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Militares israelíes matan a al menos cuatro palestinos en Gaza
3 de juny, per AuriEn la Franja de Gaza, las fuerzas armadas israelíes lanzaron el martes varios ataques contra diferentes partes del sitiado enclave y mataron al menos a cuatro palestinos. Un ataque aéreo contra un vehículo al este de Deir al-Balah se cobró la vida de una persona y causó heridas a otras cuatro. Estas fueron las palabras expresadas por un testigo presencial de dicho ataque.
Testigo presencial: “Esta persona es un civil. Él no tiene nada que ver [con lo que está pasando]. Salió a cargar gasolina. Cuando corrí en dirección al vehículo para ver si había alguien herido y poder rescatarlo, recogí personalmente partes de su cráneo, partes de su cabeza y pedazos de su carne del suelo. Un mensaje para el mundo: Si se quedan en silencio como lo están haciendo, desapareceremos”.
Desde el llamado “alto el fuego” mediado por Estados Unidos, que entró en vigor en octubre, Israel ha matado a unos 930 palestinos en Gaza.
Publicado originalmente en Democracy Now
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Esclavos en la Sierra Tarahumara. Capítulo 5: El desamparo de los sobrevivientes
3 de juny, per AuriIlustración de portada por Alejandra Saavedra
Cuando fue rescatado de los campos de trabajo forzado, donde estuvo cautivo de un grupo armado, y regresó a casa, Hipólito sintió que había salido del infierno chico para entrar al infierno grande. Como él, los demás sobrevivientes tenían dificultades económicas cuando fueron esclavizados, pero después del rescate regresaron con adicciones, paranoia, problemas mentales y rechazo social. En el sector donde vivían, donde también muchos otros fueron reclutados, se encontraron en el desamparo. Para el gobierno, ellos seguían sin existir.
Este es el quinto de seis capítulos de la investigación “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, realizada por el laboratorio de investigación periodística Quinto Elemento Lab. Los anteriores capítulos describen esta red de trata de personas que engañó a hombres con necesidad de trabajo para obligarlas a trabajar en campos de amapola y mariguana en la Sierra Tarahumara, así como un operativo en el que fueron rescatadas 21 personas en 2019 y de las omisiones o complicidades de las autoridades.
“Identifican a hombre asesinado en Vistas Cerro Grande”. Así tituló Tiempo de Chihuahua el hallazgo de una persona muerta a golpes la madrugada del sábado 15 de julio de 2023. Lo encontraron en las calles de la colonia Granjas del Cerro Grande, al sur de la ciudad. “La víctima respondía en vida al nombre de Hipólito Ponce de León González, de 41 años de edad”.
Hipólito era uno de los 21 sobrevivientes de los campos de trabajo forzado en la Sierra Tarahumara. Murió cuatro años después de haber sido rescatado por las autoridades. Nunca pudo recuperarse de lo que pasó. La noche que lo encontramos y pudimos hablar con él, durante la entrevista, repitió 15 veces la palabra “infierno”. Dos veces la usó en esta frase: “Salimos del infierno chico para entrar en el infierno grande”. La noticia de su muerte, publicada el 18 de julio de 2023, constaba de cinco líneas. Su vida, desde que fue capturado por el narco, cabía en esa sola frase.
La zona de Vistas Cerro Grande es conocida porque ahí ocurren algunas de las noticias más inquietantes de la ciudad. Está formada por una decena de colonias y asentamientos esquinados en la periferia sur de Chihuahua, a las faldas de un cerro que tiene casi 2,000 metros de altura. Un área urbana concentradora de pobreza, plagada de drogas y olvidada por el Estado, donde no hay oportunidades para nadie. Es el caldo de cultivo ideal para quienes se dedican a enganchar gente para el narco: hombres endeudados por sus adicciones o por una paternidad precoz, sin credenciales mínimas para acceder a un empleo formal, con unas necesidades materiales imposibles de satisfacer en este sitio de ladrilleras, al que solo llegan ofertas de trabajos informales que expiran al final de cada ciclo agrícola o de cada obra de construcción.
Esta es la zona donde los enganchadores recogieron al menos a cinco de los 21 hombres rescatados en 2019, entre ellos a Hipólito. Un día de abril de ese año, se subió junto con otros cuatro vecinos a la camioneta desde la que les prometían empleo. Tres de ellos recién dejaban la adolescencia: David, Brandon y Bryan. Hipólito tenía 37 años, una esposa y dos hijas que mantener. Cinco de los sobrevivientes les dieron a las autoridades esa ubicación como el punto en el que fueron enganchados, pero eso no cambió nada: el historial de este rincón de pobreza como sitio para reclutar esclavos no comenzó ni terminó ahí.
Solo en una calle de la colonia La Noria, también del sector Vistas Cerro Grande, donde vivía Hipólito, conocimos —en diversos recorridos que hicimos entre 2021 y 2025— a otros cinco jóvenes reclutados a la fuerza en diferentes años, y ellos mencionaron a su vez a más vecinos que fueron enganchados. Todos levantados en esas calles con la promesa de un trabajito en la sierra y luego esclavizados en los mismos campos.
En el testimonio de BAR, el hombre que escapó y denunció lo ocurrido ante la fiscalía en 2018, ya se menciona que la vivienda donde reunían a las víctimas antes de llevarlos a la sierra se ubicaba en Vistas Cerro Grande. En otras declaraciones, testigos protegidos señalaron también que sus captores vivían en esa zona. El mismo Hipólito declaró que varios reclutadores eran vecinos suyos. Ninguna de las autoridades que entrevistamos parece haber reparado en ese dato.

Sector de Vistas de Cerro Grande, en la ciudad de Chihuahua. 2020. Foto: Raúl F. Pérez Lira
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El rostro de Hipólito aparece en esa fotografía borrosa de los 21 hombres rescatados que tomó la fiscalía en Cuauhtémoc antes de mandarlos a sus casas. A él le tocó volver con uno de los tratantes —mencionado en los testimonios como el Pacheras— y otro capataz —el Vaquero—, a quienes las autoridades dieron estatus de víctimas.
Según su relato, al salir de la fiscalía, los tres tomaron “el mismo camión, el Rápidos de Chihuahua. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo pa salir del mismo trance el mismo día y la misma hora. Pero, pues simplemente no fue así, entramos al infierno. Porque simplemente llegamos, abanicamos, y no encontramos nada. Casas solas, no hay familias, ni hubo nada. Haga de cuenta que salimos del infierno chico para entrar al infierno grande”.
Cuando volvió de las cuevas, Hipólito no pudo recuperar la confianza de su esposa. Ella nunca le creyó que le prohibieran salir. Pensó que la había dejado por otra mujer. Y tampoco pudo o quiso lidiar con el Hipólito adicto al cristal que regresó de aquellos campos. Su mujer se marchó llevándose a sus dos niñas. El día que lo engancharon, había salido a conseguir dinero para comprar cosas que ellas necesitaban: “Andaba buscando trabajo para argumentar para unos simples pañales y un bote de leche. Ese día me dieron mil pesos para ir a poner ese cerco, fue todo lo que saqué de todos esos siete meses: mil pesos. Y perdí la familia, perdí todo. Ahora simplemente me las vivo en la oscuridad”.
