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No hay quien lo haga por mí, entrevista con Mauricio Kartun (parte III)

dilluns 13 de juliol de 2026, per  Andrés

Acto Tercero

Mauricio y el trabajo de cooperativa

Seguimos hablando de la producción que implica hacer teatro, montar un espectáculo que, en el caso de Kartun, tiene que ver con volverse soporte para que las ideas se sostengan en el tiempo, en escena. Mauricio habla de un hacer, de un hacer que, aún con momentos desgastantes, es gozoso.

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El aizetzet es, en miniatura, el método de Kartun. Es una palabra que nombra algo que ya no existe, y por eso mismo le da «la libertad de crear sin límite», como dice él. No es casual que haya elegido justamente esa palabra —el apellido de su propia abuela— como ejemplo central de su relación con el lenguaje. El aizetzet es un hombre que ocupa un lugar sin ocuparlo completamente: tiene función pero no tiene derecho, tiene presencia pero carece de cuerpo disponible. Funciona como metáfora del propio lenguaje anacrónico que Kartun usa en sus obras: palabras de otras épocas que ocupan un lugar en el texto sin pertenecer del todo al presente, y que sin embargo hacen algo, sostienen algo, cumplen una función. El aizetzet no puede tocar a la mujer cuya propiedad trabaja y cuida; la palabra no puede tocar, la realidad se sustrae. Pero uno y otra sostienen la casa mientras dura la ausencia.

El Aizetzet llega a la casa cuando el otro ya no está. Se sienta a la mesa que no es suya, ara la tierra que está a nombre de alguien más. Es testigo de la crianza de hijos que no tienen su sangre. Duerme solo. La ley del campo le dio brazos, pero le negó las manos de la Señora. Trabaja la tierra de la mujer, pero no puede tocarla. Tiene acceso a todo el terreno menos a la carne. A nadie le importa qué le duele. Nadie pregunta cuánto le cuesta. La palabra que lo nombra ya no existe, y por eso él tampoco debería existir. Pero ahí vuelve, en la boca de un dramaturgo setenta años después, buscando en el diccionario de los muertos algo que decir sobre el deseo prohibido y el trabajo que todavía hay que hacer.

LOS CRONISTAS

¿Te cargás también con la producción de los dos?

KARTUN

Todo todo, yo creo cooperativas a las que produzco y administro.

LOS CRONISTAS

¿Y en ese pluriempleo de roles repartidos y variados no te gustaría delegar alguno?

KARTUN

¡No! ¡No! A través de tantos años de laburo he tenido todas las experiencias: trabajar con productores, trabajar en teatros oficiales. Y ahí hay algo que se pierde de vista, que es: así como el soporte del trabajo de un pintor es una tela, y hay un Larrañaga —a mí me gusta muchísimo lo que hacía Larrañaga, me gusta mucho porque tiene el mundo del circo que a mí me atrae mucho—, y él encontró un soporte que es un papel, crayones, pintura, hizo eso y yo —este debe ser un cuadro de los 50—, digo, 75 años después puedo seguir mirándolo porque está el soporte. ¿Cuál es el soporte de las obras que uno escribe? Habitualmente se piensa: el papel. Vos escribís para el papel. ¡No! El soporte es una puesta sostenida en el tiempo. Si yo hago una obra de teatro y dura tres meses en cartel hay algo del esfuerzo puesto que se desparrama. Si yo hago una obra y encuentro cómo tenerla en cartel dos años o tres —ahora La Vis cómica cumple siete años, mi producción anterior, Terrenal va por la décima temporada—. Si encuentro cómo sostenerla en el tiempo, me transformo en el papel de Larrañaga, me transformo en el cuadro porque permanece en el tiempo. En principio, con los tres objetivos básicos que tiene el artista: la satisfacción dopamínica de ver un producto que a uno le gusta, la satisfacción narcisista de ver que le gusta a los otros, y la satisfacción económica de poder vivir de una profesión; de que el oficio se vuelva profesión. Lo que comprobé es que yo tengo que ser el papel. Que no hay, en principio, equilibrio justo entre lo que quiero que pase con la obra y lo que necesito que pase para que siga en cartel; ese equilibrio es muy delicado. La relación entre la economía y la estética es muy difícil. Si uno la puede juntar, en ese sentido puede ser equilibrado. Y yo intento ser equilibrado. Por ejemplo, cuando me proponen una gira lo primero que pregunto es: “mandame las plantas de escenario”, y lo primero que hago es mandárselas a mi escenógrafa y a nuestra iluminadora: “¿Se puede hacer con garantías estéticas esto?”. Si ellas me dicen que no, declino la invitación. Este es un ejemplo de cien de por qué yo creo que uno tiene que ser el Larrañaga que elige en qué papel pintar. Es muchísimo más trabajo, pero también es más satisfactorio. El último mes, hice dos festivales con dos obras distintas. Fui a Bogotá con La Vis Cómica y volví hace dos días, ayer a la madrugada volví de Costa Rica con La Vis Cómica. Viajé como director, pero también viajé, en el caso de esta obra, como quien vendió el espectáculo. Tuve que encargarme de toda la gestión de cobranza y administración, viajé con mi vieja Seiko de plástico para hacer los números —calculadora—, y el último día tuve el acto de satisfacción precioso de bajar al lobby del hotel, pedir siete banditas elásticas, armar las pilitas de dólares para cada uno, ponerles un papelito con el nombre y la cifra, y juntarnos en mi pieza a comer los últimos restos de comida que quedaban, y repartir la guita. A veces, ese fenómeno junta oficio y profesión. Cuando uno tiene esa sensación de decir: “puedo hacer esto, esto me permite vivir, le permite vivir a un grupo”, pero también hace que la representación esté cargada de gusto, de energía, de placer porque juntamos oficio y profesión es cuando para mí se crea el círculo virtuoso. Entonces, sí es verdad que a veces me puteo llenando un Excel. Pero, en todo caso, es sólo un escalón. Una escalera supone el esfuerzo de escalón, escalón, escalón hasta que llegás al descanso o al primer piso: son escaleras. ¿Las puede hacer otro? No, porque esto no es una empresa en la cual uno pueda tener a una persona para eso. Entonces, esas son las partes que no me gustan de algo que me gusta mucho.

