La «nube»
dijous 23 d’octubre de 2025, per
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“El futuro ya está aquí”, dicen algunos. Sí, eso dicen algunos. Dicen que vivimos en el futuro. No sé si simplemente lo dicen o también lo piensan. O tal vez lo sientan. ¡Sentir el futuro ahora, aquí, a tu lado! ¡Qué locura! Al paso que vamos tal vez el futuro no va a llegar nunca. Porque el futuro no es esto. Lo que estamos viviendo no es más que una presente distopía que, como define el Diccionario de la Lengua española es la “representación de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, que, como sabemos, es opuesto a utopía, “representación imaginativa —seguimos con el Diccionario —, de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”.
¿Por qué hay quienes piensan que estamos en el “futuro”? Creo que es por algo muy sencillo: se creen muy libres, muy “realizados” con los dispositivos tecnológicos actuales. Bueno, tal vez en la corteza más externa de este “futuro” se pueda una sentir alagada pensando en nuestros padres o abuelos, aquellos que tenían la cuenta corriente en un calcetín donde guardaban sus céntimos, incluso algunos duros, y lo escondían debajo del colchón. Como metáfora está debuten. Gentes sociables, gentes tranquilas, gentes que trabajaban de sol a sol, que se comunicaban hablando, hablando en el curro, hablando en la calle, hablando en la taberna, hablando en casa… ¡hablando… y escuchando!
Tengo muchos años, los suficientes como para conocer aquel teléfono, cuando mis padres lo pudieron contratar, negro, pegado a la pared. Tenía un auricular y un micrófono, los dos del mismo tamaño, los dos eran los extremos de un pesado brazo curvo que se colgaba arriba del teléfono, de ahí viene eso de “¡descuelga que llaman!”. En el centro había una rueda con agujeros, agujeros que señalaban los números del cero al nueve. Para llamar había que mover la rueda en los números apropiados, en muchos lugares colgaba de un cordel un listín telefónico… ¡Vale, no sigo dando la tabarra! Pero está justificada. Aquellos teléfonos había que manejarlos uno mismo, cierto que en muchos lugares, sobre todo los pueblos, que por aquel entonces no se habían vaciado, había que ponerse en contacto con una centralita y decirle el número con el que querías contactar, o si el pueblo era pequeño, con el nombre era suficiente. Hoy los nuevos teléfonos móviles, pequeños, ligeros, de “diseño”. Estos artilugios actuales donde guardamos para memorizar nombres, direcciones, cumpleaños…, cosas que en aquel entonces sabíamos de memora; pero también el número del calcetín, perdón, de la cuenta corriente. Y para hablar no hay ni que descolgar, simplemente decirle a ese bicho, oye ponme con menganita. Y al instante, más o menos, por ahí surge la voz de tu amiga menganita, incluso hasta la puedes ver ¡Magia! ¡Ojo! Es magia sí, pero negra. Magia de la mala. Magia contaminada y dirigida por otros. De eso va esa “nube”.
Gracias a esos bichos, hoy, en este “futuro” al que muchos ingenuos idolatran, no necesitan los poderes vigilarnos, aunque lo hacen burdamente: cámaras visibles, lugares que avisan de grabaciones…, pero el vigilante está mucho más escondido, está tan camuflado que no podemos caer en la cuenta de que somos nosotros mismos los que nos vigilamos a nosotros mismos. Así es, así lo hacemos: enviando información sobre nosotros a redes “sociales”, a páginas donde se compra, algunos simplemente consumen, a tiendas on-line, etc…. Enviamos nuestra edad, nuestros nombres y apellidos, nuestros números de DNIs, nuestro núm. de pasaporte, nuestros números de cuentas corrientes…, nuestras preferencias políticas, culturales, musicales, artísticas…, nuestras fotos —y los hay que no dudan en enviar fotos comprometidas en todos los aspectos—. En fin, el panóptico del final del siglo XVIII, ya no es necesario. Tan solo los vigilantes escondidos tras nombres de empresas, tiendas, grandes superficies, asociaciones, grupos, partidos, sindicatos, escuelas, institutos, medios (des)informativos… Y llevando todo ello a la “nube”.
Pero la “nube” no es inmaterial, no es etérea. Es una máquina, una poderosa máquina, propiedad de grandes empresas, poderosas empresas, tan poderosas que manipulan gobiernos, salvo que los dueños de las grandes empresas no se hayan metido directamente a políticos, como ese que quiere ser dueño del Mundo, descerebrado e ignorante. Y esas empresas, y esos empresarios, guardan nuestros datos, dicen que encriptados sí, pero ellos, pueden acceder a los datos sin que nosotros lo sepamos. ¿Qué ocurrirá, qué está ocurriendo, cuando en ese “futuro”, aún llegado, las diferentes “nubes”, máquinas, se unan y sea solamente una, La “Nube”? Entonces seremos todas sombrías sombras de la noche más oscura, noche que nunca habíamos podido ni siquiera imaginar.
Pero hay esperanzas. En 1909, E. M. Forster publicó La Máquina se para. Una historia futurista que nos introduce en un mundo donde todas, donde todos viven tal y como La Máquina les obliga. Hasta que alguien encuentra la forma de hacerle frente. Hay un epílogo en la edición de la editorial Salmón (núm. 3 de la Colección Anarres, Alicante, 2021), donde podemos leer “esta obra constituye […] un testimonio de los riesgos y las amenazas que acompañan al despliegue de la industrialización y de su aparato tecnológico”. Tomemos nota: estamos ya muy cerca —no, no ha llegado aún el futuro—, debemos impedir que la “nube”, que La “Nube” se convierta en La Máquina y nos controle convirtiéndonos en robots, en inhumanos. Y hay una forma muy sencilla: no publicando datos nuestros, teniendo el móvil lo más vacío posible, dejando, si es posible, esas redes llamadas “sociales”. Son mucho mejores las redes callejeras, taberneras, playeras, montañeras, pueblerinas… las verdaderas sociales.
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