Hipólito volvió de su cautiverio en la sierra enganchado a las drogas y destrozado físicamente. La partida de su esposa lo quebró aún más. “Intentó quitarse la vida varias veces”, nos contaría tiempo después un familiar, “se quiso ahorcar, tomaba pastillas”.
Una noche de 2021, dos años antes de su muerte, lo encontramos en una calle de colonia La Noria. Hipólito estaba por bajar al lecho de un arroyo seco lleno de basura. Nos dijo que estaba pensando en hacerse daño. Durante la entrevista se acercó al celular con el que lo estábamos grabando porque quería dejarle un mensaje póstumo a su esposa: “Si escucha todo este rollo por la tele o no sé por dónde va a salir, quiero mandarle un saludo a mi mujercita si es que me escucha. Simplemente perdóname, mija, pero esta es la realidad, Lorena. Te amo y te quiero mucho mi Lore. Espero que algún día me perdones y creas que simplemente te felicito por todo. Y ahí te encargo a esos dos luceros. Las amo. Gracias”.

Hipólito Ponce de León González fue obligado a trabajar en los campos de cultivos de amapola en la Sierra Tarahumara. Murió en julio de 2023. / Foto: Marcela Turati
Al relatar su experiencia se refirió a sí mismo como yunta, como caballo, como trapo, como árbol, como marrano. Intentaba traducir lo que significa ser despojado de toda humanidad. Los castigos que recibían en la sierra eran brutales, nos dijo esa noche. “Simplemente una chinga que quedabas noqueado ahí por varios días, sin argumentación de aire ni de oxigeno. Haga de cuenta como si estuviera muerto, como un trapo viejo, simplemente bien amarrado de manos y pies como si fuéramos unos marranos”. Otro: “Como si fuera una rama, como si fuera el árbol ese, no tenía voz ni voto de nada, simplemente a lo que dijeran”. También: “Simplemente éramos animales”. Aunque dijo que a los animales los trataban mejor que a las personas. En ese lugar, repitió, “no tenía valor la vida”.
Habló de las penurias cotidianas —vivir en cuevas, ser vigilado hasta cuando iba a cagar, sufrir un hambre insoportable— y de las torturas físicas. Una vez lo atraparon en un intento de fuga con otros compañeros. Ya habían caminado un día y una noche enteros a través de la sierra y habían conseguido rodear los pueblos cercanos, pero se confiaron al llegar al poblado Las Estrellas, donde se creían a salvo. Aceptaron agua y comida. “Nos atendieron bonito y fino, chido, pero para la sorpresa de nosotros, era otro rollo, pues habíamos caído con la misma gente de ahí”. Los regresaron a su prisión al aire libre. Como castigo de bienvenida, le aplicaron lo que él llama “las zambutidas”: fue sumergido con fuerza varias veces en el arroyo hasta que sintió que se ahogaba, mientras recibía tundas “a base de golpes en el pecho”. Una tras otra. Dijo que en los campos había visto a “varios que se murieron y que han matado por rebelarse”.
Como el resto de los entrevistados y de algunos liberados que declararon ante la fiscalía, en su testimonio relató que ahí donde estaban había varios campamentos —Hipólito contó tres—, en los que se usaba la misma logística y el mismo trabajo esclavo custodiado por hombres armados, pero estaban bajo las órdenes de distintos jefes. Si te escapabas de uno tenías que cruzar por los terrenos de otros. Así fue como un compañero suyo ganó el apodo de Solovino. Llegó adonde estaban ellos cuando intentó fugarse de un campamento en el que había pasado tres años de cautiverio.
En su relato, Hipólito mencionó algunos sobrenombres de los patrones y de sus capataces: el Güero o R-1 (el jefe), el R-2, el Gera, el Chetos, el Pacheras, el Vaquero, el Chiapas, el Lentes Carreras. Cada campamento tenía un pistolero: el Ronco, el Güero Bolsas, el Ondeado. Dijo que el Chilango era el que los enganchaba y los vendía a 500 pesos por cabeza a los patrones. Contó que en su campamento protagonizaron varias rebeliones, y que algunas terminaron con muertos. Una fue para exigir comida.
El mecanismo de coacción para mantenerlos apaciguados era el de la tienda de raya. Les hacían cuentas ficticias de ganancias, a las que iban descontando sus gastos: “Por día estábamos ganando 120 pesos”, dijo. Una caja de cigarrillos, por ejemplo, les costaba una semana de trabajo. “Una semana para poder argumentar una caja de cigarros que eran mil pesos”. “Eras feliz por tomarte una soda de 500 varos, unos cueritos de 200 pesos”. Hipólito recuerda que anotaban lo que consumían en una hoja de cuaderno, según los precios que se les antojara. “Y ahí te iban subiendo las cuentas. Al último ya hasta les estabas debiendo más, cada vez más endeudado”. Y, sobre todo, les vendían drogas. “La droga nunca podía faltar ahí, era con lo que los tenían más amarrados y más atados”. “Nos vendían perico a 1,500 la bolsita, que incluía tus cigarros gratis. Muchos se iban con el afán de la bolsita, pero simplemente por los cigarros, porque los cigarros no los querían vender por suelto, sino por cajetilla. Ya te los querían vender, obligatoriamente con todo y bolsa que eran 1,500 pesos”.
Además de las “zambutidas” y de los golpes con ramas secas que le dejaban la espalda “como Santo Cristo”, Hipólito dice que no volvió a pensar en fugarse por otra razón: porque estaba convencido de que el gobierno y sus captores eran cómplices. Lo mencionó en la entrevista de forma deshilvanada, sin dar detalles contundentes. Pero explica que esa sensación era suficiente para disuadirlos de intentar otra huida. “Tienen el gobierno de su lado, ¿qué tanto les cuesta aventar al boludo [helicóptero] que nos pegue una ráfaga? Porque simplemente el bombardero pasaba casi rodeando las ramas. Pasaban volando por aquí”. Era un helicóptero camuflado, nos dijo, cuando le pedimos que lo describiera, “de dos hélices, varios cañones, como los que traen los soldados”.
Esa noche de agosto de 2021, cuando estábamos por terminar la entrevista, Hipólito quiso dejar un mensaje también a la gente que podría ser reclutada. Recomendó “que la piensen dos veces los compañeros que piensen irse para las sierras. No se crean de todas las personas, compañeros, que les digan que vamos a trabajar fácil y rápido. Simplemente primero investiguen qué personas y qué patrones. Les doy ese buen consejo”. Dijo que solo había una cosa: la familia. “Y gracias a todos. Piénsenla dos veces”.
Hipólito se levantó del piso de tierra en el que estaba acuclillado y siguió su camino hacia abajo, rumbo a ese vado lleno de basura donde alguna vez corrió un arroyo, hasta perderse en la oscuridad. Esa noche nos advirtió que sus captores se seguían llevando gente de su colonia, y que varios aceptaban por distintos motivos: “Por la pobreza”, “porque allá les dan la droga”, “para retirarse de los problemas de aquí, de los problemas familiares”, “por la violencia”.
