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Casi 400 periodistas y defensores fueron asesinados, desaparecidos o atacados en México: ACNUDH
4 de febrer, per Admin2Ciudad de México | Desinformémonos. Al menos 376 periodistas, trabajadores de medios de comunicación y defensores de derechos humanos fueron asesinados, desaparecidos o sufrieron atentados contra su vida en los últimos diez años en México, informó el oficial del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) en México, Ricardo Jorge de Souza Cancela Neves.
De acuerdo con los registros de ACNUDH, de enero de 2016 a diciembre de 2025 fueron asesinados 181 defensores de derechos humanos, 89 periodistas y ocho trabajadores de medios, mientras que 43 defensores, 25 periodistas y un trabajador fueron desaparecidos en el mismo periodo. Además, 14 comunicadores, dos trabajadores de medios y 13 defensores fueron víctimas de intentos de homicidio.
Del total de víctimas, 80 eran mujeres y al menos 105 eran defensores del medio ambiente, además de que 72 contaban con medidas de protección. Por su parte, 70 por ciento ya había sufrido incidentes de inseguridad y 30 por ciento había denunciado agresiones previas ante el Ministerio Público.
ACNUDH también denunció las “deficiencias” por parte de las instituciones mexicanas encargadas de investigar las agresiones, como la pérdida de evidencias y de videos, la falta de seguimiento a solicitudes de diligencias y el no agotamiento de líneas de investigación relacionadas con la labor de las víctimas.
Los datos expuestos forman parte del informe Buenas Prácticas y Desafíos en la Investigación de Delitos Cometidos contra Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, presentado por ACNUDH ante las autoridades mexicanas en la Fiscalía General del Estado de Guanajuato.
Durante la presentación, Cancela Neves insistió frente a los funcionarios que no presentar ante la justicia a los agresores es una violación al Pacto Internacional de Derechos Políticos y Civiles y contribuye a la impunidad y la repetición de la violencia.
Recordó que los periodistas y defensores son agredidos porque su trabajo “afecta intereses públicos, privados, económicos y sociales”, así como que son los agresores “quienes se benefician de las injusticias, la desigualdad y de la corrupción”. Por ello, en el informe se incluyeron 16 recomendaciones a las fiscalías para que investiguen los posibles intereses afectados con el trabajo de los periodistas y defensores.
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Las tres Alicias
4 de febrer, per Admin2Historia de una búsqueda incesante, la obra “Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo” cuenta la desaparición de Alicia de los Ríos Merino, narrada por su hija. Es también una reflexión, desde el teatro, sobre la falta de justicia que se repite en otras latitudes, con otros rostros, y una interpelación a que estos hechos no se repitan
Tres rostros de Alicia: la abuela, la mamá, la hija. Una mujer de pelo blanco y blusa azul, una muchacha joven tras la abuela vestida de colores, una foto enmarcada que es el lazo entre ellas. Alicia de los Ríos Merino cuenta la historia de su madre desaparecida. La protagonista de esta obra de teatro no es una actriz, se interpreta a sí misma para contarnos una historia de un México que se mueve entre la lucha por la democracia y la impunidad cómplice del olvido. La ausencia de Alicia, una guerrillera de la Liga Comunista 23 de Septiembre desaparecida por el Ejército mexicano en 1978, tiene aquí su tiempo y trae su presencia para hablarnos de estos días.
En 2003, la Alicia hija que conocí en Chihuahua hace años, convirtió la ausencia en búsqueda. Ella estaba en el vientre de su madre meses antes de que fuera detenida. Su tía regresó con ella a Chihuahua al poco tiempo de nacer, y su mamá Alicia fue capturada, casi un año después, en una emboscada a tiro limpio en la Ciudad de México. Alicia mamá sobrevivió, y estuvo detenida por más de seis meses en el Campo Militar No. 1 de la capital. Escuchamos en esta obra al testigo que estuvo con ella y sobrevivió para contarlo. Su voz viene resquebrajada por el paso del tiempo, pero tiene esa autenticidad de las cosas vividas.
