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El malmenorismo
dimarts 7 d’abril de 2026, per
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El neofascismo trata a la democracia liberal como la democracia liberal trata al anarquismo. Si fuéramos rencorosos, aplaudiríamos que bebieran por una vez el amargo brebaje que dispensan a la anarquía: bulos y ensañamiento mediático, connivencia policial con los neofascistas y prevaricación judicial. Naturalmente, no se encuentran tan desvalidos como los anarquistas; poseen todavía buena parte de los mas-media y de poder institucional, lo que hará aún más estrepitosa su caída, pero juega con ventaja respecto a l_s ácratas que denuncian tanto a la derecha como a la izquierda como rechazan la lucha por el poder: luchan contra el, no por el. Lo peor de que los neofascistas lleguen al gobierno es que se sabe eso -cuando empiezan- pero nunca cuando lo pierden. Ya hay analistas que profetizan que Trump podría declarar la ley marcial para eludir las elecciones y aferrarse al poder y otra probabilidad aún más espeluznante es que se desate una conflagración bélica que justifique la permanencia sine die de los neofascistas en el poder aplazando las elecciones (de hecho el genocida sionista Benjamin Netanyahu ya ha utilizado esta estratagema). Que se anulen las elecciones no constituiría mayor problema sino viniese acompañado de la represión a cualquier voz disidente, de la dictadura descarada. Pese a las concomitancias, todavía hay algunas diferencias de grado de libertad entre una democracia formal, con su aparato constitucional revestiendo la convivencia social y una dictadura declarada, sobre todo para los súbdit_s no extranjer_s, y para l_s extranjer_s blanc_s y occidentales. La mayor parte del tiempo y en la mayoría de las ocasiones, la represión democrática estatal se limita a marginar todo lo inadaptable. Las soluciones de fuerza se reservan para las grandes ocasiones y/o l_s grandes rebeldes. Lo único positivo de todo ello es la degradación del falaz, hipócrita y, en el fondo, criminal sistema democrático; y el que la gente aprenderá a rebelarse por el camino más difícil pero más eficaz: organizándose horizontalmente y con referencias ajenas a la denigrada democracia que, no obstante, siempre intentará cooptar las luchas.
En situaciones como las que estamos viviendo, siempre surge la cuestión del malmenorismo. Hablando en plata, votar a la izquierda, para impedir el acceso de los neofascistas a los resortes gubernamentales. Dada la inferioridad cuantitativa del anarquismo y sus dificultades para acceder con su mensaje a la mayoría de la población, quienes piden a l_s anarquistas que vayan a votar o que unan su voz -que entonces sí se escucharía- a la de la izquierda, están vendiendo humo. Pero es que si el anarquismo fuese una corriente social imposible de ignorar, también sería baladí ir a las urnas, por mucho que en tal caso escucharía vivamente mitad lisonjas, mitad improperios por parte de la izquierda para empujarlo a votar. Pero no estamos en el 36, no hay nada que la democracia liberal ni la izquierda pueda ofrecer al anarquismo, y tampoco nada que el anarquismo pueda ofrecerle a ellos: son incompatibles. La izquierda parlamentaria, existe otra izquierda involuntariamente extraparlamentaria, a la izquierda del PSOE está intentando generar un símil del Frente Popular. Lógicamente son proclives al mal menor -Gabriel Rufián dixit-, porque el mal menor es votarles a ellos. Montarán parte de su campaña y alianzas en torno a esa idea. Son algo más que la democracia liberal, que no es más que un cascarón vacío, aunque no falten, sobre todo en el mundo anglosajón, quienes la propugnen como dique ante los neofascistas; que tienen cierta capacidad de maniobra lo demuestra la actitud del hispano-francés Manuel Navarro Valls, cuando se presentó a las municipales de Barcelona y facilitó el gobierno de En Comú Podem. El ejemplo es engañoso, porque sus verdaderas motivaciones eran impedir un gobierno municipal de independentistas catalanes, poniendo en su lugar a la izquierda españolista, pero basta para ilustrar que pueden ser aliados de cierta izquierda. La iniciativa de Rufián consiste en recorrer el camino inverso, presentarse en Cataluña como única fuerza de izquierdas. Por otra parte, la democracia liberal es huera porque ella y el neofascismo obedecen a los mismos intereses económicos -mientras que la rebeldía de la izquierda es pura demagogia-, que optan por galvanizar a través de sus medios de desinformación de masas, unos u otros según de donde proceda el viento siempre imprevisible de la historia y la realidad, progesista o reaccionaria, que le convenga imponer. En realidad, esta enconada disputa entre progresistas y reaccionarios oculta la cuestión principal: quién es más eficaz a la hora de colaborar con el capitalismo.