—¿A quiénes se han llevado?
—Se ha llevado a varios compañeros de aquí. Se llevó a unos compas en el mes de febrero, que tenían que regresar en dos meses y no han regresado.
En los distintos recorridos que hicimos por las colonias de las faldas del Cerro Grande, volvimos a escuchar de otras personas la misma voz de alerta: “Se siguen llevando gente”.
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El sector Vistas Cerro Grande se extiende a los pies del cerro que lleva el mismo nombre, que sobresale por su altura del resto de montañas que rodean la capital de Chihuahua. Es fácil identificarlo por una enorme cruz blanca en una de sus laderas.
Esta zona, formada en su origen por terrenos ejidales y parcelas agrícolas que limitaban con el sur de la ciudad, se empezó a fraccionar en la segunda mitad del siglo XX a causa de la presión urbanística. No tenía servicios básicos: era un cerro pelado que con los años se fue poblando de rarámuris expulsados de la Sierra Tarahumara, de campesinos que buscaban suerte en la ciudad de Chihuahua y de pobladores locales que no podían pagar una renta en el centro de la capital. Fueron levantando viviendas autoconstruidas tramo por tramo en lotes ocupados o comprados en abonos que pagaban durante años.
Hace casi una década, en un intento por transformar la zona, se inauguró un proyecto arquitectónico conocido como Corredor Vistas Cerro Grande: un camellón de poco más de kilómetro y medio de largo —o parque lineal, según las autoridades— con juegos infantiles, canchas deportivas, mesas de picnic, baños públicos y algunos árboles bajos alternados con cactáceas. Ese camellón articula un sector que integra a diez colonias y asentamientos identificados como de alta prioridad por su concentración de pobreza.
A lo largo de la ancha avenida Nueva España, donde se construyó el corredor, es posible ver casas alternadas con negocios de alimentos o servicios. Una clínica de beneficencia, la comandancia de policía, un auditorio, y un complejo deportivo que se conecta con una escuela primaria y secundaria. A medida que uno se aleja de la avenida y se dirige a la colonia donde vivía Hipólito, apenas dos cuadras hacia adentro, los pisos pasan del pavimento a la tierra. Las calles planas se convierten en montes sinuosos a los que deformaron dos arroyos secos. Las casas construidas con retazos alternan con terrenos baldíos. Cada tanto, montones de arena de construcción obstruyen alguna calle.
Con casi la mitad de su población menor de 14 años, el sector Vistas Cerro Grande es un corredor humano poblado día y noche de niños, niñas y jóvenes que pasan buena parte de su tiempo en la calle. Se les ve caminando en grupos, o sentados en sillones arruinados frente a sus casas, o afuera de tiendas de abarrotes, o jugando en medio de la pista, o dentro de viviendas con la puerta abierta.
En La Soledad, una de las colonias vertebradas por este corredor, afuera de una casa construida con pedazos de madera, se puede ver a varios niños y niñas chapoteando en el agua de un tambo. Es la casa donde vivía Jesús Omar Galindo, a quien le decían el Chuy o el Chuco. En abril de 2020, cuando tenía 24 años, Jesús fue a la sierra contratado como jornalero pero nunca regresó. Su pareja es una mujer rarámuri de su misma edad que cuida sola de sus dos hijos, y se ofrece también a cuidar niños ajenos por 50 pesos al día.
Jesús fue invitado a trabajar en la sierra por el hijastro de un hombre conocido como el Chiapas —el único detenido por el caso de los 21 rescatados—, vecino de la colonia, que no supo explicarle a su familia por qué nunca volvió. Les dijo que solo había durado una semana con ellos. Según el hijastro del Chiapas, “iba a entregar unos alimentos a unos campamentos de ahí cerca y ya desde entonces no supieron nada de él”.

En abril de 2020, Jesús Omar Galindo fue a la sierra contratado como jornalero pero nunca regresó. / Foto: Marcela Turati
Al año siguiente de que Hipólito, Andrés, Jorge y otros vecinos fueran liberados de las cuevas donde los tenían cautivos, Jesús y otros parientes y amigos aceptaron la oferta de empleo y subieron a la camioneta que pasó por ellos. Él sabía a lo que iba: al cultivo de la amapola. Era su tercer viaje. Siempre regresaba con algo de dinero.
Las amistades de los enganchadores recibían un trato especial: cobraban recién terminado el trabajo y los llevaban de regreso a sus casas. El resto de familiares de Jesús sí fueron devueltos por sus contratistas y recibieron su paga, pero él no volvió. Quienes lo conocían dijeron que uno de los hombres que se los llevó (“un chilango”) seguía merodeando por las calles. “De repente se da la vuelta por acá queriendo llevarse más muchachos. Cambia mucho de carro: un camioncillo blanco, otras veces rojo, otras moto”.
Las desapariciones de Jesús y de otros han pasado desapercibidas para las autoridades, pero no para las familias. Callan sus angustias con impotencia, porque algunos todavía conservan el anhelo de que su pariente sea uno de los afortunados que regresen con algo de dinero. Imploran que no sea uno de los que nunca vuelven.
Por eso, Jesús no tiene reporte de desaparición. La familia tiene la esperanza de que un día reaparezca. El mismo Hipólito explicó por qué los parientes de los desaparecidos no denunciaban: “¿Pues la gente qué puede hacer? Simplemente les dicen está bien, está trabajando, está chido. Porque es el dilema con la familia, que la familia todo el tiempo puede ir a preguntarles cómo está uno y simplemente le van a dar la contraria”. O sea: “Está uno mal, pero para la familia, uno está bien”.
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Calle de la colonia La Noria, en el sector de Vistas Cerro Grande, Chihuahua. Foto: Marcela Turati
Un día de abril de 2019, a las cuatro de la tarde, una camioneta salió de la colonia La Noria rumbo a la Sierra Tarahumara llevando en la caja a diez pasajeros. Entre ellos iba Hipólito y otros jóvenes que no llegaban a los veinte años, como Bryan. Cuando la madre lo vio listo para irse a la aventura se opuso a que se marchara. Sabía que su hijo añoraba tener billete para comprarse una troca: en su nuevo empleo le habían prometido que iba a ganar 20,000 pesos (poco más de mil dólares) y eso le entusiasmaba. Ella le suplicaba que, en vez de buscar atajos, se metieran juntos a trabajar en una maquila para juntar el dinero poco a poco.
Cuando llegó la camioneta por Bryan y sus amigos del barrio —Brandon y David—, la madre le reclamó a Licho, el hombre mayor que organizaba el grupo, por haberlo anotado. Licho le respondió que Bryan ya había cobrado mil pesos por adelantado y tenía que ir a pagar esa deuda. Ella prometió que le iba a devolver ese dinero, y pidió que por favor le diera tiempo para recuperarlo. Su hijo ya se lo había gastado: la mitad en droga y el resto en jabón y cosas que necesitaba para el viaje.
—Vámonos, hijo. A mí no me late esto—, le pidió la madre.
—Ay, amá. Es que tú a mí no me dejas hacer, porque siempre he andado contigo, siempre me traes a tus faldas— recuerda ella, cinco años después de aquel día, lo que le respondió.
