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STOP macroeólicas Sur de Cantabria inicia el “Proyecto AMorosos” con una marcha en defensa de los hayedos de Valdeprado del Río
31 de març, per adiospgou31/03/2026Etiquetas:STOP macroeólicas Sur de Cantabria inicia el “Proyecto AMorosos” con una marcha en defensa de los hayedos de Valdeprado del Río
La plataforma STOP macroeólicas Sur de Cantabria ha puesto en marcha el denominado “Proyecto AMorosos” con una marcha celebrada este domingo en defensa de los hayedos del sur de Cantabria, en el entorno de Sotillo (Valdeprado del Río), una de las zonas afectadas por el proyecto eólico Morosos.
Bajo el lema “Amadrina un haya”, cerca de medio centenar de personas participaron en el recorrido por el hayedo, a pesar de unas condiciones meteorológicas adversas. La marcha discurrió por zonas donde está prevista la implantación de infraestructuras vinculadas al polígono eólico, lo que permitió a las personas asistentes conocer sobre el terreno el alcance del proyecto.
La jornada incluyó un acto simbólico de amadrinamiento de hayas, en el que los árboles fueron señalizados como gesto de protección colectiva y se entregaron diplomas acreditativos a las personas participantes. La convocatoria concluyó con una comida popular en la localidad de Hormiguera, donde se reunieron más de 75 personas.
Desde la plataforma subrayan que el proyecto eólico Morosos cuenta con la oposición del Concejo de Sotillo–San Vitores, propietario de los montes afectados, y critican que la tramitación administrativa haya continuado «sin que se haya notificado adecuadamente a los propietarios ni atendido sus alegaciones».
En este sentido, denuncian posibles irregularidades en el desarrollo del proyecto, señalando que «se estaría tramitando de forma fragmentada para evitar controles más exhaustivos», lo que, a su juicio, «facilitaría su aprobación administrativa».

«No vamos a tolerar que se ignore a quienes vivimos y cuidamos este territorio», señalan desde la plataforma. «Este proyecto representa una forma de intervenir el territorio que nos deja fuera y que prioriza intereses ajenos a la vida de los pueblos».
Frente a ello, el Proyecto AMorosos se presenta como una iniciativa de carácter social y simbólico que busca reforzar el vínculo con el territorio y visibilizar el rechazo a este tipo de intervenciones. «Hemos lanzado el Proyecto AMorosos como una iniciativa de defensa de la naturaleza frente a la instalación de aerogeneradores en nuestros montes. Hoy queremos decir que estamos aquí, que no somos los de siempre, que los campurrianos defendemos nuestra tierra y que no aceptamos ser un territorio de sacrificio en beneficio de unos pocos», afirman.

El acto se cerró con unas palabras de agradecimiento y el compromiso de continuar con esta iniciativa. «El Proyecto AMorosos no ha hecho más que empezar», señalaron desde la organización, que se mostró satisfecha por la respuesta alcanzada.
Nota de prensa_ STOP macroeólicas Sur de Cantabria. Sotillo (Valdeprado del Río), lunes 30 marzo de 2026.
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Comunicado sobre los últimos sucesos en torno al centro de acogida de Castro Urdiales
31 de març, per adiospgou31/03/2026Etiquetas:Con el texto siguiente, Pasaje Seguro, Castro x la Igualdad y Las Calles Contra el Fascismo, queremos informar del comportamiento agresivo de diferentes grupos de ultraderecha, en Castro Urdiales y en Santander, tratando de criminalizar y agredir a los niños migrantes que están siendo acogidos en Cantabria. También denunciamos sus intentos de presentarse como víctimas ante la contestación esperanzadora que se ha producido contra sus prácticas agresivas y difamatorias. Queremos por último manifestar nuestro firme compromiso de oponernos a las prácticas fascistas, xenófobas y racistas que pretendan amenazar y criminalizar a cualquier persona migrante por el hecho de serlo. Por eso saludamos y acompañamos la ejemplar respuesta ciudadana que se viene produciendo en los últimos meses en Cantabria en favor de la acogida y contra las políticas y discursos de odio.
El pasado jueves 12 de marzo se produjo una concentración a las puertas de la Delegación del Gobierno en Santander, convocada por “pacíficos” y “apolíticos” vecinos de municipios con centros de acogida a menores migrantes, que consideran un riesgo para la seguridad de sus calles la presencia de estos niños. Sin embargo, esta concentración estuvo protagonizada por la portavoz de Vox en la Asamblea de la Comunidad de Madrid, Isabel Pérez Moñino que acusó, megáfono en mano, a los niños que están en los centros de acogida de violentos y violadores, lo mismo que viene haciendo en Madrid.
