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Júpiter y el 36
dijous 23 de juliol de 2026, per
Cada día entro al Júpiter, el club de fútbol que supo ser uno de los símbolos del anarquismo barcelonés. Desde su fundación, en 1909, la influencia ácrata fue su principal motor, pero también era uno de los principales condicionantes de las relaciones sociales en los barrios, en los lugares de trabajo y en la resistencia popular en general de toda Catalunya. Ayer se cumplieron noventa años de cuando el pobrerío, el «oscuro pueblo de la bandera negra», venció en relativamente muy poco tiempo al ejército regular del Estado dando comienzo a la revolución explícitamente antiautoritaria más importante de la historia hasta la fecha. <https://www.portaloaca.com/wp-conte...>
Qué queda de todo aquello tras años de ataques y penetración de la propaganda capitalista contra la cultura de lo común es difícil saberlo, pero seguramente la pregunta así esté mal planteada. La cuestión más interesante, me parece, no es cuánto queda de la tradición colectiva, sino qué tipo de relaciones producen esas formas de vida en el presente. Las formas de relacionarse entre las personas cambian, se desplazan, se mezclan, pero en la medida en que existen aún relaciones sin jefaturas, no basadas en el mando-obediencia, lo anárquico no desaparece. Aquella revolución del pobrerío no persiste como contenido tenaz de la memoria sino, sobre todo, como continuidad de prácticas y modos de relación. Prácticas que la revolución hizo desbordar y potenció increíblemente, pero que venían de antes y siguieron después.
Las personas del club con las que he hablado sobre esto conocen algo de la historia, aunque no mucho. Las armas desmontadas escondidas dentro de las pelotas, la tribuna rebosante de armamento revolucionario, la influencia que le valió al club mil y una represiones, la pérdida de la cancha y el cambio obligado de sus colores permanecen apenas como ecos. Y lo que sigue vivo no responde a una fidelidad consciente al pasado sino a modos de ser instalados y en disputa con otros opuestos.
En la madrugada del 18 al 19 de julio, a dos camiones requisados por el comité de defensa del barrio de Poblenou, que esperaban estacionados en el club Júpiter, se les agregaron dos ametralladoras y banderas rojinegras. Desde el apartamento del anarquista Jover, donde el grupo de afinidad Los Solidarios había instalado su «cuartel general», pudo verse partir a los dos camiones seguidos de obreros armados. Los compañeros habían esperado toda la noche hasta que comenzaron a sonar las sirenas de las fábricas, según lo planeado, llamando a la huelga general.
Esta vez el ejército no iba a encontrar una ciudad desprevenida. Los anarquistas habían decidido dejar salir a las tropas de los cuarteles. No era la primera vez que se enfrentaban a las fuerzas del orden capitalista y sabían que, una vez en la calle, los militares no podrían reabastecerse de munición y tendrían que combatir sin la principal ventaja que les daban sus posiciones. Esa vez, las organizaciones anarquistas, sobre todo, vencieron sin dilación al ejército.
Noventa años después el escenario es muy distinto. Ayer se juegó la final del Mundial, espectáculo y negocio construido en las propias entrañas del imperio capitalista, en medio además de una inmensa reestructuración cuyo rumbo todavía desconocemos. Todo parece cuidadosamente diseñado para transformar todo el deporte en consumo, la pasión en mercancía y el conflicto en entretenimiento. Sin embargo, incluso ahí reaparecen prácticas que desbordan el sentido para el que ese espectáculo fue construido.
Incluso en espacios donde se intenta desalojar toda posibilidad reivindicativa, donde se aplana toda creación y toda idea de dignidad humana para convertirla en mercancía, la reivindicación vuelve una y otra vez. Banderas contra el genocidio, gestos anticolonialistas o el orgullo explícito de pertenecer a un barrio popular y migrante que escandaliza y avergüenza a empresarios y extrema derecha pueden parecer gestos menores, pero no lo son. Incluso los dispositivos más eficaces de integración al negocio nunca consiguen cancelar por completo el conflicto que provoca esa antigua idea de igualdad entre las personas.
No se trata de sobreinterpretar hechos según nuestra conveniencia o ganas. Se trata de reconocer que el mundo actual no es el resultado inevitable de una evolución histórica, sino de conflictos entre fuerzas que siguen actuando. Ningún orden gubernamental consigue eliminar por completo aquello contra lo que tuvo que luchar para imponerse. Si la historia del capital también es la historia de la guerra contra las formas del hacer común, éstas, en tanto necesarias para la propia reproducción social, no desaparecen. Incluso el negocio y el individualismo sobre el que se sustenta el mercado precisan de los cuidados y la solidaridad para existir. Bajo la aparente normalidad del presente continúan latiendo las mismas posibilidades de emancipación bajo otras condiciones.
La historia permanece abierta no porque conservamos intacta la memoria del pasado, sino porque subsisten las formas de relación que ningún poder consigue absorber del todo.
R.M
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