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Enchaquirados: las mujeres trans que resisten en el mar de Ecuador
25 d’agost de 2025, per AuriEn tiempos de los indígenas huancavilcas, en la costa ecuatoriana, personas como Taylor Panchana eran figuras sagradas, vestidas con cuentas y conchas marinas. Se les conocía como enchaquirados. Entonces, no eran pescadores: su rol era espiritual, ritual, incluso sexual. La pesca llegó mucho después, cuando ser enchaquirado ya no era un privilegio sino una amenaza, y muchas optaron por ese oficio como una forma de encajar.
Hoy, Taylor camina por la orilla de Puerto Engabao con un conjunto gris ceñido al cuerpo y la blusa corta, que muestra su ombligo, dejando también al descubierto sus hombros y las tiras de su brasier rosa. La acompañan dos hombres: “Estos son Luis y Jordy”, dice. Ellos saludan con un leve movimiento de cabeza. Es una mañana gris y fría de junio.
El puerto de Engabao es el corazón desordenado de la comuna. Sin un muelle formal, cientos de lanchas de colores, con nombres de mujeres o santos y decoradas con escudos de equipos locales de fútbol, descansan en la arena. Los pescadores silban mientras recogen las redes entre olas que arrastran el olor a pescado.
Taylor Panchana es una mujer trans de 35 años. Tiene la piel tostada por el sol de la costa. Aunque en algún momento fueron varias decenas, hoy solo dos mujeres como ella pescan en Engabao. Taylor es la más joven —su compañera Sarabia tiene 50 años— y cada vez sale menos al mar: teme que esta tradición pueda morir con ella. “Soy la última enchaquirado que pesca”, dice.

Taylor Panchana, frente al mar de la playa de Engabao. Foto: Irina Dambrauskas El sonido del mar
Taylor, Luis y Jordy se acercan a “Agradesco a Dios” (sic), su bote, y se dan instrucciones a gritos —“¡más a la izquierda!”, “¡empuja fuerte!”—, mientras hacen que avance con la ayuda de dos troncos de balsa —a los que llaman polines— a modo de ruedas, hasta que llega al agua. Luis se despide y Jordy coloca el motor en la parte posterior del bote. Él va a conducirlo.
Ya a bordo, Taylor se quita la blusa gris y se coloca una camiseta blanca de cuello alto. Encima del pantalón, se pone un overol de lona azul oscuro, abrocha las tiras por delante, se acomoda una gorra negra en la cabeza y sonríe tímidamente. Le dice a Jordy que está lista y el bote arranca su marcha, abriéndose paso entre las olas.
Después de algunos minutos la lancha se detiene y empieza a mecerse suavemente con el movimiento del mar. Taylor pisa firme, con la experiencia de quien sabe que en cualquier momento todo puede volcarse. “Mejor acá, allá se zangolotea mucho”, nos ordena mientras desenreda la red.
Jordy la ayuda. Tironean con ritmo, las cuerdas ceden. Atan la piedra —pesada y húmeda— y la lanzan al agua. La red se sumerge y aparece una bandera negra que ondea en la calma. Hace un silencio breve, solo roto por el mar.
—Aquí hay camarones, langostinos y también cachema [una especie de pez] —dice Taylor, sin apartar la vista del mar—. ¿Quiere escuchar cómo ronca?
Saca un tubo de plástico. Un extremo se hunde en el agua, el otro roza su oreja. Por un segundo, el mundo se queda quieto. Su mano se tensa. Y entonces murmura:
—Escuchen…
Un murmullo profundo, el sonido del mar.

Durante su faena matutina, Taylor Panchana escucha los sonidos del mar a través de un tubo plástico sumergido. Es su manera de detectar la presencia de peces bajo el agua, una práctica aprendida con los años en la pesca artesanal. Foto: Irina Dambrauskas Una tradición que ya no se esconde
Engabao está a 15 minutos del cantón Playas, en la provincia costera de Guayas, Ecuador. Es una comuna pesquera de casas bajas y calles polvosas. Una comuna ancestral, reconocida por la Constitución de Ecuador por su derecho a la propiedad colectiva de la tierra y regida por autoridades propias elegidas en asamblea. Aquí viven cerca de 5000 personas, aunque pocas conocen con profundidad la historia de sus ancestros huancavilcas, una cultura precolombina que habitó el litoral del actual Ecuador, desde la isla Puná hasta el sur de la provincia del Guayas.