—Pues ya debe los mil pesos— se justificó Licho.
—Pues sí, pero se los pago después y que él no vaya—, insistió ella.
—Sí voy a ir, amá. Yo ya me los gasté y me tengo que ir—, resolvió Bryan.
No pudo hacer más. Su hijo menor había cumplido los 18 años dos semanas antes. Era mayor de edad y no necesitaba su permiso para irse. Licho le dijo que iba a llevar a los muchachos a desmontar un terreno en la sierra para construir una escuela. Prometió que iban a comunicarse cada semana, que los devolverían pronto y que, cualquier cosa, su contacto sería a través de Elvira, la mamá de Brandon, a quien le habían pedido que preparara los lonches para el camino.
“Desde que se los llevaron anduve todas las noches buscando, acá con Elvira, a ver si sabía algo porque nos dieron un teléfono… y puras mentiras. No contestaban. Decía que no tenía señal. Yo iba todas las noches acá con Elvira y le preguntaba: ¿No has sabido nada?”. Después de varios días sin recibir noticias, las dos mujeres intentaron ir a la casa de un hombre que identificaban como uno de los jefes de los enganchadores, pero le dijeron a Elvira que ya no estaba en la ciudad.
La madre de Bryan dice que no sospechó en qué podía estar trabajando su hijo hasta que un joven de otra colonia de la zona del Cerro Grande, un muchacho que había viajado con Bryan y Brandon y había conseguido fugarse, llegó a casa de Elvira y les explicó la situación: “Contó que los traían en unas cuevas, en lo de la droga”, recuerda. Les contó que estaban rayando amapola, que no les pagaban, que les daban droga, lo anotaban en un cuaderno, les decían “debes tanto” y los mantenían a todos enganchados.
Las dos madres se organizaron con sus hijos mayores para ir a la casa de Licho, que vivía hacia el cerro, para exigirle que los devolviera. Cuando lo encontraron, él les aseguró que los muchachos estaban bien, que iban a volver. Pero el padre de Licho, borracho, en su silla de ruedas, las escuchó y les dijo llorando que él también había perdido un hijo en esos campos. Que murió ahogado en uno de los castigos.
Las familias amenazaron con denunciar a Licho si los dos jóvenes no regresaban pronto. Días después, Bryan apareció en su casa. Dijo que había escapado con un compañero. Que a pesar de las amenazas se fueron a pie, llegaron a una carretera, y, con la ayuda de otras personas, consiguieron volver.
“Llegó peor que los pordioseros —recuerda la hermana de Bryan—. “Pues todo sucio, las manos negras. Sí traía la manga larga, pero todo desgarrado, los tenis todos agujereados. Ni calcetines, nada más traía esto [señala el resorte]. Peor que los pordioseros. Negro, negro, todo quemado. Como que le pegó hongo en las manos. Le da mucha comezón y se rasca y tiene negro, negro. Como si lo hubieran quemado con algo. Allá no se bañaban. Traían mucha roña. Y como él usa los pantalones, así se los arremanga, todo esto le quemó, y aquí le pegó hongo”.
Bryan nunca ha contado lo que vivió, lo que le hicieron. Si le preguntan algo, solo levanta los hombros. “Se cerró del mundo”, dijo su madre. Había sido un niño travieso que imitaba al Hombre Araña, y después un adolescente noviero que practicaba parkour con el apodo de El Power. Ahora había vuelto de la sierra convertido en zombie.
Su madre nos dijo que tenía esquizofrenia. “No lo habían diagnosticado hasta ahora que se quiso colgar del baño. Más bien se colgó del baño, y luego se cortaba mucho las manos. La vena de aquí [señala su muñeca]”. En la pared de la sala donde hicimos la entrevista había fotografías de Bryan cuando era niño: una del kínder y otra de la escuela primaria. Se le ve sonriente, bien peinado, con el uniforme impecable.
La primera vez que intentó suicidarse y lo rescataron en el baño, se enojó porque lo salvaron. Ya había pasado un año desde su fuga. Un médico le hizo unos análisis y diagnosticó que sufría una esquizofrenia que no le habían detectado de pequeño. Desde su regreso, la familia se dedicó a cuidarlo e intentar que no saliera de la casa, que no se hiciera más daño. Cuando entrevistamos a su madre, en agosto de 2024, ella ya sabía que lo que les había pasado a Bryan y a sus amigos no era un caso aislado. “Está canijo que anden ahí llevando gente, aparte para envenenarlos, porque ahí los atascaban de droga. Yo creo que para que duraran todo el día ahí. No sé ni qué pensar”.
Aunque nunca trató a Hipólito, que vivía a unas cuadras, sabía que también había estado en esos campamentos. En la colonia muchos señalaban que, en una calle detrás de la casa de Brandon, se habían llevado a otro joven. Y decían que también “un chavalito de la colonia Soledad” terminó enganchado ahí con el papá o el tío. Y que seguían engañando y trasladando a otros más.
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Brandon no regresó a su casa junto con Bryan. Tampoco lo hizo en julio de 2019, cuando volvieron Hipólito y el resto de los rescatados por las autoridades. A Brandon lo devolvieron después.
“Lo trajeron hasta aquí ellos mismos”, nos dijo Hipólito la noche que hablamos con él. “Porque ya estaba pedido por la familia, tenía reportes de desaparecido y todo el borlote, que no sabían nada de él y pues lo echaron por desaparecido y pues se les estaba calentando el agua con el gobierno, pues tuvieron que soltarlo”.
La presión de las dos madres, al parecer, había funcionado. Pero Brandon, lo mismo que Bryan, volvió distinto, explicó Hipólito.
—Él simplemente quedó mal desde que salió, ustedes lo han visto porque quedó botado.
—¿Cómo era, qué le pasó?
—El bato era suave, era trabajador, era de platicar chido, se argumentaba en sus cinco razones. Pero, pues simplemente, pues no soy nadie para decirlo, pero simplemente le fue mal. Hubo muchos abusos en contra de él.
—¿Hubo abusos?
—Me evito las palabras, me argumento el habla, mejor muero callado.
—¿Hubo abuso sexual?
—Muero callado. Muero callado por las preguntas omitidas.
Ese día de agosto de 2021, cuando Hipólito se negó a contar más sobre lo que le había pasado, Brandon estaba sentado sobre una banqueta, afuera de una tienda de abarrotes, en la esquina de su casa. Nos habló de su experiencia en las cuevas sin titubeos. Pero, a medida que avanzaba, su relato se llenaba de fantasías y delirios.
Nos contó cómo fue el camino a la sierra, que al llegar a los campamentos se encontraron “a narcotraficantes con armamentos”, que los obligaron a trabajar desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche durante los siete u ocho meses en los que estuvieron “dándole la vuelta a la tierra, cortando los árboles, sembrando la mota, juntándola”. También dijo que habían matado a balazos a dos personas de Parral por intentar fugarse. A cada tramo de realidad que narraba, le seguía otro donde incluía naves espaciales, reyes y princesas, misiones especiales, signos zodiacales, planetas, Jesucristo, la Virgen de Guadalupe. Cuando volvió de las cuevas, Brandon todavía no había cumplido los 18 años. Llegó enloquecido. Un familiar y otro vecino dijeron que en los campamentos había sufrido abusos sexuales.
