Inici > novedades > La IA no te escucha – El diván algorítmico: ChatGPT, psicoanálisis y (…)
La IA no te escucha – El diván algorítmico: ChatGPT, psicoanálisis y patologización de la vida cotidiana
dijous 30 d’octubre de 2025, per
<https://www.anred.org/wp-content/up...>
Cada vez más personas usan IA como psicólogo porque es rápida, gratis y está siempre “disponible”. Pero lo que está en juego es mucho más serio: no se trata solo de consejos rápidos, sino de reemplazar el vínculo humano por un dispositivo que no escucha, no siente ni contiene. El uso de la inteligencia artificial en clave terapéutica es, también, un fenómeno político y simbólico que merece ser analizado: qué se entiende por malestar, quién tiene derecho a nombrarlo y qué relaciones aparecen reemplazadas o deformadas cuando el encuentro humano se sustituye por una conversación con un dispositivo que no siente. Por Rosa D’Alesio, para La Izquierda Diario.
Hablar, ser escuchado y el lugar del otro
El núcleo del psicoanálisis no es la respuesta inmediata ni el uso de frases empáticas; es la puesta en juego de la palabra en un marco que permite la transferencia: la construcción de un vínculo singular, con tiempos, límites y una historia compartida. En ese encuadre, la escucha analítica -esa presencia que registra vacilaciones, silencios, respiraciones, gestos- no es un tecnicismo: es aquello que habilita el trabajo con lo inconsciente, el análisis de las repeticiones y de escenas primarias que anidan en los síntomas.
Los chatbots, por mucho que parezcan empáticos, no ofrecen ese lugar. No tienen cuerpo, historia ni atención sostenida en la densidad del otro. No manejan la tonalidad del silencio ni la intervención que puede dar sentido a lo pulsional. Como escuchó alguien en su testimonio, “el mejor terapeuta que he tenido, sin duda, ha sido ChatGPT”: anécdotas así hablan de una demanda real -inmediatez, disponibilidad, afecto sin juicio- pero también muestran los límites del recurso cuando se pretende que eso sustituya una cura que requiere palabra, transferencia y una ética del encuadre.
Patologización de la vida cotidiana: de la inquietud a la etiqueta rápida
Existe un riesgo social que atraviesa esta tecnología: la tendencia a transformar vivencias complejas -duelos, soledad, desocupación, crisis económicas o políticas- en problemas para ser diagnosticados y, además, resueltos en un chat. La conversación cotidiana se resiente cuando todo malestar tiene que ser traducido a términos clínicos rápidos o a recetas simplistas. El efecto es doble: por un lado, se banaliza la experiencia humana (todo se explica por “ansiedad”, “depresión” o “falla de productividad”); por otro, se privatiza el conflicto social -la precariedad, la soledad, las exigencias neoliberales- como si bastara reprogramar el ánimo del individuo para resolver causas colectivas.
Desde la clínica psicoanalítica sabemos que el síntoma es una formación singular que remite a la historia, la cultura y el cuerpo. La rapidez algorítmica tiende a homogeneizar: diagnostica, normaliza. Al hacerlo, contribuye a una nueva forma de gestión del malestar que evita la pregunta política: ¿qué condiciones sociales producen sufrimiento? ¿Qué relaciones sociales necesitamos transformar?
Sesgos, dependencia y la ilusión de imparcialidad
Los modelos de lenguaje no parten de una neutralidad ontológica. Se alimentan de datos históricos y culturales que contienen, además, prejuicios, estereotipos y vacíos. Al reproducirlos, los chatbots no sólo replican sesgos: los amplifican y los distribuyen masivamente. Mientras los seres humanos, en su singularidad, confrontan sesgos diversos en múltiples intercambios, un algoritmo estandarizado puede propagar un único sesgo que atraviese a toda la población. Esa uniformidad simbólica tiene un efecto profundamente conservador: reduce la pluralidad del decir y homogeneiza modos de sentir.
