80 trabajadores y seis vigilantes. Siempre andaban armados”. El número de personas y de guardias podía variar según la temporada y el tamaño del campo. Después de la cosecha, la cantidad llegaba a reducirse a la mitad o menos. Lo que no variaba para ellos era el hambre. Todos hablan del hambre. De la comida mezquina que les daban. En la mañana recibían un plato de sopa o de frijoles, lo mismo en la noche. A mediodía no podían almorzar. Para que no desfallecieran, les mandaban al ‘loquero’: un hombre que llegaba con una olla adonde estaban y les repartía un vaso con una mezcla de harina de maíz, agua y azúcar, a veces sal. A eso le llamaban ‘loco’, el engrudo que les daban para que pudieran aguantar trabajando hasta la noche. El hambre, con el tiempo, también vencía sus resistencias. Javier dice que muchos terminaban aceptando órdenes como esta: “Dale unos tres garrotazos a este y ahí te va una soda o unas galletas. Y el que comía eso, haga de cuenta, se sentía como si estuviera aquí en la ciudad: se la tomaba delante de uno, las galletas ahí las masticaba, tomaba la soda”.
Él nunca hizo eso, dice, por más hambre que tuviera. Eso de pegarle a otros. Yo qué me gano, pensaba. Los golpes eran el primer método de disciplinamiento. Cuando tenía que talar árboles con la motosierra, quemar partes del bosque, cargar costales o arar la tierra con un pico, el ritmo lo marcaba el garrote. “Cuando me rendía o algo llegaban y pinche garrotazo. Te estás quedando atrás. Un garrotazo”. También funcionaban las amenazas: si no hacía lo que le ordenaban, le decían que le iban a ‘dar agua’. “O sea, que me iban a sumergir en un charco de agua y me iban a tener dos, tres minutos ahí. Yo oí personas que así las tenían. Llegaban y ¿no haces caso? y lo bajaban ahí a un pozo y lo sumergían hasta que se ponía morado. Ya cuando se ponía morado entonces lo sacaban, con la culata del rifle le pegaban en el estómago y sacaban el agua y otra vez así”.
A lo largo de la entrevista, Javier describe una vida marcada principalmente por el miedo y por el hambre, que se completaba con miserias cotidianas. Humillaciones. No los dejaban asearse a diario. Una vez al mes les repartían una pastilla de jabón para 15 personas, los bajaban al arroyo y les daban una hora para bañarse, mientras eran vigilados por hombres armados. No les permitían hacer fuego para secarse, aunque el arroyo estuviese helado. Vivían en harapos, con la ropa con la que habían llegado. Solo podían usar otra cosa cuando se la robaban a alguien del campamento o cuando otros dejaban algo tirado. A veces, cuenta Javier, si estaba desesperado por cambiarse, podía llegar a canjear una caja de cigarrillos por un pantalón destrozado.
Con el paso del tiempo, algunos de su grupo se empezaron a escapar. En su declaración testimonial, Javier cuenta que lo intentó una vez, cuatro meses y medio después de llegar. “Por tantos abusos que sufrí, y aparte que nunca nos pagaron un peso, decidí escape el día 15 de enero de 2017, junto con otro compañero al que le decían el Témoris. Fue un día en la mañana”. La fuga duró poco: caminaron dos horas, llegaron a otro campamento y fueron recibidos por una persona “encapuchada, con cachucha de soldado. Él traía rifle”. Esa noche durmieron ahí. “Al otro día, ellos mismos nos levantaron temprano y nos llevaron a las tierras a rayar amapola”. Fue su primer y último intento. Después ya no se animó a hacerlo. Le daban miedo los animales salvajes, caerse de un precipicio en la noche, perderse en la sierra y morir de hambre, toparse en el camino con los ‘contras’… o que lo atraparan, lo devolvieran y lo castigaran. Javier cuenta la historia de otro hombre que le propuso escaparse y que logró llegar hasta el poblado más cercano, unas tres horas a pie, donde los patrones compraban o recibían gran parte de sus provisiones. Yoquivo, se llama. Una localidad que, para 2020, según el censo más reciente de México, tenía 135 habitantes y 71 casas. El recién fugado entró en la tienda del pueblo con un celular en la mano y les dijo que se los daba a cambio de comida. Traigo mucha hambre. La historia termina con moraleja: el señor de la tienda le dice que espere —te voy a traer algo—, se mete para adentro y llama por teléfono a los patrones para que vayan a buscar a su esclavo descarriado. Javier recuerda que, como castigo, el hombre fue sumergido varias veces en el arroyo y después lo dejaron desnudo, amarrado a un árbol, hasta el otro día.
