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Ayoub. El miedo que los recuerdos inspiran a los invasores
dimarts 16 de desembre de 2025, per
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Marina Otero vuelve a la Argentina con su última pieza teatral, Ayoub. Allí no sólo pone en cuestión su plan inicial de investigación escénica, que era el de construir una obra sobre sí misma a lo largo de toda su vida. Pone en crisis el narcicismo que impregna los vínculos. Jaquea el ser occidental. Echa por tierra la mirada blanca supremacista. La realidad que la intercepta tira a patadas la puerta de su comodidad para metérsele en los rincones de su historia. Desde el momento en que comienza a ser testigo, a través de las redes y casi en tiempo real, del genocidio que Israel viene perpetrando sin pausa contra el pueblo palestino, no puede parar de pensar en ello. Y del pensamiento al acto, en su caso, los pasos son firmes y rápidos; quizá un salto, acaso una trompada. El momento en que entra en contacto con la realidad que se vive en Gaza y en toda Palestina (desde hace 70 años, pero con altísimo recrudecimiento desde octubre del ´23), su torre de privilegios de blanca occidental empieza a derrumbarse. De allí, en cascada, todas las preguntas vuelven a golpearla. Desde la oportunidad de contar con la posibilidad de la ficción, que para ella alguna vez fue “una remota posibilidad de encontrarse”, hasta la idea del arte como salvación. En conversación con su autora, directora e intérprete, Marina Otero, y con Ibrahim Ibnou Goush, el actor marroquí que hace el papel de Ayoub, nos contaron esto sobre la obra. Por Andrés Manrique (ANRed).
“Tú que me sacas de mi casa
también desalojaste a mis padres
y a sus padres de la suya.
¿Cómo es la vista desde mi ventana?
¿Qué sabor tiene mi sal?
Un fragmento de Sacar, poema de
Fady Joudah, médico poeta y traductor palestino.
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Sólo 13 años pasaron entre Andrea, su primer trabajo estrenado en 2012, y Ayoub, la obra que presentó ayer en Buenos Aires en Arthaus, luego de su estreno mundial en el Festival de Otoño, el pasado noviembre en España. Bajo el arco que va de Recordar 30 años para vivir 65 minutos, en 2015 y pasa por Fuck Me en 2020, recala en Love Me, dos años después, y cierra con Kill Me en 2024, Marina Otero fue recorriendo un camino de autoficción que estalla en esta última apuesta: Ayoub. El terreno híbrido que fue regando a lo largo de esta larga década, creció sobre el biodrama, desde la danza y la performance, bases de su formación, y un teatro de testimonio documental que incomoda y emociona al mismo tiempo. Durante ese período, observamos el paso a paso de un desarrollo artístico que hoy comienza a dejar de lado prerrogativas estrictamente autobiográficas para recorrer vidas ajenas. La idea de “pintar tu aldea para contar el mundo” es ingenua desde metrópolis occidentales (Buenos Aires o Madrid) cuyo centro gira alrededor de un mercado sin límites que homogeneiza todo, en pro de la velocidad de reproducción de los bienes de consumo. Desde aquí ya no hay aldea por un lado y mundo por otro; todo se enreda en una interconexión frenética. En una época en que lo glocal (esa mezcla de global-local) pretende normativizar todo territorio junto con las poblaciones que lo ocupan, la geopolítica se involucra a tal punto en la vida de Marina Otero a través de la causa palestina, que pronto entiende que ya no puede contar sola el mundo en el que está inscripta. Y que a su mundo acaso tenga que matarlo.
¿Qué es Ayoub?
Marina (M): bueno, tal como planteo en el programa, al principio el plan era, de una manera artesanal, burlar al sistema. Si yo conseguía traer a un hombre vulnerable para darle ciudadanía a cambio de que me salvara de la soledad, todo saldría bien. Pero viajé a Tanger, conocí a Ayoub y el proyecto se desplomó. Por eso la obra, al final, se convirtió en una autodenuncia. Porque encima me enteré que Ayoub, en el mundo islámico es un nombre muy común que significa “el retornado” o “el arrepentido”. Después conté los 115 niños que llevaban ese nombre, asesinados por el estado sionista de Israel en la franja de Gaza, y por ellos decidí titular así esta obra que habla de Ayoub, el vendedor de dulces, y también del colonialismo y de Palestina. Pero no es nada más que una denuncia hacia afuera porque incluso quienes estamos militando en causas humanitarias ejercemos con nuestras acciones el colonialismo. Yo necesito denunciar la supremacía, pero desde un lugar contradictorio, porque no creo que se pueda denunciar nada si antes no puse en cuestión quién soy, lo que hago, la propia cultura.
