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Veinte soldaditos de plomo contra una bailarina

dissabte 25 d’octubre de 2025, per  anred

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La escritora y asambleista de Uspallata, Eugenia Segura, publicó en Huellas del Sur, una «crónica de la persecución y hostigamiento judicial a los presos políticos por defender el agua de Mendoza» ante la detención de ayer de dos ambientalistas que protestaban frente a la Legislatura ante el avance de la megaminería con el proyecto San Jorge. Martín Iglesias y la bailarina Liza Rule fueron detenidos entre golpes, de manera ilegal, en el marco de una movilización pacífica.

I

No uno, sino veinte. Veinticinco policías traía la caja de regalo del cuento de Hans Christian Andersen, publicado en 1832, de los cuales uno no había alcanzado el plomo para fundirlo completo, y se paraba sobre un solo pie.

Acá venían en círculos concéntricos, alrededor de Mario Rili, Comisario Mayor etcétera, vestido de civil. En el siguiente orden: círculo de los azuzadores y humilladores, luego doble anillo de impedidores de ayuda, y después un equipo satélite móvil de chumbadores de videastas o fotógrafos, que de todos modos registran lo que pasa.

Todos esos contra una sola bailarina, Liza Rule, HIJA del escritor Fernando Rule, reaparecido después de los años de plomo, para vivir para contarla.

Sueldos todos bajos, por el piso el poder adquisitivo, la familia policial perdiendo prestaciones en la obra social etc.

Bailarina y la que le pone el cuerpo a los reclamos cuando no les pagan a los artistas de vendimia, cuando quieren vaciar la cultura, la educación, cosas por el estilo.

 Hay una sabiduría en el cuerpo, en el movimiento… me decía la Liza. Y a mí que me gusta pensar en fractal, veo si aplica también al movimiento por todas esas cosas por las que vale la pena vivir, como el agua pura y lo que de allí deriva: el arte, el amor al conocimiento de las almas curiosas, el juego y el deporte, la poesía y la ciencia cuando se encuentran. O la historia cuando ilumina desde abajo el escenario donde se juega la Historia. O el placer de poner los pies en el pasto o en el agua fresca, estirar para hacerse un arco elegante, con gracia, entre la tierra y el cielo.

Y es, además, la compañera del primo con el que nos sentábamos a leer, en las largas sobremesas que precedían a las largas siestas en lo de la Tía Universal. Que tenía la biblioteca Universal, con todas las obras que el espíritu de la humanidad ha creado de esas que hay que leer. Y en ella, en un estante al alcance de todos, el Tesoro de la Juventud. Para que tengan para flashear toda la infancia.

Para mí, la palabra “tesoro”, cuando hablan y hablan del departamento del tesoro, del tesoro que hay en pedacitos ínfimos dispersos en la roca, que hay que sacar con tóxicos que no los van a considerar tóxicos como si de nuestra consideración dependiera, lo primero que se me aparece es una ronda de primos en torno a un libro inagotable.

II

El soldadito de plomo de Andersen es como una especie de Toy Story del siglo diecinueve. Mucho antes de que se prohibieran los juguetes para niños con plomo, en 1966. Que empezaron a fabricarse en masa en el 1700, pero ya venían siendo juguetes de los pichones de la “nobleza” desde el 1600.

O sea, calculen la de generaciones y generaciones de camadas y camadas de infancias enteras intoxicadas con, lo consideres como lo consideres, plomo en sangre. Aunque el saturnismo ya se sabía desde que lo describió Hipocrates entre unos tres y cuatrocientos años. antes de Cristo. Y fue mil veces observado cuando esas generaciones de niños melancólicos y excesivos iban creciendo, se iban bioacumulando, y se convirtieran en mandones o en mandados al muere. Y así entre guerra y post guerra, detrás de los uniformes hay un niño que tuvo una caja de soldados de plomo, una bailarina de papel con una lentejuela.

De la que se enamora el mutilado de plomo, porque los dos se paran en el mundo con sólo un pie.

III

Los soldados de plomo no se identifican, los de carne y hueso tampoco. Aunque le pregunten los abogados.

Privación ilegítima de la libertad, apremios ilegales, lesiones y abuso de autoridad agravado por violencia de género, quiere denunciar la Liz pero no la dejan, aunque las leyes vigentes y los convenios internacionales sobre derechos humanos digan que sí puede. Tiene que hacerlo a través del abogado Alfredo Guevara, porque a alguien se le ocurrió de repente que ella ya no tiene derecho a hacer denuncias.

Los policías ni se inmutan, igual que cuando se niegan a identificarse, por estar, ellos, transgrediendo la ley. Ni les da vergüenza la cobardía de atacar veinte tipos contra una bailarina. O un anciano. O gasear a una criatura. No les importa.

Detrás ya no hay niños con juguetes de plomo, ni ningún metal pesado en sangre tienen porque, quienes defendemos el agua desde hace más de 17 años, nos hemos encargado de que esté limpia de metales pesados, la sangre de los policías, y de la familia policial, tanto como la de todos.

Y me pregunto qué sustancia tóxica hay detrás de los golpes de policías sacados, al capot del móvil cuando se lo llevaron al Facundo Gollano, por ejemplo. O cuando lo tironean así a Martín Iglesias, de Maipú. Que se lo llevaron al mismo tiempo que a la Liza, con un exceso de agresividad y ensañamiento, adentro de la Legislatura. Como si un edificio pudiera ser al mismo tiempo honorable recinto y centro de detención.

IV

No les voy a spoilear el final del cuento del soldadito de plomo de Hans Christian Andersen. Más bien hacer notar la, no digamos moraleja, porque en rigor es un axioma científico al alcance de cualquier ser humano: las sustancias tóxicas siguen siendo igual de tóxicas, sin importarles en lo más mínimo cómo el ser humano las considere. Aunque se les de un certificado de aptitud de tres siglos y medio para hacer juguetes. O para volcar al único río. A pesar de, con el agravante, de que Hipócrates bien puede calzarse una túnica con letras bordadas, que digan un gran “TE LO DIJE“ en griego antiguo.

V

Los dos siguen detenidos, Liza está golpeada pero está entera. La imputación todavía no existe y hay que ver si pueden armar una causa con lo que hay filmado. Se habla de un delirio, que rompieron móviles, bicicletas, vallas, y que lesionaron diecisiete policías…

Ya no somos niños hablando de tener superpoderes, sino adultos que escuchan a un poder judicial referirse en esos términos al Fede, al Mauri, a los hermanos Gollan. Y ahora a la Liza y el Martín Iglesias, de Maipú, que continúan privados de su libertad.

Por una de esas paradojas exquisitas, la Liza encarnó a la Patria en Vuelo, en los festejos del Bicentenario. Y es una de las pocas personas de las que se puede decir, sin temor a mentir ni exagerar ni caer en el reino de lo fantástico, que cruzó volando el cielo porteño, con una bandera Argentina, y ahora está presa en la comisaría séptima, en la provincia de Mendoza, posta.


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