En agosto de 2024, cuando volvimos a hablar con él, su casa estaba en ruinas. Se la habían incendiado. Las ventanas estaban cubiertas con plásticos y maderas. En la fachada había costales con desperdicios, alteros de llantas, un montón de tierra, un asiento de automóvil y un sillón arruinado. La puerta abierta dejaba entrever ropa amontonada en el suelo. Brandon tenía la piel dañada. “Me corté, porque necesito hacerme las rajadas para poder sentir un poco de dolor, para poder respirar”.
Su hermano se acercó. Estaba drogado. Lloró por la suerte que le había tocado a Brandon y por la enfermedad que dejó inhabilitada a su madre (Elvira estaba ida desde que tuvo una operación en el cerebro). Decía que quería matar a los que le habían hecho esto a su hermano. Algunos jóvenes que pasaban por la calle se acercaron a escuchar nuestra conversación, y mencionaron a otros vecinos que habían pasado por las mismas cuevas. Parecía que cada uno conocía a alguien que pasó por esos campamentos. “También al de allá”. “Pregúntenle a ese”. “A ese otro”. Un joven dijo qué él se iba desde los 17 años a sembrar droga por su propia voluntad, y que le pagaban hasta ocho mil pesos por un mes y medio de trabajo. Pero que después empezaron a pasar cosas feas. “Escuchaba ya que a veces no les pagaban o los tenían ahí secuestrados mucho tiempo y sin pagarles”. Y por eso dejó de ir. “Las personas con las que yo me iba les llamaba y todo bien. A lo mejor ellos sí eran los mismos, pero los jefes a lo mejor ya no eran los mismos”.
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El corredor de Vistas Cerro Grande fue el orgullo de la gobernadora, Maru Campos, quien inauguró ese paseo entre fanfarrias en 2017, cuando era alcaldesa. Casi una década después, los servicios básicos para sus pobladores nunca se han extendido más allá del camellón principal. Pareciera que se centran en el área pavimentada; cuanto más adentro se llega, más se aleja el Estado.
Los fines de semana, el camellón se convierte en un largo mercado callejero donde se vende ropa nueva y usada, herramientas de construcción, juguetes. La gente (en su mayoría rarámuri: las mujeres visten sus holgadas faldas y blusas coloridas de varias capas) pasea entre puesto y puesto y a veces se paran a comprar burritos, elotes, menudo o barbacoa.
Los pobladores cuentan que la actividad continúa en la noche, porque ese corredor se usa también como punto de venta de drogas. Una de las familias rarámuris que habitan esta zona lamenta que el cristal se haya instalado como la última moda. Dicen que tienen que cuidar a los más pequeños porque sus vecinos, niños y niñas, ya se han hecho adictos.

El corredor principal de Vistas de Cerro Grande. Foto: Marcela Turati

Vista aérea del corredor principal en el sector Vistas Cerro Grande. Foto: Jairo Sifuentes.

Vendimia en el corredor principal de Vistas de Cerro Grande. Foto: Marcela Turati
Pero cuando se pregunta a las personas si saben que de la colonia se llevan a gente que termina siendo esclavizada en la sierra, se sorprenden. Una lideresa de la colonia, que pidió mantener oculta su identidad, contó que durante dos semanas había escondido en su casa a un joven garífuna hondureño que acababa de escaparse de las cuevas. Estaba aterrado porque creía que lo iban a perseguir. Lo conoció cuando fue a llevar alimentos a los migrantes que piden comida en otro punto de la ciudad, conocido como el puente de la fábrica de Interceramic, cerca de las vías del tren. Ella lo ayudó a comunicarse con su familia y lo apoyó para que siguiera su camino. Dos de los 21 rescatados dijeron que fueron enganchados bajo ese mismo puente. Bastaba con escuchar a los sobrevivientes y recorrer las calles con atención para que las víctimas y los sitios donde los capturaban se fueran haciendo visibles. Si el Estado no los veía era porque no miraba.
Para leer o escuchar en audio la investigación completa “Esclavos en la Sierra Tarahumara” completa, visita el sitio web interactivo en www.quintoelab.org/esclavos/o en www.adondevanlosdesaparecidos.org
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«Lucha, aunque nadie te lleve la cuenta»: EZLN
3 de juny, per Admin2Foto: Luis Enrique Aguilar
Ciudad de México | Desinformémonos. «El trabajo no siempre se ve. Y no es sólo trabajar la tierra. Es más, el trabajo más importante no se nota, no es así como que todos te miran que estás trabajando […]. Tú trabaja, aunque no te vean. Lucha, aunque nadie te lleve la cuenta», dijo el Subcomandante Moisés, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), como recordó el Capitán Marcos en un nuevo comunicado.
Entre los temas del texto zapatista, que forma la sexta parte de la narración «Un tractor en Común y el caso del Perico Loco», el Capitán Marcos incluye distintos episodios sobre las mujeres en las tierras autónomas, evoca al subcomandante Pedro (quien murió los primeros días de enero 1994 tras ser herido de bala) y recuerda el caso de la mujer tseltal Petrona, quien fue presa por dar muerte a su marido cuando la intentó golpear, y posteriormente liberada por comprobarse la legítima defensa.
A continuación el comunicado completo:
Sufrimos como
mujeres…hombres…mujeres…hombres… que somos (oh pues).
(7 imágenes dispersas)La parte privada.
Hay curso de plantas medicinales. La mayoría del alumnado son mujeres, aunque no faltan hombres (pocos). En el descanso, como son mayoría, las mujeres son las que marcan el tema de la conversación, y su enfoque. Ahora están checando “las noticias” que les mandan de sus pueblos. En Los Altos de Chiapas, una mujer indígena, hermana partidista, fue tomada presa por haber matado a su marido. “Va a salir”, dice una compañera, “porque fue en defensa propia”. Como hay de diferentes lenguas, es la castilla el idioma puente entre ellas. “Sí”, dice otra, “la apoyaron los colectivos de mujeres ciudadanas”. Una más detalla lo ocurrido: “a ella la maltrataba un su marido, bien que la golpeaba y la insultaba, de una vez que no se puede creer. Y la mujer aguantaba, no decía nada. Un día lo sigue a su marido a dónde es que se va, y lo descubre que tiene otra mujer y que con ella se emborracha. La hermana partidista se decide de dejarlo ya de una vez. El maldito marido regresa a la casa todo bolo, que con trabajos se puede estar de pie. La quiere golpear, pero la hermana se defiende y le corta su “yat” de una vez, y pues muere desangrado.”
El ambiente es festivo, como de “como mujeres que somos”; no hay lástima o pena por el muerto. La compañera ha usado su lengua madre para referirse al lugar donde fue herido. Todas ríen cómplices. Un varón joven, de otra lengua de raíz maya, pregunta qué quiere decir eso de “yat”. Todas se ruborizan y sonríen. Una de ellas: “así se dice en mi lengua la parte privada de los hombres. Su “ése-cómo-se-llama”, que dice el Capitán”. “Su pene, pues, con sus testículos, o sea que de una vez le cortó todo”, concreta la mayor, quien sostiene que hay que usar nombres científicos. El joven, pálido, pregunta: “¿Cómo se llama el pueblo?, para no buscar mi mujer ahí”. Otra compañera dice, agarrando su celular, “ahorita le voy a llamar a mi marido, viera que no me contesta, ya sabe lo que le puede pasar”. Ríen.