Además de la portavoz de Vox, se dieron cita en la concentración destacados miembros de organizaciones racistas y neonazis como son la asociación Alfonso I y Núcleo Nacional. Uno de los dirigentes de Alfonso I, declaró ante los medios que los que estábamos al otro lado de la calle éramos “chusma”, “basura” y “escoria” y que había que echarnos de España antes incluso que a los niños migrantes. Todos estaban detrás de pancartas que llamaban a la remigración, término puesto en circulación por la extrema derecha neonazi alemana que pretende deportar a la gran mayoría de las personas migrantes, sin papeles o con papeles, residentes en Europa, posición a la que Vox ya se ha adherido en varias ocasiones. Además, los integrantes de Núcleo Nacional se saltaron el cordón policial para intentar intimidar e incluso agredir a quienes protestaban al otro lado de la carretera. Durante toda la tarde se les pudo ver planificando cuándo presionar para que la concentración se acercase hacia las personas que se mostraban en contra de sus ideas racistas y violentas, y cuándo replegarse e irse a las filas de atrás, dirigiendo a sus manifestantes a su antojo.
Con tales compañeros, cuesta creer a los “pacíficos” vecinos de Castro, cuando hablan, de “amenazantes encapuchados” refiriéndose a manifestantes antifascistas que han puesto el cuerpo para evitar la ocupación agresiva y violenta del espacio público por parte de grupos racistas y violentos como Revuelta, Vanguardia Juvenil, juventud combativa, Frente obrero… No hablamos solo de Vox, Alfonso I y Núcleo Nacional. Las cuentas voz joven y Patrullas Castro surgen al calor de grupos como estos. Respecto a “los encapuchados” no son más que gente que, aun con miedo a las represalias y señalamientos, tal y como ha sucedido en varios vídeos subidos en redes sociales con el perfil Voz Joven, deciden posicionarse y plantar cara a su odio y racismo. Nadie tiene derecho a recriminar a quien se protege cuando se enfrenta a fascistas y nazis, menos aún si los que los señalan precisamente compadrean con ellos.
Cuesta más entender que estos “pacíficos” vecinos se presenten como posibles víctimas cuando dan aliento y se unen a los mencionados grupos escuadristas y neonazis que amenazan y agreden, no solo en sus redes sociales, y que lanzan campañas precisamente a través de esos canales de comunicación para ir a Santander a corear a la representante de Vox y acudir a Castro a enfrentarse con niños migrantes acogidos, la amenaza de la cristiandad ya se sabe. Hablamos de grupos racistas agresivos, llenos de odio, tal y como cualquiera puede ver en sus perfiles en redes sociales.

Desde el principio, los perfiles en Instagram de Voz Joven y Patrullas Castro han difundido bulos sobre Castro x la Igualdad y sus movilizaciones pro derechos de la infancia migrante, usando el argumento de que las protestas antirracistas estaban llenas de gente de fuera de Castro. Nos parece un tanto curioso que utilicen esta baza (no vemos nada negativo en que gente de otras partes acuda en solidaridad con vecinos de Castro para protestar contra el racismo) cuando en sus movilizaciones, muy minoritarias como pudo verse en Santander el mencionado 12 de marzo, podemos encontrar tantas siglas distintas de grupos que, con sus particularidades, son de extrema derecha. Si restamos a sus integrantes, ¿quién queda de ese vecindario inocente y preocupado por la “seguridad” en Castro?
La verdadera naturaleza de esos grupos y de ese vecindario inocente quedó también de manifiesto el sábado 14 de marzo, cuando varias decenas de personas formando una turba enfurecida acudió al hogar de acogida de los menores alertados por las sirenas de la policía y por vídeos en redes sociales que hablaban de agresiones y destrozos que realmente no se habían producido, pero la mentira ahí queda. Qué tremendo y peligroso es que, ante una alerta, lo primero que se les ocurre a unos “pacíficos” vecinos sea intentar un linchamiento.
¿Qué menor español en situación de acogida se comportaría de manera socialmente aceptada ante unas vivencias similares a las de estos menores migrantes? Cuando defendemos casas de acogida no exigimos que las personas tengan un comportamiento supuestamente ejemplar que nadie tiene. Somos conscientes de que la precariedad de los centros privados no ayuda a que las cosas sean fáciles. Pero hay unas minorías que están mirando con lupa a estos chavales para confirmar su sesgo racista y de odio a la mínima que llegan, usando toda su capacidad mediática, como está ocurriendo con la cobertura de “En boca de todos”, programa sensacionalista de Cuatro, o la influencia de empresarios youtubers para alarmar a la sociedad y criminalizar a las personas migrantes.
Las fugas en los hogares de acogida, tanto de niños españoles como extranjeros son algo habitual y estudiado. Por eso tienen un protocolo que, entre otras cosas activa a la policía, igual que si se hubiera escapado de casa el hijo de cualquiera de nosotros. Las razones tanto para las fugas como para saltarse normas son tan múltiples y tan vinculadas a la adolescencia, que cualquiera de nosotros podría verse reflejado en alguna. Pero lo que solamente pueden sentir niños como los acogidos en Castro es la sensación de que hay gente que les odia y les teme y no saben por qué. ¿Quién puede sentirse acogido cuando una turba acecha su hogar? ¿Cómo permanecer impasible ante los mensajes de odio racista que se vierten en esas “pacíficas” protestas? Además, es importante aclarar que no se produjo ninguna fuga, ya que la casa de acogida de Castro es de régimen abierto y algún chaval se saltó la hora de llegada y algún otro salió sin permiso. A partir de ahí se genera el intento a toda costa por parte de la extrema derecha de generar un brote de odio acompañado de agresiones.