Durante mucho tiempo, entre el silencio de perpetradores e instituciones, Alicia buscó a su madre en cualquier lugar que significara un hilo o una pista, hasta entre los documentos que fue encontrando en archivos, en los que utilizan un lenguaje directo y neutro para nombrar hechos, entierros, vigilancias. Entre ellos, halló una foto de su mamá, parecida a esas que he visto en otros expedientes como los del Diario militar, un documento de inteligencia filtrado en 1999, después del trabajo de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico de Guatemala. Contiene 183 fotos de militantes políticos y guerrilleros —desaparecidos y asesinados entre 1983 y 1985—, parecidas y siempre distintas, en unas fichas que daban cuenta del día de la detención y se diluían en claves como “300”, para no nombrar la desaparición tras una fecha que ellos definieron como de salida. Los documentos ocultan incluso lo que dicen, pero ese silencio es revelador de una verdad que se cuela por las rendijas.

En la obra de teatro, Alicia de los Ríos Merino se interpreta a sí misma. (Secretaría de Cultura)
Alicia hija cambió luego los documentos por las calles, y con Marcela Turati, nuestra amiga periodista, buscó números de teléfono y contactos boca a boca, como ecos que habían quedado en el lugar de la detención y que la gente guardó cuatro décadas en silencio. El chofer del taxi que quedó atrapado en la balacera era un archivo vivo. A él le habían destrozado el brazo y parte de la existencia. La mujer que llevaba en el asiento de atrás murió acribillada, y los azulejos que llevaba en su bolsa son parte del rompecabezas que la verdad trata de reconstruir. Pero esa mujer ni siquiera tiene nombre, nadie lo conoce, solo quienes la esperaban esa noche que no llegó y que después no se atrevieron a buscarla.
En la investigación del secuestro y asesinato de la abogada y política colombiana Gloria Lara en 1982, que criminalizó a un grupo político de izquierda y del movimiento campesino, acusándolos de ser sus autores, el Ejército colombiano se llevó por delante la vida de Patricia Rivera y sus dos hijas menores de edad, Gila Eliana y Katherine, y un testigo que vio todo, Marco Antonio Crespo, de los que nunca se supo más. La investigación de la Comisión de la Verdad esclareció quiénes eran los verdaderos responsables 40 años después y, aunque la verdad llegó tarde, fue un alivio para quienes sufrieron la tortura y el exilio.
En el caso de Alicia, ella fue al otro lugar de los hechos, donde los hilos de las pistas llevaban a aviones que sirvieron para transportar detenidos entre la Ciudad de México y la costa de Guerrero. Te preguntas para qué trasladarlos tan lejos, a un destacamento frente al mar: Pie de la cuesta. Los testimonios de gente local y de un sobreviviente la llevaron a hacer una arqueología de la desaparición buscando lugares, pruebas de un bungalow ya destruido, indicios que pudieran tocarse con las manos. Allí encontró, en la orilla de una duna de la playa, un cuadrado de metro y medio de hormigón que había resistido al tiempo. Es, según todos los indicios, el lugar de las ejecuciones. Uno a uno, quienes iban a ser tirados al mar eran ejecutados a tiros. Los cuerpos fueron metidos en bolsas y en el vientre de un avión bimotor, desde el que, especialmente en vuelos nocturnos —36, según se ha investigado—, fueron arrojados mar adentro. También Alicia. Un piloto contó hace unos pocos años la historia de esos vuelos.
En Argentina, el capitán Adolfo Scilingo reveló que los vuelos de la muerte eran el destino de los desaparecidos de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). El Diario militar fue testigo de los desaparecidos y los represores en 1983 en Guatemala. En México, la comisión de la verdad sobre la “guerra sucia” investigó los hechos de ese periodo en 2021. Aparecieron documentos que tenían igualmente las fichas de inteligencia de los que fueron entonces detenidos y luego desaparecidos, mapas del lugar, archivos con detalles también de 183 desaparecidos, como en Guatemala.