Ibrahim (I): para mí es una denuncia personal, autobiográfica, de sacarse las tripas y dejarlas en escena. Denuncia la inmigración. Cómo se la trata en occidente, una denuncia contra la manera en que gestionamos nuestras relaciones, una denuncia contra el colonialismo de lo que es la tierra, y los sentimientos. Y también se denuncia la forma en que nos gustaría ocupar los espacios del otro.
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M: me parece importante poner de relieve la contradicción de quien quiere ser amado y ama, y sin querer va destruyendo la vida del otro. Dentro de esta época atravesada por el narcisismo, con una malentendida libertad de agarrar a alguien más débil para decirle, “te voy a salvar y por lo tanto hago lo que quiero con tu vida.” Es de denuncia, pero exponiendo la contradicción, sobre todo ante el hecho de que Ayoub existe, es una persona hermosa que vive bajo la opresión de un sistema que queremos, al menos, desandar.
¿En qué momento, si lo hubo, cada uno se hizo consciente de su condición de exiliado?
M: yo siempre dudo entre exilio y emigración, porque al exiliado no le queda otra que irse, mientras que la migración es una elección. Yo podía quedarme en Argentina, pero elegí irme a los 38 años con una identidad muy clara, en un aspecto. Aunque en el país de adopción, lejos de tu mundo, empezás inevitablemente a hacerte preguntas de quién sos y qué querés, qué hacés ahí. Yo llegué a España el 15 de marzo de 2022, desde entonces todo el tiempo me ronda la pregunta de quién soy y adónde estoy. Los contextos van formando la identidad. Porque mi hipótesis, durante muchos años, fue la de conocerme a mí misma. Yo tenía la fantasía de hacer cambios grandes conmigo: ¿qué pasa si cambio drásticamente el pensar y sentir? Pero me fui dando cuenta de que hay cosas que son muy difíciles de arrancarte del cuerpo, como la desesperación. ¿Qué pasa si puedo fingir un sentir diferente? Es decir, esta idea de fingir hasta que me lo crea. Obsesionarme con algo hasta que se haga carne. Y la migración, obvio que con los privilegios con los que yo llegué, me dio esa posibilidad; la de repensarme mucho. Y algunas cosas se acomodaron, pero otras no.
¿Qué significa vivir hoy fuera de tu país de origen, Ibrahim?
I: Migrar nunca fue mi proyecto, mi padre fue el que lo hizo. Se fue de Marruecos en busca de mejores oportunidades económicas. Pero a medida que fui madurando, mi país adoptivo me genera un sentimiento de rechazo como hijo de inmigrante, y siento una necesidad de volver a ese origen. Es cada vez más fuerte el sentimiento de apego al origen, al país donde yo no he crecido, donde no he vivido más que hasta los 10 años. Voy echando más de menos esa forma de vida, ese habla, esa comida, esos sonidos, lo que escucho cada vez que vuelvo a Marruecos. Igual siento que a esta altura no tengo un país, porque como hijo de inmigrantes Bereberes, que somos los Amazigh, nunca me sentí muy marroquí a nivel identidad. Me he sentido más como un indígena entre marroquíes, de lo que es el norte de África. Los Bereberes nos llaman, los bárbaros. Entonces nunca ha habido un sentimiento muy fuerte con la patria Magrebí. Sí que obviamente hablamos el magrebí y comemos su comida, pero no me llevo con la política monárquica marroquí. Hoy, en mi adultez, me identifico más con lo que no he tenido que con lo que soy ahora mismo, a nivel identidad muy entre comillas porque es algo que va cambiando.
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¿Qué está latiendo bajo la obra?