Cuando no se animaba a escapar y el miedo no le alcanzaba para justificarse, Javier hacía cálculos del dinero que le debían. Porque incluso en esas condiciones creía que un día iban a pagarle. Era una ficción que sostenían todo el tiempo. Les ofrecían drogas, por ejemplo, y les decían que se las iban a “descontar” de los días trabajados.
“Un paquete de maseca lleno de marihuana eran 500 pesos, un gramo de coca… no, dos gramos de coca más o menos, y una caja de cigarros, eran mil pesos”.
La forma en que reconstruye su experiencia sirve para entender uno de los motores del reclutamiento forzado: por un lado, explotaban los problemas de adicción y de salud, la marginalidad y el abandono de sus víctimas para engancharlas; por otro, la promesa de pago era verosímil y se mantenía siempre latente, porque así funcionaban los grupos que respondían a los cárteles en distintas partes del territorio, e incluso en los mismos campos donde ellos eran retenidos y maltratados.
Javier estuvo el tiempo suficiente como para entender que las distintas tierras en las que trabajaban por esa zona — ocho, según recuerda— pertenecían a una misma familia, o que al menos existían lazos entre ellos, pero había jerarquías. Todos le rendían cuentas a una familia, que era la más poderosa. También había niveles dentro de la gente que llevaban a trabajar. Varios rescatados mencionan a grupos de personas —hombres y mujeres— que llegaban en tandas para la época de la cosecha, que eran tratados sin violencia, que se iban a sus casas después de un tiempo y les pagaban los días trabajados. Gente —en su mayoría de Sinaloa— que recibía el trato que les habían prometido a ellos.
Cada vez que veía llegar y partir a gente nueva, Javier les pedía por favor que lo dejaran irse, que lo llevaran de vuelta. “Ellos me decían: no, te vamos a llevar, ya vas a salir”. Y le hacían cuentas. “Decían: no, tú ya tienes un buen billete, te vamos a pagar, ¿no quieres? O si quieres agarra tierras”. Y él decía que no, que quería irse, que extrañaba a su familia.
“No quiero tierra, yo quiero que me saquen, quiero dar una vuelta por la casa, que me saquen de aquí ya. Yo les rogaba mucho. Mucho les rogaba”.
Y entonces se deprimía y soñaba que volvía a su casa y ya no estaba su esposa. Un par de veces consiguió que los vigilantes le prestaran el teléfono para llamar a su mujer a cambio de cigarrillos o de favores. Entonces la llamaba y le explicaba por qué no podía salir, pero le juraba que la próxima temporada le iban a pagar y él iba a volver a la casa con mucho dinero. Ella no le creía. Le preguntaba si tenía otra mujer. Lo amenazaba con buscarse a otro.
Para sobrellevar el dolor, Javier hacía cuentas. “Mejor me ponía a pensar cosas, cuando salga de aquí con este dinero voy a hacer esto, con este dinero voy a poner esto, voy a comprar esto”. Esa idea, algunos días, conseguía incluso hacerlo trabajar con más ganas.
“Yo soñaba con una casa, un mueble, pensaba yo. Soñaba todo este dinero para una casita, para comprarle ropa a los niños, para comida”.
Por eso no supo qué sentir cuando lo rescataron. Estaba vivo, iba a ver a su esposa y a sus hijos, pero ya no tenía a quién cobrarle. La fantasía que le había dado sentido a su vida todo ese tiempo se desvaneció de golpe.
“Fueron tres años que no vi a mi familia, tres años que no supe cómo vivieron”, dice ahora, encorvado sobre la silla, más de un año después de su rescate. “Fue mucho tiempo con tal de yo traer algo para ellos”. Volvió a su casa con las manos vacías. Con el orgullo más roto que aquel día en que se fue a las vías del tren desesperado por dinero. Dice que sus hijos mayores ya no le hacen caso, que le reprochan su ausencia. Que su esposa registró a su hijo más pequeño como madre soltera, y que ella también le echa en cara haberse ido. No sabe cómo hacerles entender lo que ya les ha contado: que lo retuvieron a la fuerza, contra su voluntad, que nunca quiso abandonarlos. Cada vez que su mujer toma, dice, vuelve a culparlo por lo que les pasó. Y él le repite que ya, que ya está, que no vuelva a empezar. “Para mí sería mejor no recordar nada”, dice Javier, casi al final de la entrevista, cuando le preguntamos qué quiere hacer ahora.
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El día que se difundió la noticia del rescate, en la fiscalía de Cuauhtémoc, los recién liberados esperaban su turno para cortarse el pelo, para llamar a sus casas o para que les tomaran sus declaraciones mientras llegaban funcionarios de comunicación y un par de periodistas de la capital del Estado que se habían enterado y consiguieron presenciar lo que estaba pasando.