En México, a los ojos del mundo, estas cosas no pasaban, y los perpetradores de estos hechos nunca fueron juzgados. La verdad ha tenido que irse juntando a pedacitos. Las manos que tejen este rompecabezas hoy son las de Alicia, en este encuentro que no es tanto una obra de teatro, como un testimonio vivo del que formamos parte. Es una forma de acción de algo que tiene que ser contado para que nunca más sea posible. Como si la palabra fuese un antídoto contra el veneno del odio. Alicia se cambia de silla de vez en cuando entre su mamá, su abuela y ella misma. Las historias de México se cruzan con las de tantos otros países y rostros.

Fotos e imágenes de archivo de la “guerra sucia” forman también parte de la obra. (Secretaría de Cultura)
Esta noche, esa historia está recogida en fotos e imágenes de archivos y en ese cuaderno que Alicia trae con sus notas para compartir. No es un guion el que habla. Con la autenticidad que nos regala, el desafío es no ser solo espectadores, sino nosotros mismos. Como me dijeron en Guatemala la primera vez que llegué a las Comunidades de Población en Resistencia que habían vivido huyendo en la selva durante 12 años cerca de la frontera con México: usted ahora ya vio.
De esta obra-testimonio salimos con esa tarea que no solo habla de la “guerra sucia” y de la lucha por la justicia de los familiares de las víctimas, sino, también hoy, de las miles y miles de Alicias.
**Foto de portada: La historia de Alicia de los Ríos Merino, militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre desaparecida en 1978, es narrada por su hija, quien nunca ha dejado de buscarla. (Secretaría de Cultura)
**Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo es un proyecto de Teatro Línea de Sombra. Se representa hasta el 15 de febrero en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico (Av. Revolución 1500) los jueves y viernes a las 20:00 horas, y sábados y domingos a las 18:00 horas.
http://www.adondevanlosdesaparecidos.org es un sitio de investigación y memoria sobre las dinámicas de la desaparición en México. Este material puede ser libremente reproducido, siempre y cuando se respete el crédito del autor y de A dónde van los desaparecidos (@DesaparecerEnMx).
Publicado originalmente en A dónde van los desaparecidos
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Las mujeres ayuujk que enfrentan al sistema de salud
4 de febrer, per Admin2Después de padecer violencia obstétrica en hospitales, mujeres ayuujk de la comunidad Santa María Tlahuitoltepec, en Oaxaca, luchan por recuperar la partería tradicional —desafiando el miedo impuesto a parir en sus casas—, y por generar condiciones dignas para las mujeres embarazadas y las parteras, ante la discriminación institucional y el despojo de sus conocimientos ancestrales
La antropóloga ayuujk Lilia Heber Pérez tenía 29 años cuando planeó el nacimiento de su primera hija en su casa, asistida por una partera, en el municipio mixe de Santa María Tlahuitoltepec, en Oaxaca. Después de tres días con dolores y fuertes contracciones, pidió el acompañamiento de una doctora, quien no le dio las indicaciones correctas y, ya en trabajo de parto, le dijo: “¿Sabes qué? Te voy a mandar a un hospital. Puede que tu bebé se vaya a morir o le vaya a pasar algo”. Presa del miedo, aceptó que la trasladaran.
En una habitación fría del hospital, recostada sobre una camilla sin sábanas y con contracciones cada vez más constantes y dolorosas, Lilia esperaba que la llevaran a la sala de partos cuando entró un médico escoltado por practicantes de medicina, quien la tomó como modelo para ilustrar cómo se hace un tacto vaginal. Le pidió que doblara las piernas para poderla revisar y, mientras ella permanecía expuesta, desnuda, el doctor, cubierto con guantes, cubreboca y bata, les enseñó el procedimiento.
“Yo tenía ganas de decirles que se fueran, que se salieran, me sentí muy vulnerable. Ese momento fue muy desgastante y muy violento para mí porque no tienes voz ni decisión ni nada, van y vienen como quieren”, recuerda.
Después de ese episodio de violencia obstétrica, sufrió otro más: en la sala de partos le realizaron una episiotomía sin su consentimiento. Esta intervención quirúrgica consiste en una incisión en el perineo —la zona entre la vagina y el ano— durante el parto para agrandar la abertura vaginal y facilitar la salida del bebé, así como para prevenir desgarros, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) la desaconseja como una práctica de rutina.