De regreso al cuartel (el joven es insurgente), comenta con la insurgenta que le acompaña: “Urrr, esa compañera acaso tiene pena. Claro lo dijo de esa parte que le cortaron al pobre hombre”. La insurgenta se embravece: “¿Por qué “pobre”? si bien que lo pegaba a su mujer y una vez casi la mata. Yo digo que hasta se tardó”.
Al otro día, siempre en lengua, las demás mujeres le llaman la atención a la compañera que usó el nombre de “la parte privada” de los hombres. Le dicen que no diga así delante de hombres. Empiezan a discutir: si es que se tienen que apartar para hablar como mujeres que somos, si se tienen que esconder. Al final concluyen que sí se hable con libertad, haya o no haya hombres presentes. “Más mejor con hombres”, dice una, “así van aprendiendo”. “O al menos se andan con tiento en sus pendejadas”, apuntala otra.
El tema de ese día fue “Plantas medicinales para el cólico menstrual”. El joven varón tomó apunte detallado de toda la clase.
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La leña.
Uno de los varones se queja, delante de puros hombres, de que su mujer le pide “leña maciza”. “Me embravecí”, dice, “ya le dije que eso es lo que hay y que se aguante”. “¿Qué leña pues es que llevas?”, le preguntan. Hay una serie de traducciones hasta en 5 lenguas mayas antes de llegar a la castilla: es la que llaman “corcho” o “madera balsa”.
Otro de los varones interviene: “Pues, sin agraviar compa, pero estás bien pendejo y la compañera tiene razón. Porque esa madera suelta mucho humo y la pobre mujer no tarda en enfermarse de los pulmones, además de que no podrá ni ver por la humareda. Si tiene un su pichito, pues peor también para el pichito. No seas huevos de oro y búscalo la leña que te dice. Va en su bien de ella, y en bien tuyo porque no van a gastar en medicina luego. Y en bien de todos nosotros porque así no tenemos que escuchar tus pendejadas. Sin agraviar, compa”.
Un silencio sepulcral da por terminada la reunión de “como machitos que somos”. El SubMoy los llama para ver lo de la medición de los sitios.
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El Baile.
Una jóvena se lastima la mano con el machete, cuando estaba rozando. No quiere decir nada porque le da pena que sepan que ella misma se hirió. Se amarra su paliacate para detener el sangrado, pero su compañera de “línea” (se han colocado “en línea desplegada” para rozar un tupidero de monte) se da cuenta y avisa a la Comité que es su guardiana. Rápido consiguen carro para llevar a la compañera al servicio de sanidad del puy cercano. Llega: signos vitales, la recuestan, la monitorean. El promotor de salud batalla para desanudar el paliacate. “¿Pues cómo lo amarraste, compañera?, está bien trincado”. Está por acudir a las tijeras, cuando la promotora de salud interviene y ¡zas!, en un movimiento lo desata. Luego la limpieza, desinfectar, algo de anestésico local, y a remendar. “Le pusimos 4 puntos. Va a estar bien, sólo que no use esa mano unos días”, sentencia el promotor. “¿Pero puedo bailar?”, pregunta la paciente. El promotor no dice nada, sólo mueve la cabeza y pone cara de “de una vez no se puede creer”. La promotora de salud le pregunta a la paciente: “¿Cuándo va a haber baile?” y empiezan las dos a cuchichear en lengua. Sólo se entiende “promotor”, “miliciano”, “insurgente”. El promotor de salud guarda los equipos.
Le mostraron el video al Capitán. Sólo comentó “pues le hicieron unas puntadas modelo Frankenstein – Bad Ass, pero va a tener una cicatriz para presumir… y amenazar”. Luego le dijo a la compañera herida: “Tú di que peleaste con un cabrón que te quería agarrar a la fuerza, sacaron los machetes y se armó el combate. Tú saliste con esa herida en la mano, pero el machito ya no es machito y no va a tener crías nunca más”. Queda pensando el Capitán, valorando el impacto de la historia, y luego añade “pero no le digas a todos, porque si le dices al muchacho que te gusta pues, ¿cómo te diré?, va a correr como nunca en su vida”.
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Las espinas.
“La miré a la compañera que está cojeando, camina como renca. Rápido le pregunté y dijo que espina”, informa el Monarca. El mando: “¿Pero fue a la clínica?”. “No, que ahí nomás sus otros compañeros le quitaron”. “Ve y la llevas tú personalmente a la clínica y que la revisen. Y dile que no ande con chanclas en la rozada”. Regresa el Monarca a informar: “Que sí le habían quitado una espina, pero le dejaron otra, o sea que tenía dos espinas. Ya le quitaron y le hicieron curación. Y que llevaba bota de hule, pero esa espina es muy fiera. De por sí conozco, es así, grande (el Monarca hace la seña de una cuarta, unos 20-25 centímetros de largo), hasta la bota que usamos atraviesa, es como clavo, te sangra, y si se infecta, pues hasta ahí nomás llegaste”. “¿Y cómo está la compañera?” “Está un poco triste, que porque no va a poder bailar cumbias”.
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Las Matemáticas y el amor.
Checan las medidas en el plano. “Ya hay un buen tanto, limpio, sin raíces, ni espinas, ni avispas. Creo que ya hay que ver cuántos sitios entran en cada lado, para ir marcando”. El SubMoy decreta: “pues jálate a los jóvenes de secundaria para que hagan números”. Llegan los promotores de educación. Les explican. Los jóvenes: “pero necesitamos calculadora”. Los burlan. “O cuaderno”. Más burlas. “En la cabeza”, les dicen, “si no de balde estudiaron”. Les dan un lapicero. Van a tratar de hacer los números en la mano, pero las tienen llenas de ampollas. Las risas se oyen hasta el pueblo vecino. Una jóvena, sonriendo con coquetería e ignorando a todos los demás, se acerca y le dice a uno de los promotores de educación: “mi celular tiene calculadora”. “Trae pues”, le dicen los comités. Va corriendo la jóvena y regresa con el celular. Todas las manos de los Comités se quedan tendidas en el aire. Como si no hubiera nadie más, ella le entrega el celular al promotor, que parece semáforo porque todos los colores le iluminan la cara. La jóvena sólo dice “ahí me lo regresas luego”, y, con un brillo en la mirada, agrega “ahí tengo mis fotos”. Al pobre promotor de educación los Comités le dijeron de todo, creo hasta lo aconsejaron. Por supuesto, hizo mal los cálculos. Ni modos, de por sí sufrimos como hombres que somos.
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El pedazo faltante.
A pesar del sol fiero e implacable, las tardes y noches se refrescan ahora con la lluvia. Como si el cielo se hiciera cómplice de la tierra y le diera fuerzas para soportar el calor del día siguiente, aquí… en el trabajadero del común.