La dependencia preparó un comunicado que fue distribuido y retomado por la prensa de todo el país. “Rescatan a 21 hombres esclavizados por narcos en la Tarahumara”, publicó el diario La Jornada el sábado 13 de julio. El subtítulo: “Los tenían en cuevas en Ocampo y los obligaban a plantar amapola y mariguana”. Los sobrevivientes permanecieron al menos dos días en un hotel de la ciudad. Después quedaron en libertad para irse. Uno, que era jornalero en la recolección de nuez o de manzana, pidió apoyo para viajar al estado de Oaxaca; otro a Coahuila, donde estaba su hogar. Había dos más de otros estados: Guanajuato y Zacatecas. El resto venía de localidades de Chihuahua: de Meoqui, de Bachíniva, de Guerrero, de Guadalupe y Calvo, de Guachochi, de Delicias, de Madera y de la capital.
“No somos un edificio que cuente con las instalaciones para albergar un grupo de personas de este tamaño”, nos dirá después el entonces fiscal a cargo de la zona serrana, Jesús Manuel Carrasco Chacón, cuando lo entrevistamos para esta investigación. “Sin embargo, todo el personal, conmovido por la situación, apoyó. Hubo empresarios de la localidad que apoyaron también”. Apenas se conoció la noticia, “empezaron a llegar incluso alimentos donados por gente de aquí de la Ciudad Cuauhtémoc para apoyar a estas personas”. Carrasco contó que habían armado el operativo de rescate tras la aparición de los tres hombres en el entronque Las Estrellas seis días antes. Dijo que llevaba unos ocho meses tratando de ubicar aquel sitio, que “se conocían denuncias que se habían puesto en la capital del Estado por una supuesta retención de personas” que eran forzadas a trabajar en esa zona. Pero que no pudieron hallar el lugar hasta que se escapó alguien capaz de orientarlos con mayor precisión. “Nos costaba trabajo admitir, o asimilar, mejor dicho, que estuviera sucediendo esto en alguna parte del Estado”. Es decir: sabían de la existencia de aquel lugar, pero no terminaron de creérselo hasta que aparecieron nuevos escapados, que contaban lo mismo que los anteriores. “En las primeras intervenciones no se tuvo éxito”, dijo el fiscal Carrasco.
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“Primeras intervenciones” es una forma extraña de reconocer que, por más que les costara asimilarlo, las denuncias y testimonios sobre la esclavización de personas en la sierra existían desde hacía bastante tiempo. Incluso había personal que conocía aquel sitio donde acababan de encontrar a 21 hombres. Uno de los policías que participó en el operativo, por ejemplo, recordó que ya había estado en aquel lugar por un grafiti: una calavera rudimentaria con huesos cruzados y una advertencia —“No te arriesgues por tu bien. Abisa”— pintadas con aerosol rojo sobre una piedra, en lo que parecía ser la entrada principal al campamento base. Hasta allí llegó también una caravana con decenas de vehículos en 2018, en otro operativo de la fiscalía, pero esa vez se volvieron con las manos vacías.

Roca donde alguien escribió la advertencia de no pasar a la zona donde estaban los campos de cultivo de amapola./ Foto: Especial
“Es una de las sensaciones más frustrantes que he tenido en mi vida, porque fue una cosa súper cansada, y llegas y encuentras… encontramos un comal que todavía estaba caliente; brasas que se acaban de apagar. Entonces dijimos: nos vieron y se fueron. Pero, ¿por dónde? Era la incógnita”, nos dirá, tres años después de ese momento, la exfiscal Erika Jasso Carrasco. Hasta julio de 2018, Jasso estuvo en funciones como fiscal especializada en Control, Análisis y Evaluación en la Fiscalía General de Chihuahua. A veces le daban casos delicados, y tenía dos carpetas abiertas sobre desapariciones forzadas, entonces le pasaron a ella la denuncia de BAR. “Me avisaron que había una persona que había escapado de un campamento en la sierra”, explicó. “Él nos comentó que tenía aproximadamente tres años cautivo en ese lugar”.
La exfiscal dijo que consiguieron convencer al hombre recién fugado para que los guiara hasta el lugar, y después describió un operativo similar al de 2019, pero un año antes: un convoy de unos 40 vehículos que salieron de madrugada, su paso por Yoquivo, un camino larguísimo de terracería y, allí donde ya no podían avanzar con las camionetas, una calavera y una advertencia pintadas en rojo sobre una piedra. En esa ocasión también se separaron en grupos, contó Jasso, y los dos equipos encontraron parte de la infraestructura que usaban para los esclavos. Un grupo caminó cerca de tres horas y llegó a un campamento. “Lo encontraron vacío, sin gente, pero con alimentos; había costales de maíz, costales de harina y cobijas, pero no había gente”, recordó. El otro grupo encontró el lugar donde dormían. “Otro campamento, pero dentro de una cueva. Una cueva muy, muy grande”. También estaba vacía. La pregunta era dónde se habían metido esos 30 hombres que, según BAR, se habían quedado allí cuando él escapó.



