Inici > novedades > Groenlandia, territorio en disputa: poder, crisis climática y soberanía en (…)

Groenlandia, territorio en disputa: poder, crisis climática y soberanía en el siglo XXI

divendres 30 de gener de 2026, per  anred

<https://www.anred.org/wp-content/up...>

Un buque militar en aguas cerca de la capital de Groenlandia, Nuuk. / AP

El deshielo del Ártico volvió visible una disputa que viene de lejos. De periferia colonial a enclave estratégico del poder global, Groenlandia ocupa hoy un lugar central en la geopolítica del siglo XXI. Entre militarización, extractivismo y crisis climática, su pueblo enfrenta el desafío de construir soberanía y autonomía en un mundo atravesado por viejas y nuevas formas de dominación. Por Nicolás Romano, para ANRed.

¿Qué es y dónde está Groenlandia?

Groenlandia es la isla más grande del mundo (si contemplamos a Australia como masa continental) y se localiza en el extremo noreste del continente americano, entre el océano Atlántico y el océano Ártico. Aunque geográficamente se encuentra mucho más cerca de América del Norte que de Europa, políticamente forma parte del Reino de Dinamarca, lo que la convierte en un territorio singular tanto desde el punto de vista geográfico como político.

Aproximadamente el 80% de su superficie está cubierta por una capa de hielo permanente, que constituye la segunda mayor reserva de agua dulce del planeta, solo por detrás de la Antártida. El territorio presenta un paisaje dominado por la tundra ártica y un clima polar y subártico, fuertemente condicionado por la presencia de hielo marino y continental. Durante el verano, las zonas costeras libres de hielo registran temperaturas que oscilan entre los 5 °C y los 10 °C, pudiendo alcanzar valores más altos en el sur, mientras que en invierno las temperaturas descienden con facilidad por debajo de los −15 °C y pueden ser extremas en el interior y el norte de la isla. <https://www.anred.org/wp-content/up...>

Nuuk, capital de Groenlandia.Foto: Chris Christophersen/Shutterstock.

Cuenta con una población aproximada de 57.000 habitantes, de los cuales cerca del 87% pertenece o desciende del pueblo inuit. La población se concentra mayoritariamente en pequeñas ciudades costeras, donde las condiciones climáticas y el entorno natural influyen de manera directa en la vida cotidiana y las actividades económicas.

La capital y principal centro urbano es Nuuk, que concentra alrededor de 18.000 habitantes y cumple funciones administrativas, políticas y económicas, constituyéndose como el corazón institucional de la isla.

Breve revisión histórica: pueblos originarios, vikingos y colonialismo danés

Groenlandia ha estado habitada desde aproximadamente el 2000 a. C., cuando los primeros pueblos inuit llegaron a la isla desde el Ártico canadiense. Junto con los yupik, forman parte de un conjunto de pueblos con un origen común, históricamente adaptados a las duras condiciones ambientales del Ártico. Hacia el año 1000 d. C., el pueblo Thule, antecesor directo de los inuit actuales, arribó tras migrar desde Alaska, consolidando la presencia humana permanente en el territorio.

Un segundo capítulo en la historia de la isla lo protagonizan los vikingos. En el año 982 d. C., Erik el Rojo fue expulsado de Islandia y emprendió un viaje hacia el oeste, donde exploró la costa suroccidental groenlandesa. Allí encontró fiordos parcialmente libres de hielo y tierras aptas para la ganadería, cubiertas de vegetación durante el verano, lo que dio origen al nombre Grønland / Greenland (“tierra verde”). A su regreso, organizó una expedición con colonos islandeses que establecieron los primeros asentamientos europeos en la isla, un episodio registrado en las sagas islandesas, como la Saga de Erik el Rojo y la Saga de los Groenlandeses. <https://www.anred.org/wp-content/up...>

Vista de Nuuk, en Groenlandia, el 14 de enero de 2026. © Evgeniy Maloletka, AP

Sin embargo, hacia el siglo XV, los asentamientos europeos fueron desapareciendo en un proceso que la historiografía denomina el “abandono de Groenlandia”. Entre las principales hipótesis se destacan el progresivo desinterés de la corona noruego-danesa por la isla, la sobreexplotación de los suelos tras siglos de actividad productiva, el impacto de la llamada Pequeña Edad de Hielo y los conflictos con los pueblos inuit en contextos de escasez de recursos.