Creemos que esta descripción se acompaña más con la realidad de los hechos y que estos hechos confirman la responsabilidad de la extrema derecha en intentar generar un conflicto social basado en el racismo, la xenofobia y la desigualdad. Conflicto que el PP abona al asumir como propio el discurso de odio y mentiras de la ultraderecha, al aceptar la falsedad de vincular migración con delincuencia, al negarse a regularizar a nuestros vecinos y vecinas migrantes que llevan años viviendo sin papeles y trabajando en negro, al dificultar por todos los medios la acogida de los niños varados en Canarias. Pero que nadie se equivoque, ni la ultraderecha, ni mucho menos el PP, están en contra de la migración; quieren que haya migrantes sin papeles, migrantes escondidos, sin familia. Buenos para trabajar sin derechos ni papeles, buenos para ser expulsados sin ruido a poco que vengan mal dadas. Quieren siervos y por eso criminalizan y agreden a las personas migrantes que afortunadamente se hacen visibles.
Desde nuestras organizaciones llamamos a toda la ciudadanía a no dejarse atraer por llamadas al odio y a la desigualdad, por discursos que criminalizan a las personas según donde hayan nacido o la religión que profesen. Acoger a niños y niñas no debería ser motivo de debate, y si aceptamos la mentira y el odio en esto ¿en qué nos convertimos? No somos una sociedad tan racista, somos hijos de la migración y de la solidaridad entre las gentes que fueron a buscarse el pan fuera de este país, no lo vamos a olvidar. Somos una única familia humana, pese a quien pese, y queremos acoger. Porque nadie es más que nadie, porque ningún ser humano es ilegal.
¡INFANCIAS MIGRANTES BIENVENIDAS!
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Deconstruyendo la frustración
29 de març, per Nadia29/03/2026Fuente:Etiquetas:No solo debemos adquirir nuevas habilidades, tanto técnicas como relacionales, también tenemos que saber gestionar las emociones que implican el desarrollo de la militancia. Una de esas emociones es la frustración.
Cuando la frustración aparece, puede hacerlo de forma silenciosa, tímida, o abrupta, pero en todas sus acepciones deberíamos saber comprenderla, acogerla y, al final, entender sus límites y razones. Tener la claridad para discernir si esta viene reforzada por la militancia o parte desde nuestras situaciones/momentos personales. Diseccionar qué parte es colectiva y, por tanto, socializable para ser superada y qué parte tenemos que gestionar de forma personal no es asunto sencillo. Claro, no existe el yo aislado, pero todo tiene sus limites. Todo esto, esta tarea llevada a cabo sin proyectar esa frustración, escupiéndola hacia las demás compañeras con las cuales compartimos espacios.
Sin duda, juntas somos más fuertes, resistimos y crecemos. Pero también podemos estar lanzando una losa de responsabilidad sobre el espacio colectivo que nos pertenece, ante la incapacidad personal, de falta de madurez o incluso como mecanismo de control inconsciente. Arrastrando a las demás hacia un ambiente de negatividad, de «cuidar» en el mejor de los casos y un bloqueo colectivo en el peor de los casos.
Cuando llenamos las reuniones de palabras de agobio, frustración, etc. podemos conseguir varios resultados: que el resto entre en dudas de si no están haciendo suficiente porque no están así, no lo perciben así y temen cuestionar a quien así lo siente. O tal vez, se activa de forma directa la culpa (muy en boga en sociedades con cultura judeocristiana). ¿Debería agobiarme/frustrarme igual? Si no lo estoy, y voy haciendo con paciencia ¿será que no estoy haciendo lo suficiente? Se ve claramente lo peligroso de seguir esa ruta de pensamientos, ¿verdad?.
Confundir el espacio colectivo como una suerte de espacio seudoterapéutico puede conducir a muchos malos entendidos. Haciendo que el espacio en el que estamos prime lo relacional y, por tanto, unas jerarquías invisibles de quien puede acumular «capital social», quien sabe cuidar esas relaciones y fomentar su estatus en el grupo, etc. Que sin duda tiene su peso y su valor intrínseco, pero no debería ser el foco principal del grupo si los objetivos marcados son otros, pudiendo quedar en un segundo plano la organización y consecución de los objetivos marcados de forma colectiva. Quizás no de forma explicita, pero la realidad si que se percibe así.
Claro, no se trata de vivir como si no hubiese problemas, ni cuestiones a mejorar. El caso es que, colectivizando el agobio y la frustración podemos conseguir llevar al resto de personas hacia allí. Pero también podemos superarla de forma colectiva. Es importante la forma de comunicarlo, de gestionarlo, tanto desde el punto de vista individual como colectivo, tiene un peso que no podemos despreciar ni obviar.