Imágenes del operativo realizado por personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua en el año de 2018 y en donde no encontraron a ninguna persona./ Foto: Especial





En octubre de 2019, personal de la Fiscalía General del Estado de Chihuahua regresó a la zona donde en julio de ese año habían rescatado a 21 hombres. En el lugar encontraron dormitorios improvisados y campos de amapola.Fotos: Especial
Una hipótesis, dijo Jasso, era que se habían escondido en otras cuevas o túneles que existían en la zona. Otra, que alguien dentro de la propia fiscalía o de las fuerzas que participaron les habían avisado sobre el operativo. De todos modos, según la exfiscal, tampoco hacía falta una filtración, porque una caravana con decenas de vehículos era difícil de esconder y ellos no conocían la zona. “Desde que entramos a Yoquivo, los halcones avisaron que íbamos para allá. En cuanto vieron que llegamos, porque tuvieron que haber visto que llegamos, alguien avisó que ya estábamos ahí”. En cualquier caso, el resultado fue el mismo: no encontraron a nadie y empezaba a atardecer, así que se volvieron. Después, Jasso fue asignada a otras tareas y más adelante le quitaron sus funciones como fiscal. Al parecer, nadie volvió a pensar en los campamentos de trabajo forzado —ni en los esclavos— hasta que aparecieron otros tres hombres en Entronque Las Estrellas.
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Antes del operativo exitoso de 2019, e incluso antes del operativo fallido de 2018, ya existían denuncias sobre el enganche y la esclavización de personas en el mismo sitio de la sierra, con la misma forma de operar, ante la fiscalía. Además de los métodos de sometimiento y explotación física, los casos tenían algo en común cuando llegaban hasta las autoridades: aunque parezca insólito, ninguno era relacionado con el otro.
A finales de 2017, una pareja rarámuri acudió a la fiscalía de la ciudad de Chihuahua para denunciar que sus dos hijos adolescentes estaban desaparecidos. Unos hombres los habían ido a buscar en camioneta al asentamiento urbano donde vivían; decían que los habían contratado para un trabajo en la sierra y desde entonces no sabían nada de ellos.
Pasaron un par de meses hasta que la pareja tuvo algo de información, y fue gracias a otra víctima: un joven de 16 años que se había ido a la sierra con ellos consiguió escapar y les avisó que los dos hermanos habían sido detenidos durante la fuga. Les explicó que los tenían a todos cautivos sembrando droga. Ocho meses más tarde, el hijo menor —que tenía 18 años recién cumplidos—, consiguió fugarse. El mayor pasó un año esclavizado hasta que lo logró. Fue cuando lo “prestaron” como trabajador a otro campo. “Me pusieron de encargado, pues nadie me cuidaba a mí y ahí fue cuando nos escapamos yo y otros dos compañeros”, nos contó en agosto de 2021, cuando lo entrevistamos para este reportaje, en un asentamiento en la periferia de Chihuahua.
Durante el año que estuvo cautivo en la sierra, nos dijo, llegó a conocer a chicos rarámuris de 14 y 16 años que estaban siendo explotados. Vio a gente perder la cabeza: eran los que más recibían golpes, o los que terminaban sumergidos en el arroyo con las manos esposadas.
“Había gente que se volvían locas, ya no sabían ni qué. Se los llevaban y ya no se sabía nada de ellos”.
También se enteró de que a veces hacían operativos, o al menos simulaban que iban a intervenir. No había forma de saber si eran intentos reales o no. “Es que vinieron muchas veces, pero unos nada más llegaban y se iban”. Para él estaba claro que los habitantes de los pueblos cercanos les avisaban antes de que llegaran. En esas ocasiones los hacían subir al cerro, los tenían hasta que pasaba el peligro y los bajaban para que siguieran trabajando. Una vez, contó, estuvieron tres días en el monte por un operativo militar. Cuando volvieron al campamento encontraron todo quemado y rociado con gasolina. Los días siguientes les hicieron comer los alimentos que habían sobrevivido al fuego. Tortillas y frijoles pasados por gasolina. “Todos enfermaron”, recordó. Después de fugarse, el joven rarámuri vivió aterrado por un tiempo. Creía que iban a buscarlo. Soñaba que “todavía estaba allá”. Se despertaba en medio de pesadillas y hacía lo posible por no volver a dormir.