En la explanada donde se amontonan lonas y champas dispersas, se duerme o se desvela, pero no en silencio. Se escucha música saliendo de varias casitas y lonas habilitadas como techos para algo proteger del sol en el día, y de la lluvia en la noche. Las guardias se relevan con apenas algunas señas. Y sonríen al escuchar la “playlist” que choca con la necia persistencia de grillos y, poco a poco, de sapos y ranas a quienes los primeros charcos convocan.
Bajo techo, los de edad, los de juicio, roncan sin recato alguno. Los niños se apretujan al cuerpo de las madres y hermanas. Algún pichito llora apenas unos segundos gracias al consuelo presto de sus mamaces.
Pero en los techos de las jóvenas y los jóvenes, no hay silencio ni se duerme. El recuerdo de quien falta es culpable. Alguien, una luz corpórea – mujer, varón u otroa-, está lejos de aquí. Ese alguien se ha quedado en algún poblado, en una champa, con un pedazo de quien le recuerda y padece un corazón incompleto, una mirada sin destino, una palabra trunca susurrada. Cada canción, de amor –o desamor-, que reproducen los celulares y bocinas bluetooth, cada intento, vano, de conciliar el sueño, es un pequeño homenaje a la parte faltante, a su caricia ausente y a la herida que el amor o el desamor festejan.
Porque hay abrazos que nunca terminan y hay luces que ni de noche se apagan.
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Lo que no se mira.
Una chamaquita, de unos 12 años, platica con el SubMoy:
“Tú estás trabajando aquí con nosotros”, le dice.
“Estoy”, le dice el SubMoy.
“Yo tenía entendido que los Subs no trabajan”, insiste la niña.
El SubMoy: “El trabajo no siempre se ve. Y no es sólo trabajar la tierra. Es más, el trabajo más importante no se nota, no es así como que todos te miran que estás trabajando. Entonces, si no ves a alguien a tu lado trabajando, no quiere decir que no trabaje o que no haya trabajado. Sólo que no lo ves, pero ves y sientes su trabajo, aunque no le lleve la cuenta nadie. ¿Lo conociste al SubPedro? ¿Verdad que no? Bueno, si recuperamos la tierra, si estamos aquí, si tú estás aquí, si ahora luchamos por la vida, es porque él lo hizo su trabajo, que es luchar por los pueblos. Tú trabaja, aunque no te vean. Lucha, aunque nadie te lleve la cuenta”.
(Continuará…)
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

El Capitán.
México, mayo-junio del 2026.Imágenes: Terci@s Compas Zapatistas
Música: “Te quiero tanto” de Alejandro Filio -
Del apoyo a las sanciones: la criminalización de la solidaridad con Palestina
3 de juny, per Admin2Foto: Protesta en Ciañu. (Xurde Margaride/Nortes)
En un nuevo informe publicado este martes, Amnistía Internacional señala que ha documentado al menos 95 casos violaciones al derecho a la protesta en el contexto de manifestaciones propalestinas celebradas desde octubre de 2023, fecha del inicio del genocidio en Gaza por parte del Estado israelí.
Con el objetivo claro de disuadir la protesta, se han llevado a cabo diferentes acciones contra la ciudadanía que vulneran el derecho a protestar de manera pacífica. “En España, mostrar una bandera palestina en un partido de baloncesto, sentarse en una carretera durante una etapa de la Vuelta Ciclista o participar en una protesta en el contexto de una prueba deportiva puede acabar en una multa de miles de euros. En algunos casos, incluso de decenas de miles. El mero hecho de protestar también puede derivar en una detención, en un proceso penal o en una carga policial con porras y gas pimienta”, se puede leer en el comunicado emitido por la organización.
El último ejemplo de criminalización de la protesta se ha producido hace apenas unos días, durante la celebración de la Copa Mundial de Escalada en Alcobendas, en Madrid; un evento en el que participaba un equipo israelí. Los agentes policiales amenazaron e identificaron a activistas pacíficos que se manifestaban contra el genocidio en Palestina.
Los eventos deportivos, en el punto de mira
Desde el inicio del genocidio en el enclave palestino, “portar una bandera palestina ha sido suficiente para ser expulsado de estadios o recintos deportivos e incluso sancionado”, se señala desde AI. Y van más allá al denunciar que esto se ha convertido en la norma, lo que constituye una violación del derecho a la expresión política pacífica.
En Madrid, al menos 30 personas fueron detenidas y 108 enfrentan expedientes sancionadores
Quizás el caso más paradigmático sea el de la Vuelta Ciclista a España de 2025, cuando, a lo largo de las diferentes etapas, activistas y ciudadanos se movilizaron para protestar contra la participación del equipo Israel–Premier Tech y para denunciar el genocidio en Gaza. La protesta consistió en el despliegue de pancartas y ocupación de la carretera con el objetivo de parar el paso de la carrera. Entonces, “la respuesta de las autoridades fue contundente. Al menos 30 personas fueron detenidas y 108 enfrentan expedientes sancionadores, de los cuales 91 se basan en la ley contra la violencia en el deporte”, se lee en el informe. De momento, y por estas acciones, se han tramitado 27 multas de 300 euros en Ponferrada; 5 multas de 3.000 euros, y una de 60.000 euros en Pontevedra.
Durante la Vuelta también hubo incidentes en Valladolid, donde cuatro activistas enfrentan un procedimiento penal por haber invadido el recorrido de la carrera; y en Figueres (Girona), donde una persona fue arrestada por cortar la carretera. También en Bilbao hubo tres detenciones y en Asturias, doce personas fueron detenidas en una sola jornada. En Galicia, diez activistas fueron arrestados. En Madrid, las protestas llegaron a provocar la suspensión de la etapa final, con nuevas detenciones.
El último caso de criminalización de la protesta en el mundo del deporte se ha dado durante la celebración, en Alcobendas, de la Copa del Mundo de Escalada
Fuera del ámbito ciclista, la criminalización de la protesta también ha mirado hacia el mundo del baloncesto. “En Valencia, cinco activistas fueron sancionados por protestas vinculadas a partidos de baloncesto contra equipos israelíes, con multas que oscilan de los 1.500 euros a 5.000 euros”, todo ello bajo el manto de la aplicación de la Ley contra la Intolerancia en el deporte y la Ley Mordaza, que contempla las infracciones por desobediencia.
El último caso de criminalización de la protesta en el mundo del deporte se ha dado durante la celebración, en Alcobendas, de la Copa del Mundo de Escalada, del 28 al 31 de mayo. Durante esos días, agentes de la Policía Nacional identificaron y amenazaron a activistas que protestaban contra el enocidio en Palestina de manera pacífica. No solo la Policía puso su mirada en los manifestantes; “algunos asistentes al evento increparon e incluso llegaron a agredir a activistas propalestinos”, se lee en el informe, que prosigue: “la falta de protección policial frente a agresiones contra activistas y manifestantes propalestinos es una cuestión sobre la que Amnistía Internacional ya había recibido anteriormente varias denuncias”.