La pequeña comuna guarda símbolos de esa herencia. Uno de ellos es la estatua del cacique Tumbalá: el macho, el guerrero, el fuerte, que desafió al imperio inca hasta su muerte. Pero también hay otra historia: los enchaquirados.
Desde niños eran separados, adornados con accesorios hechos con cuentas (llamadas chaquiras) de conchas brillantes, como las del género Spondylus —lo que les dio el nombre que hoy los identifica— y criados fuera del binarismo sexual.
Según relatos de cronistas de la conquista como Pedro Cieza de León —que aún se repiten de forma oral entre algunos lugareños—, desde el 700 d.C. hasta la conquista inca (hacia 1470) y posteriormente durante la conquista española, los enchaquirados eran escogidos por los caciques —con Tumbalá a la cabeza— y se les otorgaba un lugar especial en la comunidad. Cieza de León (en Crónica del Perú de 1553) narra que en cada templo adoratorio había uno o dos hombres jóvenes que “han sido vestidos como mujeres desde que eran niños pequeños y hablan como tales; y en su trato, ropas y en todo lo demás, ellos imitan a las mujeres”. Cuenta que desde el momento en que nacieron habían sido colocados ahí por sus caciques “para utilizarlos en este maldito y horrendo (nefando) vicio, y para ser los sacerdotes y guardianes del templo”.
Algunos incluso fueron enterrados vivos junto a sus caciques al momento de su muerte.
Ya no los eligen los caciques, ellos se definen a sí mismos.

Pescadores recogen la pesca y acomodan las redes mientras anochece en la playa de Puerto Engabao. Foto: Irina Dambrauskas El término enchaquirado
Enchaquirado. Aunque hoy se nombra así, no es un concepto con el que Taylor creció. No está segura de cuándo lo escuchó por primera vez, quizás alrededor de 2019, de unas amigas de Playas.
Nada de esto se sabía fuera de la región hasta que el antropólogo Hugo Benavides publicó en 2006 su investigación La representación del pasado sexual de Guayaquil: historizando los enchaquirados. Taylor recuerda que el término cobró fuerza después de la pandemia, cuando el cineasta Iván Mora Manzano llegó a Engabao a grabar el documental La playa de los enchaquirados, que alborotó a la comuna.
“En el pueblo fue un boom. Ya no nos decían ‘allá va la trans’ o cualquier otra cosa, sino que nos decían ‘ahí va el enchaquirado’”, cuenta. Para entonces había pasado ya su proceso de hormonización y sus amigos y familia la llamaban Taylor —nombre que escogió por la actriz Elizabeth Taylor— y no por el nombre que le dieron sus padres, Antonio. “Afronté que la gente me viera como soy”, recuerda de ese momento en el que se reconoció como una mujer trans.
Hoy es Taylor también en su cédula de identidad. Desde 2016, una ley en Ecuador les reconoce el derecho a cambiar de nombre y de género en el Registro Civil, un paso simbólico y legal que muchas aprovecharon para afirmar su identidad, aunque la violencia y el prejuicio no han desaparecido por completo. En Ecuador, la esperanza de vida de las personas trans es de 35 años, la edad de Taylor. Según la Asociación Silueta X, en 2024 al menos 30 personas de la población LGBTIQ+ en el país fueron asesinadas, el 73.3 % de ellas fueron mujeres trans.