“Eso fue lo más doloroso que yo viví. Creo que no me cosió bien, no me recuperé luego de ese corte”, afirma Lilia.
Esa violencia llevó a la antropóloga a organizarse en colectivo, con mujeres y parteras, y a recuperar la confianza en las prácticas ancestrales heredadas entre generaciones, de madres a hijas, que integran el uso del temazcal, la conservación de la placenta y ofrendas, en un amoroso acompañamiento para dar la bienvenida a las y los bebés. Y de ese modo defenderse también de las instituciones que intentan borrarlas.
“Decíamos: queremos generar mejores condiciones de vida para nosotras como mujeres, para las futuras generaciones”, explica.
El camino no fue sencillo, pero en 2015 constituyeron legalmente la Organización de Mujeres Poj Kääj, A. C., con el objetivo de generar condiciones dignas para el parto de las mujeres de la comunidad y para la vida de las parteras, así como ejercer el derecho a decidir cómo dar a luz.
Una sabiduría en peligro
En las comunidades ayuujk de Oaxaca —ubicadas en 19 municipios, al noreste del estado—, las familias solían acudir con parteras. Ellas acompañaban y recibían a las y los bebés al nacer; había mujeres que parían también junto a su madre o su suegra, quienes las ayudaban a cortar el cordón umbilical. Las parteras transmitían los saberes ancestrales y una cosmovisión relacionada con la espiritualidad y el territorio, pero con la llegada de las clínicas y hospitales públicos fueron obligadas a dejar de atender nacimientos en las casas, y su conocimiento quedó desterrado y corre el peligro de perderse.
“Tener a tu bebé en tu casa, o en una casa de parto, es tu derecho”, subraya Virginia Pérez Díaz, partera ayuujk de Santa María Tlahuitoltepec. Vicky es integrante de la Organización de Mujeres Poj Kääj y, como muchas parteras de la región, se ha resistido a la imposición de la medicina occidental a través de las instituciones de salud.
En 2009 y 2013, tras las reformas a la Ley General de Salud, bajo las presidencias de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, respectivamente, se condicionó la entrega de apoyos como el IMSS-Prospera y el Seguro Popular a que las mujeres embarazadas fueran atendidas en unidades médicas. Además, se exigió a las parteras una capacitación, tras la cual recibían una certificación de dos años que las convertía en “personal no profesional autorizado” para la prestación de servicios médicos. Se tenía el propósito de modificar “patrones culturales”, de acuerdo con un análisis del Grupo de Trabajo Independiente sobre Partería Tradicional en México.
Vicky recuerda que las autoridades del sistema de salud se negaron a darles los certificados de nacimiento a las parteras, como una forma de violencia institucional, y enfrentaron la prohibición de usar plantas medicinales.
La decisión gubernamental respondió a la búsqueda de una reducción de la mortalidad materna. En 2004, la OMS, junto con el Fondo de Población de las Naciones Unidas, recomendó aumentar el número de partos con asistencia de médicos obstetras. Impedir el acceso a las parteras perjudicó principalmente a la población indígena y afrodescendiente. Todo en aras de una supuesta “modernidad”.
“La desaparición intencionada de la partería forma parte del despojo de la naturaleza y de los territorios. Es un hecho que la mortalidad materna en México en este momento ocurre mayoritariamente en las instituciones de salud; eliminar la partería no es una forma de reducirla”, leyó Vicky en un pronunciamiento que redactaron parteras de distintas comunidades en 2018, reunidas para participar en el Foro Partería, Cultura, Ancestralidad y Derechos en Oaxaca, un estado con un fuerte movimiento de mujeres sanadoras que reivindican estos saberes tradicionales.
Ahora, Vicky acompaña partos de mujeres que deciden dar a luz en su casa, o que tuvieron malas experiencias en hospitales y recurren a la partería tradicional.