A partir de finales del siglo XVII, el renovado interés europeo por los recursos del Atlántico Norte, en particular la pesca y la caza de ballenas, llevó a Dinamarca a reafirmar su soberanía en la región. En 1721 se inició un nuevo proceso de recolonización, que marcó el comienzo de una presencia danesa permanente en Groenlandia.

La Groenlandia colonial

Desde el siglo XVIII, Groenlandia fue administrada como una colonia danesa, integrada al sistema colonial europeo y con características similares a las desplegadas en otras regiones de América. Aunque su ubicación ártica y su baja densidad poblacional le otorgaron una dinámica particular, las lógicas de dominación política, explotación económica y control cultural respondieron a patrones coloniales clásicos, lejos de constituir una “excepción nórdica”.

La economía colonial groenlandesa se organizó en torno a la explotación de recursos naturales, principalmente la pesca y la caza de mamíferos marinos, cuyos productos se destinaban a los mercados europeos. Este modelo no solo subordinó la economía local a los intereses de la metrópoli, sino que también transformó profundamente las formas de vida tradicionales de las comunidades inuit, integrándolas de manera forzada a circuitos comerciales coloniales.

En el plano social y cultural, la colonización danesa impulsó políticas de asimilación orientadas a reconfigurar la identidad de la población originaria. Se promovió el uso del danés como lengua administrativa y educativa, se introdujo la religión luterana y se deslegitimaron saberes, prácticas y formas de organización propias de los inuit. La relación entre colonizadores y población originaria estuvo marcada por profundas desigualdades, con autoridades coloniales que ejercieron un control directo sobre la vida cotidiana, la educación y el acceso a los recursos.

Durante el siglo XX, estas políticas adoptaron formas más sutiles pero igualmente profundas. Bajo discursos de modernización y bienestar, se implementaron programas que intervinieron directamente sobre los cuerpos de las mujeres inuit y sus comunidades. Entre ellos, se destacan prácticas de control reproductivo y procesos de reubicación forzada de poblaciones, hechos que hoy son ampliamente cuestionados y revisados por el propio Estado danés como parte de un proceso de reconocimiento de los abusos cometidos durante el período colonial sobre las comunidades originarias.

Este legado colonial dejó huellas persistentes en la estructura social, económica, cultural y política de Groenlandia. Las desigualdades, la dependencia económica y los debates sobre identidad y autodeterminación no pueden comprenderse sin este pasado. Lejos de ser un episodio cerrado, la experiencia colonial continúa influyendo en las discusiones actuales sobre autonomía, soberanía e independencia.

Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría y la irrupción de Estados Unidos

La Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión decisivo en la historia de Groenlandia. En 1940, tras la ocupación de Dinamarca por la Alemania nazi, la isla quedó aislada de la metrópoli y expuesta a un vacío de poder que alteró profundamente su estatus colonial. En ese contexto, Groenlandia adquirió una relevancia estratégica inédita, ligada a su ubicación clave en el Atlántico Norte y al acceso al Ártico.

Ante la imposibilidad de Dinamarca de ejercer un control efectivo sobre el territorio, Estados Unidos asumió un rol central en su “protección”, con el aval del gobierno danés en el exilio. Bajo este argumento, Washington estableció durante la guerra varias bases militares en la isla, destinadas al control de las rutas aéreas y marítimas entre América del Norte y Europa, así como a la vigilancia del Atlántico Norte. Estas instalaciones, entre ellas la base de Thule, ubicada en el noroeste de Groenlandia, no solo respondieron a necesidades coyunturales del conflicto bélico, sino que consolidaron una presencia militar estadounidense que se prolonga hasta la actualidad. <https://www.anred.org/wp-content/up...>

Icebergs flotan frente a Nuuk, capital de Groenlandia. Foto: Odd Andersen/AFP.