Una vez que lo tuvieron de vuelta, sus padres —que habían denunciado la desaparición de sus hijos sin conseguir nada— sintieron que era su responsabilidad avisar a las autoridades. El recién aparecido se animó a declarar ante el ministerio público: contó cómo y dónde los tuvieron encerrados los hombres armados, y sobre sus compañeros de cautiverio, unas 60 personas que habían quedado en las cuevas. Pero tampoco pasó nada. Le preguntamos, casi al final de la entrevista, sobre el operativo de rescate de 21 hombres que se difundió a nivel nacional a mediados de 2019. Él creía que sus captores habían permitido que las autoridades liberaran a unas pocas personas porque ya no era tiempo de cosecha. El operativo fue en julio, dijo, “cuando están creciendo las matas”, y seguramente no necesitaban tanta mano de obra.
Las experiencias de los 21 sobrevivientes liberados en 2019 quedaron registradas en la carpeta de investigación en relatos escuetos, de menos de dos hojas por persona. Todos coincidían en que muchos compañeros habían quedado retenidos en los campamentos; unos calculaban 30; otros, más de 100. Uno de ellos, en una entrevista posterior, llegó a calcular hasta 600 personas esclavizadas “entre varios puntos, porque había varios campamentos”. Otro sobreviviente contó que había conocido a un hombre que llevaba ocho años cautivo, y seguía allí retenido. Ya no tenía ilusión de salir.
Para leer o escuchar en audio la investigación completa “Esclavos en la Sierra Tarahumara” completa, visita el sitio web interactivo en www.quintoelab.org/esclavos/o en www.adondevanlosdesaparecidos.or -
Ratas, enfermedades, hacinamiento, sed… los relatos del horror en Gaza por las condiciones que impone Israel
30 de maig, per Auri«Intento limpiar sus heridas pero mi hija grita de agonía», es una de las muchas historias de sufrimiento que UNICEF ha escuchado en Gaza. Su portavoz asegura que “ningún padre debería tener que ver cómo su hijo se retuerce de dolor por lesiones o se debilita por una diarrea totalmente prevenible”.
«El fracaso en satisfacer las necesidades básicas de los niños en Gaza los está atrapando en un ciclo interminable de sufrimiento». Con estas palabras, Salim Oweis, especialista en comunicación de UNICEF, abrió hoy la rueda de prensa en el Palacio de las Naciones. Su mensaje no se basó en estadísticas frías, sino en los testimonios desgarradores de padres y madres que ya no pueden proteger a sus hijos.
Las historias recogidas durante la última semana ilustran una realidad que las cifras por sí solas no logran transmitir. Hind, por ejemplo, no ha podido dormir desde que su hija Masa, de cuatro años, fue mordida por una rata durante la noche. Como muchas familias, se refugiaron en el segundo piso de un edificio donde las aguas residuales se filtran por el techo y los roedores trepan por las tuberías expuestas.
Amani intenta cada día limpiar las profundas lesiones y llagas que cubren la cabeza, la espalda y las piernas de su hija Lemar, de siete años, producto de una infección bacteriana. Lo hace con el poco agua limpia que logra conseguir, mientras su hija grita de dolor. La madre de Abdallah cuenta que su hijo desarrolló una infección cutánea porque viven en una tienda junto a arena contaminada con heces. Ha consultado a médicos y necesita con urgencia medicamentos, agua limpia y productos de higiene para que pueda sanar.
Abdel Aleem relató que su hijo Ahmad, de apenas ocho meses, y su cuñada embarazada fueron mordidos por ratas hace unas semanas. Han colocado sacos de arena alrededor de la tienda para protegerse, pero los roedores los mastican sin esfuerzo: detenerlos resulta inútil. El hilo conductor de todas estas conversaciones es la impotencia de padres que ya no pueden cumplir con lo más instintivo: proteger la salud y la seguridad de sus hijos.
Condiciones de vida que multiplican el riesgo
Para entender por qué ocurre esto, basta con observar las condiciones en las que se ve obligada a vivir la población. Gaza ya era uno de los lugares más densamente poblados del mundo. Ahora, las personas están hacinadas en aproximadamente el 40 % del espacio que les queda, refugiándose entre edificios destruidos, escombros y residuos sólidos que se acumulan sin cesar.
Las familias de toda Gaza no tienen suficiente agua limpia. Se ven obligadas a elegir entre beber, lavarse o cocinar con lo poco que tienen. UNICEF intenta llegar a tantas personas como posible, hasta un millón y medio de personas al mes, pero se enfrenta a obstáculos significativos que limitan su capacidad de respuesta.
Tres barreras que frenan la ayuda humanitaria
En primer lugar, los ataques mortales contra operaciones de agua. Recientemente, en el punto de llenado de Al Mansoura, dos conductores de camiones contratados por UNICEF fueron asesinados mientras intentaban recoger agua. Esta estación principal, de la que dependen más de un cuarto de millón de personas, es ahora inaccesible.