Taylor Panchana y Eliss Lindao. Foto: Irina Dambrauskas Taylor está acompañada por una amiga: Eliss Lindao, una mujer trans de 42 años. Eliss dice que en sus venas corre la “sangre de los enchaquirados”. Quizás por eso —piensa en voz alta— son tan “aguerridas”. Porque aunque hace cientos de años ser “diferente” como ellas era algo normal y hasta sagrado, luego los tiempos cambiaron. Cuando Eliss era joven no era bien visto. Les gritaban apodos homofóbicos, se burlaban de ellas y tenían que esconderse.
Eso explica por qué muchas de ellas escogieron la pesca como una suerte de albergue, pero también como coartada. Porque era un oficio de machos, que exige mucha fuerza física y habilidad. En tierra firme, el puerto se comporta como una manada: los hombres cargan redes, empujan botes, hacen fuerza con los brazos y también con las palabras. Se ríen fuerte, escupen, intercambian bromas, se reparten el espacio como si les perteneciera. Allí los enchaquirados podían encajar, demostrarles a sus familias —que las desaprobaban— que también podían ser como los otros hombres.
Aunque en realidad no lo eran. Por las noches se travestían, se maquillaban, se llenaban de accesorios y brillos —como sus ancestros— y organizaban reuniones secretas entre ellas, para beber, bailar, cantar y reír juntas. Les tocaba vivir una doble vida: una para sus familias y otra para ellas. “Era el éxito”, dice Eliss entre risas, recordando esos años de resistencia disfrazada de fiesta.
Pero al mar no lo engañaban. Aunque durante la faena desplegaban toda la fuerza de sus cuerpos viriles, muchas de ellas iban acompañadas de sus parejas. Pescadores que disfrutaban de la compañía de un enchaquirado, como hace tanto lo hizo el cacique Tumbalá.
Eliss solía pescar. Dejó de hacerlo hace varios años, cuando dejó de ocultarse. A diferencia de Taylor, Eliss no ha pasado por un proceso de hormonización ni lleva su nombre en su documento de identidad, pero considera que hoy vive libre. Por eso cuenta detalles de su pasado sin miedo, ríe al hablar de los hombres que han ido y venido, viaja a otras playas cercanas cuando quiere para ir a fiestas o simplemente cambiar de ambiente. No esconde su feminidad: usa aretes y en su cuello luce una cadena plateada con un dije que dice “sexy”.
En 2022, como parte del proyecto Guayas, pueblos de colores, impulsado por el gobierno provincial, se realizaron 16 murales en Engabao que buscaron rescatar la identidad de la comuna. Cuatro de ellos enfocados en el género y la diversidad. En uno de ellos, la protagonista es Eliss. En el mural, la ilustración de su rostro está acompañada de la palabra “existir”.
—Eliss, ¿qué es la libertad para ti?
—La libertad es ser yo.

Pescadores artesanales salen a pescar bien temprano desde la playa de Puerto Engabao. Foto: Irina Dambrauskas La faena continúa
Taylor le da indicaciones a Jordy: “Movámonos”. Jordy lleva el bote unos metros hacia el sur en paralelo a la costa donde lanza una nueva red. Después de unos 20 minutos de espera, Taylor y Jordy buscan la bandera negra y se acercan a ver qué pescaron. Hay unos pocos langostinos, que Taylor va sacando de la malla con mucho cuidado.
Luego aparece una cachema, que Jordy saca de la red. “¡Enséñele cómo ronca ese pescadito!”, le dice Taylor a Jordy, divertida. Es su pareja.
Jordy tiene 26 años y hace ocho conoció a Taylor. Se vieron por primera vez una noche en un bar, tomando unos tragos. Luego “pasó lo que tenía que pasar” —dice Jordy sonriendo mientras le lanza una mirada cómplice a Taylor— y cuenta que desde entonces empezaron a salir todas las semanas. A su familia al principio no le gustaba que estuviera con ella, pero luego dejaron de molestarlo. “A mí no me importa, yo soy feliz”, dice mientras el bote se mece con suavidad, como si el mar también aprobara.
Esa naturalidad con la que vive Taylor con su pareja no existía antes. Otras como ellas tuvieron que ocultar sus relaciones y su identidad por mucho tiempo, aunque hoy viven felices. Otros, en cambio, dejaron atrás su identidad y decidieron vivir como hombres.