Sanciones fuera del ámbito deportivo
Fuera del ámbito deportivo, también se han producido vulneraciones similares. Es el caso de los estudiantes que, el 11 de junio de 2024, participaron en un encierro pacífico en la Universidad de Sevilla para exigir la ruptura de vínculos académicos con instituciones israelíes. Además de ser desalojados por la fuerza, uno de ellos está a la espera de juicio. Se le piden dos años de cárcel.
En Madrid, doce personas se enfrentan a multas de 700 euros impuestas por la Delegación de Gobierno en mayo de 2025 bajo el manto de la Ley Mordaza por haber llevado a cabo una performance a las puertas de la Feria de Armas en Madrid con el objetivo de mostrar el rechazo a la industria militar. Un par de meses más tarde, en julio del mismo año y también en Madrid, varias personas fueron detenidas ante la embajada de Egipto por protestar.
Todos estos hechos, asegura la organización, “no son aislados”, sino “el reflejo de un problema estructural que se arrastra desde hace más de una década”
Otro de los ejemplos que señala AI es la violencia policial empleada en Bilbao contra activistas de la Flotilla Global Sumud el pasado 23 de mayo, tras volver de la misión. Los activistas, “cuando llegaron al aeropuerto de Bilbao sufrieron violencia policial de forma injustificada. Agentes de la Ertzaintza emplearon un uso excesivo de la fuerza mediante golpes reiterados con porras a personas que ya habían sido derribadas y estaban en el suelo”, se puede leer en el informe.
Todos estos hechos, asegura la organización, “no son aislados”, sino “el reflejo de un problema estructural que se arrastra desde hace más de una década”, en referencia a la puesta en marcha y aplicación de la Ley de Seguridad Ciudadana —más conocida como “ley mordaza”, que restringe las libertades de la ciudadanía en diferentes ámbitos y a diferentes niveles.
Un “patrón preocupante”
Para Amnistía Internacional, “estos casos evidencian un patrón preocupante: acciones de desobediencia civil no violenta están siendo tratadas como infracciones graves o incluso como delitos, cuando solo son el ejercicio de derechos humanos por parte de sus protagonistas”.
La organización, además, denuncia el “uso excesivo de la fuerza” y de medidas como el gas pimienta, las porras y las balas de foam para reprimir la protesta. Estas actuaciones policiales, que se dieron en lugares como Becerril de la Sierra o en Barcelona, “se consideran incompatibles con los estándares internacionales”. En esta última ciudad, se usó gas pimienta para reprimir a un grupo de personas que estaban llevando a cabo una sentada pacífica para impedir el paso del autobús que llevaba al equipo de baloncesto israelí Hapoel Jerusalem hasta el lugar del partido. Esto sucedió el 15 de octubre de 2025.
Infiltraciones sin autorización judicial
Tal y como señala AI, también los y las profesionales de la comunicación están sufriendo esta embestida represiva. Para ilustrarlo, AI recuerda el caso del fotoperiodista agredido por la policía con un proyectil de foam en el brazo mientras cubría una manifestación. Ocurrió en Barcelona, e iba identificado como periodista. No se trató de un accidente, ya que en el momento y el lugar de los hechos no se estaban produciendo disturbios.
El caso de las infiltraciones policiales en el movimiento de solidaridad con Palestina merece una mención aparte. “La policía habría accedido a domicilios, a comunicaciones privadas y al ámbito familiar de militantes de este movimiento”, se lee en el comunicado de AI, todo ello, como ha reconocido el propio Ministerio del Interior, “en el marco de operaciones no autorizadas judicialmente, desconociéndose bajo qué tipo de supervisión se llevaban a cabo esas operaciones”.
Este material se comparte con autorización de El Salto
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RSF documenta el peor momento para la labor periodística en 25 años
3 de juny, per Admin2Las alarmas sobre el estado de la libertad de prensa en el mundo dejaron de ser una advertencia lejana para convertirse en una evidencia estadística. La Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2026, elaborada por Reporteros Sin Fronteras (RSF), dibuja un panorama marcado por el deterioro acelerado de las garantías para informar y ejercer la profesión. Por primera vez desde que comenzó el ranking hace 25 años, se alerta que en 52 por ciento de los países evaluados existe una situación considerada “difícil” o “muy grave”, un dato que confirma el retroceso global del derecho a la información.
El documento revela que la puntuación media de las naciones analizadas nunca había alcanzado un nivel tan bajo. Detrás de esta caída se encuentra un fenómeno cada vez más extendido. Gobiernos de distintas regiones han fortalecido marcos legales restrictivos bajo el argumento de la seguridad nacional, una tendencia que desde 2001 ha reducido el margen de acción de reporteros y empresas de comunicación, incluso en democracias consolidadas.
“Los periodistas siguen siendo asesinados y encarcelados por realizar su trabajo; además, se han desarrollado tácticas de ataque contra ellos. Sobre todo, influye el discurso hostil hacia los comunicadores y el debilitamiento de la economía de los medios en el libre mercado, porque han surgido grandes conglomerados transnacionales como Meta, X, Google, que provocan que tengan menor peso, sin pasar por alto las leyes contra la prensa”, comenta en entrevista la maestra Primavera Téllez Girón García, coordinadora e integrante fundadora de la Red por la Libertad de Expresión Contra la Violencia a Comunicadores (REDPRO), organización que participó en la aportación de indicadores para el informe.
La experta, egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en la Unidad Xochimilco, expone que el indicador legal fue el que registró el mayor descenso en este año, ejemplo de una creciente criminalización del ejercicio periodístico. Demandas judiciales, vigilancia, censura y normas ambiguas se han convertido en herramientas frecuentes para limitar investigaciones y controlar el flujo de contenido público. Por ello, la presión ya no proviene solo de regímenes autoritarios. También alcanza a naciones que de forma histórica defendían protecciones civiles y constitucionales.
En el continente americano, el retroceso tiene mayor visibilidad. Estados Unidos descendió siete posiciones y se ubicó en el puesto 64, una caída que RSF asocia al aumento de la polarización política, la desconfianza hacia los medios y las agresiones contra reporteros. América Latina tampoco escapa a esta dinámica. Ecuador y Perú protagonizaron algunos de los desplomes más pronunciados de la región, afectados por contextos de violencia, inestabilidad institucional y represión.
Mientras varios Estados profundizan sus restricciones, otros mantienen posiciones destacadas. Noruega conservó el primer lugar por décimo año consecutivo, al consolidarse como el entorno más favorable para este oficio. En el extremo opuesto aparece Eritrea, que permanece en el último puesto por tercer año seguido, símbolo de uno de los sistemas más cerrados y hostiles del mundo.
“México se ubica entre los países más violentos y más difíciles para ejercer trabajo informativo. En esta clasificación, ocupa el lugar 95 de 180; el año pasado se encontraba en el puesto 91 de 180”, agregó la maestra Girón García.
La UAM participa de manera activa en la REDPRO, una iniciativa impulsada en un primer momento por personas comprometidas con la defensa de la autonomía y la seguridad, además se fortalece mediante acuerdos interuniversitarios que articulan esfuerzos académicos, sociales y de análisis en distintas regiones del país.
Publicado originalmente en la UAM