Aprender a gestionar ciertas situaciones es aprender a aceptar su tamaño y sus límites. Aceptar, también, las equivocaciones, los errores y medir bien los límites de estos. Hacer apuestas por algo que al final no sale como esperabas y aceptarlo para aprender y saber «dejarlo ir». Si no se aprueba lo que habías propuesto, relativizar la importancia y no quedarnos encalladas en cada detalle, cada coma, cada paso. Empezar por negar que, tal vez, aquello no tenga tanto peso a medio y largo plazo; que no sera lo que marque la diferencia, confiando en que quizás las demás tengan razón y nosotras no. Y avanzar.
Derrotar al derrotismo
La cultura de la derrota, no solo del «no future», nos ha arrastrado y ha sido bien recuperado por el sistema cultural y económico dominante. Hasta qué punto nos puede atravesar, que incluso se puede confundir con una falsa ilusión «de hacer algo», a pesar de carecer de toda estrategia, con algo opuesto al derrotismo. Pero es que se puede convertir en una quimera que acabe explotando en mil tipos de derrotismos que en algún punto nos va hacer llegar a la parada de la frustración. Y de ahí cuesta salir.
La calma
En una dictadura de la inmediatez debemos, tal vez, reivindicar la calma y el sosiego. Forma parte de la resistencia a la cultura dominante; a la hora de tomar decisiones, de interpelar y responder. Y esto no se debe confundir con paralizarlo todo o matar la eficiencia que se espera de una respuesta colectiva y revolucionaria. La vida no se para. Nunca dejamos de ser algo así como: «multitarea» (queramos, o no). Aunque sea un término tan de moda en algunos ambientes productivistas, nunca dejamos de ser hermana, amiga, madre, hija, trabajamos/estudiamos o somos parte de varios espacios colectivos. Nos asignamos y nos asignan tareas en esas multifacetas.
La rapidez y la urgencia pueden ser impuestas por las circunstancias, las compañeras o autoimpuestas. Pero trasladar lo que pensamos urgentísimo sin pararse a ver si estamos pasando la pelota de nuestro estrés (que no hemos sabido gestionar, no puede ser más que un ataque a la línea de flotación de la serenidad colectiva.
Estos ritmos de «productividad» insana no pueden ser trasladados a los espacios de militancia.
Por supuesto, a veces hay temas urgentes, pero cuando «todo» es urgente, carece de sentido y es ineficiente y diría más: acaba siendo insano y desembocando, de nuevo, en frustración. Es señal de que algo no anda bien. Y tenemos que tener claro que la responsabilidad y el compromiso con la revolución es para siempre. Y correr nos puede hacer tropezar en cada piedra.
Recuperar la ilusión
Debemos recuperar la ilusión sin caer en el «todo irá bien». Podemos aceptar la frustración y modular la autoexigencia. Saber reconocer nuestros límites, tanto personales como colectivos, así como de las circunstancias; sin que eso se vuelva una excusa fácil, una cuartada para no asumir las responsabilidades, un parapeto para justificar nuestra falta de palabra y afecto por lo colectivo.
Pero sobre todas las cosas tenemos que sentir cierta ilusión, reconociendo y valorando el camino andado.
¿Es complicado tener ilusión en un camino lleno de reuniones, en una formación densa, aprender o tener un debate/encuentro? Sí, tal vez. O podemos plantearnos cómo lo vivimos, o cómo nos lo construimos. Haciéndonos más agradable y amable ese camino, sin volcar todas esas frustraciones. Sin vivir en el conflicto de grupo permanente. Pero es que, en el fondo, también es extraño estar siempre estresadas, preocupadas, con el ceño fruncido. Construir todos esos momentos, esos pasos, y que estén cargados de cierta ilusión (una vez aceptamos que no saldrá como pensábamos, asumiendo que puede haber algunas microfrustraciones por el camino) tiene cierto punto liberador.
Los límites
Es necesario tener clara la profundidad de este juego de luces y sombras. La aceptación de las sombras, de la frustración, la negación, etc. tiene que servir para que resalten la luz, la ilusión y la energía para avanzar. De no ser así, tenemos que replantearnos el camino con urgencia.
Los espacios en los que militamos deberían de tener unos límites claros.
Para hacerlo sencillo, aunque sea simplificar, ahí van unos ejemplos:
¿Es un espacio creado al rededor de una campaña? Tiene sus limites y objetivos concretos, no tiene sentido alargarlos más allá. Puede tener un principio y un final, un cierre (otra cosa es que luego se reconfiguren en otros espacios).
¿Se trata de una organización política/sindical? Tenemos que saber asumir que es un camino largo y que va a fluctuar los niveles de implicación, preparación, etc. (fluctuará y saber adaptarse a cada momento es una tarea primordial).
Y al igual que en lo colectivo, en lo individual, los ritmos son diferentes. Nuestras vidas son diferentes. Con 20 que con 60 años, reconocernos esas necesidades y tempos diversos (en las otras y en nosotras) es una mirada imprescindible. No como un deseo que queramos alcanzar, sino como una realidad material que hay que incorporar en nuestros análisis para afilar más nuestra intervención, cuidarnos y ser eficientes.