Vicky Rodríguez tiene 60 años, la piel tostada por el sol y la voz aguda. También fue pescadora —empezó a los 15— pero hoy, debilitada por una diabetes heredada y cansada de ocultarse, tiene una tienda al pie del puerto donde vende sodas, galletas y snacks, entre otras cosas. Dejó de pescar hace apenas cinco años, aunque se siente como si hubiera sido en otra vida: aquella en la que la llamaban Hilario, el nombre que aún figura en su cédula.

Vicky Rodríguez mira por la ventana de su tienda en Puerto Engabao. Foto: Irina Dambrauskas Para Vicky, la pesca fue “un remanso de paz”, pero no porque le permitiera mostrarse tal cual es. En altamar, tenía que hacerse pasar por hombre. “En el trabajo me hago hombre, en la casa me hago mujer”, recuerda pensar entonces. La paz, más que libertad, era una pausa: la rutina física, el vínculo con el mar, el silencio. Un espacio donde, aunque disfrazada, podía resistir. Ese trabajo, aun con sus límites, le permitió sobrevivir cuando ser como ella —dice— “era peor que el SIDA”.
La dureza de esos tiempos no es solo una percepción de Vicky. Hasta 1998, ser homosexual era un delito en Ecuador. El artículo 516 del Código Penal ecuatoriano castigaba las relaciones entre personas del mismo sexo con hasta ocho años de cárcel. En la práctica, esto significó detenciones arbitrarias, torturas y abusos sistemáticos en comisarías, especialmente contra mujeres trans y personas afeminadas.
Vicky tiene las pruebas de una época dorada. Son fotografías de las fiestas clandestinas en las que brillaban con vestidos coloridos, maquillaje imponente y extensiones de cabello. Los collares los tomaba prestados de su hermana sin que se diera cuenta. Los trajes los cosía escondida “en los matorrales” para no alertar a nadie, ni a su propia familia. Los armaba con manteles o telas que cogía de su casa y les daba puntadas suaves, que luego deshacía, para devolver todo a su sitio como si no hubiera pasado nada.
En esos tiempos, las mujeres como ella tenían que vivirlo en secreto y a sabiendas de que el hombre con el que compartían su vida, tarde o temprano, las dejaría por una mujer “de verdad”, para formar una familia. Eso le pasó a ella.

Vicky Rodríguez, en su habitación. Foto: Irina Dambrauskas El mar lo ha visto todo
A lo lejos, la bandera negra vuelve a ondear: es hora de recoger la última red. La lancha se detiene junto a la bandera. Taylor y Jordy empiezan a tirar de la malla. Además de algunos langostinos, hay un pez globo atrapado en la red y Jordy intenta sacarlo para devolverlo al agua. Mientras lo hace, el pez se desinfla y todos reímos.
Vicky dice que a la pesca no va a volver porque ya no le queda fuerza, además, “ahora hay piratas”. Se refiere a los ladrones que, a bordo de lanchas, en altamar, roban a otras embarcaciones gasolina, motores, pesca, entre otras cosas.
Entre 2018 y 2023, se denunciaron más de 150 asaltos en Guayas y Manabí.
A esto se suma la precariedad laboral del sector: según el Instituto Nacional de Pesca, más del 60 % de la pesca artesanal en Ecuador no está regularizada, lo que deja a quienes la ejercen —especialmente mujeres trans— en vulnerabilidad económica y legal. Por eso, Vicky teme que ya no queden enchaquirados en el mar.
Taylor reconoce en las generaciones anteriores un camino forjado con coraje. En los enchaquirados de antes, un legado. En la pesca, una herencia viva. Por eso le preocupa no ver más chicas en el agua y que las nuevas generaciones hayan preferido otros oficios. “Ellas cuidan un poco más su imagen. Por eso prefieren dedicarse a trabajar en atuneras, empacadoras o en otro tipo de trabajo que no requiera tanta fuerza para ellas”. Pero Taylor, aunque tiene otras fuentes de ingresos, no deja de salir al mar cuando puede.