La debacle del comunismo -falsa opción revolucionaria-, escoró hacia la derecha a todo el espectro político. La democracia liberal se proclamó vencedora de la guerra fría. Pero la democracia liberal desbocada, titulándose a sí misma último estadio de la evolución histórica -y pensar que la historia es evolución ya es en sí problemático- albergaba en su seno las tendencias neoliberales enemigas de los consensos sociales del malllamado estado del bienestar, la aparición consiguiente de filosofías ultramontanas. La nostalgia por la democracia liberal como fin de la historia alumbró la modalidad neofascista de la democracia entendida como doctrina totalitaria: el integrismo democrático. Para ilustrarlo, viajemos al país nodriza del integrismo democrático: los EUA. Bastará que comparemos la política migratoria de los demócratas liberales que antecedieron a Trump con la del mismo Trump. El liberal Obama deportó más de 3 millones de inmigrantes, 340.000 por año entre ¨deportaciones formales¨ y entregas en la frontera. De Biden, otro liberal, ni se sabe con certeza pero se calcula en más de un millón en sólo cuatro años si se consideran todos los mecanismos utilizados entre 2020 y 2023, muchas más que las ¨deportaciones formales¨ del ICE. El neofascista Trump deportó en sus primeros 4 años de mandato entre uno coma dos millones y uno coma cinco, 300.000 por año y hasta 600.000 en 2025. ¿Por qué los medios no dieron cuenta de las políticas anti inmigratorias de los demócratas liberales?: ¿Dónde está la diferencia, aparte de ser más o menos agresivo, y la similitud de las cifras revelan que se ha sido igualmente agresivo?. La diferencia entre los crímenes de la democracia liberal y la neofascista aparte del homicidio y el secuestro estatal de ciudadanos con nacionalidad estadounidense, lo cual alienta la atmósfera de guerra civil tanto en cuanto este hecho apela a los sentimientos patrióticos del resto de ciudadanos que comprueba que ya no basta con no ser criminales para ser inmunes a la acción del terrorismo de estado -ser tratado como un delincuente o una minoría racial es lo que más solivianta la buena conciencia ciudadanista- es que mientras lo que el demócrata liberal esconde como una actividad represora y atentatoria contra los derechos humanos que dice defender, una verguenza a ocultar, el neofascista lo exhibe orgullosamente como resultado intrínseco de su credo racista. Extrapolándolo a Europa, los liberales y la izquierda ya han endurecido hace tiempo las leyes que rigen las condiciones de vida de inmigrantes y solicitantes de asilo, que sólo por comparación semejan ¨humanitarias¨ con la política de deportación y depuración racial que propugna sin complejos el neofascismo. La democracia liberal proclama la igualdad de tod_s l_s ciudadan_s y la Declaración Universal de los Derechos Humanos como base de la identidad y la legitimidad del Estado, mas el Estado, que es organización jerárquica, desmiente esa igualdad para no atentar contra su propia naturaleza jerárquica. Este baile contradictorio entre los derechos del ciudadano y las prerogativas y el poder del Estado, al que se le da el nombre de política, es interrumpido por el neofascismo, que no reconoce garantías individuales ajenas al Estado y subordina por completo la política a los intereses del Estado-Capital, a sus hábitos depredadores los cuales, para mantener su dinámica, desembocan fatal y necesariamente en el estado de excepción y la guerra. Las democracias liberales son inoperantes porque son las parteras del neofascismo, enrocado en la competición planetaria por los cada vez más escasos recursos naturales, de ahí su desprecio por las consecuencias del ecocidio, al que hay que supeditar cualquier norma ética, así como el racismo, el antifeminismo y la homofobia son motivos parar generar una idiosincrasia propia y explotar un sentido tergiversado y domesticado de incorrección política, de ¨antisistema¨. Enumeremos de nuevo y para expresarlo con claridad cual es el programa público del neofascismo: negación del ecocidio, racismo, antifeminismo y homofobia y añadamos patriotismo, religiosidad y la culminación del proceso privatizador de los servicios sociales y las pensiones, que se inició con la complicidad de la izquierda en el poder; todo ello propagado en el contexto de una guerra cultural cruel e incesante contra servicios sociales como sanidad, educación y pensiones y hasta contra ese ecologismo falso que se refiere a sí mismo como compatible con el capitalismo y el Estado. Hemos de advertir que los servicios sociales también responden a la lógica del mal menor y no tienen que ver con la visión holística del anarquismo, que no es mera y rutinariamente científico, economicista y utilitario (¿qué sentido tendrían las pensiones en un mundo dónde todo fuera gratis?)
P.D: Nada me molestaría más que alguien considerase este texto como una contribución, siquiera crítica, al discurso de la izquierda. En todo caso esta es una crítica a la izquierda desde fuera de la izquierda.
El conflicto con orden se llama anarquía. El conflicto sin orden es el capitalismo. El primero es vida, El segundo agonía.
V.J. Rodríguez González ¡Haz clic para puntuar esta entrada! (Votos: 0 Promedio: 0)
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