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Cine ambiental contra el extractivismo

dimecres 17 de juny de 2026, per  Andrés

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Ante las repercusiones de los últimos meses de films como Nuestra Tierra (2025) o HAM – Historia del Agua en Mendoza (2019) se puede entender al Cine Ambiental como una práctica social que acompaña las luchas ambientales y como una herramienta contra la Industria Cultural que denuncia los problemas ambientales en la ruralidad, en la explotación minera o en la generación energética.

Por Nicolás Scipione*, para ANRed.

Si bien la concepción de Naturaleza como espacio global, y de Humanidad como unidad se presentan habitualmente con rasgos distópicos a través de un potencial desastre que amenaza la vida humana, y una carga moral vinculada a la preservación de la vida y de nuestra propia especie, hay voces contrahegemónicas que se pronuncian cada vez más en este cine. El reconocimiento de los problemas ambientales se ha ido vinculando con cuestiones de biopolítica y discursos públicos que oponen a los Derechos Humanos y la Soberanía de los países a los supuestos emprendimientos económicos que, en teoría, beneficiarían a la humanidad.

En particular, en América Latina y el llamado Sur Global, el colonialismo y el imperialismo han hecho lo imposible por moldear culturas a imagen y semejanza de los países centrales. Por lo tanto, si existe una respuesta posible a esta situación, deberíamos concebirla desde la Ecología como una cuestión política, porque la producción audiovisual desempeña en este contexto, un papel cada vez más relevante, no solo en la circulación de los films, sino también en el debate de asuntos que conciernen a toda la sociedad.

Actualmente se considera que estamos en una nueva Era Geológica, el Antropoceno. Incluso algunos especialistas plantean que estamos en el Capitaloceno, dado que el Capitalismo es el sistema social y económico que sitúa a la Humanidad en ese lugar dominante, y continúa incorporando negocios basados en la explotación de territorios con un enfoque puramente extractivo, considerándolos insumos útiles para la reproducción del Capital.

Con la radicalización del autoritarismo y de la explotación capitalista puede observarse un nivel creciente de conflictividad ambiental que enfrenta un negacionismo climático rayano en el absurdo, promovido por los grandes magnates y sus gobernantes cómplices. Esta reacción no puede entenderse sino como el producto de una respuesta arrogante y desesperada, que fabrica grandes enemigos imaginarios del desarrollo capitalista y los asocia con los discursos que fueron creciendo desde la década de 1970. Tal como se describe al comienzo del documental Pueblo Verde (2015), desde hace décadas puede rastrearse la construcción de discursos que presentan al mundo como un escenario de crisis ecológica, vinculada a un aumento exponencial en la explotación de los bienes naturales y a la degradación generalizada del ambiente. En nuestra región, el capitalismo ha marginado a gran parte de la sociedad e intenta, a través de distintos mecanismos, invisibilizar toda manifestación social que se oponga a esta situación. A pesar de lo que se difunde en los medios de comunicación y en las redes sociales, la crisis ambiental constituye un problema ineludible. La desigualdad económica, los desplazamientos forzados, los daños asociados a las emisiones de carbono de ciertas industrias, la deforestación, la minería a cielo abierto, la contaminación de reservas acuíferas, la extracción de recursos gasíferos y el agotamiento de suelos por el uso de agroquímicos son evidencia de que, hasta el momento, las alternativas que disputan este modelo de desarrollo extractivista en América, por ahora, no tienen la fuerza necesaria para dar vuelta la situación.

Para muchos, estas razones son suficiente motivación para hacer cine. Por un lado, observamos que empresas multinacionales, fundaciones y diferentes ONG tocan temas como el Cambio Climático, las crisis migratorias y poblacionales, promoviendo discursos que buscan concientizar sobre las problemáticas ambientales y los riesgos de la catástrofe climática. Por otro lado, existen expresiones alternativas para resolver las problemáticas: el Cine Ambiental. Este cine denuncia el crecimiento de las ganancias empresariales y nuestra dependencia económica colonial que impone crisis políticas, inestabilidad política, disputas por territorios, persecución y desapariciones en las organizaciones ambientales, o la multiplicación de enfermedades entre los habitantes cercanos a las zonas extractivistas, entre otros tantos ejemplos. De este modo, cumplen otra función necesaria: visibilizar la existencia de organizaciones campesinas, de pueblos originarios o de trabajadores agrarios que, ante la amenaza del avance extractivista decidieron organizarse, recuperando experiencias similares en toda la región.

Si bien la implementación del sistema de siembra directa que utiliza agrotóxicos no es la única temática abordada en el Cine Ambiental en Argentina −también minería a cielo abierto y la deforestación están presentes− ha sido una de las primeras señales de alerta sobre problemáticas ambientales, y su presencia en la producción audiovisual es cada vez más frecuente desde la última década del siglo XX. La disputa de las poblaciones afectadas y de los militantes ambientalistas contra los Estados o las empresas ya no se trata únicamente de la propiedad, del uso social o de la explotación económica de los territorios, también se ha convertido en una lucha por el poder y una disputa por el sentido. El Cine Ambiental reconoce este contexto y elige un lugar en esa lucha. En torno a las demandas de la Asamblea No a la Mina en Esquel, se filmó Vienen por el oro, vienen por todo (2009) o sobre las protestas de la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú se puede ver Las dos Orillas (2006)