Finalizada la guerra, lejos de retirarse, Estados Unidos reforzó su papel en el marco de la Guerra Fría. La isla se integró plenamente al sistema de defensa del bloque occidental y pasó a ocupar un lugar central en la estrategia de contención frente a la Unión Soviética en la región del Ártico. Su territorio fue utilizado para el despliegue de radares, sistemas de alerta temprana y bases aéreas, convirtiéndose en una pieza clave del entramado militar del hemisferio norte. Esta militarización del espacio ártico se desarrolló sin participación sustantiva de la población local, reproduciendo así lógicas de subordinación heredadas del período colonial.

La creciente presencia estadounidense transformó de manera estructural la posición de Groenlandia en el escenario internacional. De territorio periférico dentro del imperio colonial danés, pasó a convertirse en un enclave estratégico de alcance global. Esta reconfiguración anticipó muchos de los debates actuales en torno al Ártico, donde se cruzan intereses militares, económicos y ambientales, y donde Groenlandia ocupa un lugar cada vez más disputado.

Etapa poscolonial: autonomía política en un contexto de dependencia

En 1953, Groenlandia dejó de ser considerada formalmente una colonia y pasó a integrarse al Reino de Dinamarca como parte constitutiva de su territorio. Sin embargo, este cambio jurídico no significó una ruptura de las lógicas coloniales que habían estructurado su relación con la metrópoli. La toma de decisiones clave continuó concentrada en Copenhague, mientras que la población local permaneció al margen de los grandes debates políticos y estratégicos.

Recién en 1979 Groenlandia obtuvo un primer estatuto de autogobierno, que le permitió administrar áreas como educación, salud y asuntos sociales. Este proceso se profundizó en 2009 con la aprobación de la Ley de Autonomía, que amplió las competencias del gobierno groenlandés y reconoció el derecho de su población a decidir sobre su futuro político, incluyendo la posibilidad de una eventual independencia. No obstante, Dinamarca conserva el control de funciones estratégicas como la defensa, la política exterior y la seguridad en el territorio.

Este esquema institucional híbrido refleja una tensión estructural entre autonomía política y dependencia real. Aunque Groenlandia gestiona hoy sectores clave de la administración pública y posee mayores márgenes de decisión sobre sus recursos naturales, su economía continúa fuertemente condicionada por las transferencias financieras provenientes de Dinamarca.

Pese a los avances institucionales, la isla continúa dependiendo en gran medida de las transferencias financieras danesas, que representan una parte sustancial del presupuesto público y operan tanto como un factor de estabilidad como un límite concreto a la autonomía efectiva. Esta dependencia coarta su margen de maniobra y condiciona las decisiones sobre el desarrollo económico, en particular frente a proyectos extractivos impulsados por capitales extranjeros.

El debate interno gira en torno a una pregunta central: ¿es posible avanzar hacia una mayor soberanía sin reproducir un modelo extractivista que comprometa el ambiente y las formas de vida locales?

Así, la etapa poscolonial de Groenlandia no puede entenderse únicamente como un proceso de ampliación de derechos políticos, sino como un escenario atravesado por relaciones de poder desiguales, dependencias económicas persistentes y disputas en torno al control del territorio y sus recursos. La autonomía aparece, en este marco, no como un punto de llegada, sino como un campo de tensiones abiertas entre soberanía, desarrollo y sostenibilidad.

Groenlandia y el Ártico en disputa: geopolítica, cambio climático y poder global

El acelerado deshielo del Ártico transformó a la región en uno de los espacios geopolíticos más dinámicos y disputados del siglo XXI. La apertura progresiva de nuevas rutas marítimas, el acceso a minerales estratégicos como las tierras raras y el potencial energético del subsuelo ártico colocaron a Groenlandia en el centro de una competencia global creciente. Lo que hasta hace pocas décadas era considerado un territorio periférico y remoto hoy se consolida como una pieza clave del nuevo tablero del poder internacional. <https://www.anred.org/wp-content/up...>

Mapa de la situación estratégica y de los recursos naturales de Groenlandia, una isla que Estados Unidos quiere controlar por «seguridad nacional». Fuente: Descifrando la Guerra

En este escenario, Estados Unidos, China y la Unión Europea buscan fortalecer su presencia en la región a través de inversiones, acuerdos comerciales, cooperación científica y despliegues estratégicos. Para Estados Unidos, Groenlandia representa un enclave central en su sistema de defensa del hemisferio norte; para China, una oportunidad de acceso a recursos críticos y nuevas rutas comerciales; para la Unión Europea, un espacio donde convergen intereses económicos, ambientales y de seguridad. La isla, por su ubicación y por la riqueza de sus recursos, se convierte así en un territorio codiciado, atravesado por lógicas que se definen lejos de Nuuk.