En segundo lugar, los artículos necesarios para mantener los sistemas de agua y reparar la infraestructura dañada, como aceite lubricante, productos químicos para tratamiento de agua y repuestos, no están entrando en la escala necesaria. Esto impide reparar los sistemas con la rapidez requerida y pone en riesgo de fallo a los que aún funcionan por falta de mantenimiento y sobreuso. Si no se pueden reparar, la dependencia del transporte en camiones cisterna aumenta, un método mucho más costoso y menos eficaz para llegar a la población.
En tercer lugar, los residuos sólidos se acumulan día tras día. Junto con los escombros, necesitan ser retirados a una escala que actualmente es imposible, porque no queda espacio accesible donde depositarlos.
El impacto en la salud infantil
Las consecuencias son ahora ampliamente visibles: niños con infecciones respiratorias, diarrea acuosa aguda, y más de la mitad de los hogares reportando enfermedades cutáneas. Pulgas, piojos y sarna son comunes. Cada vez más niños requieren hospitalización, y todo esto ocurre sin un solo hospital completamente funcional en Gaza.
El panorama es igualmente crítico en cuanto a nutrición infantil. Si bien se ha logrado revertir la hambruna declarada, el número de niños desnutridos y vulnerables sigue siendo extremadamente grave. Más de dos años de inseguridad alimentaria, vivienda precaria, acceso limitado al agua, condiciones sanitarias terribles y brotes frecuentes de enfermedades han dejado a la población en una situación de extrema vulnerabilidad. Sin suficiente agua limpia y combustible para cocinar comidas adecuadas, incluso los niños que se recuperan con tratamiento vuelven a caer rápidamente en un ciclo de desnutrición, cuyos efectos pueden durar toda la vida.
Un llamamiento a la conciencia y a la acción
«Ningún padre debería estar en la posición de no poder proporcionar a su hijo las necesidades básicas para mantenerlo sano. Ningún padre debería tener que ver cómo su hijo se retuerce de dolor por lesiones o se debilita por una diarrea totalmente prevenible. Que esto esté ocurriendo debería ser, para todos, completamente inconcebible«, afirmó Oweis.
El acceso al agua, a alimentos nutritivos adecuados y a la atención sanitaria no debería ser condicional para ningún niño, en ningún lugar. UNICEF hace un llamamiento para que se garantice un acceso seguro y sin trabas para llevar a cabo operaciones humanitarias, para que se levanten las restricciones sobre los artículos necesarios para reparar y mantener rápidamente los sistemas de agua y saneamiento, y para que se respete el derecho internacional humanitario.
Solo entonces, concluye el organismo de Naciones Unidas, los niños de Gaza podrán empezar a liberarse del ciclo de sufrimiento en el que están atrapados.
Publicado originalmente en Noticias ONU
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Razones del silencio
30 de maig, per AuriPor fortuna tengo una columna en este medio rebelde y consecuente con búsquedas y preguntas urgentes ante la brutalidad del mundo, por suerte otras y otros tienen la fuerza para escribir reflexiones filosas y bellas, por gracia de la solidaridad son pacientes y aguardan a que se me acabe el silencio y me anime a escribir porque cada día habría decenas de textos por hacer desde la tierra ocupada que habito.
Me llena el silencio, y no precisamente el de la calma espiritual o el buen silencio; sino el del dolor y la rabia que juntas atoran y enferman y hacen callar.
Cuando escribimos, las palabras se van juntando para decir y tratar de llegar a quien las mira para que las piense y sienta, por eso son necesarias y tratar de conversar que es una costumbre buena y agradable. Sin embargo, la hora que vivimos tiene tanta indecencia y muerte que cuesta hilarlas, al menos eso me está pasando.
Honduras, sólo el nombre ya presenta este territorio en el que una ha vivido y decide vivir, la hondura que puede ser la antigua manera de ser, la profundidad de saber vivir, o el insondable lugar donde cada día la vida se convierte en desperdicio.
21 campesinos y campesinas en las que había una compañera embarazada, tres hermanas, un cantor popular, varios jóvenes y un niño, con sus ropas de trabajo y botas de hule, gente pobre. Asesinados, destrozadas, despedazada la flor de sus vidas entre los predios inmensos de palma africana que alimentan la muerte y destruyen la esperanza campesina que ha llenado de maíz nuestros cuerpos e ilusiones desde hace siglos. Masacre en la luz de la mañana, con armas largas, asesinos expertos, malos de entraña.
Los enemigos de siempre que campean los programas de televisión y los ministerios se atreven a escupir sobre las víctimas, les llaman asesinos, terroristas, les endilgan sospechas y los exhiben sin pudor ni el mínimo respeto. Acá, que todos los días vemos la muerte vestida de todas las edades en los noticieros, nos hemos quedado congeladas del horror que nos provoca esta masacre, en medio de tantas otras, porque tocamos un límite del espanto.