Después del parto, el calor del temazcal ofrece cobijo y permite la sanación del cuerpo. (Organización de Mujeres Poj Kääj) El calor del temazcal
Serafina Vázquez, mujer ayuujk, vivía en Santa María Tlahuitoltepec cuando tuvo su segundo embarazo. No quería que le hicieran otra cesárea, como sucedió con su primer parto, cuando tenía 22 años y se encontraba en la Ciudad de México; en el hospital le dijeron que su “bebé tenía la cabeza muy grande” y, sin dejar entrar a nadie de su familia, fue llevada al quirófano. “Nada más me lo sacaron; me hicieron la cesárea”, recuerda.
Con 36 semanas de gestación, ya viviendo en Tlahuitoltepec, en la clínica del IMSS de la comunidad le pidieron que fuera al Hospital Rural de Tlacolula para ser revisada por una ginecóloga, quien le confirmó lo que más temía, que iba a requerir de nuevo una cesárea. Decidió entonces pedir ayuda a su cuñada Vicky, quien le recordó que “los bebés nacen cuando ellos quieren”.
Serafina acudió al hospital ya con los dolores de parto, y su hijo nació de manera natural. Pero se sintió frustrada. “¿Nos puede dar la placenta?”, le pidió Serafina al doctor. “No, aquí no trabajamos así, no se la vamos a dar”, le respondió el médico sin respetar su cultura, en un estado donde casi el 40% de la población es indígena.
Según la tradición mixe, al tercer día del nacimiento, la placenta se entierra en un lindero del solar de la vivienda, como protección para la familia, dice Lilia. Cuando un bebé nace en su casa, agrega Vicky, “se dice que es uno [o una] de Tlahui”, pues “enterrar la placenta en la madre naturaleza, con las espiritualidades, las deidades que nos enseñaron nuestros abuelos”, significa identidad, pertenencia.
Durante el parto, la familia enciende fuego en el temazcal, una construcción hecha de adobe y piedras que semeja el vientre materno. Adentro, por el vapor, se siente mucho calor. Con un nuevo ser en casa, el temazcal es donde “llega a habitar Tääy Jukiiny, la divinidad que representa la fertilidad”, explica Lilia. Durante 20 días se mantiene el fuego para honrarla.
Terminado ese periodo, suben juntos al Ii’pyxyukp o Cempoaltépetl, el cerro sagrado del pueblo mixe, para llevar alimentos y ofrendas, y se hace un ritual para presentar al bebé a las divinidades.
Historial de abusos
En pleno trabajo de parto, las enfermeras le insistieron a Serafina para que firmara el “consentimiento informado”, una autorización para que le colocaran el dispositivo intrauterino, un método anticonceptivo. “Para qué quieres tener más bebés”, le decían, sin que ella pudiera ver ni leer los documentos que le mostraban. Así que firmó. Pero cuando llamó a su esposo y se lo contó, él impidió que se lo pusieran.
Para que este permiso fuera válido tendría que haber recibido información previa y dado su aprobación de manera libre, sin presiones. De otro modo, es equiparable a una esterilización no consentida, de acuerdo con la recomendación 45/2021 de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el criterio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos señala que la violencia obstétrica afecta de forma desproporcionada a las mujeres indígenas. “Históricamente, han sufrido graves violaciones en relación con los derechos sexuales y reproductivos en el contexto de la negación de sus derechos a la libre determinación y la autonomía cultural”.
Después de su experiencia, Serafina decidió unirse también al movimiento que se gestaba en contra de la violencia obstétrica. Es una de las fundadoras del colectivo Poj Kääj. Desde sus inicios, las mujeres de la organización se dieron cuenta de que las historias se repetían: en el hospital habían sido forzadas a aceptar cesáreas innecesarias, el personal médico no les había dado la información que requerían para realizarles diferentes procedimientos médicos, o los habían llevado a cabo sin su autorización.
Eso también le sucedió a Elena Jiménez, joven ayuujk, otra de las impulsoras del colectivo. A ella, en el hospital le dieron un ultimátum: si no la operaban, su hija corría peligro debido a que, según le informaron, no tenía suficiente líquido amniótico. En apenas segundos, tuvo que decidir si aceptaba una cesárea. “Obvio, estaba asustada. Me espantó, porque se siente toda esa carga de responsabilidad”.