Taylor Panchana conversa con Vicky Rodríguez, apoyadas en la ventana de la tienda de Vicky, en Puerto Engabao. Foto: Irina Dambrauskas En otro de los murales en Engabao, como el de Eliss, aparece Taylor. Su rostro, pintado de azul, está acompañado de la palabra “resistir”.
”La resistencia nos la dieron nuestros genes. Porque antes en el pueblo, mis antecesoras, las mayores, ya demostraban resistencia ante su familia. Porque las discriminaban, incluso la gente las marginaba. ¿Por qué? Por ser diferentes”.
Ella, como todos en Engabao, aprendió la pesca artesanal desde que era adolescente. “Yo aprendí de mi padre. Mis hermanos también aprendieron de él, y capaz ellos sí van a enseñarle eso a sus hijos”, dice. “La gran diferencia es que yo no voy a tener hijos a quienes enseñarles, pero sí puedo enseñarle a otras personas”. Está dispuesta a pasar el oficio a las nuevas generaciones de enchaquirados. Porque cree en el legado de Engabao, en la fortaleza huancavilca y en el espíritu del cacique Tumbalá.
Los enchaquirados encontraron en el mar refugio y libertad. Para Taylor, seguir pescando es también resistir.
* Este texto es parte de una alianza periodística entre Mongabay Latam y Revista Late.
Imagen principal: entre redes de pesca amontonadas, Taylor Panchana posa en un depósito del puerto utilizado por los pescadores para guardar sus equipos. Foto: Irina Dambrauskas
Publicado originalmente en Mongabay
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Cosas que quiero compartir
25 d’agost de 2025, per Auri
(Fragmentos de una reflexión escrita por Giulia “Zuzu” Montini. enviada el mes pasado desde Marsella, Francia)
Nunca había pisado Sudamérica, no conocía a nadie allí. Mi español parecía el de una niña pequeña aprendiendo a hablar. Pero una amiga íntima que vive en la misma ciudad que yo, me había hablado con asombro de una organización venezolana: Cecosesola. Estaba asombrada por su forma de organizarse totalmente horizontal entre un gran número de personas. Así pues, mi interés por las formas no jerárquicas de organización colectiva me convenció para ir a Barquisimeto, al oeste del país.
Cecosesola es una realidad poliédrica que no busca la uniformidad ni la homogeneización para facilitar la unidad. Además, se define a sí misma como un proyecto en constante devenir. Por estas razones, Cecosesola es una realidad extremadamente compleja y resumir mi experiencia de descubrimiento de este universo no es tarea fácil.
Las personas que forman parte de Cecosesola no utilizan términos identitarios para definirse. No se autodenominan revolucionaries, aunque revolucionen radicalmente el sistema económico y las relaciones sociales. No se autodenominan anarquistas, aunque se organicen colectivamente prestando una atención constante a evitar los desequilibrios de poder y a crear una alternativa social al sistema estatal. No se autodenominan comunistas, aunque lleven a cabo cotidianamente un sistema de producción en el que los medios de producción pertenezcan íntegramente al colectivo de trabajadores/as.
Tampoco se autodenominan «contraries» a la autoridad del Estado, y este fue quizás el pensamiento más alejado de mi punto de partida, sobre el que reflexioné profundamente. Una frase muy repetida subraya su posición: Cecosesola quiere crear una alternativa funcional al modelo capitalista occidental, no luchar contra alguien o algo. Cecosesola no tiene una dirección predeterminada, su camino se construye en el hacer cotidiano y surge del encuentro de las personas que forman parte de ella. Esta reflexión desató ciertas conexiones que constituían mi postura política: partiendo de una crítica férrea al sistema capitalista, siempre pensé que las instituciones que lo amparan y reiteran sus normas eran el enemigo a combatir. Gran parte de mi energía y la de mis compañeres se ha dedicado a oponerse o denunciar las injusticias y la violencia que lleva a cabo el sistema vigente. No niego esta postura y pienso en la rabia y el sufrimiento que un mundo profundamente clasista, racista y patriarcal genera en la vida cotidiana de tantas personas. Sin embargo, me pregunto si podemos estar satisfeches con los resultados.