M: A mí me parece que algo del principio, de cómo empieza. El primer texto, que dice: “Vendí esta obra como una conferencia sobre mis procesos creativos, pero hablar de creación significa desarmarse. Y eso es lo que estuve haciendo este tiempo: deshacerme como un papel higiénico meado en la orilla del mar.” Porque Ayoub nace del proyecto de ir a Tanger, Marruecos, con una carta traducida al árabe ofreciendo casamiento a un hombre que, a cambio, me fingiera amor. Era una especie de trueque de desesperaciones: te ofrezco mi soledad para que me acompañes. A cambio, yo te doy los papeles para que puedas escapar. La idea de que un país u otra persona te pueden salvar, es romántica. Y la ocupación, donde el otro ocupa tu tierra, tu cuerpo. El amor romántico y la ocupación tienen que ver con esa idea de que el amor me enseña a no amar, del poeta Mahmud Darwish. Una idea de salvación interrumpida por la vida real.
I: Esa frase de Darwish: “el amor me enseñó a no amar” tiene un peso importante en la obra donde predominan las relaciones de poder. Más allá del amor occidental, se habla de colonización, de cómo nos relacionamos.
¿Y en ese amor que les enseña a no amar quién es el invasor y quién el ocupado?
I: Marina, porque tiene algo que yo necesito. Tiene un pasaporte rojo (de ciudadanía europea) que a mí me salva la vida. Hay invasión de la parte blanca.
M: lo que nos enseña es la mirada colonial, una construcción. Vuelvo a la coyuntura, por ejemplo, a la de Argentina donde el mundo Árabe casi no existe o, si se muestra, suele ser terrorista. O a Europa vista como el lugar donde todo está bien mientras en Argentina o Sudamérica todo parece estar mal. Y desde esa mirada colonial, con una pizca de poder, se pasa muy rápido de víctima a victimaria, porque antes existió esa construcción colonial. Hay un contexto que nos enseña; por eso me gusta el primer texto donde planteo que empieza a desarmarse la mirada colonial como un papel higiénico meado en la orilla del mar. Y con la mirada colonial se empieza a desarmar todo lo que me enseñaron a mí y a Ayoub. El sueño europeo es una promesa que se destruye.
I: creo que ambos se necesitan el uno al otro. A pesar de que hay un poder que es el del documento rojo sobre el pasaporte verde. Porque puede llevarte a un mundo mejor para quien cree que el sueño está ahí afuera.
¿Y qué te gustaría producir con esta obra, Marina?
M: hablar de Palestina. Acá en Argentina es lo más fuerte. Gritar algo que está silenciado. Lo más fuerte es poner ahí la bandera de Palestina, el genocidio, lo que se está censurando tan explícitamente; los símbolos que no se pueden poner en juego en un país tan sionista como el nuestro, y todo lo que se censura tras la farsa del antisemitismo.
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¿Cómo sigue y a qué ciudades van a llevar a Ayoub en el mundo Árabe?
I: Hay una punta en Marruecos en la que estoy confiado porque he visto interés de parte del director y el teatro. Sería muy interesante hacerla en ese teatro que está en la Medina, el casco viejo que desemboca en la plaza donde se conocieron Ayoub y Marina, y tiene ese sentido de mezcla entre ficción y realidad tan presente en todo el trabajo de ella, donde no sabés en qué momento pasa de la realidad a la ficción, y viceversa.
¿Qué otros destinos tienen definidos para la obra?
M: tenemos ya destinos en Francia, Polonia, Chile y España.
¿Qué posibilidades hay de transformar a los Ayoub de la tierra?
I: creo que estamos en un momento importante, porque los últimos 15 años siento que nos hemos hecho más consumistas, individualistas. Y creo que es necesario mezclarse, porque estamos hechos de mestizaje. La migración existe desde que existe el mundo, habría que buscar ahí. Me gustaría que vinieran a ver la historia de Ayoub para que vean que hay más cosas que nos unen que las que nos separan, que realmente hay más unión que diferencia con lo Árabe. Para que vean que eso que nos muestran desde los medios del Islam como terrorismo aquí se rompe.
M: me hizo llorar la pregunta. Desearía que tuvieran el derecho a imaginar, a elegir. Tendemos a relacionarnos con personas de la misma clase social. Y Ayoub me viene a despertar un montón de cosas, y yo a Ayoub supongo que también. Esa mezcla de encuentros/ desencuentros que parecen imposibles son los que dan muchas posibilidades. Y en un momento en que pareciera que no hay capacidad para hablar, donde no hay energía para imaginar, como dice Lucrecia Martel, estar, luchar, tener un espacio para hacer esta obra que nace de un cuerpo que migró de Argentina a España, y que habla de migración e integra la historia de una persona marroquí, poder hacerla en este momento ante un público interesado es un privilegio.
Fotos: Andrés Manrique.
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