Privacidad, intereses y la mercantilización de la intimidad
A diferencia del profesional que trabaja bajo marcos éticos, las interacciones con chatbots suelen quedar registradas, analizadas y monetizadas. Cuando se habla de traumas, dudas sexuales, fobias, decisiones médicas o ideación suicida, no se trata solo de contenido sensible: se trata de vida íntima en estado de vulnerabilidad.
Este dato es político: no es lo mismo curar en un marco público o privado, con profesionales remunerados y regulados, que «curar» en una plataforma cuya lógica prioriza la retención, las métricas y los beneficios. La confidencialidad y la responsabilidad profesional no son formalidades: son condiciones para que la palabra pueda decir aquello que duele sin exponerse a usos externos.
Lo que no reemplaza un algoritmo: cultura, encuadre y singularidad
La práctica clínica se asienta en saberes que no son reducibles a respuestas probabilísticas: la lectura del lenguaje no verbal, el manejo del tiempo y del encuadre, y la contextualización cultural. Estos elementos permiten realizar una interpretación situada que toma en cuenta la biografía, la tradición, las prácticas sociales y las condiciones materiales de vida. No es lo mismo un paciente en Buenos Aires que en Tokio; no es lo mismo un duelo atravesado por el desempleo que por una ruptura de pareja. Los chatbots, en cambio, patologizan la vida cotidiana, homogeneizan diagnósticos y convierten la intimidad en mercancía para las tecnológicas, transformando lo más singular de la subjetividad en dato explotable.
Neoliberalismo: un sistema económico y cultural
El auge de la IA como «terapia» no anuncia un futuro emancipador, sino que es un síntoma de la profunda crisis de la salud mental pública: falta de profesionales, altos costos en la atención privada, precarización de la vida y un sistema que empuja a resolver en soledad lo que es producto de relaciones sociales. El riesgo es claro: naturalizar que el sufrimiento se “atienda” con un algoritmo mientras el Estado se desentiende.
Este escenario se sostiene en políticas neoliberales que debilitaron lo público y, al mismo tiempo, impusieron una cultura del individualismo, del éxito personal y del narcisismo, donde el otro aparece como amenaza antes que como posibilidad de encuentro. Ese empobrecimiento del lazo social abre el camino para que las inteligencias artificiales se ofrezcan como “alternativa terapéutica”: prometen compañía sin conflicto, escucha sin incomodidad y un espejo complaciente que nunca interpela. Pero en realidad refuerzan la lógica de aislamiento y autoperformatividad que el capitalismo impone, vaciando aún más la experiencia de la palabra y del vínculo humano.
Cuidar la palabra, defender la salud mental
La sustitución de la palabra humana por chatbots no es un avance tecnológico neutral: es la expresión más cruda de un sistema que convierte hasta el sufrimiento íntimo en mercancía.
Frente a la colonización neoliberal de la intimidad, se trata de preservar la palabra como un territorio humano irreductible a la lógica algorítmica y de defender la salud mental como un derecho colectivo, financiando una red pública que impida que la terapia sea un lujo. Esta defensa trasciende una demanda profesional para convertirse en un acto político: impedir que la vida íntima sea reducida a insumo y que el sufrimiento colectivo sea recortado con soluciones instantáneas que, en última instancia, no hacen más que naturalizar la precariedad que las originó.
Los límites del diván
Defender la palabra frente al algoritmo es una lucha política: se trata de impedir que la salud mental quede supeditada tanto al ajuste estatal como a la lógica de Silicon Valley. En ese sentido, frente a la mercantilización de la salud, la respuesta no pasa por la adaptación individual a los modelos hegemónicos, sino por la construcción de redes de solidaridad que, en su propio funcionamiento, desafíen la subordinación de la vida al capital.
Veure en línia : https://www.anred.org/la-ia-no-te-e...