En el estado de Oaxaca, según datos del Inegi, de 2018 a 2023 se registraron 150,634 cesáreas en mujeres de 15 a 49 años, lo que representa el 55% del total de nacimientos, un porcentaje muy superior a la tasa del 10 al 15% establecida por la OMS. En 2022, México ocupó el cuarto lugar en la tasa de nacimientos por cesárea entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con 49.3%, pese a que la Norma Oficial Mexicana 007 establece un máximo de entre 15 y 20%.

Una de las actividades del último módulo de la Escuela de Formación Política Comunitaria, que se realizó en agosto de 2025 en Tlahuitoltepec con la participación del colectivo. (Facebook Poj Kääj, A. C.) Bienvenida a la casa
En su tercer parto, Serafina decidió quedarse en su comunidad, con el apoyo de su familia, las parteras y el colectivo Poj Kääj. “Mi mamá estuvo ahí todo el tiempo apoyándome, me fajó para que tuviera yo fuerza”. Aun así, ella se preocupaba: ¿qué tal si mi hija no nace, o si me pasa algo? Era entonces cuando su madre le recordaba: “Aquí estoy yo, que he tenido a seis hijos en casa; yo no fui al hospital”.
Mientras su esposo la sostenía, nació su hija, que recibió la abuela. “Yo ya estaba en parto, ya estaba casi saliendo la cabeza cuando mi mamá se puso al pendiente, y ya me ayudaron y nació ella en la casa”.
Para su segundo parto, Elena optó por tener a su bebé en su hogar. En cuanto se le rompió la fuente llegaron las parteras y le enseñaron a pujar. El acompañamiento de estas mujeres le hizo sentir confianza, pues tenía mucho miedo. “Cuando nació mi hijo se soltó la lluvia. Es la sensación más hermosa que he experimentado, esa conexión impresionante de por fin nos vemos”, recuerda.
Lilia decidió también tener su parto en casa, auxiliada por las parteras y con el acompañamiento de su familia, su pareja y su hija. Mientras las parteras le ayudaban a caminar por la casa para resistir los dolores que iban en aumento, sintió que su hija estaba naciendo. “Solo sentí que en ese momento cada parte de mi ser estaba expandiéndose. […] Mis huesos se abrieron para dar paso a mi hija. Con mis pies temblorosos, ella llegó al mundo: ‘Bienvenida a la casa, mi pequeña. Gracias por llegar a nuestras vidas’”.
“Los nacimientos en casa”, explica la antropóloga, “tienen esa importancia para la sanación, para la continuidad de nuestra vida, desde nuestra cosmovisión, porque la forma en como nacemos marca nuestra historia de vida”.
En 2020, el colectivo Poj Kääj creó una casa temazcal, llena de plantas medicinales. Ahí, Vicky y otras parteras ayudan a que las mujeres se sientan seguras para tener a sus bebés sin ir al hospital, como lo hacían sus ancestras.
“Porque al final de cuentas”, concluye Vicky, “nosotras somos creadoras de vida, sabemos parir”.
Esta historia es una versión escrita basada en el pódcast “Oaxaca: Kaxë’ëjkën, parir al calor del hogar y del territorio”, cuya investigación y guion fueron realizados por Lilia Heber Pérez Díaz y la Organización de Mujeres Poj Kääj, A. C. Forma parte de la serie “Periodismo de lo posible: Historias desde los territorios” —proyecto de Quinto Elemento Lab, Redes A. C., Ojo de Agua Comunicación y La Sandía Digital—, que también puede ser escuchada aquí: https://periodismodeloposible.com/.
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Memorias del Mundial: Amarildos
4 de febrer, per Admin2De bicampeón al 7×1: no todos los Amarildos son tratados como héroes nacionales

Foto: Eslogan «Cadê o Amarildo» (¿Dónde está Amarildo?) pintado en una cabina policial en São Paulo durante una protesta contra la Copa del Mundo Fifa en 2014. Créditos: Raphael Sanz. Quienes conocen el fútbol brasileño después de 1994 o 2002 no pueden imaginar todas las frustraciones que sufrió la Canarinha antes de convertirse en la camiseta más ganadora del planeta. Y la principal de esas frustraciones ocurrió precisamente en 1950, cuando el país fue sede de la Copa del Mundo por primera vez. Derrotado por la pequeña y poderosa Celeste Olímpica (Uruguay), Brasil se sumió en una profunda tristeza.