El territorio de la violencia de este mayo es nuevamente el Bajo Aguán, tierra fértil para las serpientes y las frutas dulces y abundantes, abrazada por inmensos ríos que arrullan el sitio donde se paran las casas llenas de gente que llegó hace décadas buscando la vida y el trabajo, porque ambos son posibles aquí, suficiente tierra, buena lluvia, sabiduría antigua para vivir en paz.
Pero el mal no es nuestro, lo trajeron ellos. Los ricos, los ganaderos, los agroindustriales, los palmeros, los gringos, los mineros, todos narcos y delincuentes que ahora sin decencia se abrazan y aplauden a los que son reconocidos como pedófilos y hacen la guerra en el mundo, y además, como hace mucho lo están haciendo, gobiernan y se apropian del dinero de la nación, exhiben su ignorancia criminal por todas partes y nos acorralan a todas, a todos.
Masacran para aterrorizar, para aquietarnos, para crear la escena y hacer leyes con las que nos abrirán el siguiente capítulo de cárcel y castigo por desobedecer, masacran para estrenar policías, armas, patrullas y cargos públicos. Masacran porque es su manera de vivir.
Honduras. Cómo fue que nos pasó esta desgracia y cuánto tiempo la vamos a soportar. Los que no mueren por las balas, vamos desviviendo de puro dolor, rabia y miedo.
Bien sabemos que no sólo pasa aquí, pero esta tierra es pequeña y los hechos nos van cercando tanto y a diario que falta el aire, falta la palabra, falta la risa.
Bien decían por allá, Gaza es tu casa, hacen lo mismo, destruyen vidas, arrasan territorios, asesinan niños y nos dejan sin palabras.
La gente luchamos. Claro, faltaba más.
Nunca como antes se necesitó juntarse, putear y pensar.
La violencia no sólo asusta, desgarra, y hay que llorar a la gente que nos matan, porque la humanidad que compartimos lo exige.
Pero a veces, algunas veces, hace falta el silencio. Al menos a mí, antes de que las palabras rueden sin sentido en la oscuridad que se apropia de este país que nos van quitando aceleradamente.
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Exigen justicia por asesinato de profesor de la Sección 22 en la Costa de Oaxaca
30 de maig, per AuriCiudad de México | Desinformémonos. El profesor Lauro Arturo Morales Bautista, integrante de la Sección 22 de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), fue localizado sin vida y con impactos de arma de fuego en Santiago Jamiltepec, Oaxaca. Familiares, compañeros de trabajo, madres, padres de familia y estudiantes exigieron el esclarecimiento del crimen y castigo para los responsables.
El cuerpo del docente, de aproximadamente 51 años, fue hallado el 27 de mayo entre la maleza en las inmediaciones de la comunidad de El Zarzal, perteneciente al municipio de Jamiltepec. Tras el hallazgo, personal de la Vicefiscalía Regional de la Costa realizó las diligencias correspondientes y posteriormente entregó el cuerpo a sus familiares. Morales Bautista era profesor del área de Computación en la Escuela Secundaria Técnica número 124 de San Andrés Huaxpaltepec.
Durante un homenaje póstumo realizado en el plantel donde laboraba, integrantes de la comunidad escolar recordaron al docente y reiteraron la exigencia de justicia. “Fue una persona muy amigable” y “un gran profesor en esta institución”, expresaron estudiantes y personas cercanas a Lauro Arturo.
El asesinato ocurrió en medio de la jornada de movilizaciones de la CNTE en Oaxaca y la Ciudad de México. Con su muerte, suman dos docentes de la Sección 22 fallecidos durante la última semana, luego del deceso del profesor Ignacio Ismael Arriaga Villar, ocurrido el pasado lunes en el plantón magisterial instalado en la capital del país.
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Ostula exige seguridad para pueblos indígenas tras asesinato de comuneros de Pómaro
30 de maig, per AuriFoto: Daliri Oropeza Alvarez
Ciudad de México | Desinformémonos. La comunidad nahua de Santa María Ostula exigió a los tres niveles de gobierno garantizar condiciones de seguridad para los pueblos originarios de la región, tras el asesinato de los comuneros de Pómaro Lucas Flores Tolentino, tesorero de bienes comunales, y Jerónimo García Flores, asesor jurídico de la comunidad, así como del profesor purépecha Felipe de Jesús Martínez Martínez. En el ataque armado, ocurrido el 28 de mayo sobre la carretera costera 200 de Michoacán, también resultó gravemente herida la profesora purépecha Adelaida Zacarías Pascual.
En un pronunciamiento, las autoridades agrarias y civiles de Ostula condenaron los homicidios y señalaron que la agresión afecta no sólo a Pómaro, sino al conjunto de los pueblos indígenas de Michoacán. La comunidad destacó los lazos históricos, culturales y familiares que la unen con Pómaro y expresó su solidaridad con las familias de las víctimas y con el pueblo purépecha.
