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Venezuela: el primer respondiente es el vecino

dilluns 13 de juliol de 2026, per  anred

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Las grandes catástrofes dejan al descubierto tanto la fragilidad como la fortaleza de nuestras sociedades. Terremotos, inundaciones, incendios forestales o derrumbes transforman, en cuestión de minutos, la vida de comunidades enteras. Sin importar el país donde ocurran – como sucedió en Haití, Chile, Turquía, Siria, Marruecos o, recientemente, en Venezuela – todas las emergencias comparten una misma realidad: durante las primeras horas, la cooperación organizada puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Es allí donde la respuesta humanitaria deja de ser únicamente una tarea de los equipos especializados para convertirse en una construcción colectiva. La cooperación entre instituciones, organizaciones voluntarias, profesionales y comunidades demuestra que ninguna tragedia puede enfrentarse en soledad. Cuando los pueblos se reconocen como naciones hermanas, las fronteras dejan de ser un límite y se transforman en un puente para proteger la vida. Por María Belén Amitrano, para ANRed.

Tomando ese punto de partida, a inicios del mes de julio un contingente integrado por 60 socorristas y profesionales de la salud de CEPA Argentina emprendió una misión de asistencia humanitaria con destino a Venezuela.

Junto al equipo de CEPA Argentina, viajaron voluntarias y voluntarios pertenecientes a distintas filiales de la organización desplegadas en todo el país, integrantes de la Brigada CER, el Grupo Fénix Unit Rescue y médicos de la Asociación de Médicos Venezolanos en Argentina, quienes sumaron sus conocimientos, experiencia y compromiso para fortalecer la respuesta humanitaria ante la emergencia.

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La misión partió a bordo de una aeronave facilitada por la ONG Solidaire, gracias al compromiso y la colaboración de Enrique Piñeiro, haciendo posible el traslado del contingente hacia la zona afectada. El contingente estuvo conformado íntegramente por voluntarias y voluntarios que, además de capacitarse durante años para responder ante emergencias, hicieron posible este viaje gracias al esfuerzo colectivo. Cada integrante aportó desde sus propias posibilidades, organizándose y sosteniéndose mutuamente para concretar la misión. Con el acompañamiento solidario de personas e instituciones comprometidas con la causa humanitaria, lograron llegar hasta la zona afectada para poner sus conocimientos al servicio de quienes más lo necesitan.

En esta etapa, los equipos desarrollan tareas de búsqueda y rescate, apoyo sanitario y asistencia humanitaria bajo protocolos y estándares internacionales para operaciones en estructuras colapsadas y respuesta a desastres. Su labor se integra al trabajo coordinado con las autoridades y las organizaciones intervinientes, priorizando la protección de la vida y el acompañamiento a las comunidades afectadas. Cada misión también es el resultado de un trabajo colectivo sostenido en el tiempo. La respuesta ante una emergencia requiere planificación, coordinación y la capacidad de integrar saberes diversos.

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En CEPA Argentina conviven profesionales de la salud, rescatistas, técnicos, docentes, trabajadores de distintos oficios y voluntarias y voluntarios que aportan sus conocimientos desde una misma convicción: poner sus capacidades al servicio de la vida. Esa diversidad, fortalecida por el entrenamiento conjunto, la confianza mutua y la experiencia compartida, permite construir respuestas eficaces frente a escenarios de alta complejidad. Toda respuesta humanitaria necesita también una sociedad preparada. La experiencia acumulada en desastres de todo el mundo demuestra que los primeros minutos son determinantes y que, muchas veces, quienes brindan la primera asistencia no son rescatistas profesionales sino personas comunes que deciden actuar.

Una vecina que conoce maniobras de primeros auxilios, un docente que organiza una evacuación, un trabajador que sabe cómo asistir a una persona herida o una comunidad entrenada para responder pueden evitar que una tragedia sea aún mayor. La capacitación ciudadana no reemplaza el trabajo de los equipos especializados: los fortalece. Es el primer eslabón de una cadena de cuidado que comienza mucho antes de que lleguen los recursos de emergencia y que permite salvar vidas mientras la ayuda se organiza. En la gestión del riesgo de desastres existe una premisa tan simple como profunda: el primer respondiente es el vecino. Es quien escucha el estruendo, quien aparta los primeros escombros, quien contiene, organiza y auxilia cuando todavía no han llegado los recursos especializados.

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Esa primera respuesta, fortalecida por la capacitación y el compromiso con el otro, suele ser decisiva para salvar vidas. Cuando una emergencia supera las capacidades de una comunidad, esa misma lógica trasciende las fronteras. Así como un vecino auxilia a otro, también las naciones pueden reconocerse como pueblos hermanos. Ningún desastre distingue nacionalidades, credos, culturas o posiciones políticas. Frente a ellos, la ayuda mutua deja de ser un gesto excepcional para convertirse en una necesidad profundamente humana. En un tiempo donde el individualismo, la fragmentación social y los discursos que promueven el aislamiento parecen ganar espacio en distintos lugares del mundo, la acción humanitaria demuestra que existe otro camino posible.

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Cada misión de asistencia recuerda que la cooperación internacional no es un acto de caridad, sino una responsabilidad compartida entre pueblos que comprenden que la defensa de la vida no reconoce fronteras. Cada brigada que cruza un límite geográfico para asistir, cada profesional que pone sus conocimientos al servicio de otra comunidad y cada voluntaria o voluntario que decide ayudar representan una forma concreta de construir hermandad entre las naciones. Cuando un pueblo responde al llamado de otro, no solo moviliza recursos y experiencia: fortalece la confianza, el respeto mutuo y la convicción de que la cooperación es una herramienta capaz de unir allí donde otros intentan dividir.

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Pero esa capacidad también se construye desde la memoria. Los pueblos que preservan su memoria comprenden que cuidar la vida también implica aprender de su historia. En nuestra región, la memoria es un ejercicio permanente de verdad y justicia; una forma de impedir que el olvido abra nuevamente la puerta a la violencia, al autoritarismo, a la exclusión o a la indiferencia frente al sufrimiento humano. La memoria nos recuerda que los derechos conquistados nunca son definitivos y que la democracia exige una ciudadanía comprometida, organizada y solidaria. También nos enseña que las grandes tragedias, sean provocadas por la naturaleza o por las decisiones de los hombres, solo pueden enfrentarse fortaleciendo los lazos comunitarios, la cooperación entre los pueblos y el compromiso con la vida. Recordar es también prepararse. Es transmitir experiencias, formar nuevas voluntarias y voluntarios, fortalecer las organizaciones comunitarias y construir una cultura de la prevención donde cada persona comprenda que puede ser parte de la respuesta.

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Porque ningún pueblo se construye desde el olvido. Se construye desde la memoria, la verdad y la justicia. Desde la decisión de cuidar la democracia, defender la dignidad humana y tender la mano a quien lo necesita, sin importar de qué lado de la frontera se encuentre. Porque cuando todo parece derrumbarse, entre los escombros también emerge aquello que define a nuestros pueblos: la capacidad de organizarse, acompañarse y sostenerse mutuamente. A veces el primer respondiente es un vecino. Otras veces, es un pueblo entero que decide convertirse en el vecino de otro. Allí comienza la verdadera reconstrucción: cuando la memoria impulsa la acción y la cooperación convierte a las naciones en hermanas frente a la adversidad.


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