Hay un famoso relato de Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, en el que cuenta que el capitán uruguayo Obdulio Varela, al salir por las noches de Río de Janeiro, se sentía avergonzado por la tristeza que él mismo (y sus compañeros) habían causado allí. En lugar de celebrar, prefirió beber con los derrotados.
Pero el fútbol brasileño supo aprender de la derrota y, en los años siguientes, formó la generación que ganaría los primeros mundiales, empezando por la histórica goleada en la final de 1958 contra la anfitriona Suecia. El título tuvo como protagonista a un joven de 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento, el Pelé. Fue la redención brasileña tras el Maracanazo impuesto por los uruguayos.
Amarildo héroe nacional
Cuatro años después, la Copa se celebraría en Chile y había que defender el título. Pero Pelé, con 21 años, se lesionó en la fase de grupos, en el segundo partido del torneo, frente a Checoslovaquia, que terminó en empate sin goles.
El siguiente partido contra España era una cuestión de vida o muerte y el sustituto del Rey Pelé fue un verdadero drama nacional transmitido (casi) en vivo por la radio. ¿Quién acompañaría a estrellas como Garrincha, Vavá y Zagallo? Un debate nacional.
Después de mucha discusión, dentro y fuera de la cancha, la decisión fue por Amarildo, atleta de Botafogo. Marcó dos goles contra los españoles, dando la vuelta al partido y clasificando a la selección brasileña.
Brasil venció entonces a Inglaterra y Chile sin goles de Amarildo (Vavá, Zagallo y Garrincha se encargaron de los tantos), llegando a la final en un nuevo partido contra Checoslovaquia.
Los adversarios marcaron el primer gol, pero Amarildo estaba en el campo para empatar la decisión y dar tranquilidad a la selección brasileña. Zito y Vavá se encargarían de marcar los goles que darían a Brasil su segundo Mundial.
Amarildo se convirtió en un héroe nacional junto con sus compañeros. Pero no todos los Amarildos tendrán esa misma suerte en Brasil.
Otro Amarildo
Justo un año antes de la final del Mundial de 2014, el primero que acogió Brasil desde el Maracanazo; en el mismo Río de Janeiro donde se enfrentaron Alemania y Argentina; y a unos 15 kilómetros del Maracaná, el albañil Amarildo Dias de Souza, de 48 años, desapareció en la favela de Rocinha, la más grande del país en ese momento (hoy superada por Sol Nascente, en Brasilia).
Séptimo entre doce hermanos, su papá era pescador y su mamá trabajaba como empleada doméstica en casas de gente rica. Analfabeto, solo sabía escribir su propio nombre y empezó a trabajar a los 12 años vendiendo limones en las calles. Vivía con su esposa Elisabeth Gomes y sus seis hijos en una casa de una sola habitación.
Apodado «boi» (buey) en la comunidad, era conocido por los vecinos por ser alguien que trabajaba demasiado. Había nacido y crecido en Rocinha.
Operación Paz Armada
Eran los tiempos en que el progresismo —estábamos en el primer gobierno de Dilma Rousseff (2011-2014)— prometía «pacificar las favelas» bajo la luz del «humanismo» y los «derechos humanos». También era la época de las grandes inversiones en megaeventos que traían consigo el desalojo de decenas de comunidades en todo el país para cumplir con las exigencias de la FIFA. El inicio del programa de las UPP (Unidades de Policía Pacificadora) y el anuncio de Brasil como sede del Mundial Fifa y los Juegos Olímpicos no coinciden por casualidad. Ambos tuvieron lugar entre 2007 y 2008.