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Que tiene un anclaje en el teatro independiente.

KARTUN

Por supuesto, pero además porque vivimos una situación que a veces la gente de teatro argentina pierde de vista como extremadamente beneficiosa y muy poco común, y es que en Argentina existe, gracias a la Asociación Argentina de Actores, un sistema de cooperativas temporarias en las cuales tenés la posibilidad de agruparte bajo una figura legal en lo administrativo, en lo impositivo, que dura lo que dura la puesta en el tiempo. Eso es un logro que hay en muy pocos lugares.

Hace un par de años viajé a Ecuador, y la gente de teatro de Ecuador me pidió una reunión para que les comente justamente cómo era esta organización, porque para ellos, que me habían escuchado alguna vez hablar de esto les parecía una cosa extraordinaria y querían intentar construirlo. Tenemos la posibilidad, hay que honrarla. Si nosotros tenemos esa posibilidad, que viene del teatro independiente, es la de crear cooperativas que funcionen como lugar de trabajo efectivo. Que entiendan al trabajo en su necesidad remuneratoria. A mí me parece que ese es el círculo virtuoso: hago lo que me gusta y me pagan por hacerlo. ¿Qué más puede pedir uno? En mi casa siempre se decía: “el que vive de lo que ama cumple el sueño de vivir sin trabajar”. Parece una boludez hasta que lo pienso, por ejemplo, en las veces que he trabajado en cosas que no me gustan. Y sí, la verdad que trabajé mucho en cosas que no me gustan. Trabajé diez años en el Mercado de Abasto levantándome a las dos de la mañana. No me gustaba. Había que hacerlo. No había duda de que había que hacerlo. Luché para convivir con eso mientras hacía la formación en las cosas que me gustan y demás. Ahora, cuando pude hacer lo que realmente me gusta y descubrí que había mecanismos por los cuales vivir de ello, encontré que era un círculo virtuoso. En mi caso, por ejemplo, vivo de dar clases. Encontré que me gustaba mucho dar clases, que me hacía feliz y que convivía de una manera muy creativa con la escritura y el montaje. Que todo lo que dando clases descubría podía después probarlo en la escritura o en lo que dirigía, y cosas que descubría dirigiendo y escribiendo podía transmitírselas a mis alumnos. Entonces, dos cosas que me gustaban se retroalimentaban.

LOS CRONISTAS

Se vienen cerrando muchas cooperativas, espacios teatrales. ¿No sentís que hoy es mucho más difícil sostener estas microeconomías de cooperativas?

KARTUN

Sí, y definitivamente doble sí a partir de este año. Porque hasta el año pasado había una especie de restos de energía que sostenían ciertas formas de costumbre en las cuales estaba incluido el teatro, y si bien se notaba una baja todavía no había bajado al nivel del mar; digo, del cero para abajo. Este año se empieza a ver. La gente no solamente no piensa en ir a tomar clases de teatro porque no tiene tiempo, sino también porque empieza a perder la expectativa de que se transforme en una profesión de la cual vivir. Y eso hace que la asistencia al teatro también se resienta. Uno no lograba explicarse por qué la gente pagaba Netflix e igual iba al teatro. Vos decías: “Alguien tiene a disposición mil ficciones, ¿por qué va al teatro?”. Y nosotros contestábamos que sabíamos que iban a buscar algo diferente al teatro. Solo que ahora empezamos a ver actos de resignación, que es: “sé que en el teatro encuentro otra cosa, pero me quedo en casa, primero por la razón económica y después por cierto abatimiento digital.” Hay casi una resignación de estar ganados por lo virtual y eso a todo lo presencial lo afecta.

LOS CRONISTAS

Y en relación con el paso a la Ley Nacional del Teatro.

KARTUN

Naturalmente que hasta el año pasado todavía con pequeños presupuestos había cierto funcionamiento lastimoso. Yo veía, por ejemplo, los montos de los premios del Fondo Nacional de las Artes.

Epílogo

La despedida

Kartun no sale de la conversación, a medida que le preguntamos con creciente interés se mete más adentro de los temas. Lleva un foco puesto en la respuesta, asocia a altísima velocidad con hechos que articula y con los que va ilustrando todo lo que dice. Su estado de conversación tiene un entrenamiento en el cual toda digresión fundamenta, subraya o le da otra vuelta a lo que está diciendo. Nos despedimos de él con más ganas de conversar que con las que llegamos. Y eso, creemos, es también un don especial de Mauricio Kartun, un gigante maestro.

TELÓN


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