Además de exigir una investigación exhaustiva y castigo para los responsables, Ostula pidió que el crimen no sea utilizado para generar confrontación entre comunidades ni para desacreditar las formas de seguridad comunitaria. “Llamamos a las comunidades indígenas y a la población en general del municipio a hacer un solo frente para exigir condiciones de seguridad efectivas y duraderas”, señalaron.
La comunidad reiteró sus demandas dirigidas a los gobiernos federal, estatal y municipal para frenar la violencia contra los pueblos originarios y garantizar la protección de las comunidades indígenas de la región, ante un contexto de inseguridad que, advirtieron, continúa cobrando vidas.
A continuación el comunicado completo:
PRONUNCIAMIENTO POR EL QUE LA COMUNIDAD INDÍGENA DE SANTA MARÍA OSTULA CONDENA ENERGICAMENTE LOS HOMICIDIOS COMETIDOS EN AGRAVIO DE COMUNEROS PERTENECIENTES A LA HERMANA COMUNIDAD INDÍGENA DE PÓMARO Y DE UN PROFESOR INTEGRANTE DEL PUEBLO PURHEPECHA
A LOS PUEBLOS DE MEXICO Y DEL MUNDO,
A LOS MEDIOS DE INFORMACION NACIONALES E INTERNACIONALES,
A LOS ORGANISMOS DEFENSORES DE DERECHOS HUMANOS.
Frente a los lamentables acontecimientos ocurridos el día 28 de mayo de este año en la carretera costera número 200, en los que un comando de sicarios asesinó a los comuneros de la hermana Comunidad Indígena de Pómaro, LUCAS FLORES TOLENTINO, tesorero de bienes comunales, y JERÓNIMO GARCÍA FLORES, jurídico de la comunidad; así como al profesor purépecha FELIPE DE JESÚS MARTÍNEZ MARTÍNEZ; y causó heridas graves a la profesora purépecha ADELAIDA ZACARÍAS PASCUAL, las autoridades agrarias y civiles de la Comunidad Indígena de Santa María Ostula, hacemos el siguiente pronunciamiento:
PRIMERO.- Condenamos y nos llenamos de mucha tristeza por los múltiples asesinatos cometidos el día de ayer, mismos que están marcando profundamente no solo a la Comunidad de Pómaro, sino a los pueblos indígenas de Michoacán y, particularmente, a nuestra Comunidad, a la que la unen profundos e inmemoriales lazos históricos, culturales y familiares con la Comunidad de Pómaro.
Desde hace siglos Pómaro y Ostula han tenido la conciencia de pertenencia única y los homicidios del día de ayer son una nueva carga de sufrimiento para nuestra Comunidad, que de por sí ha sido tan acosada y dañada por el crimen organizado en los últimos 20 años.
SEGUNDO.- En consecuencia, acompañamos el dolor de los deudos de quienes fueron cobardemente asesinados el día de ayer; acompañamos, desde nuestro corazón y desde la generosa cultura que compartimos, a la Comunidad Indígena de Pómaro y al Pueblo Purépecha.
TERCERO.- Exigimos que los hechos sangrientos antes descritos sean investigados y esclarecidos escrupulosamente con el fin de que se haga justicia y se castigue a quien se tenga que castigar, sea quien sea.
CUARTO.- En esta hora de dolor pedimos que tan terrible crimen no sea utilizado con fines políticos: ni para criminalizar a nuestra estructura de seguridad comunitaria, ni para otorgar protagonismo a quienes históricamente han dañado a nuestra Comunidad, tampoco para generar mayor inestabilidad en la región, acusando del crimen señalado, sin pruebas de ningún tipo, a integrantes de las comunidades vecinas.
Por el contrario, llamamos a las comunidades indígenas y a la población en general del municipio a hacer un solo frente para exigir condiciones de seguridad efectivas y duraderas para que crímenes como el ocurrido ayer no se repitan.
Consecuentemente con lo dicho reiteramos nuestras exigencias dirigidas a todos los niveles de gobierno para que se frene la guerra de exterminio en contra de nuestra Comunidad y en contra de los pueblos indígenas de México.
¡CASTIGO A LOS CULPABLES DEL ASESINATO DE LUCAS FLORES TOLENTINO, JERÓNIMO GARCÍA FLORES Y FELIPE DE JESÚS MARTÍNEZ MARTÍNEZ!
¡Castigo a los culpables del asesinato de nuestros comuneros en la lucha por la tierra y las libertades de la comunidad!
SANTA MARÍA OSTULA, A 29 DE MAYO DE 2026.
ATENTAMENTE
NUNCA MÁS UN MÉXICO SIN NOSOTROS
COMUNIDAD INDÍGENA NAHUA DE SANTA MARÍA OSTULA