Tengo la impresión de que en los círculos antifascistas, feministas y antirracistas de donde vengo, el camino es inverso. El militante construye una identidad bien definida que parte sobre todo de lo que no se quiere ser: fascista, sexista, racista. Este trabajo de deconstrucción de las ideas preconcebidas, de reflexión sobre las dinámicas de poder y de crítica de la autoridad ha sido siempre para mí la base de toda aspiración a un mundo un poco mejor. Pero nunca me había dado cuenta de que ese punto de partida excluye a casi todos los que no están comprometidos con ese camino: los de derechas, los de izquierdas demasiado moderados, los ricos, los burgueses, los blancos que no se dan cuenta de sus privilegios, los machistas, los homófobos y transfóbicos, los racistas, la policía, las autoridades, etcétera. Me resulta difícil pensar en no excluir a ciertas personas y, al mismo tiempo, Cecosesola me demostró que cualquier persona puede cambiar a mejor, sea cual sea su punto de partida, si un grupo cohesionado y sólido está dispuesto a aceptarla. Afortunadamente, el respeto y la solidaridad, la cooperación y la confianza son contagiosos cuando se convierten en la norma del entorno que te rodea. Hay cosas que siguen sin explicación a mis ojos. Tantos funcionamientos específicos que mi pobre español no ha logrado captar. Y puede que ni siquiera sea una cuestión de idioma. Cecosesola es un experimento humano complejo y maravilloso, en absoluto infalible, pero convencido y decidido. En un mundo donde prevalecen el arribismo, la acumulación y el agobio, difundir la solidaridad y creer en una inteligencia colectiva me parece sumamente valioso.
No quiero que parezca fácil, cambiar uno mismo ya es una empresa, crear un mundo diferente me parece utópico. Pero sé que en Cecosesola la utopía se pone en práctica cada día y que me siento enormemente enriquecida por este encuentro. Cecosesola me ha demostrado que organizarse a gran escala sin jerarquías de poder no sólo es posible, sino que además crea mejores personas, dinámicas sociales más justas y entornos de vida y trabajo más saludables.
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Israel ataca de nuevo el hospital Nasser y asesina a quince personas, entre ellos a cuatro periodistas
25 d’agost de 2025, per AuriDestrozos en el hospital Nasser en uno de los bombardeos de Israel
El centro sanitario, en el sur de la Franja de Gaza, ha sido bombardeado, continuando así con la ofensiva del Gobierno de Netanyahu para hacerse con el control de la zona palestina.
Un nuevo ataque contra uno de los pocos centros sanitarios que operan como pueden en la Franja de Gaza ha dejado, al menos, quince muertos y decenas de heridos. Israel vuelve a matar así en el hospital Nasser, en la ciudad de Jan Yunis, al sur del territorio palestino de Gaza. Como ocurrió ya con el hospital Al-Shifa, donde fueron asesinados el periodista Anas Al-Sharif y a sus compañeros, Israel ha matado en el ataque también a cuatro periodistas que documentan la gravedad de la situación en Nasser.
Según las primeras informaciones facilitadas por el Ministerio de Sanidad gazatí, los asesinados junto a otros civiles, serían un camarógrafo de la agencia de noticias Reuters, Hossam Al Masri, y otro de la cadena catarí Al Jazeera, Mohamed Salama, además de la periodista independiente para medios locales e internacionales Mariam Abu Daqqa y Moaz Abu Taha, de la cadena estadounidense NBC. Reuters ha confirmado que Al Masri trabajaba para la agencia, al igual que el fotógrafo Hatem Khaled, que ha resultado herido.

Periodistas Esta misma fuente asegura que “el primer ataque tuvo como objetivo el cuarto piso del Complejo Médico Nasser, seguido de un segundo ataque a la llegada de las ambulancias para rescatar a los heridos y muertos”, lo que ha aumentado notoriamente las personas afectadas. Se trata de una maniobra ya repetida en múltiples ocasiones por el Ejército israelí para generar el mayor número de muertos y heridos en la población civil.
