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Autorretrato: una vida sin concesiones

dimecres 17 de juny de 2026, per  Andrés

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Tapa del libro y retrato del autor

Édouard Levé no cuenta, dice. No narra, enuncia. Habla más que escribir. Autorretrato es un libro de noventa y tres páginas que reúnen mil cuatrocientas frases en un párrafo que se prolonga a pleno ritmo el libro entero. Ni un punto y aparte tiene. Acaso por lo imposible que resulta que el protagonista pueda cerrar su propia historia. La escritura de Levé es aforística: no tiene una sola justificación ni explicación. La masa de texto está compuesta de retazos, como si una granada hubiera estallado la autobiografía y el libro fuese un compendio de fragmentos que reunió Levé con la certeza de que nada hay más importante que sí mismo. Ni menos. Y eso es lo interesante. Por Andrés Manrique (ANRed).

Édouard Levé escribe a ritmo hipnótico. Mecha frases breves con oraciones largas, todas sencillas. La simpleza le otorga fuerza, el pulso no frena. Igual que no se puede detener el avance de la lectura, que sigue por el caudal correntoso de imágenes o descripciones breves que se conectan por un sentido oblicuo: “Mi madre me salvó la vida al dármela. Cuando termino de usar un objeto no lo tiro, lo dejo apoyado -dice en la página 33-.”

Se supone que para hablar de sí mismos los escritores escriben una autobiografía. Levé, además de escribir, fue fotógrafo y pintor. Estos oficios a los que les dedicó buena parte de su vida serían solo datos anecdóticos si no pusiéramos de relieve que a su autobiografía la tituló “Autorretrato”. Y tal vez lo haya hecho porque si prestaba por igual su atención a cosas, a ideas y a personas, sin que una prevaleciera más que otra, con una afectividad atemperada al máximo, autorretrato termina describiendo mejor este proyecto que autobiografía. Porque no hay introspección psicológica, sino registro sensorial: qué toca, qué huele, qué gusta, qué incomoda, qué molesta, qué pesa. “Tener piel de gallina me recuerda que fui un animal generaciones atrás” (p. 33). La identidad más que una construcción social pareciera ser un residuo biológico.

El libro está repleto de ironía: “Creo que las personas que hacen el mundo son aquellas que no creen en la realidad, por ejemplo, durante siglos, los cristianos. Que no quiera cambiar las cosas no significa que sea conservador, me gusta que las cosas cambien, sin tener nada que ver” (p. 28). Pero al mismo tiempo lo compone un testimonio que no duda en revelar la propia verdad, por más incómoda que sea, como si en la elección de lo que va contar no dejara de lado los rasgos, gustos, y acciones que le llevaron a ser lo que es.

La hipnosis a la que nos empuja en el encadenado de frases es interrumpida por oraciones que nos invitan a:

– a la empatía: “Cavar un pozo me hace bien.” (p. 36); “Razonar no me convence, pero me tranquiliza.” (p. 40); “Cuando estoy cerca del piso me vienen a la mente recuerdos de la infancia.” (p.40); “Creo que los ricos son peor gente que los pobres” (p. 79)

– a la risa: “He visto demasiadas escenas por televisión en las que alguien muere haciendo caras.” (p. 48) “Tengo una pareja amiga que, en la cama, juegan a inventar nombres verosímiles de actores y actrices hollywoodenses, no sé cuáles serán los premios o los castigos.” (p. 51).

– a la ironía: “Yo cuento la historia de Jesús así: una mujer adúltera logra convencer a su marido de que fue fecundada por Dios, ella vuelve loco a su hijo con esta historia, él se la cree, parte a anunciar la buena nueva por doquier y muere por ella.” (p. 80)

– y hasta al rechazo: “Estoy dispuesto a pagarles a los músicos en los restaurantes para que dejen de tocar.” (p. 91). Pero también a la ternura de lo inanimado: “Les hablo a mis objetos cuando están tristes.” (p. 93) O: “El día más hermoso de mi vida quizás ya pasó” (p. 93)

Levé no argumenta, enuncia. Sus juicios políticos y religiosos están en el mismo plano que sus gustos sobre el vestir o el alimentarse. No hay superioridad moral, hay distanciamiento crítico. La temporalidad no es nostálgica ni dramática, es clínica: “No perderé la vista, no perderé el oído, no me haré pis en los calzoncillos, no me olvidaré de quién soy, moriré antes.” (p.33) La muerte no angustia, es un dato. Levé observa a los demás con la misma frialdad con que se observa a sí mismo. Desconfía del énfasis para con cualquier presencia, y trata a los objetos y a los cuerpos con la misma atención que a las ideas; sin sarcasmo ni provocación deliberada. Autorretrato, más que un libro pareciera ser el diario íntimo de alguien convencido de que las certezas no tienen nada que ver con la vida. Y que las conjeturas y las inferencias no hacen más que convertir el retrato en una caricatura; la biografía en una mueca.

Édouard Levé, Autorretrato, traducción de Matías Battistón, Eterna Cadencia, 2016, 96 págs.


Veure en línia : https://www.anred.org/autorretrato-...

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