Al igual que las campañas, las organizaciones y las relaciones, la ilusión también se debe construir y apuntalar. Como revolucionarias tenemos que tener la ilusión y la certeza de que, lo que hacemos, tiene una gran potencialidad. Que podemos reconocer los avances, igual que los retrocesos, sabiendo medir la dimensión en la totalidad, de unos y otros.
Los cuidados
Cuando hablamos de los limites también toca hablar de los cuidados entendidos con un enfoque perverso de «¿que hay de lo mio?» (nunca expresado de esa manera, por supuesto). Los cuidados o son con perspectiva colectiva, es decir, pensando en el bien del conjunto, o se convierten en una salida más para las bajas pasiones individuales a las que nos lleva siempre el neoliberalismo. Y esto se ha visto utilizado, tanto para ese objetivo, como para victimizarse y manipular al conjunto a través del chantaje y el uso del «dolor» como factor incapacitante para el debate político maduro y honesto. Secuestrando todo el proceso de disputa sano, encerrándolo en los vericuetos de las «formas», que muchas veces se jerarquizan, habiendo quien puede perderlas y quien no, escudándose en ese «dolor». Como aviso, tal vez, cuando se escuchan demasiados «es que yo…», deberían de saltarnos las alarmas. Los cuidados, sí, pero con el espacio colectivo al centro, la supervivencia y siempre primero el «nosotras», frente al «yo».
Conclusión
Ser capaces de imaginar otro mundo en un mañana cercano, sin dejarse avasallar por la complejidad de todo lo que nos rodea. Porque la historia así lo demuestra. Hay cambios, ha habido cambios, y los habrá.
Ser protagonistas, como sociedad revolucionaria en construcción, depende del apuntalar y construir esa ilusión, y derrotar la derrota, la frustración. En definitiva, avanzar y construir desde donde estamos pisando.
A pesar que la frustración, que siempre va a estar ahí, es necesario plantearse la deconstrucción de la misma en nuestro camino. Porque nos va la vida y la lucha en ello. Y la una sin la otra, carecen de sentido.
Obviar estos temas, al igual que la formación y los debates mas teóricos, nos aboca, creemos, a repetir costumbres sin ser críticas con estas. Y al mismo tiempo demostrar que tenemos un privilegio de enrocarnos en ciertos temas, sin casi construir, porque primero hay que tener «x» elemento perfecto. Y con lo que tenemos en frente no nos podemos permitir esto. Demasiadas vidas, presentes y futuras, en juego.
O. Neto
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Franquismo y posfranquismo
29 de març, per Nadia29/03/2026Etiquetas:En estos tiempos críticos, un fantasma asedia a la monarquía constitucional española: el fantasma del franquismo. En el campo de la reacción, cada vez son más las voces que lo reivindican, comprenden o justifican, y su progresión electoral es innegable. Los sectores populares desclasados, al no sentirse amparados por el sistema de partidos, han dejado de creer en los valores liberales y se decantan por el autoritarismo a cara descubierta. El franquismo, en vías de rehabilitación, tiene el viento a favor y vuelve a levantar cabeza sin complejos. ¿Culpa del mal perder de la derecha, que vuelve la mirada a un pasado más confortable para ella? Explicación simplista si cabe, puesto que quien representa políticamente a la dominación no es solo la “derecha”, ni la nostalgia de los orígenes es su principal motivación. Más bien decepción de la clientela votante ante la ineptitud e inoperancia del progresismo de izquierdas o de derechas y pérdida de credibilidad del parlamentarismo. Lo entenderemos mejor si partimos del hecho de que el franquismo nunca fue derrotado. Al contrario, el régimen del 78 “que tanto costó” no fue producto de una victoria, sino de una reforma pactada y llevada a cabo gracias a la mismísima legislación franquista. Se puede decir que fue más hijo del franquismo que del antifranquismo. Hubo continuidad estructural y permanente conexión jurídico-administrativa. Desde el principio, el franquismo estuvo ahí, disimulado en el sistema llamado “democracia” por sus beneficiarios, hasta que la descomposición política y social lo ha sacado del baúl de los recuerdos y lo ha vuelto a poner en la partida, bien como espantajo electoral izquierdista (¡Que viene el lobo!), o bien como estandarte patriotero extemporáneo (¡Arriba España!). ¿Realmente va de democracia? ¿se trata de franquismo sociológico? No, simplemente de capitalismo. Los intereses económicos, las crisis no resueltas y la geopolítica apuntan en dirección al cambio de escenario, esta vez para representar una farsa.