Sin embargo, esta creciente centralidad geopolítica se superpone con una crisis ambiental de escala planetaria. Groenlandia es uno de los territorios más afectados por el cambio climático. El deshielo acelerado de su capa de hielo no solo contribuye al aumento del nivel del mar a escala global, sino que altera profundamente los ecosistemas locales y las formas de vida de su población. Las comunidades inuit advierten sobre los impactos sociales, culturales y ambientales de los proyectos mineros y extractivos, que suelen presentarse como la principal, y a veces única, vía posible de desarrollo económico.

La paradoja es evidente. El mismo proceso de deshielo que despierta el interés de las grandes potencias y del capital transnacional es el que amenaza la sostenibilidad ambiental del territorio y la continuidad de los modos de vida ancestrales. En nombre del desarrollo y de la autonomía económica, Groenlandia es empujada a integrarse a una lógica extractivista que profundiza la crisis climática de la que ya es víctima.

En este sentido, lo que ocurre en Groenlandia excede ampliamente sus fronteras. La isla se convierte en un caso emblemático de las tensiones que atraviesan el mundo contemporáneo: colonialismo y autonomía, soberanía local y disputa global, desarrollo económico y justicia ambiental. En ese cruce de fuerzas, el Ártico deja de ser un espacio lejano para consolidarse como uno de los escenarios centrales donde se juegan los dilemas políticos, económicos y ambientales del siglo XXI.

Un futuro en disputa

Entre la aspiración de una mayor independencia, la presión de las grandes potencias y la urgencia climática, Groenlandia enfrenta decisiones que marcarán su rumbo. Lejos de ser un “pedazo de hielo”, como la redujo Trump en Davos, la isla se consolidó como un territorio estratégico en la reconfiguración del poder global.

La disputa en torno a Groenlandia expone el desgaste del orden internacional surgido tras la Guerra Fría. Estados Unidos refuerza una lógica unilateral y transaccional, visible en el manejo caprichoso del poder durante la era Trump, mientras que la Unión Europea y la OTAN muestran dificultades crecientes para sostener una estrategia autónoma en el Ártico. En este escenario fragmentado, la isla se vuelve un punto de apoyo militar, económico y simbólico para actores externos.

Para Groenlandia, esta centralidad no se traduce necesariamente en mayor soberanía y enfrenta un doble desafío: evitar que la autonomía quede subordinada a intereses extranjeros y construir un horizonte de autodeterminación que no reproduzca nuevas formas de dependencia.

El futuro groenlandés se juega así entre potencias que disputan influencias y un pueblo que busca decidir su propio destino en un mundo en crisis. No como excepción, sino como síntesis de los dilemas centrales del siglo XXI. Lo que ocurre en la isla dialoga con otros escenarios donde territorios y poblaciones quedan atrapados entre intereses geopolíticos externos, disputas de poder regionales y proyectos impuestos desde afuera.

En todos estos casos, la constante es similar, cuando las decisiones se toman lejos de los pueblos afectados, la soberanía se vacía de contenido y la autodeterminación se vuelve un concepto retórico.

Groenlandia pone en evidencia que el desafío no es solo resistir la presión de las potencias, sino construir formas reales de poder político desde abajo, capaces de disputar el sentido del desarrollo, del territorio y del futuro, en un mundo cada vez más desigual y fragmentado.


Veure en línia : https://www.anred.org/groenlandia-t...

Un missatge, un comentari?

Qui ets?
Afegeix el comentari aquí

Aquest formulari accepta les dreceres SPIP [->url] {{italique}} {italique} <quote> <code> i el codi HTML <q> <del> <ins>. Per crear paràgrafs, deixeu simplement línies buides.