Nuevas víctimas por el hambre impuesto por Israel
Esta mañana también se ha reportado la muerte de ocho palestinos por desnutrición severa. Entre ellos, según Sanidad gazatí, estaría un niño. Estas muertes elevan a 289 el número total de víctimas por esta causa, entre ellos 115 niños, desde el inicio de la ofensiva bélica israelí en octubre de 2023. La mayoría de estas víctimas han muerto estos meses de verano ya que, pese a la entrada puntual de camiones o lanzamiento de comida, ha sido totalmente insuficiente para aliviar la hambruna a la que desde hace meses Israel somete a la población de Gaza.
Esta situación se da en medio de la estrategia de Netanyahu por hacerse con el control total de la Franja de Gaza. El plan de Netanyahu es claro: desplazar a toda la población del norte hacia el sur y poder así crear una “zona humanitaria” en la que recluir a los y las gazatíes, algo que las organizaciones internacionales ya han denunciado bajo el pretexto de que se tratará de un “campo de concentración” y no de una zona humanitaria.
Este material se comparte con la autorización de El Salto
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Actor Javier Bardem llama «nazis» a las Fuerzas de Defensa de Israel
23 d’agost de 2025, per AuriCiudad de México | Desinformémonos. Mediante redes sociales, el actor español Javier Bardem llamó «nazis» a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). «Esa misma lógica de terror y deshumanización es la que hoy aplican contra el pueblo palestino», afirmó Bardem.
El comentario surge tras la circulación de un video que muestra a un francotirador israelí abriendo fuego contra civiles palestinos en Gaza. Bardem hizo una comparación directa con Amon Göth, el oficial nazi conocido por su brutalidad en la Segunda Guerra Mundial.
Este pronunciamiento del actor llega en un momento de creciente tensión en Gaza, donde Israel ha intensificado sus operaciones militares. Las autoridades israelíes solicitaron la evacuación de médicos y organizaciones humanitarias en la ciudad. El Ministerio de Salud de Gaza rechazó la petición, y dijo que la medida dejaría a millones sin acceso a servicios médicos esenciales.
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Embajadora de Palestina en México agradece el antimonumento y el apoyo del pueblo mexicano
23 d’agost de 2025, per AuriFoto: Gerardo Magallón
Ciudad de México | Desinformémonos. La embajadora de Palestina en México, Nadya Rasheed, consideró, luego de la instalación del Antimonumento por Palestina en la Ciudad de México, que «en medio de tanto dolor, es un gran consuelo estar en un país donde sabemos que no estamos solos, donde encontramos cada día un pueblo noble cuya solidaridad es auténtica».
A través de un video enviado a Desinformémonos, Rasheed afirmó que el pueblo mexicano actúa no mediante palabras, si no con acciones vivas. «Este monumento le recuerda al mundo y al pueblo palestino que Palestina no está olvidada», comentó.
Por su parte, Roboán Rodriguez Carrera, del Comité Ejecutivo de la Alianza Latinoamericana por Palestina Contra el Apartheid, afirmó que lo que ocurre en Palestina se trata de la «intención y ejecución de la desaparición de un pueblo». Rodriguez Carrera comentó que el genocidio en Gaza muestra la indiferencia y desinterés en la que ha caído la humanidad.
Colectivos del país vasco expresaron su apoyo a las organizaciones mexicanas que defienden el antimonumento «Puerta de la resistencia y la vida en el corazón de la Ciudad de México». «Ese antimonumento se quedará, ningún gobierno lo hará caer», declararon en su mensaje de solidaridad.
Los colectivos que se han dedicado a cuidar y hacer guardia del antimonumento hacen un llamado a reforzar las guardias y firmar la petición para conservar el antimonumento. Invitan a organizaciones a realizar actividades para poder acoger el espacio y demostrar solidaridad con Palestina.