La ley del punto final de 1977 amnistió al franquismo en su totalidad y obvió todo reconocimiento y toda reparación moral a sus víctimas. Ningún partido se preocupó por ellas. El pacto de silencio imposibilitó políticas de memoria oficiales: la primera exhumación de una fosa de fusilados (en el Bierzo) fue cosa de una iniciativa privada en el 2000, más de veinte años después. En el mismo año 77, los Pactos de la Moncloa pusieron fin al movimiento obrero autónomo. Dirigidos y neutralizados por los sindicatos, los obreros nunca volverían a ser una amenaza seria. Eso sí, la simbología democrática se fue imponiendo. A pesar de que todo el aparato político, mediático, judicial, policial, militar y eclesiástico de la dictadura quedó intacto, apenas han quedado restos simbólicos franquistas: el nombre de una calle, alguna placa conmemorativa, un monumento que atrae poco la atención, el Valle de Los Caídos sin la tumba de Franco... Las más de doscientas normas de la dictadura que se han conservado no contradicen el marco constitucional salvo la ley de Secretos Oficiales, que vuelve oscuras las altas instancias estatales, o la Ley del Suelo, constantemente ampliada en el sentido más especulativo. Asimismo, dudoso es el Concordato con el Vaticano, aunque haya sido retocado, o el delito de Secesión establecido en el Código Penal, derogado muy tarde, en 2023.
Lo más preocupante ha sido siempre la propia Constitución, aprobada por diputados mayoritariamente burgueses o de clase media alta, tanto progresistas como conservadores, cuya ambigüedad favorecía desarrollos autoritarios muy evidentes. Su carácter retrógrado y su obsesión por el orden quedaba manifiesto en las leyes de seguridad ciudadana, especialmente la ley “de la patada en la puerta” y la ley “mordaza”; en la introducción subrepticia del Derecho Penal del Enemigo (p.e., la normativa antiterrorista): en la ley de los estados de alarma, de excepción y de sitio, en el régimen carcelario FIES; en la ausencia notoria de una ley de huelga, derecho regulado por un restrictivo decreto preconstitucional (proscripción de piquetes, servicios mínimos abusivos...); en la prohibición de pegar carteles y realizar pintadas, en la práctica imposibilidad de llevar adelante una iniciativa legislativa popular, etc. El “déficit democrático” al que aluden muy post festum algunos críticos benevolentes, resultado de la “reconciliación” entre los franquistas y la oposición, se completó con una cesión de soberanía económica sin precedentes en la dictadura, puesta de relieve con el acatamiento absoluto de las exigencias formuladas por las finanzas internacionales. La excusa fue la integración a la Comunidad Económica Europea. En fin, si alguna vez hubo democracia, en el sentido liberal y parlamentario, es decir, burgués, fue una democracia vaciada, postiza y fraudulenta, tal como comprobaremos al abordar con veracidad la nada edificante Transición consensuada.
El periodo del tránsito de la dictadura a la democracia espuria fue llamado “Transición”, aunque quedaría mejor retratado si lo llamáramos posfranquismo. Fue todo menos ejemplar. Un modelo ibérico de impunidad para genocidas, un ejemplo de amnesia voluntaria culpable, un caso histórico de complicidad protagonizado por equipos cooptados según criterios empresariales y financiados por gobiernos y fondos extranjeros. El resultado final fue un régimen ligeramente reformado por una oligarquía de partidos profesionalizados, que tuvo buen cuidado en confeccionar un relato edulcorado y mirífico de su advenimiento, bautizado por el periodista Guillem Martínez como “CT. Cultura de la Transición”. La serie documental de Victoria Prego sería el ejemplo más fariseo de dicha cultura, nunca superado por los editorialistas, tertulianos y presentadores televisivos. Si la Transición no fue ejemplar, tampoco fue pacífica, pues no contó con la unanimidad de una población pasiva, satisfecha y supuestamente complaciente, sino con una resistencia tenaz que hubo de acallar duramente empleando a fondo a las fuerzas del orden, todavía franquistas. En sus siete años, entre 1975 (muerte de Franco) y 1982 (adhesión a la OTAN), se produjeron más de tres mil hechos violentos que ocasionaron 714 muertos, cifra semejante a la que ocasionaron los “años de plomo” en la Italia de los atentados. Democrático no califica correctamente al régimen nacido en la Transición. Mejor llamarlo “partidocracia”, un sistema político autoritario con apariencias democráticas pero sin separación de poderes, en el que las altas jerarquías de los partidos, meras maquinarias gestoras y electorales, se abrogan la representación de la voluntad popular a todos los niveles.