En Argentina

A lo largo y ancho del país, grupos de vecinos, campesinos, indígenas, pequeños productores, intelectuales, profesores universitarios, técnicos, políticos de izquierda, ambientalistas, activistas de derechos humanos, sindicalistas, estudiantes, religiosos y laicos se unen en protestas contra emprendimientos de explotación intensiva de recursos naturales. Manifiestan su oposición a los transgénicos, a los biocombustibles, a la producción de pasta de papel, a la tecnología nuclear, a los tendidos eléctricos, a los gasoductos, a la minería de oro, de uranio, de litio. Muchas de estas situaciones provocan esa enorme migración del campo a la ciudad desde la segunda mitad del siglo XX que mencionaba antes. En Argentina, Brasil y Paraguay, por ejemplo, el uso de agroquímicos en los cultivos ha generado un gran impacto migratorio y podría anticipar transformaciones drásticas en las formas de trabajo en el campo, como se muestra en el documental Cosechando bronca: el limón en Tucumán (2023). En el Cine Ambiental vemos todo esto entrelazado: la realidad de las poblaciones, sus condiciones laborales, la vida en esos territorios y el estado crítico de sus entornos naturales; pero también los debates surgidos de las propias formas de habitar el territorio en las comunidades.

Otro aspecto del Cine Ambiental surge de su relación problemática con la industria cinematográfica. El modelo de consumo industrial representa la ruralidad casi exclusivamente a través de los westerns o dramas rurales clásicos norteamericanos y no en su situación real y actual. Incluso este modelo ha llegado a instalar un circuito de producción industrial de cine que refiere a las problemáticas ambientales, con producciones millonarias que cuentan con el apoyo económico de estrellas de Hollywood que, si bien contribuyen a generar otro nivel de debate público sobre las cuestiones ambientales, cumplen una suerte de cupo de personalidades famosas preocupadas por el futuro del planeta, mientras la maquinaria capitalista continúa funcionando. En consecuencia, el público en vez de ser invitado a reflexionar sobre las causas y efectos reales del cambio climático, tiende a admirar la preocupación de las personalidades por el prójimo. El Cine Ambiental también recupera identidades de la ruralidad o el folclore local, pero lo hace desde su dimensión política: la defensa del territorio, su sustento y su modo de vida frente a la amenaza que suponen los proyectos extractivistas. En La hija de la laguna (2015), Yaku Patsa. World of Water (2010), Laguna negra (2009), La mirada del colibrí (2016), Nuestra Tierra (2025) e incluso Nueva Argirópolis (2010) y Leguas (2015), la exploración de paisajes no urbanos constituyen elementos narrativos que evidencian la distancia entre esos territorios y el público citadino, o en la disputa de sentido entre las propuestas ecologistas o agroecológicas y los discursos que defienden los extractivismos, como se trata en Reverdecer (2007), El mundo según Monsanto (2008), Desierto Verde (2013), Pueblo verde (2015), Viaje a los pueblos fumigados (2018) o La vuelta al campo (2020), entre otros.

Por eso, cuando hablamos de una conformación colectiva, no podemos referirnos únicamente al contenido o a la temática de un film. También vale mirar las relaciones que se establecen en la producción cinematográfica a partir de esta dimensión política que busca interpelar al público para alcanzar un determinado objetivo político. Tal vez un escenario en el que la política institucional y los medios masivos de comunicación instalan estos temas en la agenda mediática con una vocación distractora y catastrofista, el Cine Ambiental es parte de espacios relativamente consolidados de circulación de debates. Esto supone una relación conflictiva entre dispositivos institucionales y circuitos cinematográficos que tienen la necesidad de proponer miradas “alternativas” sobre las luchas ambientales como espacios de resistencia política. Por eso, la liberación de HAM –Historia del Agua en Mendoza- (2019) durante el último conflicto en esa provincia para que se pueda ver ese documental en todo el país refuerza ese carácter de resistencia y, más allá, del eventual éxito económico, estas películas, tras tres décadas de intentos por interpelar a la sociedad en general, no se limitan a representar en imágenes a luchadores y luchadoras, sino que se integran a un sector social activo, proponiendo transformaciones tanto en las formas de la producción agropecuaria como en el horizonte de uso de los bienes naturales de nuestro país.

En este sentido, el Cine Ambiental no solo se nutre de las denuncias, sino que ocupa un lugar relevante en la difusión de formas de vida desatendidas. Asimismo, con frecuencia presenta una mirada propia sobre los conflictos ambientales, más cercana al Buen Vivir de las comunidades originarias del Abya Yala y que pone en debate nuestra identidad colonizada. Por eso, puede plasmar imágenes que rompan con la lógica de la industria audiovisual e intenten ofrecer una mirada crítica sobre la producción de imágenes que surge desde los actores sociales del mundo del trabajo involucrados, las organizaciones de acción colectiva directamente afectadas, las universidades, los pueblos originarios, los feminismos y cualquier otra expresión social en la que las problemáticas ambientales son fundamentales contra los extractivismos.

* Nicolás Scipione es periodista, docente e investigador. Escribió “Cine Ambiental en Argentina. Imágenes contra el extractivismo del siglo XXI” – Asociación Argentina de Estudios de Cine y Audiovisual (AsAECA). Buenos Aires. 2025.


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