Las UPP se instalaron en favelas y comunidades de Río de Janeiro consideradas «zonas peligrosas dominadas por narcotraficantes y facciones criminales». Además de las obras públicas para la construcción del espacio físico de las UPP dentro de los territorios (y toda la infraestructura pública necesaria), también se impartía capacitación, se proporcionaba equipamiento y se impartía formación en derechos humanos, ya que el principal objetivo de los progresistas era resolver tres problemas de una sola vez: frenar el crecimiento de las organizaciones criminales y reformar la policía, preparándola al mismo tiempo para hacer frente a los grandes eventos que se avecinaban.
Al fin y al cabo, los pobres ahuyentan a los turistas adinerados. Tenían que comportarse. Y se llevaron a cabo operaciones policiales, tanto en manifestaciones en el centro como para pacificar a las favelas, ya en preparación para la Copa.
En este contexto, entre el 13 y el 14 de julio de 2013 se llevó a cabo en Rocinha la Operación Paz Armada, que llevó a más de 300 soldados de la Policía Militar (PM) al territorio. Treinta personas fueron detenidas, entre ellas el albañíl Amarildo, que regresaba de pescar. Y nunca volvió a casa.

Foto: Elisabeth Gomes sostiene un cartel con el rostro de su esposo Amarildo. Créditos: Fernando Frazão/Agência Brasil ¿Dónde está Amarildo?
En la prensa se podía leer el discurso oficial del Estado: Amarildo habría permanecido detenido en la UPP durante unas 24 horas y luego habría sido liberado, ya que los policías habrían comprobado que no era un delincuente.
El problema es que nunca más se le volvió a ver tras su supuesta liberación. Ni su esposa, ni sus hijos que dependían de él; ni los vecinos que lo conocían por ser muy trabajador. Nadie sabía nada. ¿Dónde está Amarildo? Desapareció. Se esfumó.
Elisabeth contó a los medios de comunicación que Amarildo fue detenido a las 19:45 del día 13 y que tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para que lo liberaran. Dijo que volvió al puesto de la UPP y que el mayor Edson Raimundo dos Santos, ex comandante de esa unidad, le dijo que acababa de liberarlo cerca de la escalera del Portão Vermelho. A la mañana siguiente, Amarildo seguía sin aparecer. Ella buscó a su esposo en las comisarías y hospitales cercanos. Nada.
La indignación por la situación de Elisabeth hizo que los vecinos movilizaran a Rocinha en la campaña «¿Dónde está Amarildo?», que rápidamente ganó adeptos en todo el país, que estaba en llamas debido a las revueltas populares iniciadas un mes antes, en junio de 2013. No tardó mucho en llegar a otros países de Abya Yala, Europa y Estados Unidos las manifestaciones que pedían una solución al desaparición de Amarildo.
Herida abierta
Según las investigaciones, después de que Amarildo fuera liberado por la UPP, se cruzó con unos policías que convenientemente lo «confundieron» con un narcotraficante del barrio y luego lo torturaron y mataron. Pero poco podemos confirmar al respecto, ya que las cámaras de seguridad de la comisaría estaban apagadas durante la Operación Paz Armada, al igual que los GPS de los agentes.
Un tipo de «confusión» y «error de procedimiento» que demuestra una serie de cosas. La primera de ellas, sin seguir este orden: el fracaso del modelo de policía pacificadora y de la utopia de controlar a la policía con tecnología. La segunda: cómo opera el racismo en Brasil en forma de tecnología para el control de poblaciones y territorios. Y hay muchas más conclusiones a las que podemos llegar a partir del caso de Amarildo.
Un año después de su desaparición, cuando se disputaba el partido entre Brasil y Croacia, Elisabeth y sus hijos seguían de corazón partido sin Amarildo. Él solo estaba presente en los carteles que reclamaban su memoria en las calles y callejones.
Años más tarde, los policías acusados por su desaparición fueron condenados por un Tribunal Federal (STJ) a penas de hasta 16 años de prisión y se discutieron indemnizaciones para los familiares. Pero nada de eso fue suficiente para reparar la ausencia de un padre, esposo y vecino querido por los suyos. Ni para curar las marcas de la violencia organizada por el propio Estado.