La década de los ochenta fue la de la “Transición económica”, el paso de un capitalismo nacional a un capitalismo bancarizado y globalizado, que propició el bienestar consumista a las clases medias asalariadas, amplió el número de funcionarios, anuló al proletariado industrial y dio estabilidad a la partidocracia. La especulación inmobiliaria, el turismo, la exportación agrícola y el endeudamiento se convirtieron en los motores privados de la economía, mientras el Estado privatizaba el patrimonio público y apostaba por el transporte elitista (la alta velocidad), es decir, socializaba las pérdidas de las opciones ruinosas que “los mercados” exigían. El fin de la Guerra Fría (Cumbre de Malta, 1989) dio rienda suelta al neoliberalismo, la nueva ideología a seguir por los gestores de la dominación. El Tratado de Maastrich de 1992 confirmó la integración del estado español en el área económica mundial, la “modernización” de los dirigentes, es decir, el sometimiento a los poderes financieros representados por el Banco Central Europeo de la decisión en todo tipo de materias, fuesen políticas, jurídicas, sanitarias o simplemente laborales. Lo que los obreristas del régimen llamaron “estado del bienestar” (las concesiones sociales y laborales anteriores a la globalización) empezó a desmantelarse. El nuevo modelo mercantilista precarizó tanto a trabajadores, empleados y autónomos, como perjudicó a campesinos, jubilados y profesionales. Mientras, el poder se fue concentrando allí donde fluía el trabajo, en las metrópolis, y la población afectada, relegada en las periferias. Cuando estalló la burbuja financiera de 2008 que llevó a la quiebra bancaria (y al posterior rescate de bancos y cajas), el desencanto de la población suburbana empobrecida empezó a repercutir en la esfera política: el movimiento de la ocupación de plazas del 15 de Mayo de 2011 denunció a la partidocracia bipartidista como un régimen de corruptos y exigió una “democracia real.” Se trataba de una polarización relativa, moral, limitada al cuestionamiento de la representación política. La maltratada e indignada clase media pedía pacíficamente ser rescatada por el Estado igual que este lo había sido por la Unión Europea. Quería, si no mantener su anterior status económico, al menos no quedar fuera del reparto de ayudas, por lo que en primera instancia apoyó a los partidos populistas recién creados (Ciudadanos, Podemos, Els Comuns, las Mareas...) que, con aires regeracionistas y hablando en nombre de la “ciudadanía”, se disponían al “asalto de las instituciones”, es decir, a reformar el sistema posfranquista desde dentro.
Excusamos extendernos en las ridículas peripecias que ocasionaron el rápido declive de los nuevos partidos ciudadanistas, pero su patente impotencia en cambiar mínimamente el curso de los acontecimientos y su alegre integración en el sistema que criticaban, contribuyó al retorno del desacreditado bipartidismo imperfecto que caracterizó siempre a la partidocracia, o sea, despolitización, espectáculo, cuentas opacas y mordidas incluidas. Cometían voluntariamente el error de separar Capital y Estado, cuya fusión es el rasgo fundamental del siglo, la clave del desarrollo mercantil y de la dominación. En consecuencia, al ponerse bajo la tutela de las instituciones, se colocaban -y colocaban el lenguaje woke, la “sostenibilidad” y la paranoia identitaria- al servicio de la economía, que es como decir al servicio de las renovables industriales, del automóvil eléctrico y del turismo. En resumen: a las órdenes del extractivismo capitalista. Pero, cuando se da una depresión económica prolongada, nada de eso evita la disminución del empleo, la rebaja de salarios, el paro, la subida del precio de la energía y de los alimentos, el encarecimiento de la vivienda... Fracasada la utopía de un Estado democrático-ecológico de clases medias, el hastío, la desafección política y mediática, los recortes en el sector público, la pobreza y el miedo al derrumbe fueron capitalizados por una derecha radicalizada. La indignación y la retórica populista anti-sistema cambiaban de bando; la base social del cambio inocuo, también.
El Estado había abandonado a las clases superfluas, despolitizadas, envejecidas, precarizadas y empobrecidas del extrarradio metropolitano, -a los “estratos en crisis” de Juan Linz- cuyas contradicciones internas -provocadas por el contraste entre una mentalidad aburguesada y una situación apurada- empujaban hacia la extrema derecha neofranquista. Los algoritmos y la información fake de los blogs cooperaban. El franquismo renacía con los horribles nuevos tiempos, pero no a través de iluminados líderes, desfiles y performances fascistas, sino más prosaicamente, gracias al nuevo invento de las redes sociales. El franquismo ya no se insertaba en el ánimo y la mente de un público agitado a base de poses escenográficas y gestos simbólicos al aire libre de la dirigencia, sino mediante bulos, arengas patrióticas e histeria racista transmitidas a una población insegura en aprietos, mirando el móvil o sentada ante la pantalla del ordenador. La rivalidad del gendarme mundial, los Estados Unidos, con China, Rusia e Irán obligaban a poner condiciones al comercio mundial y fijar las áreas de influencia, lo que significaba el fin de la globalización abierta y el inicio de una nueva carrera de armamentos. La fuerza militar determinaba un reparto multipolar del planeta, forzando a los Estados débiles a alinearse incondicionalmente en un campo donde proteger su escasa soberanía. Eso implicaba una limitación seria del desprestigiado sistema partitocrático en provecho de una regulación más autoritaria de la política y un control social más duro, que el sector más sobresaltado y menos ilustrado de la población, frustrado y desatendido por las instituciones, exigía que se orientara hacia los refugiados, inmigrantes y okupas. Para su defensa en condiciones críticas, el orden establecido disponía ahora de la baza del enemigo interno.
Un nuevo horizonte político regresivo se perfila en toda Europa con la presencia de un movimiento parafascista en auge, beato, xenófobo y negacionista, que maneja como coartada principal a una nueva clase peligrosa: la inmigración ilegal, no apta para la integración en la sociedad, sea por hablar otras lenguas, vestir de otra manera y practicar otras religiones, o sea por acaparar la asistencia pública, degradar la seudocultura local y traer consigo el gen de la delincuencia y la okupación. En realidad, por ser pobre y, a menudo, sin techo ni papeles. El verdadero enemigo de la cultura, de la convivencia y del bienestar había sido siempre el liberalismo económico sin trabas, responsable del hambre que había forzado a emigrar. Actualmente, la inmigración constituye el ejército de reserva de la fuerza de trabajo-basura, gracias al cual la economía de mercado funciona en negro. Es de esperar que cuando se sienta fuerte impulse un movimiento reivindicativo que ponga contra la pared a quienes se aprovechan de su situación desesperada explotándola o instrumentalizándola. En prevención de que esa parte importante del proletariado confluya con otras fuerzas autóctonas desposeídas o excluidas del mercado laboral por la larga crisis, las derechas extremas la designan como enemigo absoluto, eterno candidato a la expulsión, o mejor, a una privación de derechos que mantenga un elevado nivel de explotación. Sin embargo, para desgracia del franquismo reavivado, la inmigración está viniendo para quedarse. Bienvenida sea. Es una pieza necesaria en el tablero capitalista y sin duda también lo será en el del nuevo antifranquismo. Habrá que contar con ella como aliada.
Miquel Amorós
8 de febrero de 2026
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El 061 de Cantabria: La gestión de la emergencia como simulacro y abandono estatal
29 de març, per Redacción29/03/2026Etiquetas:La reciente denuncia de la sección sindical de CGT sobre la falta de protocolos y la obsolescencia de las comunicaciones revela que la Administración supedita la vida a la disponibilidad de redes privadas y a la improvisación de las trabajadoras.
La gestión de las crisis en el Estado español suele oscilar entre el espectáculo mediático y el abandono burocrático. El último comunicado de la sección sindical de CGT en Cantabria pone sobre la mesa la precariedad del servicio 061, la falta de un sistema de comunicaciones propio y de procedimientos operativos claros ante catástrofes. Esta situación evidencia la prioridad de una institución volcada en su propia supervivencia administrativa antes que en la integridad de los cuerpos que dice proteger.
La obsolescencia como desresponsabilización institucional
En un contexto de hipervigilancia y control biométrico, resulta paradójico que un servicio esencial para la comunidad dependa de canales de comunicación saturados. Según la denuncia, las comunicaciones internas se realizan mediante teléfonos móviles convencionales, utilizando las mismas líneas que el resto de la población.
Esta dependencia de la red comercial constituye una vulnerabilidad política deliberada. En un escenario de colapso de red o apagón —eventos previsibles en la actual crisis sistémica— el servicio quedaría incomunicado. La ausencia de terminales digitales de radio independientes de las empresas de telefonía privadas muestra que la Administración prefiere mantener una estructura de mínimos. Al no dotar al servicio de autonomía técnica, el Estado delega la responsabilidad última en la capacidad de improvisación de las trabajadoras, lavándose las manos ante el caos operativo.
Herramientas de autoorganización frente al desastre
La exigencia de «protocolos» se presenta aquí como la necesidad de herramientas técnicas que permitan la autoorganización frente al desastre. Sucesos recientes en Santander, como los incendios de La Albericia o el incidente en El Bocal, han demostrado que la parálisis institucional se traduce directamente en un castigo para quienes sufren la emergencia.
«El modelo actual se encuentra claramente obsoleto... la falta de un gestor de recursos provoca una saturación que recae sobre las espaldas de quienes están en primera línea», señalan desde el sindicato.
No se trata de pedir «más autoridad», sino de señalar que la jerarquía actual es inoperante para el cuidado. El sistema actual no protege; simplemente administra la precariedad: la falta de un «gestor de recursos» técnico refleja una visión donde el paciente es un número estadístico y la trabajadora una pieza sustituible de una maquinaria gripada.
El derecho a la verdad frente al secreto de gestión
Hacer pública esta situación rompe la paz social que la Administración intenta imponer mediante el silencio. Tras la pandemia de COVID-19, que debería haber servido de punto de inflexión en la gestión de los cuidados comunitarios, la Administración cántabra ha optado por el inmovilismo.
Este escenario obliga a reflexionar sobre la peligrosa dependencia de estructuras estatales incapaces de garantizar la seguridad básica, entendida esta como el apoyo mutuo en la vulnerabilidad (no como orden policial). La ciudadanía no debe ser una usuaria pasiva de un servicio deficiente, sino un sujeto activo que conozca que el sistema de protección está sostenido por hilos.
La mejora del 061 no es una petición de reformas cosméticas al poder, sino la defensa de una infraestructura de cuidados que debería ser de todas y para todas que, por desidia e intereses políticos, se encuentra al borde del colapso técnico. Frente al abandono institucional, la información y la solidaridad técnica entre trabajadoras y comunidad aparecen como las únicas vías de autodefensa real.




